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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

Editado por La Oficina del Autor

sábado, 17 de mayo de 2008

Blog de Vicente Verdú

LUISES

En Santa Pola, donde veraneo, me topé hace años con un individuo que se acercó estando en la barra de una cafetería y dijo que nos conocíamos desde los tiempos de la escuela primaria. No recuerdo cuál era su nombre y debido a su estrafalario aspecto tampoco puse demasiada atención cuando se presentaba. Me  sorprendí, sin embargo, cuando con toda contundencia me llamó Luis.

Desde ese encuentro nos hemos visto cuatro o cinco veces más y al comprobar que obstinadamente, sin  vacilación, me llamaba Luis opté por llamarle Luis. Cuando en alguno de los veranos nos cruzamos nunca rehuímos saludarnos y charlar unos segundos sin que inexorablemente falte nunca identificarnos como Luis y Luis.

Por lo que a mi respecta, estos pasajes han creado un cierto rencor en mí y, supongo que en él que, como yo, se resentirá de soportar un nombre que no le corresponde. En general, designar a alguien con un nombre equivocado provoca en aquel un torcimiento interior de su ser que no debe desdeñarse. Para deshacer este angustioso malestar bastaría corregir al interlocutor para siempre pero el mismo acto de corrección requiere un ejercicio de humillación igualmente doloroso.

Ajustar el conocimiento del viejo conocido al verdadero nombre propio, significa aceptar que nuestra identidad no causó el efecto necesario a lo largo del tiempo y se precisa una ayuda secundaria para que aprenda el ser nominal que somos. Nominal o más que eso, porque un nombre siempre da un sentido particular al objeto o al sujeto nominado. Llamándose Luis y no otra cosa, la intuición se adentra en figuraciones de contenido y continente determinados. Un nombre nos bautiza gráficamente, sonoramente, anímicamente y, con ello, se filtra en nuestra personalidad hasta definir una sensitiva clase de sujeto. Trastocar el nombre lleva consigo, por tanto, una transmutación en la medida que sea, y la corrección obliga a una reorientación conceptual y a una sutil reconstrucción interna.

Con estas consideraciones y teniendo en cuenta lo poco que nos tropezábamos en la vida, no sin algún incomodo, me pregunto: ¿Aceptaba él que yo le llamara Luis por iguales razones? ¿Ocultaba su verdadero nombre para eludir el mal trago de no haberle reconocido ni recordado? Y, siendo así, ¿cómo se atrevía a llamarme a mí con un nombre que sin duda había advertido incorrecto? Sólo su fe ciega en que mi nombre fuera Luis a pesar de mis reacciones disculpaba su uso férreo. Lo que, de otra parte, no contribuía a mejorar la imagen que me proporcionaba. ¿Debía disculparle porque su biografía hubiera sido menos afortunada que la mía? ¿Debía ser condescendiente hasta la piedad? ¿Podría soportar la invariable exasperación que su tenacidad me producía?  Porque ¿no merecería la soberbia que me zahería un correctivo que pusiera las cosas en su debido lugar, por mal que le fueran las cosas?

De momento empleé como defensa llamarle a él también Luis. La elección de este nombre llevaba en sí el justo castigo que merecía su craso error y, de paso, podría servirle acaso como una pista para darle a entender que llamándome Luis y Luis también él se equivocaba.

No reaccionó, sin embargo, y levantó en mí la duda de que efectivamente, casualmente, se llamaría  Luis. Porque si no reaccionaba al nombrarle desacertadamente, ¿por qué descartar que Luis le complaciera?  Y no complaciéndole del todo, ¿no le convendría mantener este falaz tanteo que, al cabo, nos empataba? Y si lo mantenía ¿demostraba así que era consciente de la inquietante superchería que sosteníamos? Una superchería que, en mi creencia, había introducido yo pero que sólo podría funcionar con su correspondencia. Uno y otro, por tanto, cómplices de una rara patraña en la que cada uno era desmentido recíprocamente. De hecho, la herida que nos infligíamos podía conllevarse tanto porque nos veíamos muy esporádicamente como porque nos sentenciaba mutuamente. Pero, más allá, ¿cómo negar también que hallábamos una extraña complacencia en esta imprevisible mascarada? Cada cual desconocía del otro los pormenores de sus vidas, no nos importábamos ni nos interferíamos la existencia. Sólo sentíamos el impacto de no ser explícitamente reconocidos por el otro y, al fin, de ser voluntaria y dolosamente confundidos.

En estas tesituras y cada vez con mayor claridad ambos hallamos la recompensa de entregarnos a una experiencia de desconfiguración. Luis y Luis fluía en uno y otro oído como un dulce que nos disolvía. Nos desleíamos en los luises y por momentos dejábamos de ser lo que éramos para ser un ser desaparecido en el grado cero de la identidad.

Aún ahora, aunque siempre de tarde en tarde, esta desintegración nos la proporcionamos reiterando el formulario cambio de saludos y palabras que atrás, en uno y otro, deja el rastro de un suave y malvado asesinato recíproco.

[Publicado el 12/7/2007 a las 10:30]

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Comentarios (19)

  • En estas tesituras y cada vez con mayor claridad ambos hallamos la recompensa de entregarnos a una experiencia de desconfiguración.






    Qué construcción.




    Luis y Luis fluía en uno y otro oído como un dulce que nos disolvía. Nos desleíamos en los luises y por momentos dejábamos de ser lo que éramos para ser un ser desaparecido en el grado cero de la identidad.




    Menos mal que no estás en la lista de curri Valenzuela Santa Pola-anco.



    Lu is Fo.

    Comentado por: Lucía Angélica Folino el 14/7/2007 a las 07:12

  • Yo me lo hubiera imaginado a usted, como el tipo de persona que corrige esos errores a la primera.

    Para mí es costumbre con el nombre raro que heredé de mi abuela materna vivir corrigiendo a la gente que no me conoce mucho o lo hace por primera vez.


    Comentado por: dorothy hale el 13/7/2007 a las 23:23

  • @Grifo:

    Frío, frío.

    De todas maneras, cierto halago debo colegir de tu comentario. Por lo demás, creo no equivocarme al afirmar que don Vicente Luis Verdú de Verdá debe ser alguien con muy poco sentido del humor (no es ningún delito). Sus entradas lo demuestran. (Aunque la gran mayoría de autores suele ser incapaz de cambiar de registro tonal, una vez que se han asentado como funcionarios estatales en uno.)

    Te doy un dato: no soy fanático verduliano. Y ruego mil disculpas -a quien corresponda- por permitirme bromas en la sección comentarios de este serio autor, plegándome ovejunamente al ímpetu de diversión de otros Luises; en esta bitácora bumeránica que, por lo demás, últimamente, parece provocar solo sopor a muchos.

    ¡Ánimo a esos otros Luises!

    Comentado por: alias Luis de las Heras y Vivanco el 13/7/2007 a las 08:40

  • Señor Luis Grifo, no se me pase usted de listillo.

    Comentado por: Luis María Sansón el 13/7/2007 a las 00:51

  • Luis de las Heras y Vivanco | 12/07/2007 15:39:07

    En consecuencia, yo creo que Vd. es Vicente Verdú, o sea: Vicente y Vicente, que explora así las posibles vías de un sentido del humor que él cree exclusivo del género humano.
    La observación de que sonríe a los animales para ver su reacción es característica de las descripciones que uno hace de sí mismo; y que difícilmente nos haría un tercero (a no ser que hubiera complicidad).
    Qué humorístico que resulta Vd...
    Lo de que el humor sea privativo del hombre..., es un tópico de cazadores. Dígame cómo es que su perro entiende todas sus alusiones en broma sin morderle.
    Vamos, vamos...

    Grifo

    Comentado por: Grifo el 13/7/2007 a las 00:17

  • no le creo nada a las mujeres

    Comentado por: Lucho el 12/7/2007 a las 23:22

  • Vosotros los hombres sóis unos perversos. Cómo os podéis permitir inventaros un nombre que no tenéis, solo para gastarle una broma a don Luis Vicente Verdú. Qué cara tan dura que tenéis!

    Comentado por: Luisa G. el 12/7/2007 a las 23:08

  • Oye, Luis, lo de estrafalario no me lo repites tú en el bar mañana,¿eh? Pues a partir de ahora te va a pagar el cortado tu abuela. Vamos, habráse visto con el señorito. Desde que le ha dado por firmar como Vicente y por escribir artículos contra mí y contra mi perro no hay dios que lo soporte. Pues para que te enteres, hasta mi perro se ríe de ti. Estrafalario me llama el muy... y ¿qué tiene de malo mi vida? Nada, nada, mañana te quiero ver yo por el bar, señorito Luis.

    Comentado por: Luis de Luis Luisón el 12/7/2007 a las 22:05

  • A mi me pasó el caso contrario. Me llamo Beatriz y en una cena me presentaron a una persona que se creyó que me llamaba Lourdes. Era la dueña de una tienda por la que me pasaba de vez en cuando y durante un tiempo no le saque del error porque me resultaba curioso y agradable que se dirigiera a mi sabiendo quien era pero por otro nombre. Me daba por pensar si cambiaría algo que tuviese otro nombre y hasta qué punto nos condiciona o nos viste algo que es tan, podríamos decir, aleatorio.

    Comentado por: Bea el 12/7/2007 a las 18:10

  • luis, habrá que averiguar a cual de ellos me dirijo...

    Divertido su video, ganas de guasa que tenía el mono. Le pongo este, tambien de animales pero con bastante menos guasa, hay que verlo hasta el final aunque den ganas de dejarlo a medias.

    http://www.zappinternet.com/video/ToBnDiyXev/Bufalos-VS-Leones-VS-Cocodrilo


    Comentado por: San Luis el 12/7/2007 a las 17:51

  • ¡Vaya trifulca con el nombre, con lo rebonicos que están ustedes llamándose así!

    Guapos, guapos y guapos

    ¡Bendito nombre!




    Comentado por: San Luis el 12/7/2007 a las 17:36

  • Pero si VIVANCO, Y el muerto parece ser Pedro

    http://img504.imageshack.us/img504/262/tumbd6.jpg

    Comentado por: no soy Luis el 12/7/2007 a las 16:20

  • El lugar era Santa Polola. Y yo nunca lo llamé a usted Luis. Yo le dije que era MI nombre, y usted pensó que yo lo estaba llamando A USTED así. Como pensé que usted era SORDO y bastante falto de humor, no le dije nunca nada. Un Luis más o menos, me dije. Lo que nunca entendí fue su gusto ese por llevar corbata hasta para entrar al mar en plena canícula, de sonreír a los animales para ver su reacción y de incluir la palabra formulario en muchos de sus monólgos que yo tomaba por locura y ahora he descubierto publicados aquí. Qué Luis me ha salido, pensaba yo. Atte.

    Comentado por: Luis de las Heras y Vivanco el 12/7/2007 a las 15:39

  • no argumenes na miki que pareso tamos lo luise

    Comentado por: luis miguel el 12/7/2007 a las 15:27

  • Seguir la corriente a otras personas, a veces induce a error. Aunque al final hayais conseguido ser amigos llamandoos Luis y Luis, sería mejor saber los nombres reales para no cometer fallos, ¿no?
    Por lo demás no sé que argumenar.

    Comentado por: mikimiguel el 12/7/2007 a las 13:46

  • Siempre estuve convencido de que usted se llamaba Luis. Lo siento.


    Comentado por: Luisiano el 12/7/2007 a las 12:11

  • ----¿Debía disculparle porque su biografía hubiera sido menos afortunada que la mía?----

    Solo un aspecto estrafalario le hace pensar esto?, vaya...vaya...


    ---Porque ¿no merecería la soberbia que me zahería un correctivo que pusiera las cosas en su debido lugar, por mal que le fueran las cosas?---




    Comentado por: Luis el 12/7/2007 a las 11:05

  • tarda un poco en cargar la página pero vale la pena ver el video.

    Comentado por: luis el 12/7/2007 a las 10:33

  • http://www.igooh.com.ar/Nota.aspx?IdNota=1028
    (Muy bueno el texto de hoy, me encanta) ; )

    Comentado por: luis el 12/7/2007 a las 10:32

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Foto autor

Biografía

Vicente Verdú nació en Elche en 1942. Escritor y periodista, se doctoró en Ciencias Sociales por la Universidad de la Sorbona y es miembro de la Fundación Nieman de la Universidad de Harvard. Escribe regularmente en el El País, diario en el que ha ocupado los puestos de Jefe de Opinión y Jefe de Cultura. Entre sus libros se encuentran: Noviazgo y matrimonio en la burguesía española, El fútbol, mitos, ritos y símbolos, El éxito y el fracaso, Nuevos amores, nuevas familias, China superstar, Emociones y Señoras y señores (Premio Espasa de Ensayo). En Anagrama, donde se editó en 1971 su primer libro, Si Usted no hace regalos le asesinarán, se han publicado también los volúmenes de cuentos Héroes y vecinos y Cuentos de matrimonios y los ensayos Días sin fumar (finalista del premio Anagrama de Ensayo 1988) y El planeta americano, con el que obtuvo el Premio Anagrama de Ensayo en 1996. Además ha publicado El estilo del mundo. La vida en el capitalismo de ficción (Anagrama, 2003) y Yo y tú, objetos de lujo (Debate, 2005). Su libro más reciente es No Ficción (Anagrama, 2008).

Bibliografía

No Ficción (2008). Editorial Anagrama 

Yo y tú, objetos de lujo (2005). Editorial Debate

La ciudad inquieta: el urbanismo contemporáneo entre la realidad y el deseo (2005). Fundación Central Hispano

Noviazgo y matrimonio en la sociedad española: 1974-2004 (2004). (Coautor con Alejandra Ferrándiz). Taurus Ediciones

Alberto Schommer, el poeta de la visión (2003). La Fábrica

El estilo del mundo: la vida en el capitalismo de ficción (2003). Editorial Anagrama

Guillermo Vázquez Consuegra: obras y proyectos, 1996-2001 (2001). (Coautor con García-Solera Vera, Javier). Colegio Oficial. Arquitectos Comunidad Valenciana

Cuentos de matrimonios (2000). Editorial Anagrama

Señoras y señores (1998). Espasa-Calpe

El planeta americano (1997). Círculo de Lectores

Nuevos amores, nuevas familias (1992). Tusquets Editores

El éxito y el fracaso (1991). Ediciones Temas de Hoy

Poleo menta (1990). Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert

Días sin fumar (1989). Editorial Anagrama

Héroes y vecinos (1989). Editorial Anagrama

Sentimientos de la vida cotidiana (1984). Ediciones Libertarias

El fútbol, mitos, ritos y símbolos (1981). Alianza Editorial

Las solteronas (1978). Editorial Dopesa

Si Vd. no hace regalos le asesinarán (1972). Editorial Anagrama

 

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Enlaces

Entrevista en Canal 2 Andalucía.

 

Reseña en Babelia.

 

Reseña en El País.

 

Reseña en El Cultural de El Mundo.

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2006 Premio Escritor del Año (Grupo Condenas)

2006 Grand Prix du Livre des Dirigeants

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1996 Premio Anagrama de Ensayo

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