El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
lunes, 7 de julio de 2008
Planeta Ricota
Uno siempre recuerda el lugar donde lo agarró por primera vez una cierta canción, aunque esa tarde la ginebra se empeñaba en dificultar las cosas. Claro que para entonces la ginebra ya se había acabado, pero igual menudeaban otros combustibles. Si no recuerdo mal, cosa por lo demás harto improbable, venía en el asiento trasero de un coche con la capota abajo, y eso en principio había parecido atractivo. Era una de esas tardes que traen detrás dos noches sin dormir, o en todo caso durmiendo sólo en breves intervalos. Y como no servía la capota, dudaba ya entre forzar un nuevo cambio de fase o tratar de dormir hecho bola bajo una gabardina. Fue entonces que llegaron las canciones, que en el principio parecían una sola, infinita inyección de estamina.
No había despertado por completo, me sentía cambiar de fase dentro del mismo sueño. ¿Quién cantaba eso? No tenía idea, pero igual ya me había pescado del cogote. Quería solamente seguir adelante, y ello significaba escurrirme hacia dentro de esa canción que era muchas canciones y cada vez sonaba de un modo más extraño y deleitoso. Las letras, además, me parecían osadas y estrambóticas, como si a las palabras se las hubiera elegido por su puro color. ¿Era la música que provocaba esa respuesta, o acaso no pasaba de ser una reacción orgánica a la farra? “Música para pastillas… y mucha cuchillería”, disparaba el cantante con un tono impostado que en dos patadas gobernaba el ambiente.
Aun tomando en cuenta el poder de los combustibles ingeridos y la extensión de la vigilia vigente, la escena sugería una textura irreal, como si de lo áspero de aquel sonido brotara un terciopelo de cierta pacotilla aristocrática, inesperado como la caricia sedosa de alguna bruja hedionda. Un sonido entre sucio, pringoso, metalero y vernáculo, mojado de cerveza, licores infecciosos y besos de noctámbulas sedientas de glamour. Hechas las precisiones de tiempo y espacio, aquella música dotaba a la escena con un aura de ficción literalmente fenomenal. ¿Qué oíamos, por cierto? Tuve que preguntarlo tres veces seguidas. De entonces hasta ahora y casi a cualquier hora, pocos sonidos me cambian el paisaje con la fuerza que lo hacen los cantares brumosos de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.
Desde entonces sigo la huella de los Redondos como se va tras una ninfa deficitaria. No espero que me nutran, ni que me instruyan, sino exclusivamente que me pongan de vuelta en ese estado emocional donde sax y requinto se ayuntan en idéntica acidez por el puro prurito de estirar el instante. Me miro entonces dentro de una película sin pies ni cabeza donde la piel a veces se confunde con el plástico y las lijas parecen de terciopelo.
Me niego a describirlos, tanto como a ignorarlos. Como muchos, llegué hasta ellos a partir de una joya titulada Oktubre. Alguna vez, de paso por Buenos Aires, con alguna paciencia conseguí todos los demás álbumes. Y la verdad es que hasta los malos me mueven, que es lo que a uno le pasa cuando una parte de sí se ha hecho ciudadana de esos territorios. No puedo, pues, por menos de mostrarlos, como se suele abrir una ventana para dejar entrar no al aire fresco, sino a las vampiresas disponibles, con la carga de bruma que su presencia implica. Se me ha hecho tarde: son ya casi las cinco de la mañana en México, D.F. No es la primera vez que la garganta sucia del Indio Solari montada en ese sax malandro y seductor me hace cambiar de fase y olvidarme de tiempo y espacio, igual que ciertas diosas se olvidan de cobrar por puro amor al lujo.
La ficción sirve para cambiar de vida; la música lo muda a uno de planeta.
De Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota:
Masacre en el puticlub / Blues de la artillería.
[Publicado el 03/10/2007 a las 10:13]
"Besos de noctámbulas sedientas de glamour".
He ahi una frase evocadora al máximo. Ya oiré a los Ricotos...
Comentado por: Mayté/Palas el 04/10/2007 a las 16:36
Comentado por: Jorge Digah el 04/10/2007 a las 07:51
Comentado por: Námor Adenip el 04/10/2007 a las 05:37
Leyendo su relato, me vino a la mente mi director favorito: David Lynch.
Viajes exquisitos a mundos dementes con puti-diosas y absurdos.
Definitivamente hay que estar en el mood para chutarse experiencias asì, pero cuando uno lo està lo disfruta como enano lyncheano.
Respecto a los Regordetes ricotos no comparto sus gustos, ese viaje se me antoja màs con algo de Angelo Baladamenti.
Que bueno que se la pasò bien y que ya està usted de vuelta con nosotros. A ver cuando nos platica de cine.
p.d : Recomiendo ampliamente ver "Inland Empire" ( le dejo el trailer )
http://www.youtube.com/watch?v=X0ynOGSYQY4
Comentado por: Tamiris Lippl el 03/10/2007 a las 19:08
Me he reido de lo lindo con los Redonditos, debías estar muy bebido cuando los escuchaste, pero, es cierto, hay algo que engancha. Quizás porque nos lleva a ese lado más primitivo de nosotros, sin sentir verguenza, o sintiéndola pero riéndonos de ella. Con la música yo me voy a Plutón, es mi nombre de planeta favorito, cuando lo pronuncio mentalmente me evoca una gran explosión dónde miles de partículas se liberan y quedan suspendidas en el silencioso espacio. Recuerdo una tarde de instituto, con apenas trece años, tenía clase de música, aunque no sé porque la llamaban así, no dabamos ni solfeo ni jamás toque ningún instrumento, dabamos teoría (¿?) y de vez en cuando algún disco de vinilo daba vueltas en el tocadiscos.El profesor, un hombre mayor, canoso, al que la mayoría de mis compañeros le consideraban caduco y sin autoridad alguna, nos puso un disco y con él la tarea de escribir en un papel lo que nos transmitía aquella música. La mayoría se lo tomó como un ejercicio penoso y aburrido, creo que más de uno le dió el papel en blanco, a mí, en cambio, me costó arrancar pero cuando lo hice lo tenía muy claro, la música me permitía alcanzar, como tú bien dices, otro planeta, eso sí, siempre iba bailando. El profesor recogió las notas de cada uno, temía que la leyera en voz alta, pues siempre fuí exageradamente vergonzosa, pero no, las leyo para sí, para adentro, cuando terminó, avanzó unos pasos hacia mí, me cogió de la mano y me invitó a sentarme a su lado junto al tocadiscos, y así nos pasó la hora, él y yo escuchando música, aislados de mis compañeros. Nunca se lo agradecí, dónde quiera que estés viejo profesor, gracias.
Besos
Comentado por: guada el 03/10/2007 a las 18:13
todas las sensaciones que tan bien describes son palabras,los redondos se te unen con su música y juntos son uno.
Comentado por: terra el 03/10/2007 a las 11:06
Comentado por: Jorge Digah el 03/10/2007 a las 10:35
06/7/2008 08:24
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06/7/2008 08:16
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