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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 24 de octubre de 2020

 Río Fugitivo / Blog de Edmundo Paz Soldán

En la carretera

Cuando era niño y vivía en Cochabamba y mis papás estaban todavía juntos, solíamos ir los domingos a almorzar a los pueblitos del valle alto. Después de unos kilómetros tranquilos, aparecían los precipicios y la carretera se ondulaba, enroscándose sobre sí misma, angostándose de modo que sólo hubiera espacio para dos autos, los que iban y los que volvían a toda velocidad, los conductores algunas veces borrachos. Mis hermanos y yo nos poníamos nerviosos y papá nos decía que no nos preocupáramos, la carretera era segura. No era fácil creerle: toda la vera del camino estaba sembrada de cruces blancas con flores, pequeños nichos mortuorios con nombres y fechas que indicaban cuándo y quién se había matado ahí. En esta curva se mató Miguelito Ajén, un corredor de autos, contaba papá como un buen guía turístico en ese ascenso infernal. Yo escuchaba y hacía esfuerzos por distraerme con los ríos en las hondonadas, las casuchas en la lejanía, los campesinos y sus vaquitas. Era un paisaje idílico si uno lograba olvidar esa abrumadora procesión de cruces, esos muertitos cuyo trayecto había sido interrumpido por la carretera.

Conozco la mitología de la carretera y muchas veces me la he creído. Kerouac estaba en lo cierto, nada como estar en el camino, al aire libre, para que sientas que te ocurren cosas. Sí, lo reconozco: es una gran aventura y a veces lo he pasado bien. Pero, la mayor parte del tiempo, me ganan el miedo, la ansiedad. En las carreteras de mi país siento la preocupación constante de no saber hasta dónde llegaré. Están el pánico al abismo que se abre ante mí a cada rato, la desesperación debida a tanta incertidumbre.

Cuando era adolescente y mis papás ya no vivían juntos, mamá nos llevaba las vacaciones de verano al Santa Cruz tropical. Íbamos en autobús, su presupuesto no daba para más. El viaje, decían, duraba ocho horas si uno tenía suerte. Después de dos o tres horas, el valle dejaba paso al trópico, y había partes húmedas en las que el pavimento no agarraba o se destruía con rapidez. Una vez nuestro viaje duró veinticuatro horas. Había derrumbes y deslizamientos de tierra que nos retuvieron hasta que llegaran los del Servicio Nacional de Caminos. Para colmo, el motor del autobús se arruinó a la medianoche y después de cuatro horas de intentos infructuosos por repararlo, el chofer se rindió y debió llamar a Cochabamba para que enviaran otro autobús de reemplazo. Estábamos en plena selva y mis hermanos menores, asustados, le preguntaban a mamá cuándo llegaría el coco a comernos. El coco ya llegó y nos comió, decía mamá entre insultos al chofer, jurándose no viajar nunca más en autobús. No lo volveríamos a hacer, hasta la siguiente vacación.

Ya adulto, a principios de esta década, debí llevar a mis estudiantes de Cornell a Bolivia, a que conocieran las peculiaridades de su historia. Un fin de semana nos tocaba el lago Titicaca, pero los campesinos, azuzados por Evo Morales, que todavía no estaba en el poder, habían anunciado un bloqueo de caminos "contra las políticas neoliberales" del presidente Sánchez de Lozada. Los pueblos aymaras en torno al lago estaban en pie de guerra, era mejor cancelar el viaje. Sin embargo, a último momento escuché que el ejército garantizaba la circulación por las carreteras nacionales, así que, ingenuo, decidí que partiéramos. No hubo problemas en la ida; la vuelta fue otra historia. Nos topamos con campesinos enardecidos que nos hacían pasar previo pago de una multa. Mis estudiantes pasaron por la humillación de tener que limpiar las piedras del camino. En uno de esos pueblos, ya ni siquiera nos dieron la oportunidad de pasar. Golpearon la vagoneta con palos y nos agarraron a insultos; a los costados podían verse otros autos, todos con los vidrios destrozados. Temí por mi vida, la del chofer de la vagoneta y la de los quince estudiantes de los que estaba a cargo. Los líderes del bloqueo hablaban en aymara y yo no entendía una palabra. Era un guía perdido en mi propio país. Un anciano se apiadó de nosotros y nos dijo que entráramos al pueblo y pernoctáramos ahí. Esa noche, en pleno altiplano, en la plaza de Pucarani, deseé que se obrara un milagro secreto que nos permitiera salir con vida. El milagro ocurrió: un lugareño nos condujo a un camino de tierra abandonado que daba directamente a La Paz.

Ahora, en las carreteras sin curvas de los Estados Unidos, a veces me sorprendo cabeceando a punto de dormirme, y debo detenerme en una gasolinera en busca de café. Me digo que prefiero viajar en avión, aunque una vez, en una viaje de Cochabamba a Tarija, el mío se haya cayó en plena selva y yo tuve que pasar dos días desesperados al borde de la muerte. Pero esa es otra historia.

(Etiqueta Negra, septiembre 2009)

[Publicado el 02/9/2009 a las 04:37]

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Comentarios (8)

  • ¿Cuando nos vamos a enterar de lo sucedido en el famoso vuelo a Tarija?

    Comentado por: todotranqui el 29/10/2009 a las 19:16

  • ¿Qué se siente al ser un pasajero en un avión que cambia de rumbo y decide caerse?

    Comentado por: todotranqui el 26/9/2009 a las 14:58

  • No hay duda que año a año uno se pone mas nostalgico y como no recordar esas carreteras del tropico con sus curvas tenbrosas , el sofocante calor, los refrescos con hielo y uno que otra pintoresca manifestacion. A diferencia tuya yo tuve mas suerte pues cerca habia un restaurant siendo las truchas su plato principal y una zona llena de juegos con columpios, resbaladizas y un artesanal puenting. Hermosa la cronica, felicidades y obio tambien espero la cronica de tu viaje a Tarija

    Comentado por: Luis Guerra Montero el 25/9/2009 a las 17:04

  • Tu articulo me transporto a mi infancia, y comparto los mismos recuerdos de paseo con mis padres. Yo tragaba salado cuando veia cruces, nichos, flores, o cuando las carreteras se enroscaban, poniendose pesadas. Mi padre, igual, decia que todo estaba bien, pero que tenia uno que cuidarse del precipicio, del conductor ebrio, de la contracurva, etc. Hoy en dia, como si esto fuera poco, hoy tenemos que agregar los bloqueos.

    Esperamos con interes la historia de tu vuelo CBBA-Tarija.

    Comentado por: Ximena el 13/9/2009 a las 02:13

  • Transitar en ese tipo de caminos durante la noche y con neblina es lo mas cercano que he estado a situaciones de "alto riesgo". La adrenalina se queda corta rápidamente, ahora reconfirmo que a lo 20 años en ciertos momentos se cometen actos no muy razonables y luego uno no encuentra respuesta al ¿por qué lo hice?.

    Comentado por: todotranqui el 12/9/2009 a las 14:27

  • Gracias por compartir tus recuerdos en la carretera. Los caminos y los viajes son siempre propicios para contar historias. Me dio ganas de leer más. A ver si nos cuentas la historia de tu avión que se cayó en la selva; no nos dejes con la intriga! Muy bonita la foto!

    Comentado por: Stiffelio el 11/9/2009 a las 23:44

  • Otro de los muchos articulos tuyos con los que me identifico bastante. Hace poco puse en riesgo la vida de unos escandinavos cuando nos hicimos secuestrar en Huatajata por aymaras, cerca de la casa de Victor Hugo Cardenas, donde ingenuamente hice para el auto para tomar fotos.
    Finalmente comprendo el porqué de tu ausencia en la tierra de tu madre (mama) por tantos años. Aun asi espero que nos podamos ver en mi pago algún dia, o en cualquier otro lugar de este no tan vasto mundo.

    Comentado por: Julio Carrasco el 05/9/2009 a las 22:46

  • Por más caminos que recorra, jamás desaparecerá de la memoria el camino a Coroico...Cuantos más quedaran...

    Comentado por: Paul el 04/9/2009 a las 17:51

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Biografía

Edmundo Paz Soldán (Cochacamba, Bolivia, 1967) es escritor, profesor de literatura latinoamericana en la Universidad de Cornell y columnista en medios como El País, The New York Times o Time. Se convirtió en uno de los autores más representativos de la generación latinoamericana de los 90 conocida como McOndo gracias al éxito de Días de papel, su primera novela, con la que ganó el premio Erich Guttentag. Es autor de las novelas Río Fugitivo (1998), La materia del deseo (2001), Palacio quemado (2006), Los vivos y los muertos (2009), Norte (2011), Iris (2014) y Los días de la peste (2017); así como de varios libros de cuentos: Las máscaras de la nada (1990), Desapariciones (1994) y Amores imperfectos (1988).

Sus obras han sido traducidas a ocho idiomas y ha recibido galardones tan prestigiosos como el Juan Rulfo de cuento (1997) o el Naciones de Novela de Bolivia (2002).

Bibliografía

Los días de la peste (2017) 

 

 

 

Iris (2014). Alfaguara

 

 

Portada 'Los vivos y los muertos' 

Norte (2011). Mondadori

 

 

Billie Ruth (2012). Páginas de Espuma

 

 

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