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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 19 de septiembre de 2020

 Río Fugitivo / Blog de Edmundo Paz Soldán

La biblioteca de mi padre

Tenía once, doce años y nada me interesaba más que explorar la biblioteca de mi padre. Abría un libro al azar y lo comenzaba a leer y si me enganchaba podía continuar por horas. Todo muy diferente de estos tiempos en que llego a los libros después de leer múltiples reseñas y escuchar las recomendaciones de amigos en quienes confío. Son tantos los libros y no quisiera perder mi tiempo con algo que no me va a gustar. Quizás he ganado en el porcentaje de libros leídos que admiro, pero he perdido un poco de la capacidad para la sorpresa de mis inicios.

Los escritores inventamos nuestra biografía intelectual y nos creamos un linaje en la que solo están las cumbres. Mencionamos entre nuestros mentores a Borges, Vargas Llosa, Coetzee, Bolaño, Woolf, Lispector, y nos olvidamos de esos otros libros menores o populares que leímos y que quizás nos influyen de una manera más profunda que los grandes. Todavía recuerdo con claridad el sacudón que fue para mí leer Ficciones a los catorce años, ese momento fundacional en que me dije que si eso era la literatura entonces quería ser escritor; a esa misma edad me deslumbraron Cien años de soledad y Lolita, que descubrí de casualidad en la biblioteca de un tío en Santa Cruz; sin embargo, reconozco que hoy no sería el que soy sin esos otros libros que leí en un momento en que mi capacidad para absorber lo que caía en mis manos estaba en su punto máximo.

En la biblioteca de mi padre encontré los libros de Erich von Däniken. Este reduccionista suizo defendía la idea de que los extraterrestres habían estado aquí antes que nosotros y eran los verdaderos creadores de nuestras principales civilizaciones, responsables tanto las líneas de Nazca como de las pirámides egipcias y las estatuas de la isla de Pascua. Leía y veía las fotos que apoyaban las teorías y no sé si me lo creía todo pero al menos estaba dispuesto a dejarme maravillar y no descartarlas. Con los años se ha demostrado que von Däniken falseó muchas cosas -por ejemplo, contrató a un alfarero para que hiciera vasos de cerámica mostrando imágenes de platillos voladores, y presentó esos vasos como si hubieran sido descubiertos durante excavaciones arqueológicas- y que sus ideas eran un refrito de El retorno de los brujos, un libro muy popular en los años sesenta que exploraba entre otras cosas la conexión entre el nazismo y el ocultismo y sostenía que los primeros astronautas en la tierra fueron visitantes extraterrestres. No he vuelto a leer a von Däniken, pero hoy me asombro ante la capacidad de la literatura para imponer sus ficciones a la realidad: algunos críticos de El retorno de los brujos señalan que el libro le debe mucho a algunos cuentos de Lovecraft, con lo se puede concluir que mis padres y yo, al leer a von Däniken y creer en sus teorías, éramos lovecraftianos sin saberlo. Y ni qué decir de un par de generaciones en los años sesenta y setenta.

A mi papá también le gustaban los best-sellers de ese entonces: leía a Sidney Sheldon y a Irving Wallace con placer. Yo me saltaba las páginas buscando las escenas seudoeróticas, que eran muchas (en esa misma época, gracias a otro tío, descubrí las memorias verdaderamente pornográficas de Xaviera Hollander y me olvidé de Sheldon y Wallace). Las novelas policíacas eran otra cosa: había estantes enteros dedicados a Agatha Christie y Erle Stanley Gardner. Podía leerme novelas enteras de la Christie en un solo día, tomar notas para descubrir quién era el asesino antes que el detective Hercules Poirot, y eso preocupaba a mi madre. Decía que me crearían una mente morbosa. Para contrarrestar la influencia nociva de Asesinato en el Orient-Express y El misterioso caso de Styles, me compró las obras completas de Shakespeare, que leí entusiasmado: el autor de El mercader de Venecia era más morboso que la Christie.

Había otros libros en esa biblioteca. Política e historia bolivianas, y también literatura clásica. Pero de esos no me acuerdo tanto como de von Däniken y Agatha Christie. Debe ser por algo.

(La Tercera, 25 de febrero 2012)   

[Publicado el 27/2/2012 a las 19:02]

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Comentarios (3)

  • Yo también me devoraba a la Christie en mi adolescencia, llegando a matar una novela por día (en mi caso la preocupación de mi madre era el hecho de queveía como un desperdicio el gastar tanta plata para leer un libro en unas horas). Pero yo no me preocupaba en averiguar quien era el asesino, por el contrario prefería que me sorprendan y más que averiguar quien fue, me la pasaba preguntándome quien sería el proximo asesinado (siempre habían dos o tres por lbro).

    Si bien la pobre Agatha no era una autora considerada muy literaria que digamos, fue un excelente medio de entrenamiento para atacar futuras lecturas, más 'profundas' y complejas y por ello le quedaré eternamente agradecido. Después de todo, aquel que diga que leyó Ulises sin haber pasado primero por Conan Doyle, Salgari o Julio Verne no será de fiar.

    Comentado por: Ernesto el 10/3/2012 a las 19:55

  • Qué de recuerdos. Me asombra descubrir el gran parecido entre la biblioteca de tu padre y la del mio. Además de la biblioteca de la casa, mi papá era dueño de dos librerías. de niño, yo, literalmente, me sumergía en los depósitos y nadaba entre libros.

    Comentado por: Joaquín Ferrer el 06/3/2012 a las 01:26

  • Tienes mucha razón Edmundo, yo también hechaba mano de la biblioteca de mis padres (aunque era pequeña) y recuerdo con añoranza como me sumergía en la búsqueda de revistas antigüas y libros que jamás me hubieran mencionado en la escuela.
    Todo entraba a lo bruto, sin filtro, ahora, como tú dices, leemos primero las reseñas, comentarios y siempre tengo miedo de que voy a perder mi tiempo cuando estoy al frente de un libro totalmente desconocido.

    Comentado por: Alvaro Méndez el 27/2/2012 a las 20:53

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Biografía

Edmundo Paz Soldán (Cochacamba, Bolivia, 1967) es escritor, profesor de literatura latinoamericana en la Universidad de Cornell y columnista en medios como El País, The New York Times o Time. Se convirtió en uno de los autores más representativos de la generación latinoamericana de los 90 conocida como McOndo gracias al éxito de Días de papel, su primera novela, con la que ganó el premio Erich Guttentag. Es autor de las novelas Río Fugitivo (1998), La materia del deseo (2001), Palacio quemado (2006), Los vivos y los muertos (2009), Norte (2011), Iris (2014) y Los días de la peste (2017); así como de varios libros de cuentos: Las máscaras de la nada (1990), Desapariciones (1994) y Amores imperfectos (1988).

Sus obras han sido traducidas a ocho idiomas y ha recibido galardones tan prestigiosos como el Juan Rulfo de cuento (1997) o el Naciones de Novela de Bolivia (2002).

Bibliografía

Los días de la peste (2017) 

 

 

 

Iris (2014). Alfaguara

 

 

Portada 'Los vivos y los muertos' 

Norte (2011). Mondadori

 

 

Billie Ruth (2012). Páginas de Espuma

 

 

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