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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 28 de noviembre de 2020

 Río Fugitivo / Blog de Edmundo Paz Soldán

Videojuegos: una historia personal

Joseph Andrés no ha cumplido tres años y ya sabe pronunciar palabras importantes. Apenas lo siento en su sillita en el auto, dice con cierta urgencia: “iphone, iphone”. Le paso mi celular, y él busca sus aplicaciones (“Itsy Bitsy”, “Lunchbox”…) y escoge rápidamente la que le interesa. En el piso del Nissan están tirados los libritos con los que solía entretenerse. Creo que es temprano para preocuparse de que el mundo haya perdido otro lector; lo que sí es seguro es que, gracias a las redes sociales y a los celulares, los videojuegos se han vuelto ubicuos y son, casi sin darnos cuenta, una parte cada vez más importante de nuestra vida cotidiana.

A los diez años visité la casa de un chico de mi barrio al que su padre le había traído un Atari de los Estados Unidos. Por entonces sólo se podía jugar Pong, pero era más que suficiente para que ese chico ganara puntos en la estima popular. Ahí estábamos todos, hipnotizados en el living mientras una pelota iba y venía de un lado a otro en la pantalla en blanco y negro. Tiempo después, en mi cumpleaños, me presté un Atari de un amigo para que mis invitados se divirtieran; ahora los juegos eran a colores y había más variedad. Igual, en esa época no eran lo suficientemente seductores para lograr que dejáramos el fútbol con tapitas de refrescos sobre una frazada.

Los videojuegos se borraron de mi imaginación hasta que apareció SimCity a fines de los ochenta. Me perdí el gran desarrollo de las consolas en la década del noventa, época en que las compañías dominantes apostaron por el videojuego como una experiencia absorbente más que un entretenimiento casual. Cuando me compré una PlayStation 2 a principios del 2000, descubrí que terminar un juego de plataforma podía tomarme entre treinta y cuarenta y cinco horas, y me quedé en los márgenes, disfrutando de vez en cuando de un partido de fútbol.

La década pasada, los videojuegos en celulares explotaron, sobre todo a partir de la aparición del iPhone. Al mismo tiempo, la consolidación de las redes sociales hizo que fuera normal, para alguien a quien le intimidaban juegos como Metroid Prime en las consolas, dedicar una hora al día a cultivar tomates y uvas en FarmVille. A mí esa adicción me duró un par de meses. Decía que lo hacía espoleado por Gabriel, mi hijo de nueve años, pero en el fondo era porque me gustaba ver cómo crecía mi granja, cómo cada nuevo nivel me permitía cultivar nuevas frutas y verduras. No es de las cosas de las que más me sienta orgulloso, pero al menos ya me libré (FarmVille cuenta hoy con setenta y cinco millones de usuarios activos que juegan y son también jugados por el juego: muchos de ellos prefieren comprar sus bienes virtuales y gracias a ello han convertido a Zynga  en la compañía más grande de juegos sociales en Facebook).

Compré una consola para tener algo con que Gabriel se divirtiera los fines de semana que le tocaba quedarse conmigo, pero ahora descubro que cada vez que viene a casa se encierra en los juegos y hablamos poco. Bajé algunas aplicaciones en el iPhone para que Joseph Andrés se entretuviera sin mi ayuda, pero ahora anda hipnotizado por mi celular. Cada vez que intento regular las horas de juego, termino quebrando mis propias reglas, porque, bueno, no es fácil ser padre en un pueblito en los Estados Unidos (el videojuego es una niñera más participativa que la televisión).  

Hubo alguna vez un debate acerca de si los videojuegos eran útiles para el desarrollo del adolescente –en la coordinación, en la velocidad de respuesta en emergencias--, si permitían la proliferación de impulsos agresivos o si producían chicos autistas. Yo diría que todo a la vez (aunque no creo que un videojuego violento te convierta en un asesino). La paradoja, sin embargo, es que ahora que todos los jugamos ya no hay debate. Quizás porque todos nos hemos vuelto autistas.

(La Tercera, 22 de enero 2010)

[Publicado el 23/2/2010 a las 03:00]

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Comentarios (8)

  • Edmundo: personalmente te admiro mucho y me siento como tú, tengo un niño de 3 años y medio y llega del NIDITO (cole) al play station y no hay quién lo saque, tengo una de 11 años que poco y nada le gusta leer y vienen de familia de lectores empedernidos, no sé qué hacer, rompo mis propias reglas al igual que tú y quedo como la mala de la película.
    No entiendo cómo pueden pasar horas frente al juego.
    lamentablemente viven otra época, en mi caso, dos lectores menos..:(

    Comentado por: Fabiola García el 16/5/2010 a las 03:49

  • Gracias Edmundo, cuánto me alegra lo que dices. Yo también exageré, y es que aunque mis dos hijos ya son mayores todavía guardo sus ositos y versiones fáciles de Treasure Island y Alice in Wonderland (a ellos no les importan estas cosas, claro). Son nostalgias absurdas de madre que disfrutó la infancia de sus hijos. Al leer tu entrada pues, se me redobló esa nostalgia.

    Comentado por: Elena el 28/2/2010 a las 01:02

  • Hola Elena. Mi hijo tiene sus peluches y está obsesionado con los trencitos de madera. Puede pasarse horas jugando con ellos. Pero a eso ha agregado los juegos en mi celular y las series de televisión. De por ahí exageré y el artículo parece como si sólo jugara con el iphone...

    Comentado por: edmundo el 27/2/2010 a las 01:04

  • Qué triste esta entrada. Qué tristes los comentarios: Un iphone en lugar de un osito de peluche. Qué pena no poder enseñárles a los peques a tener buen gusto. Sigh!

    Comentado por: Elena el 26/2/2010 a las 18:01

  • Edmundo tienes tanta razon en lo que escribes, siempre admire tu forma de escribir.
    Si aca en USA es mucho mas complicado este asusto de los video juegos especialmente para los papas de fin de semana. Mi hijo Sergio Andres es un eximio judor de soccer en PS, el ama el futbol pero de una perspectiva diferente a la mia, recuerdo pedaleaba media hora para ir a jugar soccer a la esquina de tu casa y llenarnos de polvo. Como no quisiera que el sintiera la satisfaccion de meter un gol, vencer un partido o hasta simplemente ganar una "pichanga".Pero quien sabe talvez lo sienta a traves de la pantalla y el control.

    Comentado por: Gerardo el 24/2/2010 a las 15:37

  • ¡En casa de herrero, cuchillo de palo! Hubiera pensado que tus hijos eran precoces lectores, pero veo que no han dejado de sucumbir al encanto maldito del iphone. Si por lo menos les pusieran algún juego scrabble en las aplicaciones la cosa no estaría tan mal. Cuando mencionas la consola, te refieres a los Wii Games? Aquí en Argentina se han constituido en la nueva amenaza que tritura el cerebro de los niños y adolescentes. No solamente no leen y se llevan materias a marzo, sino que cada vez hacen menos deporte. Además, los efectos a largo plazo en la salud no son alentadores. Fíjate que ya hay estudios que refieren altos índices de obesidad y diabetes en niños, debido al sedentarismo. La cosa es preocupante y, sí, los padres debemos poner límites y vencer el 'peer pressure' que reciben los niños, aunque resulte antipático.

    Comentado por: Stiffelio el 24/2/2010 a las 01:08

  • quizás, pero no creo que el problema esté afuera

    Comentado por: Juan-Andrés el 23/2/2010 a las 16:30

  • Pues sí, ahora el iphone paso a ser el nuevo "teddy bear" de los niños. Soy testigo de eso con mis sobrinos, me ven, me saludan y se adueñan de mi celular.
    Yo me resisto al Farmville...y no caeré en la tentación ... y que lastima por cada iphone q un niño usa, un libro se queda en el librero =(

    Comentado por: Rocío el 23/2/2010 a las 05:37

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Biografía

Edmundo Paz Soldán (Cochacamba, Bolivia, 1967) es escritor, profesor de literatura latinoamericana en la Universidad de Cornell y columnista en medios como El País, The New York Times o Time. Se convirtió en uno de los autores más representativos de la generación latinoamericana de los 90 conocida como McOndo gracias al éxito de Días de papel, su primera novela, con la que ganó el premio Erich Guttentag. Es autor de las novelas Río Fugitivo (1998), La materia del deseo (2001), Palacio quemado (2006), Los vivos y los muertos (2009), Norte (2011), Iris (2014) y Los días de la peste (2017); así como de varios libros de cuentos: Las máscaras de la nada (1990), Desapariciones (1994) y Amores imperfectos (1988).

Sus obras han sido traducidas a ocho idiomas y ha recibido galardones tan prestigiosos como el Juan Rulfo de cuento (1997) o el Naciones de Novela de Bolivia (2002).

Bibliografía

Los días de la peste (2017) 

 

 

 

Iris (2014). Alfaguara

 

 

Portada 'Los vivos y los muertos' 

Norte (2011). Mondadori

 

 

Billie Ruth (2012). Páginas de Espuma

 

 

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