El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
sábado, 17 de mayo de 2008
Miénteme mucho, muñeca
A veces, la afición a la ficción da principio temprano y en la cama, cuando uno pone precio a su disposición al sueño. Me duermo, negociamos, pero sólo si me cuentas un cuento. Y a mi padre, que además de narrarlos le divierte alargarlos, mi chantaje nocturno le daba la oportunidad de contarme de nuevo, cada vez más extensa y rica en vericuetos, a lo largo de varias noches encantadas, la historia de Pinocchio. Un niño de madera que yo encontraba muy parecido a mí, aunque un pelito más desobediente y mentiroso, y esto último me reconfortaba casi tanto como saber que al final no sólo se salvaba, sino que se volvía un niño de carne y hueso. Todo gracias a los esfuerzos de Gepetto, su padre, constructor y eventual compañero de aventuras.
¿Crecería mi nariz como la de Pinocchio si me excedía pergeñando patrañas? Lo pensaba al principio, pero un par de años de experimentación me enseñaron que las mentiras, aun vertidas en cantidades bíblicas, no dejaban la menor huella en el semblante, ni podían convertirme en muñeco de palo, a condición de que las fabricara bajo un estricto control de calidad. Debió de ser a partir de ese punto que comencé a mirarme más en el espejo de Gepetto —el primer mentiroso— con la ventaja de que en adelante me ahorraría los cargos de conciencia y echaría a patadas a ese grillo metiche y mojigato que, como fui descubriendo, poco o nada entendía del sentido profundo de la historia. No es que Pinocchio deje de decir mentiras, sino que al fin aprende a pergeñarlas. No vuelven a agarrarlo en contradicciones, y esa capacidad es la que lo hace humano. Ahora bien, no estoy especulando: algo así me pasó conforme mis mentiras fueron ganando verosimilitud y solidez, de modo que a partir de cierta especialización fui expropiando la impunidad indispensable para gozar de los derechos y privilegios sólo accesibles a un niño bueno. ¿Has entendido ya, grillo mediocre?
La historia de Pinocchio intimidó mis planes de recorrer el mundo, pero la de Gepetto terminó estimulando la tentación de inventar otros. Es decir, otros mundos y otros pinocchios, que ojalá construyeran universos y personajes a su vez. Qué cosa fastidiosa es condenarse a la lectura de una de esas novelas formalmente correctas donde los personajes —evidentes trepadores literarios— se desviven por quedar bien con el autor. ¿Cómo iba a conocer Gepetto el interior del fascinante vientre de una ballena, sino merced a los buenos oficios del prototipo de embusterito de palo que con tanta ilusión había cortado, armado y claveteado? Antes que el narrador lleve a los personajes a buen o mal puerto, ellos deben lanzarlo al vientre de la ballena, mentirle sin medida y orillarlo a salvarles el pellejo, no a través de librarles de la muerte, sino de la vergüenza de ser imposibles. ¿Quién salva a quién, al fin?
Rescatar a un protagonista, y por ende a una historia, implica no poder ni querer esquivar su suerte. Por el contrario, busca uno compartirla. Y si ese personaje se mete en problemas, nada procura uno con mayor ahínco que entramparse de idéntica manera. ¿Cómo iba mi protagonista a meterse a putear a destajo, si no me sentenciaba yo también a hacer publicidad freelance, con la sonrisa puesta a regañadientes? ¿Cómo iba a ella a poder sobrevivir entre tantos machitos calentones si no aprendía yo a ordeñarle la cuenta bancaria a Mr. Client? Y ahora hay tardes que olvido bajarme de la historia y me salgo a la calle metido en la embrionaria humanidad de alguno de los personajes de la historia en proceso. Una cosa patética, porque igual que a Pinocchio de pequeño les fallan las mentiras, tienen la identidad borrosa, la memoria a medio llenar, y aparte a sus coartadas les falta lubricante. Por eso tiene uno la impresión de que al hablar les crece la nariz, los colmillos, el culo, cuando apenas ocurre que se les ha encogido el camouflage. Pero no me doy cuenta sino hasta muy tarde, cuando ya innumerables visitantes del centro comercial me han esquivado presas de un repelús como el que tendría que despertar en los honestos niños mentirosos un muñeco de palo embrujado con la nariz creciendo como un tumor karmático. Pobres tipos, no quieren aceptar que estamos todos dentro de la ballena y sólo la ficción puede salvarnos.
[Publicado el 31/8/2007 a las 11:16]
Comentado por: Dulce Geisha el 07/9/2007 a las 19:44
Quiero preguntarte, si antes de mandar tu trabajo al concurso de Alfaguara, registraste primero tu obra en derechos de autor o la mandaste sin registrar? Me gustaria en un chancesito que tengas si me puedes contestar te dejo mi mail gracias. Sra. Santos pamosant@hotmail.com
Comentado por: Sra. Santos el 03/9/2007 a las 04:26
Nunca me contaron de niña un cuento para dormir. ni falta que me hacia, puedo ser niña y dejar que me cuentes todos los que quieras, aunque sean mentira.
Comentado por: Luisa el 03/9/2007 a las 03:59
“Contar cosas increíbles como si fueran reales-sistema antiguo-; contar las reales como si fuesen increíbles-moderno” Pavese.
No es que trate de defender una forma de literatura frente a otra, yo me inclino más bien por la realista, pero de vez en cuando me apetece un cuento fantástico; otra cosa es que estos cuentos fantásticos suelen estar escritos con precisión geométrica. Lo que defiendo es la imaginación, (y la belleza y el juego), que es algo más que la ficción, más que las mentiras, sin la que no puede llamarse humana ninguna vida.
Comentado por: escarola el 02/9/2007 a las 17:28
pues yo preferiría ser su perro que su musa, en especial si ha de ser reconocida - y no sólo por el mejor trato.
Comentado por: Iggy el 01/9/2007 a las 15:55
Comentado por: escarola el 01/9/2007 a las 13:35
Comentado por: Chet el 01/9/2007 a las 12:03
Ahora ya sé cómo podías olerme a mí, a tu musa desde el otro lado del Atlántico, ahora ya sé de dónde viene ese gran sentido del olfato… No sé me da muy bien construir mentiras, pero eso si, mis verdades no se las cree nadie. Y no lo hago a propósito, pero con el tiempo utilizo este recurso a conciencia: no necesito ocultar la verdad, porque lo cierto es que la verdad carece de crédito. Es como lo de la carta robada, esa que dejaron a la vista porque nadie esperaría encontrarla ahí. Pero tú lo haces muy bien; miénteme mucho, Xavier.
Comentado por: escarola el 31/8/2007 a las 22:48
Comentado por: Nicky el 31/8/2007 a las 21:25
17/5/2008 01:47
Contestando a lo que dice rana,...
Publicado por: Dèmina Demiana
16/5/2008 20:24
Pues yo no puedo leer tu blogg...
Publicado por: Kiddo
16/5/2008 18:18
Publicado por: Zarema
16/5/2008 18:06
Dicen que Dios los hace, y ellos...
Publicado por: rana
16/5/2008 18:02
Publicado por: Fátima
16/5/2008 16:59
Yum-Yumbina.......Cuantas y de a...
Publicado por: Lilith
16/5/2008 16:52
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Publicado por: ¨Goofy¨
16/5/2008 02:46
Publicado por: arros
16/5/2008 01:22
Oye por cierto, no quieres ser...
Publicado por: Dulce Geisha
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