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El blog literario latinoamericano

Editado por La Oficina del Autor

martes, 13 de mayo de 2008

Blog de Xavier Velasco

Rento patíbulo para toda ocasión

No me asombra saber que un hijo de vecino mató a otro, ni tan siquiera si antes asesinó a veinte. Nada de eso podría prevenirse, es un hecho que tiene uno la potencial prerrogativa de escabecharse a quien le dé la gana, y hay quienes además se salen con la suya. La gente va a seguir entrematándose de aquí al final del género humano, nada hay en ello de insólito, por más que la noticia nos arrebate el sueño, o nos devaste, o nos haga temblar de indignación. Lo que sí me parece asombroso, amén de espeluznante y enfermizo, es que pueda existir toda una maquinaria legal consagrada a legitimar y ejecutar el asesinato, en el ambiguo nombre del bien común.

     Hasta antes de caer en desgracia por la monumental estupidez de pretender probar que en Auschwitz jamás hubo cámaras de gas, Fred A. Leuchter Jr. era un exitoso constructor de patíbulos. Había comenzado rediseñando la silla eléctrica, impelido por la piadosa idea de hacerla más eficaz, por tanto menos cruel, y encima de eso muy económica. Luego, ya encarrerado con el negocio y ante la sugerencia de un cliente, se aventuró a incursionar en la construcción de aparatos para inyección letal. Más tarde se metió al diseño de horcas y cámaras de gas. Todo, hasta hoy insiste, con el mero propósito de optimizar los métodos de ejecución y disminuir el sufrimiento del ajusticiado.

     Tras el atentado contra Hitler en julio de 1944, los acusados de participar en la conspiración fueron públicamente humillados a lo largo del juicio fársico que los llevó a la horca, tanto que el mismo juez, cada vez que podía, aprovechaba para insultarlos. Uno a uno, se les condujo a la pequeña mazmorra del verdugo, que no contento con ajustarles la soga entre burlas, denuestos y bofetadas, solazábase luego bajándoles los pantalones hasta media pierna, mientras los infelices -algunos, hasta pocos días antes, orgullosos generales del ejército alemán- se balanceaban ya, colgando de una viga. Había allí, con todo, un curioso detalle humanitario: cierta botella de cognac sobre la mesa. No para los ahorcados, sino para el verdugo, que de pronto como que se estresaba.

     A lo largo del documental de Errol Morris -Mr. Death: El ascenso y caída de Fred A. Leuchter Jr.- el oficioso constructor de mataderos observa, no sin alguna dosis de extrañeza, que hay personas renuentes a trabajar en ese negocio porque creen que algo quedará en ellas después de haber colaborado en lo que a fin de cuentas es una matanza. Y todo eso a Leuchter, que se mira a sí mismo como un filántropo, le cuesta comprenderlo. ¿Qué es preferible, al fin, morir en un patíbulo defectuoso que a la pena de muerte le suma la tortura, o abandonar el mundo amparado por la eficacia de una aséptica máquina de matar? Puede ser que las invenciones de Leuchter contribuyeran a disminuir los efectos traumáticos de la atrocidad -especialmente en los verdugos, a los cuales las leyes norteamericanas no conceden la vieja botella de cognac-, pero al cabo hay trabajos de mierda y el suyo. ¿Quién más querría quedar como el mejor amigo del verdugo?

     Hasta hoy estigmatizado y arruinado por unirse a esa banda guarra de los negacionistas, el autor del nefando Informe Leuchter -ya puedo imaginar la edición persa sobre el buró de Ahmadineyad- no tiene empacho en describir a detalle el mecanismo de sus inventos. Por el contrario, está muy orgulloso. Es arrogante, se siente científico, igual que cuando dicta sus conferencias ante decenas de hinchas del austriaco impetuoso. No le tiembla la voz al explicar que su sofisticado mecanismo de exterminio hace precisamente lo inverso que los aparatos destinados a conservar la vida. Y es que, insiste, lo hace por motivos humanitarios. ¿Tal vez equiparables a los que mueven a un médico?

     No me asombran, decía, los asesinos. Sí, en cambio, la máquina asesina y quienes la mueven. Me espeluzna mirar la sonrisa del falso ingeniero Fred Leuchter y advertir que le gusta su trabajo. Algo así como a little bit too much. Es un hombre que mata. Piadosamente, claro. Pero también con todas las licencias. En una de estas, cualquier día se lo llevan de Massachusetts a trabajar a Irán, o a Libia, o a China, donde el Estado mata con premeditación, alevosía, ventaja y coartada. En su opinión, los condenados deberían morir en un ambiente agradable, no ante un muro pelado sino frente a una televisión. Repito, una televisión. Puestos a imaginar tanta piedad, no sería mala idea que uno de los botones del control remoto inalámbrico echara a andar el mecanismo de la inyección letal. El botón de apagado, por ejemplo.

[Publicado el 16/4/2008 a las 10:57]

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Comentarios (6)

  • Ser verduguito debe ser el peor trabajo del mundo aunque el patibulo tenga rampa que no?
    Besillos señor.

    Comentado por: Dulce Geisha el 19/4/2008 a las 09:27

  • Lo mejor de todo es que se hagan más económicos los medios de genocidio, estamos en epocas de ahorrar, ¿no?
    Ni modo de ir por ahí despilfarrando el herario. ¿Luego con que se forrarían el bolsillo?

    Comentado por: Kiddo el 17/4/2008 a las 21:20

  • Como algún comentarista ha apuntado ya, ayer a mis dulces sueños le precedió la noticia del fallo del Tribunal Supremo de EE.UU declarando que la inyección letal no causa ningún sufrimiento al ajusticiado, y por tanto, los reos pueden acudir a su cita con el verdugo con la tranquilidad de que van a tener una muerte rápida e indolora, es decir, triste y cobarde. Me imagino que las gentes de esos estados americanos partidarias de la pena de muerte que durante meses han esperado escuchar un fallo en el sentido nombrado, les ha supuesto a sus conciencias podridas que estas descansen de nuevo.
    Se me helaría la sangre si supiera que tengo por vecino a un asesino en serie pero se me mantendría a la misma temperatura si el vecino fuera de profesión verdugo o inventor de aparatos y métodos (supuestamente piadosos) para que los asesinos pasen a mejor vida.

    Desgraciadamente mentes patológicas como la de Leuchter abundan por el mundo.

    Besos.

    Ps. Muy ingenioso el dibujito del patíbulo con rampa.

    Comentado por: Guada el 17/4/2008 a las 08:45

  • Hay que tener cierto tipo de apatía hacia una persona que esta destinada a ser el personaje secundario de la pasarela con destino a la horca, o la inyección letal, al fusilamiento frente a frente y ni hablar de la guillotina sanguinolenta, ganándose ese papel por tratar de combatir las normas moralistas éticas de una sociedad en decadencia ¿Qué pasa con el personaje principal? En esta obra es aquel que esta dispuesto a disparar esa bala que hará un bien comunitario, jalar la cuerda para que la navaja descienda rápida y estrepitosamente o combinando una serie de químicos ponzoñosos, quitaría una parasitaria vida existente, sin embargo se sabe que éste verdugo con capucha raptante suele verse como otro agente parasitario, pasando por duras y arduas jornadas divanescas, hablando y hablando de cómo le fue posible llegar al lugar que se encuentra actualmente, siendo el objeto a temer dentro de jóvenes que no quieren obedecer dentro del hogar materno. Sin embargo los créditos no se los llevan todo ellos: el creador del artefacto también quiere algo de esa fama filantrópica ¿Cómo se llamaría la guillotina sin ser su creador el Dr. Guillotin? ¿Y las enseñanzas que Thomas edison le dio a su discípulo Harold P. brown en su descontextualización de una silla ordinaria convirtiéndola en cortacorriente?

    Comentado por: arros el 17/4/2008 a las 02:33

  • Los mecanismos son más bien para los verdugos; para que sientan menos culpa los hijos de su rechinar de muelas.
    Las infelices víctimas del patíbulo son “pecata minuta”.

    Como que ya estas viendo mucho History Channel, no mi Xavi?

    Beso.

    Comentado por: Tamiris Lippl el 16/4/2008 a las 19:01

  • Por fortuna, la tendencia piadosa marcha con el viento en popa: hoy precisamente los tremendos jueces de la tremenda Corte Suprema de los Estados Unidos han dado luz verde a la continuidad del maravilloso coctel de tres drogas a.k.a. inyección letal, coctel que un grupo consideraba --ay, ignorantes-- una manera inhumana de morir. Y sí, tal vez cuando la primera droga (anestesia) falla y las otras dos tienen éxito el ajusticiado se da cuenta del nuevo y último significado de la palabra dolor, pero ¿cómo va uno a saber lo que siente el malandrín, si está totalmente paralizado por la segunda droga? Sería como responder al viejo acertijo de si un árbol hace o no ruido al caer lejos de cualquier hombre que pudiera oírlo. La ciencia jovial de estos paladines de la justicia no admiten esas nimias dudas. Vaya un aplauso y, por qué no, un 'heil' para ellos.

    Comentado por: Federico el 16/4/2008 a las 17:44

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Biografía

Oriundo y reincidente colono de San Ángel, al sur de la ciudad de México. Se inició a edad temprana en la escritura, sin sospechar que el juego llegaría tan lejos, y todavía hoy cree en él como una fechoría intensa y subyugante, comparable a vivir huyendo de la ley a bordo de una Suzuki 1100. Comparte hogar con dos gigantes de los Pirineos; vive un largo romance con la música brasileña; escribe semanalmente en el periódico mexicano Milenio la columna "Pronóstico del clímax". En el presente siglo ha publicado Diablo Guardián, Premio Alfaguara de Novela 2003, El materialismo histérico (fábulas cutrefactas de avidez y revancha), Luna llena en las rocas (crónicas de antronautas y licántropos), y recientemente la novela confesional Este que ves (Alfaguara, 2007), donde hurga en sus raíces narrativas y declara: "Los cobardes no escriben novelas, o cuando menos no deben escribirlas."

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