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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

jueves, 13 de agosto de 2020

 Félix de Azúa

Nueva consideración de los insectos

Una amiga me prestó las voluminosas memorias de Bernd Heinrich tituladas The Snoring Bird: My family's journey through a century of biology, en las que, en efecto, se cuenta la historia de una familia de zoólogos durante más de un siglo. Dos generaciones de Heinrich, linaje de origen germano-polaco originario de una zona de la Prusia Oriental que a principios del siglo XX pertenecía a Polonia, se dedicaron como profesionales a la búsqueda de nuevas especies vivientes, tanto en Europa como en Asia, América y África. Los museos alemanes y americanos están repletos de ejemplares cazados y disecados por los Heinrich.

Por razones comerciales el grueso de su trabajo estuvo dedicado a los pájaros y los pequeños mamíferos, pero la pasión familiar predominante (y de la que son autoridad mundial) eran unos insectos llamados en inglés Ichneumon (no se corresponde con el español "Icneumón" que designa a una variedad de mangosta), pequeño himenóptero parecido a la avispa de los que identificaron miles de especies que llevan su nombre latinizado. La característica más simpática de este bicho es que pone sus huevos en el cuerpo de otros insectos, de los cuales se alimentan luego las larvas. Sin embargo, el libro también podría haberse titulado: "Del naturalismo a la biología".

    Hace tiempo que insisto sobre los cambios que tuvieron lugar a mediados del siglo pasado, oscuras mutaciones que causaron lo que a mi modo de ver no puede llamarse cambio de época sino de era. Nada sabemos de "nuestra" era, excepto que es el inicio de la expansión global del dominio técnico y que ese dominio no es, en absoluto, un proyecto humano ni está bajo nuestro control. El libro de Heinrich ilustra sobre otra crisis interesante. Al describir una expedición a Tanzania en los años 1961/62 dice lo siguiente:

    "Aquella no sólo iba a ser nuestra última expedición, sino la última de las expediciones zoológicas clásicas, el final de una tradición que venía de cien años atrás a través de la época Victoriana, conducida por figuras como Darwin, Wallace, Humbolt, Audubon. Este viejo campo de trabajo estaba siendo barrido por la biología moderna. En pocos años ya no habría más pájaros por descubrir excepto mediante los nuevos métodos de análisis del ADN sobre ejemplares ya recogidos en los museos. Iba a suceder algo inimaginable: la gente dejaría de comentar y discutir el descubrimiento de nuevas especies. En cambio, ya no se hablaría de otra cosa que de la destrucción ecológica y la extinción de especies bien conocidas a escala global".

    Así pues, todavía en 1960 el mundo se veía como una extensión inacabada, una inmensa reserva de riquezas ocultas que aún podían descubrirse para aumentar nuestro saber, nuestro placer y nuestros recursos. Y de pronto, en muy pocos años, el discurso se transformó en su contrario y apareció el terror del avaro ante la pérdida de su fortuna. El mundo pasó a ser un lugar limitado y sus riquezas ya no crecían sino que menguaban. Comenzó entonces el conservacionismo a ultranza de cualquier elemento del que temiéramos su desaparición. No sólo ballenas y tortugas sino también lenguas, costumbres atávicas, edificios, fiestas arcaicas, cataluñas, escocias y flandes. Todo debe ser protegido, todo corre peligro de extinción.

    Es muy posible que ese movimiento de repliegue y temor, la indudable reacción encogida de las últimas décadas, esté justificado por una ruina verdadera que de pronto se hace patente y paraliza el ánimo explorador y aventurero, una destrucción tan general que todo el mundo corre a refugiarse en el laboratorio de su casa antes de que el hacha caiga sobre su cabeza. No obstante, la realidad de la ruina, su presencia social, no ha tenido lugar hasta 2008. Hay algo que no cuadra. ¿Cuándo comenzó el pánico y de qué manera se ha ido expandiendo?

    Es sorprendente que los más afectados por el terror sean justamente los occidentales que se supone son los más fuertes y por lo tanto quienes menos han de sufrir la destrucción. En contraste, chinos e indios no tienen la menor conciencia de estar arrasando el planeta sino que más bien se alegran como críos cada vez que incrementan en mil toneladas por segundo su producción de CO2.

¿Son ellos los peores destructores? ¿O son tan ignorantes que no tienen conciencia del destrozo? ¿O acaso la pobreza impide comprender los problemas universales? ¿O quizás creen que ahora les toca a ellos acabar la tarea de arrasamiento global? ¿O será que no tienen una disposición del ánimo que les incline al catastrofismo?

La peor de las hipótesis: que alcanzado un grado muy agudo de riqueza se produzca una contracción destructiva por autorregulación. Y que nosotros seamos los que han alcanzado ese grado suicida de riqueza que supone nuestra desaparición.

¿Somos como el macho de la Mantis que una vez ha fecundado a la hembra se deja devorar para garantizar la supervivencia del que ha de nacer? ¿O como el Ichneumon que vive del cadáver que lo acoge? ¿Y cuál es nuestro cadáver?

[Publicado el 02/8/2010 a las 07:00]

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Comentarios (22)

  • He estado un par de meses sin acceso a estas páginas... En relación con las últimas preguntas -no sé si retóricas- que usted plantea, a mí mismo se me habían ocurrido en alguna ocasión. Disculpe la prolijidad de la respuesta que alcancé a farfullar:

    INSTITUCIONES PÚBLICAS

    No merecen saber
    ni para quién trabajan:
    linchadores de encinas,
    que propagan
    la horrible enfermedad de sus raíces,
    el incendio voraz de las pupilas
    de sus hojas sedientas,
    minando el corazón de sus ramajes,
    sus amputados torsos de amazona
    con el lívido liquen de la muerte.

    No merecen saber
    ni quién les paga:
    rijosos proxenetas de la trata
    de la cándida flor de los almendros
    por frecuentar negocios de rameras
    y darle la razón al gran profeta.

    No merecen saber
    ni la mezquina
    cuantía de sus salarios:
    traficantes de olivos y alcornoques,
    terroristas del vino y de los trópicos,
    traidores de la rosa de los vientos.

    No merecen saber
    ni que su madre,
    como un Saturno hembra,
    los emplea de cipayos para abrir
    la ergástula feroz de nuestra Tierra.

    Comentado por: Cándido Romero el 15/9/2010 a las 15:00

  • Ay, Don Félix, denos Ud. una tregua veraniega. Ya es bastante cruel este condenado sol de Agosto. Pieddad... Pluff, Pluff... (onomatopeya de abanicarse).

    Comentado por: yosecuestréamao el 07/8/2010 a las 16:28

  • El Estado no es lo público, lo común, si no la entidad que se ha apropiado de ello.
    El Estado no es el sujeto de la acción verdaderamente política, si no su enemigo: el Estado es poder enajenado al verdadero sujeto político, nosotros, tú y yo, que somos cualquiera.
    Que el Estado, sea egoísta por naturaleza, no tiene mayor importancia; que el Estado oriente nuestras acciones al servicio de su egoísmo -la razón de Estado-, es lo previsible: lo verdaderamente inquietante es su poder, un poder que se alimenta de nuestra propia debilidad, y a la que, lógicamente, promociona. Fortalecer el Estado, hacer uso de Él, es siempre, con independencia de la situación de necesidad que nos empuje a ello, una claudicación, y un fortalecimiento de nuestra servidumbre.
    Cabe también caracterizar el Estado no ya como un Sujeto, si no como un instrumento, un mecanismo de regulación, de control, de administración y dominio, de apropiación, un arma muy poderosa que, como ya se va viendo claro, hoy está en manos del Capital -aunque a la soberbia estupidez de la clerecía neoliberal le parezca que este control del Capital sobre el Estado es aún insuficiente, y se desgañite proponiendo recetas que lo amplíen y consoliden: aquí, ya se sabe, el único que ha de ser verdaderamente libre, no condicionado por ningún otro poder que él mismo, es el Capital.

    Comentado por: las carga el diablo el 05/8/2010 a las 18:53

  • Cualquier sociedad humana es un sistema compuesto por cuatro subsistemas: el biológico, el económico, el político y el cultural. Si entendemos a la sociedad como un sistema compuesto por esos cuatro subsistemas, ello nos lleva a esta conclusión: cualquier esfuerzo o debilitamiento de uno de esos subsistemas repercute, inevitablemente, en los demás. Los subsistemas de una sociedad progresan, se estancan o decaen juntos, dada su interdependencia. Por el mismo motivo, ninguno de los subsistemas hace la función, podríamos decir, de locomotora permanentemente: a veces uno de esos subsistemas toma la delantera, o se degrada, y los demás lo siguen, aunque siempre de una manera retardada.

    Ejemplos: la epidemia del SIDA, aún no controlada en África, junto con una sequía prolongada, están desintegrando a varias naciones africanas; el fanatismo religioso está desintegrando también, por causa de la guerra, a muchas regiones del mundo; Internet está revolucionando las relaciones económicas y culturales en el planeta; y, en fin, para acercarme al país donde vivo, la degradación de la política nacionalista, sustentada por una cuarta parte de la población, está haciendo retroceder económica y culturalmente a Cataluña.

    No voy a descubrir el Mediterráneo si digo que la sociedad humana es muy compleja, donde uno de sus componentes (o subsistemas como he dicho más arriba) puede llevar al avance, estancamiento o retroceso de todos los demás. Desconocer esto se paga muy caro. El gran problema es que la gente se siente ajena a las grandes amenazas que se ciernen en la actualidad sobre el conjunto de las sociedades humanas, sobre el conjunto de la especie. Los humanos hemos evolucionado biológica y culturalmente para reaccionar ante sucesos a corto plazo y adaptarse a las tendencias a largo plazo (el problema de la superpoblación) sobre las que no ejercemos ningún control. Sólo cuando observamos algo que se sale de la normalidad, captamos las señales de alarma de nuestra comprometida situación con la suficiente claridad como para atemorizarnos.

    Así pues, para evitar en lo posible los múltiples peligros que se ciernen sobre la especie, hay que ser conscientes, en primer lugar, de que todos vamos en el mismo barco, y, en segundo lugar, que tenemos que desarrollar, mediante la ciencia y la técnica, formas inteligentes de anticiparnos a los acontecimientos. Restar desorden, entropía, tiene mucho que ver con esa capacidad de anticipación. Sigo pensando en que no hay que perder la esperanza en la capacidad de raciocinio del ser humano. Sabemos que el hilo que separa la vida de la muerte en casi imperceptible. Lo más preocupante es que demasiada gente aún no sabe que lo que puede seguir manteniéndonos vivos es nuestra capacidad de discernir, racionalmente, entre lo que contribuye a la vida y lo que no; en ese aspecto, tanto las religiones como las ideologías políticas han hecho y están haciendo mucho daño.Y en esa disyuntiva seguimos.

    Comentado por: miguel el 04/8/2010 a las 06:11

  • A proposito del comentario de mosca, creo que no deben reducirse las observaciones del articulo a hechos fisicos tangibles, creo que la intencion es observar mas alla. Intentar entender la complejidad del punto donde se encuentra nuestra cultura.

    Comentado por: andres el 04/8/2010 a las 01:12

  • "Entre las montañas de especias
    las ciudades impulsan cúpulas de perlas y agujas de filigrana
    Nunca fue antes Jerusalén tan hermosa.
    ... Por qué entonces ese loco de Isaías, que olía a desierto, rabiaba y gritaba
    Jerusalén está en ruinas
    vuestras ciudades están ardiendo?"

    Comentado por: LC el 03/8/2010 a las 21:20

  • Estos tiempos son muy raros. Sale un tio diciendo que es un enfermo porque le gustan mucho las mujeres, promete someterse a terapia pero otros van con su bolsa de arroz a la boda de dos calvos de mediana edad que van de la mano y se dan un besito y todos lloran de la emoción y el triunfo del amor.(son tiempos de estar colocados siempre colocados)

    Comentado por: Koloc el 03/8/2010 a las 10:40

  • "nada les impide a los malthusianos dejar de reproducirse y reducir su consumo". El colmo del egoísmo y de la necedad: que los demás se controlen para que tú consumas más y te reproduzcas más.
    Ten en cuenta, y tiembla, que los maltusianos tenemos muy mala entraña y Bilderberg está con nosotros. Como sabemos que si una parte de la sociedad controlara sus nacimientos sería inútil porque los egoístas se comerían todo, se pueden tomar medidas muy, muy severas.

    De los factores de Malthus limitadores del crecimiento de la población normalmente se cuentan: la Guerra, el Hambre, la Peste, el Infanticidio.
    Negar a Malthus es como negar que dos y dos son cuatro. Como bien le iluminó a Darwin, una población animal, toda población animal, crece en forma geométrica pero su alimento crece de forma aritmética. Por lo tanto se establece una feroz Lucha por la Supervivencia.
    Esto está absolutamente demostrado más allá de cualquier duda, y sólo el necio lo niega, porque no sabe y no quiere saber que es la definición de la necedad.

    Claro, el necio dice ¿Y porqué no ha pasado si lo vienen anunciando, y no pasa, y nuestra vida es cada vez mejor y más larga y cada vez somos más y más?
    Cierto, en 1830 la esperanza de vida de una persona era de 33 años!

    La razón ha estado en los combustibles fósiles. El carbón, el petróleo, el gas y la energía nuclear han permitido -transitoriamente- el espantoso crecimiento de la población humana que se acerca a los 7 "billions", 7 millardos o siete mil millones.
    Efectivamente, somos petróleo.
    Pero como el Pico Petrolero se alcanzó, el crash de esta población es inevitable.

    En 1900 la población española eran 19 millones de habitantes. Pobrísimos, hambrientos, vestidos de andrajos muchos, piojosos, tuberculosos, analfabetos 70% con una mortalidad infantil africana, España superaba la capacidad portadora de esta población.
    El maquinismo, la electricidad, el carbón, el petróleo, la medicina extendida, el aumento del conocimiento permitió el incremento de la población y alcanzar cotas de bienestar y consumo jamás imaginadas.

    El Pico Petrolero ha frenado de golpe esto y los 44 millones se enfrentan a los Factores Malthusianos. Es imposible mantener a esta multitud en el standard de vida que creen merecerse.
    Decenas de millones perecerán!
    ¿Qué rápido, no? Parece que 2007 hubiera sido ayer, cuando una obscena riqueza y consumismo asfixiaba la tierra española.

    Comentado por: armandobronca.com el 03/8/2010 a las 10:39

  • No entiendo a qué llama Daniel Innerarity como “poder de la técnica”. Si se asocia con el término tecnocracia, tampoco descubro qué cosa quiere decir cuando habla del poder de la técnica, ya que tecnocracia deriva del mundo de la política. La tecnocracia sería el gobierno de los técnicos en determinadas materias. Durante el franquismo hubo varios gobiernos que tenían la denominación de tecnócratas. Pero otra cosa sería el poder de la técnica. La técnica es la aplicación práctica de la ciencia teórica. Por ejemplo, del estudio físico-químico del comportamiento de ciertas moléculas, se han creado materiales que resisten grandes presiones o temperaturas muy altas. En nuestras casas tenemos muchos ejemplos de aplicaciones científicas: las cocinas de vitrocerámica, los microondas, etc. Y Para qué hablar de la genética, de la biomedicina... los avances de esas ciencias y sus aplicaciones técnicas las vemos cada día. Si a eso se le llama poder, pues muy bien. Está claro que si comparamos los avances tecnológicos de ahora con los de hace tan sólo 30 o 40 años, podríamos concluir, de algún modo, que los actuales son más poderosos, porque pueden lograr cosas que antes ni se nos pasaban por la cabeza. Yo pienso que el Catedrático de filosofía destila una especie de temor y de desprecio hacia la técnica que le lleva a echarse en brazos del movimiento ecologista como quien se echa en brazos de una madre protectora. No es un discurso nuevo. Es el desprecio por lo que no se conoce lo que aleja al catedrático de la técnica para retornar, no ya a un idílico pasado, en el que todos vivíamos en armonía con la “madre naturaleza” (cosa totalmente falsa), sino una vuelta al estatalismo como forma de controlar lo que él llama como poder de la técnica. Pero yo creo que se equivoca el mencionado catedrático. Algunos sabemos, por las noticias que vienen de China, de Irán, de Cuba, por poner unos pocos casos, hasta qué límites de depravación y de inmoralidad pueden llegar los políticos cuando controlan el llamado poder de la técnica. Hablo, p.ej., del control político sobre Internet, donde el gobierno es dueño y señor de la red, y lo que debiera ser un instrumento al servicio de la libertad de la gente, se convierte en un aparato de propaganda política e ideológica, mediante la manipulación y la censura, por parte del poder político, que ése si es un verdadero poder.

    El problema que plantea Daniel Innerarity es falso. No es verdad que el poder de la técnica haya sustituido al poder político, o que éste haya fallado en su control. Estamos en manos de los políticos. En España, más de la mitad del dinero que circula o no por el país está en manos de los políticos. Son los políticos los que, con nuestro dinero, han resucitado a las entidades financieras en quiebra. Son los políticos los que adoptan las grandes decisiones económicas. Son los políticos los que nombran a dedo a los miembros del FMI, de los Bancos Centrales, de las Cajas de Ahorros, etc. ¿Y este catedrático echa de menos una política más estatalista? Por favor. El problema de la técnica es el manejo que de ella haga el poder político; generalmente ha sido utilizada la técnica para mantener ese poder o expandirlo mediante la guerra. Contra eso es contra lo que hay que luchar. En Occidente todavía tenemos márgenes para controlar, dentro de lo que cabe, al poder político. El deber ético es ensanchar esos márgenes, sin que nos domine el miedo o el pesimismo; sin que emprendamos aventuras utópicas dibujando un futuro plenamente armónico, y sin pretender una vuelta a un imaginario paraíso perdido, al seno de la madre naturaleza. Si algo nos ha hecho a los humanos más libres, más independientes de la naturaleza, que otras especies animales, ha sido nuestra capacidad de raciocinio, nuestra capacidad tecnológica. Todo se lo debemos a la ciencia y la técnica a través de su desarrollo. Ahora necesitamos una ética de la responsabilidad para manejar racionalmente esa técnica. A eso le llamo yo la ética del conocimiento. Yo no creo en el progreso absoluto, como no creo en ninguna divinidad. Yo sé que las cosas en este mundo no siguen un recto camino: hay retrocesos, incluso podemos desaparecer, como civilización, de la faz de la tierra. En lo único que tengo confianza es en la capacidad de crítica del hombre, en la pluralidad de ideas y su contraste, para poder aproximarnos a un trozo de verdad. Puede que, en algunos casos, la modestia sea de canallas; pero carecer de honestidad intelectual es la peor canallada.

    Comentado por: miguel el 03/8/2010 a las 06:22

  • Nuestro cadáver es nuestra propia cultura, de la cual ya no podemos ser parte porque que acaba mordiéndose la cola, solo podemos hacer uso de ella de forma parasitaria.

    Comentado por: andres el 03/8/2010 a las 01:43

  • A lo mejor lo que pasa es que tenemos que aprender de una vez a hacer política, en vez de pasarnos la vida zafandonos de ella.

    LA POLITICA, SOLA ANTE EL PELIGRO

    'La política no se ha reforzado por la perfección de la técnica sino por su fracaso'

    Los vertidos en el golfo de México y la crisis financiera son rotundos fracasos tecnológicos. Se equivocaban los tecnócratas. Vuelve la política como retorno del Estado, recuperación de la lógica y gestión de riesgos

    DANIEL INNERARITY 23/07/2010

    En nuestro imaginario colectivo la técnica aparece como una amenaza potencial. Esta sospecha tiene su origen en el hecho de que, hace no muchos años, tanto la derecha como la izquierda concebían a la técnica como una realidad fuerte, exitosa e incontestable. Unos esperaban que las cuestiones políticas pudieran ser resueltas (o incluso disueltas) gracias a la clarividencia de los expertos y a la exactitud de sus procedimientos, otros lamentaban este proceso de despolitización tecnocrática que se traduciría en control, manipulación, destrucción y homogeneización. En cualquier caso, las valoraciones venían después de coincidir en que esa tecnificación del mundo era algo que terminaría por imponerse.
    La realidad es hoy bien distinta: además de las que han sido beneficiosas, estamos rodeados de técnicas que han fracasado. Algunos casos actuales nos han hecho cada vez más conscientes de que hay riesgos producidos por el ser humano que están crecientemente fuera de control. Los vertidos tóxicos en el golfo de México, la crisis económica producida en buena parte por el fracaso de esos sofisticados dispositivos tecnológicos que son los productos financieros, el cambio climático inducido por nuestro modelo de desarrollo no son solo desastres con graves repercusiones sociales, sino, de entrada, rotundos fracasos tecnológicos. La imagen de Obama librando un combate contra BP podría pasar por la imagen de esta nueva situación. Se equivocaban los tecnócratas, podríamos concluir a la vista de tales fiascos, pero también quienes temían los éxitos de la técnica y no tanto sus fracasos.
    Lo interesante de este giro de la historia es que ha modificado radicalmente nuestra manera de entender la articulación entre política y tecnología. Ni la derecha tecnocrática ni la izquierda neomarxista de los años sesenta y setenta habían pensado que la renovación de la política pudiera proceder un día del fracaso de la técnica. Lo que imaginaban era más bien su carrera triunfante, para bien o para mal, celebrada o temida. La crítica a la tecnocracia ha quedado actualmente superada por el hecho de que tenemos más bien una técnica torpe y una política cuya intervención es reclamada desde diversas instancias. Estábamos esperando que la política nos protegiera frente al poder de la técnica y ahora resulta que la política es reclamada para resolver los problemas generados por la debilidad de la técnica.
    Lejos de convertir a la política en un anacronismo, la técnica (mejor dicho, sus fracasos sonados o sus riesgos potenciales) ha reforzado el prestigio de la política, de la que ahora se espera lo que otras instancias no han acertado a proporcionar. Por eso no es exagerado afirmar que la gestión de estos riesgos puede ser una nueva fuente de legitimación de la acción política. Otra cosa es que la política esté acertando a la hora de ejercer esta responsabilidad o que disponga de los instrumentos necesarios para ello.
    Así pues, vuelve la política en tres aspectos fundamentales: como retorno del Estado, como recuperación de la lógica política y como exigencia de gestionar democráticamente los riesgos. Veamos brevemente cada uno de estos tres aspectos.
    De entrada, catástrofes como las financieras o las medioambientales apuntan en la línea de una nueva forma de estatalidad reguladora. Mientras que el giro neoliberal supuso una retirada del Estado, la progresiva conciencia de los peligros de la civilización tecnológica impulsan al Estado a asumir nuevas tareas, aunque sea en un contexto muy diferente de aquel en el que estaba acostumbrado a actuar soberanamente. Y es que conviene no dejarse llevar en este punto por lo que podríamos llamar una ilusión óptica neokeynesiana: el Estado que vuelve no es un rico soberano, sino un Estado endeudado y necesitado de cooperación. Cuanto antes comprendamos esta nueva realidad y exploremos sus posibilidades de intervención, menos tiempo perderemos en celebrar que la historia nos ha vuelto a dar la razón.
    Podemos vivir un momento de repolitización en función precisamente del descrédito de los supuestos expertos. Han fracasado quienes monopolizaban la exactitud y la eficacia; se ha vuelto ideológicamente sospechosa la apelación a la ciencia y a la técnica para poner punto final a las controversias; el mundo de los expertos se ha revelado tan poco unánime como nuestras sociedades plurales. Todo esto significa que estamos devolviendo al sistema político el poder de definir la situación, que tenemos una posibilidad inédita de recuperar la política, es decir, del arte de trasladar en decisiones nuestra falta de evidencia.
    La gestión de los riesgos, peligros y catástrofes puede ser también un elemento de democratización. Un mundo más incierto no tiene por qué ser menos democrático que el desaparecido mundo de las certezas, más bien al contrario. Un ejemplo de ello puede ser la propia evolución del movimiento ecologista. El discurso ecológico, que en los años sesenta tenía una épica antiestatal, se transformó después en una reivindicación del Estado regulador. La misma introducción de la protección del medio ambiente como una tarea del Estado abrió una fuente de legitimación para la política regulativa una vez que parecía agotada aquella legitimación del Estado de bienestar centrada en la política de redistribución. Someter los riesgos tecnológicos a procedimientos políticos formales ha hecho que el conflicto entre la economía y la ecología se haya introducido en el sistema de gobierno, que no tenga ya nada de subversivo o desestabilizador. El desarrollo de Los Verdes, especialmente en Alemania, es un ejemplo elocuente de ello. Después de una larga discusión, ha terminado por imponerse la facción que prefería integrarse en las coaliciones de Gobierno a la que abogaba por el control exterior. Lo que algunos llamaron "la guerra civil ecológica" en torno a la energía nuclear no condujo a desbordar las autoridades políticas de la República Federal de Alemania, como muchos habían temido o deseado. Todavía recuerdo de mis años de estudiante en Alemania a principios de los ochenta aquella evolución de los ecologistas, que comenzaron discutiendo la abolición del monopolio estatal de la violencia y terminaron reconociendo que sus fines solo podían alcanzarse por medio de la política y el derecho.
    Así pues, bien puede afirmarse que mientras que las catástrofes antiguas podían ser la puerta para estados de excepción antidemocráticos, los conflictos de la "sociedad del riesgo" han tenido una función democratizadora y han impulsado una cultura política del diálogo y la resolución de conflictos. Nuestra manera de concebir el modo como deben afrontarse los peligros en una sociedad democrática se diferencian claramente de la licencia autoritaria que se concede el soberano para resolver las situaciones excepcionales. Los peligros de la "sociedad del riesgo" no exigen un estado de excepción en el sentido tradicional. Lo que exigen es, más bien, practicar toda la normalidad que sea posible en la gestión de las amenazas.
    Estamos, por consiguiente, frente a una extraña paradoja: la política no se ha reforzado por la perfección de la técnica sino por el fracaso de la técnica. La técnica necesita más que nunca de la regulación política. Cuando los fracasos de la técnica son percibidos como graves amenazas para los derechos de la ciudadanía, a la política se le exige la responsabilidad de crear las condiciones que nos permitan hacer frente como sociedad a tales consecuencias. Sin los recursos de la legitimación democrática y unos Estados que funcionen (ahora también bajo la forma de una gobernanza global), no hay manera de hacer frente a las inseguridades, peligros y accidentes que las modernas tecnologías plantean.
    Donde antes pensábamos que no había ningún problema para el que no encontraríamos en el futuro una solución técnica, hoy se invierte el enfoque -aunque con mayor modestia- y más bien podemos estar razonablemente seguros de que los problemas generados por la técnica o los resolvemos políticamente o no los resolveremos de ninguna manera.

    Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía e investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco.

    Comentado por: provoqueen el 02/8/2010 a las 21:05

  • Nuestra realidad se desmorona; las cosas no son lo que son o parecen ser; todo amenaza ruina. En fin, que el tirano, a despecho de él mismo, muestre sus vergüenzas en público, no es cosa de lamentar. Lo realmente jodido es que la fe de los creyentes -sin fe no hay realidad ni amo que valga- es cada vez más desesperada, más ciega, más rencorosa, y esto los hace especialmente peligrosos. La propaganda es cada vez más atronadora, más enloquecida, y se incurre en la amenaza. Y, como sabe cualquier chulo de barrio, si quieres que te respeten, las amenazas hay que cumplirlas.

    Comentado por: samuel el 02/8/2010 a las 19:26

  • Si como individuos no podemos contestar con honestidad las preguntas que propone, cómo opinaría uno de una forma global? El cadaver será diferente para cada individuo, y de ahí para cada grupo social formado por respuestas afines.
    Su artículo nos devuelve a la meditación! Gracias.

    Comentado por: me el 02/8/2010 a las 17:55

  • la crisis de setiembre del 2008 fue financiera y en tal caso "oriente" no actua separadamente De una forma o otra todos estamos en lo mismo
    ...

    Comentado por: juan andres el 02/8/2010 a las 15:29

  • Para leyendo el artículo al revés no sólo se revela lo que nos deparará el futuro sino que se oye la sintonía de "El hombre y la tierra", la voz del otro Félix y hasta pueden atisbarse buitres leonados y linces ibéricos.

    Comentado por: Circe el 02/8/2010 a las 13:09

  • Azúa siempre escogerá la peor hipótesis sobre el futuro del mundo. O sea, la más estética, la que mejor cuadrará con el guión de una peli apocalíptica americana. Y tan idiota como cualquier otra.

    Comentado por: lomax el 02/8/2010 a las 12:01

  • El futuro ya está aquí. Ese es el cadáver, y apesta; pero recuerden aquello de "cadáveres humanos, más dignos de ser desechados que el estiercol". Y aquí estamos, entre una sociedad envejecida, caduca y aterrorizada que se refocila depravadamente en las jeremiadas de los profetas de la corte, y esa juventud educada para la matanza que afila sus cuchillos en la sombra. La escatología, lo apocalíptico, eso es lo que se lleva. Yo, la verdad, ya lo encuentro un poco pasado de moda

    Comentado por: savedra el 02/8/2010 a las 11:02

  • Precisamente estos dias ando leyendo el citadísimo Tristes trópicos, cuyo cuarto capítulo, La tierra y los hombres, recomiendo vivamente como lectura relacionada con los temas que trata el post de hoy.

    Comentado por: j. el 02/8/2010 a las 10:16

  • Una característica del hombre: cada vez somos más y, a la vez, vivimos más y mejor.
    Todos los avisos de los últimos cincuenta años se han demostrado equivocados. Curiosamente, ese repetido error no ha servido para hacer cambiar de idea a los que siguen empeñados en que somos demasiados y que algo malo pasará.
    De todos modos, nada les impide a los malthusianos dejar de reproducirse y reducir su consumo. Igual serviría de prueba, a ver qué pasa.

    Comentado por: tranqui, félix el 02/8/2010 a las 10:02

  • Nuestro cadáver, obviamente, es ceder, aflojar en nuestra lucha contra la angustia y dejarle paso franco cayendo en la desesperación.
    Justo lo que le advierte Sancho a su señor en la inconfundible subida de moral que son las páginas finales del gran libro, cuando le suplica que no se abandone en la melancolía ni se deje morir así, porque lo único que no está permitido a un hombre es matarse a sí mismo por dentro.
    Y, claro, esto tiene que ver con varias otras cosas que repetidamente se han tratado aquí. La primera con la búsqueda franca de la verdad frente a la aceptación conformista de lo que, una judía muy lista que discurrió por la vía kantiana, llamaba “la llaga de la humanidad”: la mentira. Y también con comprender que el conocimiento verdadero, y sus productos tecnológicos, que cualifican para la felicidad también lo hace para el sufrimiento y que quien dice sí a la vida tiene que aceptar, que muchas veces es soportar, ambas cosas.

    Comentado por: Gabriella Marcel el 02/8/2010 a las 09:36

  • Nada sabemos de "nuestra" era, excepto que es el inicio de la expansión global del dominio técnico y que ese dominio no es, en absoluto, un proyecto humano ni está bajo nuestro control.
    ¿Qué es, don Félix, esa era del dominio técnico que no es un proyecto humano?
    Si no está bajo nuestro control, entonces: ¿Qué controla ese dominio? ¿Podría explicárnoslo?

    Comentado por: DPA el 02/8/2010 a las 09:26

  • Llegada a un cierto nivel de especialización técnica, cualquier civilización se encuentra privada para reaccionar ante determinado cambio no previsto. Esto, generalmente, la conduce a su destrucción. Cuando tú hablabas, Félix, sobre el mal de las Universidades, acababas concluyendo que ese mal era debido a un compendio de causas. Yo añadiría esta causa: la especialización técnica nos lleva a concebir a la gente como un mero objeto técnico más. No hace tanto tiempo, a los estudiantes se les formaba para afrontar la realidad, siempre cambiante, y para ello se contaba con una serie de principios éticos, filosóficos y científicos. Lo lógico es que nuestra civilización científico- técnica, acabe devorada a causa de su propio nivel de especialización. Ni China ni La India han llegado todavía a ese nivel. Esos dos inmensos países están superpoblados. Si se cumplen las leyes de la naturaleza animal, los que sobreviven no son los más aptos, sino los que más se reproducen. Ahora bien, nuestra civilización no es comparable con otras, ya extinguidas, del pasado. Nuestra civilización, además de poseer más información que las del pasado, es capaz de procesar esa información para mejor predecir los acontecimientos, para mejor anticiparnos a ellos. Deberíamos pensar, y así hacérselo saber a las nuevas generaciones, desde la escuela, que el futuro está abierto, como siempre lo ha estado; que tenemos que buscar formas de convivencia social y política (somos seres sociales) donde la técnica esté lo menos controlada posible por los políticos y más por la gente, por la sociedad civil. Ser optimista puede que no lleve a ningún lado; pero ser pesimista es como estar muerto en vida. Durante nuestra evolución comos seres humanos, hemos sufrido infinidad de adversidades climáticas y de todo tipo. Sólo los que no tuvieron miedo, los más optimistas e inteligentes, sobrevivieron; los demás sucumbieron mientras lloraban impotentes. Nosotros procedemos de los primeros, no de los segundos, claro está, y en nuestros genes aún perdura su arrojo y su inteligencia, entre otras cosas. Esto también es bueno que lo sepa la gente desde la escuela.

    Comentado por: miguel el 02/8/2010 a las 08:21

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Biografía

Félix de Azúa nació en Barcelona en 1944. Doctor en Filosofía y catedrático de Estética, es colaborador habitual del diario El País. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Edgar en Stephane, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Las lecciones de Jena, Las lecciones suspendidas, Ultima lección, Mansura, Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Cambio de bandera, Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su obra ensayística es amplia: La paradoja del primitivo, El aprendizaje de la decepción, Venecia, Baudelaire y el artista de la vida moderna, Diccionario de las artes, Salidas de tono, Lecturas compulsivas, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas, Esplendor y nada y La pasión domesticada. Los libros recientes son Ovejas negras, Abierto a todas horasAutobiografía sin vida (Mondadori, 2010) y Autobiografía de papel (Mondadori, 2013)Una edición ampliada y corregida de La invención de Caín ha sido publicada por la editorial Debate en 2015; Génesis (Literatura Random House, 2015). Nuevas lecturas compulsivas (Círculo de Tiza, 2017) y Volver la mirada, Ensayos sobre arte (Debate, 2019) son sus últimos libros.  Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis. 

En junio de 2015, fue elegido miembro de la Real Academia Española para ocupar el sillón "H".

 

Bibliografía

 




 

Ensayo

Volver la mirada (2019). Debate, España.

Nuevas lecturas compulsivas (2017). Círculo de Tiza, España. 

La invención de Caín (2015). Mondadori, Barcelona. 

Contra Jeremías (2013). Mondadori, Barcelona.

Contre Guernica, Prefacio para Antonio Saura (2008). Archives Antonio Saura, Genève.

 La pasión domesticada (2007). Abada, Madrid.

Ovejas negras (2007), Bruguera, Barcelona.

Cortocircuitos. Imágenes mudas (2004). Abada, Madrid.

La invención de Caín (1999). Alfaguara, Madrid.

Baudelaire y el artista de la vida moderna (reedición) (1999). Anagrama, Barcelona.

Lecturas compulsivas. Una invitación (1998) Anagrama, Barcelona.

Salidas de tono (1996). Anagrama, Barcelona.

Diccionario de las artes (1995). Planeta, Barcelona.

Baudelaire y el artista de la vida moderna (1992). Pamiela, Pamplona.

Venecia (1990). Planeta, Barcelona.

El aprendizaje de la decepción (1989). Pamiela, Pamplona.

La paradoja del primitivo (1983). Seix Barral, Barcelona.

Conocer a Baudelaire y su obra (1978). Dopesa, Barcelona.

 

Novelas y prosa literaria

Génesis (2015). Literatura Random House, Madrid. 

Autobiografía de papel (2013). Mondadori, Barcelona. 

Autobiografía sin vida (2010). Mondadori, Barcelona.

Abierto a todas horas (2007). Alfaguara, Madrid.

Esplendor y Nada (2006). Lector, Barcelona.

Momentos decisivos (2000). Anagrama, Barcelona.

Demasiadas preguntas (1994). Anagrama, Barcelona.

Cambio de bandera (1991). Anagrama, Barcelona.

Diario de un hombre humillado (1987). Anagrama, Barcelona.

Historia de un idiota contada por él mismo, o el contenido de la felicidad (1992), Anagrama, Barcelona.

Mansura (1984). Anagrama, Barcelona.

Última lección (1981). Legasa, Madrid.

Las lecciones suspendidas (1978). Alfaguara, Madrid.

Las lecciones de Jena (1972). Barral E., Barcelona.

 

Relatos

"Quien se vio", Tres cuentos didácticos (1975). La Gaya Ciencia, Barcelona.

"La venganza de la verdad" (1978). Hiperion nº1, Madrid.

"Herédame" (6 y 7 agosto 1985). El País, Madrid.

"El trencadizo", con grabados de Canogar (1989) Antojos, Cuenca.

"La pasajera" (18 nov. 1990). El País, Madrid.

"La resignación de la soberbia", Los pecados capitales (1990). Grijalbo, Barcelona.

El largo viaje del mensajero (1991) Antártida, Barcelona.

Cuentos de cabecera ("La pasajera" y "La segunda cicatriz") (1996). Planeta NH.

"El padre de sus hijos" (1998). Barcelona, un día, Alfaguara, Madrid.

"La verdad está arriba" (1998). Turia, Teruel.

 

Poesía

Última Sangre. Poesía 1968-2007 (2007). Bruguera, Barcelona.

Poesía 1968 1988 (1989). Hiperion, Madrid.

Farra (1983). Hiperion, Madrid.

Siete poemas de La Farra, con un grabado de A. Saura (1981). Cuenca.

Poesía 1968 78 (1979). Hiperion, Madrid.

Pasar y siete canciones (1977). La Gaya Ciencia, Barcelona.

Lengua de cal (1972). Visor, Madrid.

Edgar en Stéphanie (1971). Lumen, Barcelona.

El velo en el rostro de Agamenon (1970) El Bardo, Barcelona.

Cepo para nutria (1968). Madrid

Premios

1987 Premio Anagrama de Novela.

2000 Premio a la cultura "Sebetia-Ter" del Centri di Studi di Arte e Cultura di Napoli".

2001 Premio a la tolerancia de la "Asociación por la Tolerancia", Barcelona.

2011 Premio González-Ruano de Periodismo

2014 Premio Internacional de Ensayo José Caballero Bonald

2015 Premio Francisco Cerecedo de la Asociación de Periodistas Europeos 

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