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El blog literario latinoamericano

Editado por La Oficina del Autor

sábado, 5 de julio de 2008

Blog de Xavier Velasco

Descalzos hasta el cuello

No todos los chilangos toleran de buen grado que los llamen así, acaso porque el término suele ser pronunciado con el desprecio de quien escupe un improperio. Basta, de hecho, con cambiarle dos letras de lugar y plantarle un acento esdrújulo para que diga chíngalo. O sea jódelo, fastídialo, hazle pagar el karma que le acompaña. ¿Por qué? Pues por chilango. Lo que ya deberían saber nuestros malquerientes automáticos es que los habitantes de la ciudad de México somos totalmente autosuficientes en el cotidiano deber de jodernos la vida, y es gracias a ese estado de beligerancia pasiva, si bien nunca paciente, que ya muy pocas cosas nos sorprenden. De noche, por ejemplo, si venimos por Insurgentes Sur y en el camino vemos a un par de chicas malas junto a un poste de luz con los senos completamente al aire, nos sorprendería mucho que fueran mujeres.

  —¿No le saldría algo caro averiguarlo, colega? —Afrodita del Carmen vino al mundo justo esa vena chingativa que hace de los chilangos candidatos naturales al pogromo.

Casi nadie averigua nada en México, D.F., empezando por la policía. Traemos prisa, siempre, aunque ni eso nos sirve para ser puntuales. Va uno rebasando a quien se deja —el deporte local de aventar lámina— mientras rehace la cuenta de los minutos que llegará tarde. Diez, por ejemplo, son equivalentes a estar a tiempo; veinte se dejan disculpar con una excusa estándar; treinta o más suelen justificarse con una manifestación, al cabo que las hay día tras día, en horarios cómodamente escalonados. Encerrado en esos y otros urgentes cálculos, rara vez le queda a uno el tiempo para averiguar quién se manifestaba, qué quería y a dónde se dirigía. En balde los manifestantes se quiebran la cabeza por resultar vistosos, aunque igual se conforman con ser estorbosos. Y eso por cierto lapso, pues somos ya legión los chilangos que podríamos trazar nuestro propio atlas de atajos citadinos, que emprendemos quebrando cuadra tras cuadra el reglamento de tránsito. Los asaltantes lo saben de sobra: para hacer que un chilango se detenga en la calle, hay que ponerle una pistola enfrente.

Las pistolas tampoco nos sorprenden, pero nos quitan tiempo, que es lo más molesto. Al chilango le gusta derrochar el tiempo como un aristócrata, pero no que otro venga y se lo quite. Pocos placeres hay tan reconfortantes como tomarse tres horas para comer, y si me siguen molestando no voy. Eso sí, sale uno ya con prisa, listo para embestir al primer papanatas que no lo asuma. Y es entonces que vengo por Reforma, doy vuelta a la derecha en la calle de Niza, y de pronto la Zona Rosa me recibe con la figura de una mujer desnuda caminando hacia el coche, en contrasentido. No es una mujer guapa, ni esbelta, ni joven. Diríase que es radicalmente lo contrario, y a juzgar por la forma en que mira uno a uno a los automovilistas, se sabe poderosa en esa facha. Pero no es el poder de quien seduce, sino el de quien espanta.

En casos como éste, lo asombroso es que no haya un policía cerca. Avanzo al fin, dejo atrás a la mujer, que continúa avanzando hacia Reforma, y advierto que los policías están ya demasiado entretenidos cuidando a las decenas, tal vez un centenar de campesinos totalmente desnudos que bailan en la esquina de Niza y Hamburgo cada vez que el semáforo se los permite. ¿Qué es lo que nos sorprende, finalmente? Que nos dejen pasar con la luz verde. Lo común es que se queden ahí por horas —o semanas, o meses, no hay cómo predecirlo— con sus pancartas en alto, aunque nadie se tome el tiempo de leerlas.

  —Yo podría soportar que la gente ignorara mis pancartas, pero no que menospreciaran mi desnudez. Una musa se puede suicidar por eso. Y por supuesto dejaría fluir el tráfico, iría contando los hijos de vecino que me vieron en pelota. Imagínese, coleguita, lo que iría pensando la vieja guarra ésa, porn queen for a day.

  —No alcancé a verla bien, traía prisa. Además, era como pararme a ver a un accidentado. La mayoría de los que aún lo hacen van tras de la cartera o el reloj —trato tardíamente de cambiar de tema.

  —No finja, coleguita: será usted muy chilango, pero se asombró. Qué le cuesta reconocerlo, al fin.

  —¿Me creerías que lo que me asombró fue no asombrarme? Además, ya te dije que traía prisa —me esforcé todavía por sacar del costal el cool que me quedaba disponible.

  —Pura falosofía cosmopolitoide, colega. A ver, ¿qué recuerda de la primera vez que estuvo en el ex convento del Carmen?

  —Las momias, por supuesto. Tenía once años, no dormí en dos días. Pero luego volví diez, doce veces.

  —Lo que primero asusta, luego gusta. ¿Y ya volvió a la esquina de Niza y Hamburgo?

  —Pasé ayer en la tarde. Se veía rarísima, todo el mundo completamente vestido. Y esas cosas sorprenden a cualquiera.

  —No se aflija, colega. Ya ve que depravados nunca faltan.

[Publicado el 17/7/2007 a las 11:16]

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Comentarios (5)

  • Yo entreno ojo justamente para que esas cosas que ya no asombren, sigan siendo inverosímiles y absurdas. Me gusta que en mucho la vida no tenga sentido, no por el afán de buscarlo, sino porque de todos modos no se entiende nada de la vida, es más lindo que cuando menos lo absurdo parezca divertido

    Comentado por: - vntsngrs el 16/10/2007 a las 05:49

  • He leido sobre tu blog en el suplemento del diario el Pais y he entrado por curiosidad, pues no te conocía. Estuve en el D.F. el año pasado me maravillo la vista nocturna desde el avión, jamás había visto tantas luces, era como un mar de luz, me impresionó. El tráfico también, fui con un amigo que lleva viviendo allí 15 años y cada vez que nos confundíamos de calle tardabamos como una hora en recuperar la ruta, una locura. Me gustó el surrealismo de la ciudad, su gente, en fin todo, tantos contrastes. Los altarcitos en cualquier esquina, los contrastes, el bullicio, anhelaba el silencio de sus paisajes tan bellos. Es un país asombroso al que espero regresar.

    Comentado por: Maria el 22/7/2007 a las 21:56

  • Sí, siempre tenemos una buena excusa para las tardanzas, eso es terrible. A mí me pasó algo curioso en una reunión, típicamente llegué tarde y antes de que empezara con mi excusa oficial mi entrevistadora me dijo "seguro que hay mucho tráfico, yo también he estado llegando tarde toda la semana, así es esta ciudad, siempre pasa" je je sólo me quedó asentir. En lo que sí no concuerdo es en la parte del asombro, creo que "pretendemos" no asombrarnos, pasamos de largo echando un ojo como si de verdad la cosa fuera algo común y corriente. La realidad para mí es otra, obviamente hay hechos que nos siguen sorprendiendo y que probablemente sigan dando vueltas en nuestra turbulenta cabecita, pero no nos permitimos expresarlo por razones extrañas... presunción quizás...

    Comentado por: Car el 19/7/2007 a las 18:38

  • Hola Javier.
    Que bueno que estes por aqui.
    Lastima que me has mermado un poco mi querer de visitar y conocer el DF. Creo que en todos los paises hay esos problemas en menor o mayor escala, es el eterno inconformismo de la mayoria de los seres humanos.
    Bueno yo, como tu, soy este que ves, saludos.

    Comentado por: Namor Adenip el 17/7/2007 a las 19:06

  • Incluso en ciudades mucho más pequeñas, como la mía, una persona desnuda en la calle no resulta tan asombrosa. El otro día me crucé caminado con un hombre que no llevaba pantalones, iba medio desnudo, pero tan tranquilo, como si la cosa no le fuera a importar a nadie. Y nadie le prestó mucha atención.
    Mucho más asombroso me parece que en mi ciudad haya personas durmiendo bajo los puentes y la única solución sea que la policía los desaloje, tire sus cosas y ponga vallas para que no puedan regresar.

    Comentado por: Luisa el 17/7/2007 a las 12:15

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Biografía

Oriundo y reincidente colono de San Ángel, al sur de la ciudad de México. Se inició a edad temprana en la escritura, sin sospechar que el juego llegaría tan lejos, y todavía hoy cree en él como una fechoría intensa y subyugante, comparable a vivir huyendo de la ley a bordo de una Suzuki 1100. Comparte hogar con dos gigantes de los Pirineos; vive un largo romance con la música brasileña; escribe semanalmente en el periódico mexicano Milenio la columna "Pronóstico del clímax". En el presente siglo ha publicado Diablo Guardián, Premio Alfaguara de Novela 2003, El materialismo histérico (fábulas cutrefactas de avidez y revancha), Luna llena en las rocas (crónicas de antronautas y licántropos), y recientemente la novela confesional Este que ves (Alfaguara, 2007), donde hurga en sus raíces narrativas y declara: "Los cobardes no escriben novelas, o cuando menos no deben escribirlas."

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