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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

Editado por La Oficina del Autor

sábado, 17 de mayo de 2008

Blog de Xavier Velasco

El cielo de Canudos

Massacará, Jeremoabo, Uauá, Cocorobó. Los nombres de los pueblos evocan una familiaridad emocionante, más todavía llegando a Bendengó, que es donde hay que dejar la carretera, dar vuelta hacia el oriente y seguir adelante por la brecha que lleva a Canudos, bordeando lo que, creo, tendría que ser el río Vassa Barris. Si es así, me entusiasmo, podría estar ahora mismo cruzando el Tabolerinho. Pero sé mucho menos de lo que creo, prueba de ello es que busco una montaña que nunca estuvo ahí y un lugar que ha perdido para siempre su nombre.

     Hay todavía menos gente que vehículos, el coche se abre paso entre pedreríos y terregales que a otros les podrán parecer desoladores; no para quien los ha recorrido imaginaria y febrilmente, y ahora no puede ver un cacto en el camino sin atisbar detrás yagunzos emboscados con fusiles, pitos y cerbatanas. Son ya más de las cinco de la tarde cuando subo por una rampa en dirección a un monumento: el Memorial de Antonio Conselheiro. Salgo del coche, doy unos pasos en torno a la estatua, miro el paisaje y algo no cuadra. Toda esa agua, para empezar, no aparecía en el libro de Vargas Llosa, ni en el de da Cunha. Se suponía que el Vassa Barris estaba medio seco. Pero aquí no hay un alma que me saque de dudas, apenas unas cabras que suben y bajan, mientras en la cabeza pasan lista Antonio Vilanova, su hermano Honorio, las Sardelinhas, Galileo Gall, Rufino, Jurema, el periodista miope, Febronio de Brito, el Barón de Cañabrava. La sola fuerza centrípeta de los personajes me recuerda que no voy tras la Historia, sino tras la novela.

     Según las flechas, el pueblo que está tres kilómetros más allá del Memorial es justamente Canudos, pero no me coinciden las referencias. El pueblo es muy pequeño, apenas unas cuatro cuadras maltrechas y un pequeño museo dedicado a la guerra de Canudos, donde un guía me explica por qué no estoy donde creía estar. Lo que hoy se conoce como Canudos es lo que en esos tiempos era Cocorobó. La hacienda a la que el Consejero bautizara como Belo Monte nada tenía que ver con superficie montañosa alguna. Para llegar allí hay que regresarse varios kilómetros en dirección a Bendengó, señala el guía y se ofrece a acompañarme a cambio de un billete de cincuenta reales.

 

     Hace ya muchos años, bajo el gobierno de Getulio Vargas, que el Vassa Barris creció hasta sepultar bajo el agua lo que un día fue Canudos, merced a un proyecto de represas que cambió para siempre el sertón. Son ya casi las seis, camino entre los muros derruidos de la Fazenda Velha, que es donde habría muerto el Coronel Moreira César. Todavía no oscurece, hay tiempo para ver con calma las trincheras y encontrar entre piedras y arena restos de huesos de los combatientes. Sorprenden las distancias, cómo tantos soldados y yagunzos podían disputarse tan poco espacio. Y en un rato, cuando estemos de vuelta en el pueblo y el guía me recomiende un cuarto de diez reales en el hotel Brasil, la sorpresa estará toda en el cielo.

     La noche del sertón tiene dos atracciones ancestrales: beber cachaça y contemplar el firmamento. Constelaciones sobre constelaciones, un tejido de luz que pasma y embelesa. Qué de raro tendría, insisto, que los más miserables entre los sertaneros fueran, dado el contraste entre la tierra seca y el cielo generoso, clientes naturales del misticismo a ultranza. Quiero creer que el cielo sigue igual y de Canudos queda entero el firmamento. Afuera del hotel hay tres casas habilitadas como bares. De un lado de la barra, los clientes bebiendo a media terraza. Del otro, la familia en la sala viendo televisión. Salgo al coche, me tumbo sobre el cofre, con un bote de guaraná en la mano, mientras la otra sostiene el PSP de donde brota la voz de Chico cantando Mujeres de Atenas. Es entonces que la mirada incisiva de un niño de cinco o seis años, apostado en la orilla de una ventana de su casa-bar, me recuerda que más que un extranjero soy aquí un bicho raro que escucha con audífonos canciones cariocas, habla con un acento de ninguna parte y se atreve a pedir una caipirinha, para aguda extrañeza de los presentes. Razón más que bastante para escapar de vuelta al hotel Brasil y caer como un muerto sobre la cama, en la esperanza muda de despertar oyendo las campanas en las torres del Templo del Buen Jesús.

     -Alabado sea -responden desde el sueño varios ex cangaçeiros rozados por el ángel.

[Publicado el 11/1/2008 a las 12:26]

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Comentarios (9)

  • Em primeiro lugar: genial sua viagem. Em segundo: o reservatório que inundou as terras do Conselheiro data não do governo Vargas, mas de nossa ditadura militar, nos anos 70... Nos 80, uma imensa seca reduziu de tal maneira o nível das águas que as construções começaram a aparecer, como fantasmas de um tempo que nossos (des)governantes preferiam manter esquecido. Afinal, além de levar água ao sertão, o reservatório também serviu para soterrar as memórias da rebeldia do povo -- uma especialidade brasileira, aliás, é tentar apagar as revoltas populares da História, para firmar a imagem de povo pacífico...
    E soterrem Cabanada, Farrapos, Araguaia e outros.
    PS: Merececias o título de Cidadão Carioca honorário mais que a mala da Naomi Campbell.

    Comentado por: Claudia el 19/1/2008 a las 06:26

  • Leído ayer tu post lo contesto hoy, porque el fin de semana da para eso, para saborear palabra a palabra la historia que nos cuentas, tu viaje al centro de La guerra del fin del mundo. Esta mañana he tenido entre mis manos el libro de Vargas Llosa pero no lo he comprado por la sencilla razón de que cada adquisición que hago en libros es para iniciarme en su lectura al segundo después de haber pasado por caja, y tengo otra lectura pendiente a la que debo mi palabra y que cumplo con placer.

    Sin entrar en la novela de Vargas, por razones obvias, sino en lo que de ella nos cuentas a través de estos tres post, ha sido un viaje casi místico, sabes contagiar el entusiasmo que sin duda llevas dentro. Como anécdota diré que al leer el nombre de Canudos lo asocio automáticamente con la palabra 'cojonudos', supongo que por la rima fácil -Canudos-cojonudos-, así que al primer golpe de vista del título del post no leí El cielo de Canudos sino El cielo de Cojonudos, a saber en lo que una está pensando.

    Al hablar de la noche del sertón y de la atracción de contemplar el firmamento, mi memoria retrocede a tiempos de mi niñez cuando en las noches de verano me tumbaba, en el asfalto tibio que agradecía mi espalda de la única carretera que atravesaba el pequeño pueblo de mis abuelos. Ese era mi momento más místico y apacible del día, del verano, me evadía de los ecos que me rodeaban y me suspendía en algún lugar de ese cielo brutalmente estrellado.

    Me voy con la melodía en mi cabeza de Chico ,'Mujeres de Atenas', que sin entender la letra la entiendo toda.

    Besos.

    Comentado por: Guada el 12/1/2008 a las 20:48

  • Plop!
    Hace menos de una semana me recomendaron oir una cancion de Chico Buarque... No debo contar mis intimidades verdad?
    Bueno un dia le contaré la coincidencia.
    Leyendolo desde una cuidad diferente y con tierra en el pelo.
    Saludos.

    Comentado por: Dulce Geisha el 12/1/2008 a las 03:29

  • Que buena cama brother, espero que los moscos no atenten contra su cuerpo (que no lo creo, ellos tienen la cobardía de atacar por montones…

    Comentado por: arros el 12/1/2008 a las 02:12

  • Y, cómo no sentir un respingo en el corazón llegados a este lugar, aquí donde la imaginación ya no puede evitar unirse a la mesiánica legión, por revolucionaria y valiente. Porque: <<Canudos no se rindió. Ejemplo único en toda la historia, resistió hasta el agotamiento completo. Expugnando palmo a palmo, en la precisión integral del término, cayó en el día cinco, al atardecer, cuando cayeron sus últimos defensores, que todos murieron. eran cuatro apenas: un viejo, dos hombre y un niño, sobre los cuales bramaban rabiosamente cinco mi soldados >> (fragmento de los Sertones de Da Cunha.
    No se me ocurre mejor destino para Canudos que yacer bajo el purificador elemento.
    Xavier... poeta, tú sí que embelesas!

    Comentado por: Pitu el 11/1/2008 a las 21:12

  • A pesar de haber leído la última pagina de La Guerra del Fin del Mundo hace poco màs de un año, podría decir que hasta hoy llego a su final. ¿será valido decir que estoy entre extasiado y lleno de emoción después de ver las fotos, de enterarme por ti lo que hoy es el modo de vida de toda esa región que se me antoja mistica e indescifrable.

    no tienes una idea de lo mucho que estos dìas me has hecho revivir la historia... y ese final del post me dejó con el mismo asombro que el de la novela original.

    ha sido un gusto ser compañero de viaje de esta expedición atraves de tu blog.

    Comentado por: gabriel revelo el 11/1/2008 a las 19:50

  • Viene Bob Dylan a México. MX MX BD..


    uffff...
    ufff....

    Comentado por: rana el 11/1/2008 a las 19:10

  • Xavier!

    Me fascina tu dedicaciòn a la hora de contar historias, ya sea en la realidad, o a partir de la novela de Vargas Llosa o Cunha y la forma de mezclar tus propios relatos con imàgenes.

    Acabo de terminar de leer “La misteriosa llama de la Reina Loana”, donde Umberto Eco apoya toda la novela a base de imágenes que ayudan al lector y al personaje principal que sale de un coma y comienza a recrear su memoria perdida con la imaginación. ( dicen que la memoria va de la mano con la imaginación )…

    Y ahora veo estas fotos que apoyan tan bien tu relato, observo esa cama de fàbula y a raìz de esa evocaciòn visual y acùstica en voz de Chico, la verosimilitud pasa a ser la regla de las reglas. Estas haciendo que tus lectores crean lo que ven.
    Maravilloso estilo, solo me resta darte las gracias por transportarnos a otros lugares.

    PD: Bien, por esa caipirinha!

    Comentado por: Tamiris Lippl el 11/1/2008 a las 19:02

  • Qué emoción haber leído este artículo sobre Canudos.
    Hace unos meses escuché en la fundación Juan March de Madrid a Vargas Llosa hablar de la novela, de la ficción, y del material con el que están hechas. Habló de manera hipnotizante sobre su propia experiencia: sus lecturas, sus vivencias, su familia, sus amigos.
    De entre la colección de libros que mencionó, resaltó uno del que yo no había oído hablar: Los Sertones de Euclides Dacunha. Lo hizo con tanto entusiasmo que incluso le dio para hacer una novela “La Guerra del Fin del Mundo” con la misma historia, los mismos personajes reales.
    A partir de aquel día perseguí ese libro por las librerías de Madrid hasta que no hace mucho, después de encargarlo en una con nombre de poeta, con ruego y con ahínco, me lo consiguieron.

    Ahora voy por la mitad de su lectura y entiendo perfectamente la fascinación de mi querido Vargas Llosa. Ni que decir tiene que su “Guerra” la leí cuando se publicó, allá de los años ochenta.
    Un feliz hallazgo, Sr. Xavier.

    Comentado por: hermann el 11/1/2008 a las 17:42

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Biografía

Oriundo y reincidente colono de San Ángel, al sur de la ciudad de México. Se inició a edad temprana en la escritura, sin sospechar que el juego llegaría tan lejos, y todavía hoy cree en él como una fechoría intensa y subyugante, comparable a vivir huyendo de la ley a bordo de una Suzuki 1100. Comparte hogar con dos gigantes de los Pirineos; vive un largo romance con la música brasileña; escribe semanalmente en el periódico mexicano Milenio la columna "Pronóstico del clímax". En el presente siglo ha publicado Diablo Guardián, Premio Alfaguara de Novela 2003, El materialismo histérico (fábulas cutrefactas de avidez y revancha), Luna llena en las rocas (crónicas de antronautas y licántropos), y recientemente la novela confesional Este que ves (Alfaguara, 2007), donde hurga en sus raíces narrativas y declara: "Los cobardes no escriben novelas, o cuando menos no deben escribirlas."

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