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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

jueves, 13 de agosto de 2020

 Río Fugitivo / Blog de Edmundo Paz Soldán

El resplandor de Kubrick

           El Volkswagen escarabajo con el que Jack Torrance (Jack Nicholson) se dirige junto a su familia al hotel Overlook, en la primera escena de El resplandor, difiere en algo con respecto al de la novela de Stephen King: es amarillo (el de la novela es rojo). Es un detalle aparentemente trivial, hasta que, en la recta final de la película, cuando Dick Halloran se dirige al hotel Overlook siguiendo el "resplandor" del hijo de Jack, vemos un accidente en la carretera: un camión ha aplastado un escarabajo rojo. La imagen del Volkswagen bajo las ruedas del camión dura segundos, los suficientes para que alguno sospeche que esa escena era la forma poco elegante con la que Kubrick le decía a King que había destrozado su novela y que su película era superior.

            Me enteré de todo esto viendo Room 237, un magnífico documental de Rodney Ascher dedicado al recuento de las múltiples y delirantes interpretaciones a que ha dado lugar la película de Kubrick. Para sus fanáticos más obsesivos -cineastas independientes, solemnes profesores de historia--, Kubrick es como Borges o Pynchon para otros: alguien que supuestamente no ha dejado ningún detalle al azar y cuya obra está poblada de símbolos que permiten lecturas infinitas. Vi la película dos veces y en ambas me pareció una sofisticada versión de la novela, la historia de un descenso a la locura, aunque con un cambio fundamental: Kubrick estaba más interesado en el horror psicológico que en el elemento sobrenatural de la novela.

Ahora que he visto Room 237, entiendo que me quedé corto y que en realidad la película es, básicamente, sobre todo lo que a uno se le puede ocurrir. Uno de los fanáticos dice que Kubrick es como "un megacerebro para el planeta" y que el director inglés "estaba pensando en las implicaciones de todo lo que existe". Por ejemplo, El resplandor puede verse como un comentario sobre el genocidio de los indios norteamericanos: el hotel fue construido sobre un cementerio indio, hay retratos de jefes indígenas en las paredes, en un par de escenas aparece una lata de soda caústica Calumet con la cara de un indígena. El resplandor es también sobre el holocausto nazi: la máquina de escribir de Jack es alemana, marca Adler -águila, símbolo nazi-, y sugiere el peso de lo burocrático, de lo industrial, de lo mecanizado en la ideología nazi; Danny, el hijo de Jack, lleva una polera con el número 42, año en que se inicia la "solución final" nazi. Aun mejor: El resplandor es la confesión pública de Kubrick de que ayudó a la conspiración del alunizaje del Apolo 11; no hubo tal y todo fue una filmación del cineasta norteamericano: se puede ver a Danny con una chompa del Apolo 11, y 237, el número de la habitación embrujada, representa las 237.000 millas de distancia entre la tierra y la luna (si uno multiplica 2 por 3 por 7, obtiene... 42).  

En Contra la interpretación, Susan Sontag sugería que a veces un personaje era sólo un personaje y no tenía porqué representar, por decir algo, a los Estados Unidos o los ideales perdidos de una generación. Estamos muy lejos de Sontag. Room 237 es una película sobre las delicias y los peligros de la sobreinterpretación. Armado de un poderoso equipo de DVD, el fanático puede ver la película en cámara lenta o al revés -como efectivamente hace uno de ellos, superponiéndola sobre la proyección normal-- y ponerse a buscar símbolos y conectar las intrincadas líneas del laberinto. No es diferente a los exégetas que dedican su vida a rastrear los múltiples significados de "Tlon, Uqbar, Orbis Tertius" o La subasta del lote 49. No todos los autores sirven para eso; algunos se agotan rápidamente. A casi quince años de su muerte, Kubrick sigue emitiendo un resplandor que atrapa. Sobrevivirá no solo a la indiferencia de quienes lo vieron como un director frío, demasiado cerebral; también la atención de sus seguidores más entregados, los que no pueden ver El resplandor sin apretar el botón de pausa para ponerse a contar los autos estacionados frente al hotel Overlook (¡42!) o fijarse qué película están viendo Danny y su madre en la televisión: por supuesto, se trata de Verano del 42.           

 

(La Tercera, 20 de abril 2013) 

 

[Publicado el 22/4/2013 a las 13:43]

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Comentarios (2)

  • En lo personal, es una película que he tenido la oportunidad de ver un par de veces. Recuerdo la aparición de unas gemelas en uno de los pasillos, también al hijo de la pareja montado en su carrito recorriendo de arriba abajo el hotel, el ver como Jack Nicholson con el paso de los días va perdiendo más y más el sentido de la razón; pero si hay algo impresionante en la película, al menos a los 12 o 13 años que tenía cuando la vi, es la cara de Nicholson asomarse por el agujero que hizo al destrozar la puerta con el hacha que llevaba en las manos, una expresión que en realidad produce un fuerte escalofrío.

    Por otro lado es impresionante saber, como los realizadores juegan con todos esos números, datos y fechas, totalmente imperceptibles para nosotros y que en el fondo hacen aún más interesante y misterioso el entorno de la película.

    Me quedo con el buen sabor de boca de la segunda vez que la vi (El Resplandor), ya un poco mayor y con otra mentalidad, un poco más analista y ya sin la impresión que tuve aquella primera ocasión.

    Comentado por: Antonio Fernández el 25/4/2013 a las 18:34

  • Stanley Kubrick ha sido un gran director cinematográfico. Recuerdo muchas de sus películas y te puedo decir que la mayoría me gustó mucho.
    Pero nunca las he desmenuzado como tú lo haces.
    No podemos saber si quiso decir esto o lo otro.
    Quedémonos con la impresión que nos deja.
    Claro está, ¿de qué vivirían los críticos si pensaran como yo y actuaran en consecuencia?

    Comentado por: Rosa Mayo Marcuzzi el 22/4/2013 a las 20:38

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Biografía

Edmundo Paz Soldán (Cochacamba, Bolivia, 1967) es escritor, profesor de literatura latinoamericana en la Universidad de Cornell y columnista en medios como El País, The New York Times o Time. Se convirtió en uno de los autores más representativos de la generación latinoamericana de los 90 conocida como McOndo gracias al éxito de Días de papel, su primera novela, con la que ganó el premio Erich Guttentag. Es autor de las novelas Río Fugitivo (1998), La materia del deseo (2001), Palacio quemado (2006), Los vivos y los muertos (2009), Norte (2011), Iris (2014) y Los días de la peste (2017); así como de varios libros de cuentos: Las máscaras de la nada (1990), Desapariciones (1994) y Amores imperfectos (1988).

Sus obras han sido traducidas a ocho idiomas y ha recibido galardones tan prestigiosos como el Juan Rulfo de cuento (1997) o el Naciones de Novela de Bolivia (2002).

Bibliografía

Los días de la peste (2017) 

 

 

 

Iris (2014). Alfaguara

 

 

Portada 'Los vivos y los muertos' 

Norte (2011). Mondadori

 

 

Billie Ruth (2012). Páginas de Espuma

 

 

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