Moebius, el precursor

Arzak, el vilgilante
Hace muy poco leí por primera vez a Sherwood Anderson y descubrí que lo había estado leyendo hacía mucho. Anderson fue tan influyente en el desarrollo de la narrativa norteamericana del siglo XX que muchos de sus recursos fueron apropiados por escritores más conocidos como Hemingway, Fitzgerald o Faulkner. Se convirtió en una suerte de precursor invisible. Algo así me ha ocurrido con Moebius en el mundo de los comics. Durante mi niñez y adolescencia no leí nada del dibujante francés; mi formación en la historieta tenía mucho que ver con las revistas argentinas (Tony, Fantasía, D'Artagnan) y Asterix, y algo con las colecciones de superhéroes de Marvel. Una formación, digamos, precaria. En Estados Unidos descubrí la revista Heavy Metal (basada en la original francesa Métal Hurlant, una creación de Moebius), pero no era fácil conseguir la obra de Jean Giraud (el verdadero nombre de Moebius). Solo ahora que, aprendiz tardío, he entrado en contacto directo con su mundo -a través de El garaje hermético (1976) y Arzak, el vigilante (2010)--, descubro que en realidad hacía mucho que en cierta forma vivía ahí.
Las pistas me las dio Arzak. Los dibujos de los soldados de las naves espaciales se parecían mucho a los de una de mis películas favoritas de Miyazaki (El castillo en el cielo, 1986). Pensé que Moebius se había inspirado en el director japonés; en verdad, era al revés. Miyazaki no tenía reparos en reconocer que prácticamente todo el manga contemporáneo le debía algo a Moebius. ¿Y los piratas espaciales de Arzak, y los dibujos de ciertas ciudades en galaxias lejanas? Pues, se parecían mucho a los de algunos episodios de La guerra de las galaxias. Una vez más, era Lucas el aprendiz. Moebius había contribuido con el diseño de conceptos y algunos storyboards para La guerra de las galaxias V (1980). Había hecho lo mismo con una de mis películas favoritas (Alien, 1979), a la vez que Ridley Scott reconocía haberse inspirado en su obra para el diseño futurista de Blade Runner (1982). William Gibson también decía que el concepto visual de Neuromancer (1984) le debía mucho a Moebius. La mezcla de elementos futuristas con paisajes medievales de Arzak también encuentra resonancias en La torre oscura, la serie épica de Stephen King. Uno abre los ojos, y comienza a ver a Moebius por todas partes...
Quizás llame a la confusión que Arzak, uno de los últimos trabajos publicados por Moebius antes de su fallecimiento semanas atrás, sea posterior a todas las obras citadas de Miyazaki y compañía. Ocurre que Arzak es muy deudora de Arzach, la historieta con la que Moebius se hizo conocer a mediados de los setenta, en las páginas de Métal Hurlant, y ya en Arzach se encuentran las marcas de una forma de concebir la historieta que el francés desarrollará sin descanso en las décadas siguientes. Arzak puede leerse como la condensación del estilo de Moebius (que es, digamos, el estilo visual triunfante del cine de ciencia ficción de hoy). Así, uno encuentra en Arzak esos momentos intimistas tan propios de Moebius, junto a su deslumbrante sentido del espacio, capaz de evocar en un dibujo sin palabras toda la maravilla de un planeta desconocido. También está el humor algo absurdo (que desconcierta en esa improvisación incoherente llena de chispazos geniales que es El garaje hermético), el erotismo inesperado en una historieta aparentemente juvenil, y una paleta de colores vibrantes en la que, de acuerdo al tono del relato, predomina el rojo sangre, el azul marino o el café terrestre.
Moebius dibuja el futuro como un lugar híbrido en el que lo humano y lo animal conviven naturalmente con la máquina (el pterodáctilo de Arzak es un cyborg), y lo virtual es parte intrínseca de lo real. Puede que todo eso suene familiar hoy. Pero no está demás reconocer que Moebius fue uno de los primeros en habitar ese mundo.
(La Tercera, 24 de marzo 2012)
[Publicado el 26/3/2012 a las 17:30]
Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, Bolivia, 1967) es profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Cornell. Es autor de nueve novelas, entre ellas Río Fugitivo (1998), La materia del deseo (2001), Palacio Quemado (2006) y Los vivos y los muertos (2009); y de los libros de cuentos Las máscaras de la nada (1990), Desapariciones (1994) y Amores imperfectos (1998). Ha coeditado los libros Se habla español (2000) y Bolaño salvaje (2008). Su libro más reciente es Norte (Mondadori, 2011). Sus obras han sido traducidas a ocho idiomas, y ha recibido numerosos premios, entre los que destaca el Juan Rulfo de cuento (1997) y el Nacional de Novela en Bolivia (2002). Ha recibido una beca de la fundación Guggenheim (2006). Colabora en diversos medios, entre ellos los periódicos El País y La Tercera, y las revistas Etiqueta Negra, Qué Pasa (Chile) y Vanity Fair (España).
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