Futuros mexicanos 2
México, 1º de diciembre, 2012
La candidata -debería acostumbrarse a llamarse a sí misma señorapresidenta- no ha podido dormir en toda la noche. Aún no lo cree: en contra de todos los pronósticos, e incluso en contra de la voluntad expresa de su predecesor, los ciudadanos la han elegido a ella. La primera presidenta en uno de los países más machistas del planeta. Ahora se da cuenta de que lo más difícil no fue tanto derrotar a sus adversarios masculinos como imponerse en su propio campo. El inicio de su campaña fue caótico: los colaboradores de su antiguo Jefe hicieron hasta lo imposible por descarrilarla. Por hacerle ver que, si se distanciaba de sus posiciones sobre el narcotráfico, su derrota estaba asegurada. Entonces no le quedó otro remedio que incorporar a los buitres al núcleo de su campaña: no para concederles mayor influencia, sino para vigilarlos de cerca y prevenir sus perfidias.
La prensa criticó que se rodease de sus detractores, pero ella fue más lista: sólo así logró neutralizarlos. Asegurado este flanco, pudo atreverse, en las últimas semanas de campaña, a dar el giro más arriesgado de su carrera -y de su vida. Era eso o una derrota estrepitosa (según sus propias encuestas, en mayo se hallaba hundida en el tercer lugar). No le quedaba alternativa. Luego de que durante el primer debate ninguno de sus rivales centrase sus ataques en la desastrosa estrategia de combate al narcotráfico de su predecesor, ella se atrevió a hacerlo en un vehemente discurso apenas un mes antes de las elecciones. Jugándoselo todo -incluso su propia seguridad-, afirmó que la perspectiva militar había sido errónea, que nunca se articuló una política social para prevenir el narcotráfico, que fue un error imperdonable asimilar el combate con una guerra e incluso planteó la necesidad de discutir a nivel continental la legalización de las drogas. Su proyecto, afirmó ante el pasmo de su propio campo, sería cambiar radicalmente de perspectiva: en su gobierno, prometió, no habría otros sesenta mil cadáveres.
La respuesta no se hizo de esperar: recibió llamadas amenazantes, sectores del partido exigieron su renuncia, los espías incrustados en su campaña iniciaron su labor de sabotaje, pero en las encuestas comenzó a subir como la espuma. Incontables comentaristas, protegidos o pagados ya no sólo por los priistas sino por sus detractores en el gobierno, filtraron falsas depresiones o sugirieron su inestabilidad psíquica; la izquierda la acusó de robarse sus ideas; las televisoras incluso comenzaron a alabar sin fin a López Obrador. Pero los ciudadanos se dieron cuenta de que no traicionaba sus ideales, de que no traicionaba al Presidente y a su partido, sino de que hacía lo único digno que ella podía intentar como ciudadana y como mujer: reconocer los errores, pedir una disculpa y prometer un viraje cierto y razonable.
Varios medios insistieron en colocarla en tercer lugar incluso en los días previos a las votaciones, pero las redes sociales, que hasta el momento tanto la habían denigrado, y el simple boca a boca, crearon una ola irrefrenable. Poco a poco, según sus propios números -y los horrorizados números de la presidencia-, no sólo rebasó a la izquierda, paralizada ante su brusco cambio discursivo, sino que se acercó a sólo unos puntos de un PRI incapaz de responder a su desafío. Porque no sólo dirigió sus dardos contra su antiguo Jefe, sino de manera más clara y específica contra el PRI y su ancestral complicidad con el crimen. Por primera vez sus argumentos sonaron sinceros y legítimos, y por primera vez los mexicanos la vieron no sólo como a una mujer débil y arrinconada, sino como la estadista que está destinada a ser.
La candidata -perdón: la señorapresidenta- se da cuenta de que ya es hora de levantarse; le da un empujón a su esposo y, tambaleándose de sueño, se apresura a despertar a sus hijos. Por fortuna la sirvienta ya ha preparado el desayuno. Aunque trata de sonreír -esa sonrisa que jamás le salió bien ante las cámaras-, el nerviosismo la traiciona. Aún tienen que peinarla y maquillarla, y tiene que probarse la ropa que usará en la investidura. (¿Cómo colocarle la banda a una mujer?, se preguntaban en protocolo) La ceremonia será tensa, por supuesto, aunque ella espera cierto grado de normalidad. Al pasarle la estafeta, su predecesor le demostrará toda su acrimonia, pero al final entenderá. Está obligado a hacerlo: las palabras que ella deslizó a los buitres fueron sutiles pero nítidas: lo criticaré ferozmente, pero garantizaré su futuro. ¡Cómo disfrutó al ver sus rostros petrificados! ¡Ellos, que no la creían capaz de tomar una sola decisión importante!
La candidata -la señorapresidenta- da un sorbo a su café y clava la mirada en el discurso que pronunciará en unas horas. Un discurso enérgico (ya no puede echarse atrás) pero con un toque de esperanza. Y en el que repetirá las mismas palabras que tanto enfurecieron a priistas y panistas, que tanto desconcertaron a la izquierda, y que al final le granjearon la victoria: durante mi gobierno no habrá otros sesenta mil muertos.
twitter: @jvolpi
[Publicado el 14/5/2012 a las 09:17]
(México, 1968). Licenciado en Derecho y maestro en Letras Mexicanas por la UNAM y doctor en Filología por la Universidad de Salamanca. Es autor de las novelas La paz de los sepulcros, El temperamento melancólico y En busca de Klingsor (premios Biblioteca Breve, Deux Océans-Grinzane Cavour y a la mejor traducción del Instituto Cervantes en Roma). Con ella inició una "Trilogía del siglo XX", cuya segunda parte es El fin de la locura y la tercera No será la Tierra. También ha escrito las novelas cortas reunidas en el volumen Días de ira, así como Sanar tu piel amarga, El jardín devastado y Oscuro bosque oscuro. Es autor de los ensayos La imaginación y el poder. Una historia intelectual de 1968, La guerra y las palabras. Una historia del alzamiento zapatista, Mentiras contagiosas (Premio Mazatán al mejor libro del año 2008) y El insomnio de Bolívar. Cuatro consideraciones intempestivas sobre América Latina en el siglo xxi (Premio Debate-Casa de América 2009). Su libro más reciente es el ensayo Leer la mente. El cerebro y el arte de la ficción. En 2009 obtuvo el Premio José Donoso de Chile por el conjunto de su obra. Sus libros han sido traducidos a veinticinco idiomas. Ha sido profesor en las universidades de Emory, Cornell, De las Américas de Puebla, Pau y Católica de Chile y en la UNAM. Ha sido becario de la Fundación Guggenheim y miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte de México y ha sido condecorado como Caballero de la Orden de Artes y Letras de Francia y con la Orden de Isabel la Católica de España. Fue director general del Canal 22 entre 2007 y 2011. Actualmente es colaborador de los periódicos El País y Reforma.
Leer la mente (2011). Ediciones Alfaguara, España
No será la tierra (2006). Ediciones Alfaguara, España
Dos novelistas poco edificantes (2004). Volpi, Jorge; Urroz, Eloy. Algaida Editores, España
Geometric intimacies. Sebastián Sculptor (2004). Ediciones Turner, España
Geometría emocional. Sebastián escultor (2004). Ediciones Turner, España
La guerra y las palabras (2004). Editorial Seix Barral, España
El fin de la locura (2003). Editorial Seix Barral, España
Desafíos de la ficción (2002). Volpi, Jorge, [et. al.] Universidad de Alicante. Servicio de Publicaciones, España
En busca de Klingsor (2000). Círculo de Lectores, España
El juego del apocalipsis: un viaje a Patmos (2000). Nuevas Ediciones de Bolsillo. España
Tres bosquejos del mal (2000). Urroz, Eloy; Padilla, Ignacio; Volpi, Jorge. El Aleph Editores, España

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