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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 24 de agosto de 2019

 Río Fugitivo / Blog de Edmundo Paz Soldán

El mar y la playa

Tenía nueve años la remota mañana en que mi madre me llevó a conocer el mar. En aquel entonces, como un buen niño boliviano, yo había mitificado el mar como aquel lugar donde todas las cosas maravillosas ocurrían y cuya ausencia producía, en las repúblicas que lo padecían, bloqueos emocionales y atrasos que se acumulaban como eras geológicas.

Eran los quince años de mi hermana, y su regalo fue un viaje a Miami; como ella no era muy alta, la hicieron pasar como si tuviera trece años, y así su pasaje en avión se convirtió en medio pasaje -lujos que las aerolíneas se daban en esos tiempos-, y yo me sumé al viaje con el medio pasaje restante. Nada del tour en que nos encontrábamos, ni siquiera el Reino Mágico de Disney en Orlando, me despertaba tanto la curiosidad como ese lugar del cual se hablaba con tanto fervor en las horas cívicas en mi colegio en Cochabamba, y que cada lunes por la mañana, mientras cantábamos el himno, prometíamos recuperar aunque para eso tuviéramos que ofrendar nuestra sangre.

Fue por eso que, cuando entré a la habitación en el noveno piso de ese hotel de colores pastel en la ciudad de Miami, lo primero que hice fue acercarme al balcón y mirar hacia el azul intenso que se ofrecía a mis pies. Al fondo del horizonte se recortaba la silueta de un par de barcos, esas otras criaturas extrañas para el habitante de un país tan trágicamente orgulloso como Bolivia, que se jactaba de tener almirantes y contraalmirantes, criaturas vestidas de blanco que sólo aparecían, en esos días, cuando había un golpe de estado y se necesitaba formar el triunvirato militar que se haría cargo de la nación.

De lejos, todo era poesía. Pero al día siguiente, cuando mi madre, mi hermana mayor y yo nos asomamos a la playa, encontramos demasiados vestigios de prosa en medio de ese gran poema. Los bañistas se echaban sobre sus toallas como ballenas hambrientas, acumulando a su lado, bajo rutilantes sombrillas multicolores, latas de refrescos y bolsas de comida. Había marcas registradas por doquier, y la arena quemaba tanto que uno debía usar sandalias o caminar de puntillas. Los niños jugaban a construir castillos de arena, los jóvenes entraban y salían del agua, que iba perdiendo el azul con que la había visto desde la ventana de mi habitación y se ennegrecía.

No puedo decir que haya sido del todo una decepción. Sólo que de pronto sentí que no era para tanto. O quizás había que hacer una distinción significativa: mientras el mar era inmenso y convocaba una multitud de sentimientos, la playa era un lugar estrecho pese a lo infinito de sus granos de arena, un espacio que se achicaba a medida que avanzábamos sobre él. Y era imposible, hoy, disfrutar sólo del mar sin tomar a la playa en cuenta. Allí, la historia que me contaban en el colegio se desvanecía, y los temidos nombres de nuestros enemigos se difuminaban.

Pasé dos semanas en Miami. No tardé mucho en acostumbrarme al rumor del oleaje, al azul interminable desde la ventana, al bullicio de los niños en la playa, a las gordas con sus bikinis antiestéticos. Aprendía que uno exaltaba lo que no tenía, y que la fuerza de la costumbre terminaba por naturalizar todas las cosas al punto tal que uno dejaba de prestarles la atención. El mar y la playa, para un niño boliviano, eran la utopía hecha materia, pero cuando ese niño se convertía en un turista más, todo volvía a ser ordinario. Tanto, que hubo días en que ignoré el mar y la playa y preferí bajar a la piscina y tender mi toalla de un amarillo desvaído al lado del trampolín con, ironía de ironías, una novela de Emilio Salgari en las manos. El pirata Morgan era mi héroe de los nueve años; me gustaba, los días que no teníamos que ir a Busch Gardens o Seaquarium, pasar las horas leyendo aventuras de piratas y corsarios en los mares peligrosos. De pronto, sin darme cuenta, había un momento de la lectura en que ese mar y esa playa a las que le daba la espalda en Miami recobraban su aliento mítico, su talla inmensa, y yo, nosotros, volvíamos a ser los pigmeos que osábamos, atrevidos, profanar el corazón de su reino. Todo volvía a su mágico lugar.

(Etiqueta Negra, febrero 2008; reproducido en Letras Libres-España, agosto 2009)

[Publicado el 05/8/2009 a las 18:21]

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Comentarios (7)

  • magnifico

    Comentado por: hello kitty festa el 20/9/2015 a las 21:31

  • No puedo decir que esos sentimientos que tuviste con el mar me hayan ocurrido ami tambien;pero cuando algo te gusta: ciudad,pueblo,mar,montaña...no quieres marcharte solo quieres estar en el y con el...

    Este enlace es uno de los que mas me a gustado de todos tus enlaces.


    Saludos, Att/Arnez.

    Comentado por: Yasmine A. el 20/8/2009 a las 16:38

  • Los bolivianos siempre tendremos esa forma especial de acercarnos al mar, lo tenemos más en los libros que en nuestras ventanas. ¿Será que se nos hace más atractivo en las páginas de un libro que en nuestras ventanas? ¿O será que ese misticismo se lo hemos asignado, como dice una previa comentarista, al mágico Lago Titicaca?

    Comentado por: Martin el 18/8/2009 a las 20:31

  • Las personas que están acostadas en la arena de la foto en este post adoran mas al sol que al mar y a la playa.

    Comentado por: todotranqui el 16/8/2009 a las 17:40

  • El mar y la playa son parte de un combo con el que vienen acompañados.
    De alguna manera los seres humanos estamos en contacto con algún elemento de la naturaleza en nuestras vidas, pueden ser montañas, desiertos, selvas,etc., a mí me tocó estar en contacto con el mar y todo eso, digamos que no junto al mar pero sí a algo mas de una hora de distancia por carro.
    Desde que tengo memoria estoy ligado al mar y a la playa -no en onda Hawayan Tropic- pero si con recuerdos que no son fáciles de irse de mi memoria, recuerdo la fantástica visión de las pequeñas pozas de agua de mar con esos diminutos peces que se quedaron atrapados a la espera de la subida de la marea que cuando sucedía las olas te revolcaban algunas con mucha fuerza, cuando sucedía eso tenías que dejarte de llevar por esa fuerza, no luchar contra ella, los únicos cuidados eran evitar golpearse contra el fondo y no perder el sentido de hacia donde estaba la superficie ni la calma tampoco, con el mar no hay que luchar o enfrentarse, especialmente contras las corrientes o resacas hay que dejarse llevar por ellas que después de algunos cientos de metros te devuelven a la playa.
    Fui creciendo con esa vida, especialmente en la época de vacaciones, cuando empiezas a crecer el mar se separa un poco de ser el foco principal del asunto, es cuando entra la vida en la playa, los días se hacen más cortos y las noches más largas, el mar sólo servía para buscarlo en donde estaban sus mejores olas o en ciertos momentos encontrar la mas hermosa playa donde no había rastro de seres humanos, el éxito era descubrir cual era la mejor playa, y guardar el secreto.
    En la vida de playa siempre se daba un paso más adelante en el descubrimiento de la curiosidades o esquemas naturales de la vida, durante la vida en la playa siempre se daba "el primer", fumada de cigarrillos, la primera enamorada, el primer beso, la primera borrachera (con cerveza),el primer contacto sexual, la primera fumada de un "bate" etc. etc. También se daban las primeras peleas y problemas y a veces los primeros conflictos que acompañaban a "las primeras veces".
    Cuando se regresaba al colegio se era mas maduro se habían probado nuevas cosas, y experimentado otras.
    Ahora todo sigue igual en el fondo, pero hay diferencias en la forma, ahora son mis hijos quienes buscan las mejores olas pero en playas no tan desiertas, hay gente y edificaciones por todo lado, no debería gustar a tanta gente el mar y la playa, pero lamentablemente "no se puede ir contracorriente".
    Saludos,

    Comentado por: todotranqui el 16/8/2009 a las 17:10

  • curioso el relato, me parece que como boliviana, el ver el mar por vez primera me produjo mucho miedo, me intimidó, ni siquiera me pude meter de cuerpo entero en él, pero lo que más me sorprendió fue cuando vi el lago Titicaca, ahi pensé porque no lo vi primero, antes que al mar, su misticismo me conmovio aun mucho más que aquel mar primero

    Comentado por: Lucia el 07/8/2009 a las 17:07

  • cuando amas algo sólo lo ves a él, sin distracciones, lo escuchas, lo hueles, te introduces, te sumerges, te rodea por completo, el reflejo del sol te deslumbra y te llena, se adentra en tu esencia a través de la apertura de la mirada; su tacto, su temperatura fresca sobre la piel Pero todo esto son instantes, la poesía, que dicen, es un aleteo y la prosa, tal vez, esté en el sentimiento. Decepción del mar, suena a sacrílego. ;)
    Hay que aislarse y volver a descubrirlo cada vez. El sonido y la perspectiva de la inmensidad.

    Comentado por: bisiesta el 05/8/2009 a las 21:24

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Biografía

Edmundo Paz Soldán (Cochacamba, Bolivia, 1967) es escritor, profesor de literatura latinoamericana en la Universidad de Cornell y columnista en medios como El País, The New York Times o Time. Se convirtió en uno de los autores más representativos de la generación latinoamericana de los 90 conocida como McOndo gracias al éxito de Días de papel, su primera novela, con la que ganó el premio Erich Guttentag. Es autor de las novelas Río Fugitivo (1998), La materia del deseo (2001), Palacio quemado (2006), Los vivos y los muertos (2009), Norte (2011), Iris (2014) y Los días de la peste (2017); así como de varios libros de cuentos: Las máscaras de la nada (1990), Desapariciones (1994) y Amores imperfectos (1988).

Sus obras han sido traducidas a ocho idiomas y ha recibido galardones tan prestigiosos como el Juan Rulfo de cuento (1997) o el Naciones de Novela de Bolivia (2002).

Bibliografía

Los días de la peste (2017) 

 

 

 

Iris (2014). Alfaguara

 

 

Portada 'Los vivos y los muertos' 

Norte (2011). Mondadori

 

 

Billie Ruth (2012). Páginas de Espuma

 

 

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