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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 15 de diciembre de 2019

 Río Fugitivo / Blog de Edmundo Paz Soldán

Vida fugitiva

A la notable lista de escritores que ha producido Trieste -Italo Svevo, Umberto Saba, Claudio Magris--, debe añadírsele el nombre de Giani Stuparich (1891-1961). Su novela más importante, La isla, publicada originalmente en 1942, acaba de ser editada en España por la editorial Minúscula, con traducción de J. Á. González Sainz. Se equivocan quienes creen que la literatura es un edificio hecho sólo por colosos; para que existan Kafka, Faulkner y Woolf deben existir los Stuparich, esos autores que creemos menores y por ello prescindibles. Así, pasan los años y sus obras acumulan polvo y olvido, y de pronto, un día, se hace la luz: La isla es, ha escrito Enrique Vila-Matas, "un libro perfecto, una obra maestra". ¿Qué más se puede decir? Preservar, quizás, la recuperación. Pero en eso, ya lo sabemos, no somos buenos: nos es más fácil cuidar a un Rulfo que a un Julio Torri;  defendemos a Borges, pero no hacemos mucho por José Bianco.

El que lea esta corta novela que es La isla se topará con el autor italiano que más cerca está de Thomas Mann. La isla es una suerte de cruce de Muerte en Venecia con La montaña mágica. El enfrentamiento del ser humano con la muerte, tema de Mann por excelencia -y en general, gran tema de la literatura europea, dice Claudio Magris en su posfacio a La isla--, tiene en Stuparich el tono elegiaco de Muerte en Venecia, al que se le añade ese encuentro entre tecnología y condición humana que ha dado algunas de las mejores páginas de La montaña mágica. Un padre con un cáncer terminal le pide a su hijo que lo acompañe a visitar el lugar del principio, la isla del mar Adriático en la que nació. En la belleza deslumbrante de esa isla, el padre y el hijo descubren el otro lado de la vida: "una fría palidez de muerte estaba detrás de la transparencia de una sangre cálida y exultante; en el transcurso de un día lleno de sol, disfrutado en la libertad de la luz y del viento, había un estancamiento, una cerrazón canicular, donde el cerebro se disolvía y el alma fermentaba de miedos". Nos engañamos los que nos quedamos con la superficie festiva de las cosas.

En esa disociación, a ambos les ocurre lo que a Hans Castorp en La montaña mágica, cuando visita a su primo en el sanatorio en los Alpes suizos: encontrar la enfermedad en el corazón de la vida. Somos espíritu, pero también materia, y por ello la ciencia, la tecnología, son aquellas que dan sustancia a nuestras metáforas; la obsesión de Castorp por lo que dicen los rayos X de su tuberculosis es la misma del hijo en La isla, cuando acompaña a su padre a visitar al radiólogo: "mientras su padre se vestía en la habitación contigua, el radiólogo le había garabateado deprisa unos pocos trazos sobre una hoja de papel: el canal del esófago y, aproximadamente en su mitad, un estrangulamiento".

En La isla, el padre sabrá de los lazos de la sangre -"¡Su hijo! Tenían poco que decirse, pero qué sencillo era sentirse unidos--, y el hijo tendrá conciencia de lo que significa perder al padre. El padre, un vivo que ya es un hombre muerto, y el hijo, son lo mismo, se acompañan en esta "bufonesca alianza". Stuparich se pregunta por qué los hombres, al actuar como si no fueran mortales, "rehúyen la conciencia del animal que hay en ellos". La respuesta viene dada de manera implícita por el escenario geográfico de la novela: porque ante la "luz despiadada" de la isla, en la que "los contornos de las cosas vibra[n] como electricizados", la idea del fin es intolerable. Nosotros nos vamos, pero la belleza de la isla continúa ahí, retando al tiempo.

[Publicado el 14/8/2008 a las 17:15]

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Comentarios (1)

  • Cierto, espléndida lectura la de Paz Soldán: "La isla" es una suerte de "diálogo" en clave de "música de cámara" entre "Muerte en Venecia" y "La montaña mágica"... Mientras la nouvelle de Mann es "música de cámara" también, pues allí se trata de "cámara" con los ventanales abiertos a una playa donde, por ejemplo, el "niño" del poema de Gastón Baquero escribe sus palabras sobre la arena, en la de Stuparich -y sin olvido de que es una "isla" otra- los ventanales se abren al abismo, al silencio de las esferas que habitan en el padre, casi como el personaje del poema borgiano, presto a irse "en coche al muere"... Saludos, Paz Soldán, por tu narrativa y por tu lectura. Enhorabuena...

    Comentado por: Eugenio Marrón el 17/8/2008 a las 17:22

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Biografía

Edmundo Paz Soldán (Cochacamba, Bolivia, 1967) es escritor, profesor de literatura latinoamericana en la Universidad de Cornell y columnista en medios como El País, The New York Times o Time. Se convirtió en uno de los autores más representativos de la generación latinoamericana de los 90 conocida como McOndo gracias al éxito de Días de papel, su primera novela, con la que ganó el premio Erich Guttentag. Es autor de las novelas Río Fugitivo (1998), La materia del deseo (2001), Palacio quemado (2006), Los vivos y los muertos (2009), Norte (2011), Iris (2014) y Los días de la peste (2017); así como de varios libros de cuentos: Las máscaras de la nada (1990), Desapariciones (1994) y Amores imperfectos (1988).

Sus obras han sido traducidas a ocho idiomas y ha recibido galardones tan prestigiosos como el Juan Rulfo de cuento (1997) o el Naciones de Novela de Bolivia (2002).

Bibliografía

Los días de la peste (2017) 

 

 

 

Iris (2014). Alfaguara

 

 

Portada 'Los vivos y los muertos' 

Norte (2011). Mondadori

 

 

Billie Ruth (2012). Páginas de Espuma

 

 

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