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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 19 de septiembre de 2020

 Félix de Azúa

El milagro del taxi

“¿Usted desea que le distraiga con un relato?”. Así comienza mi trayecto en taxi, por la zona de Pedralbes. “De ese modo el viaje se le hará más corto”, añade el amable conductor. Tiene un leve acento, no muy pronunciado, que conozco perfectamente. Le pido que emprenda la narración. Cuenta entonces una historia que se inicia en la entrada del Hotel Princesa Sofía, cuando un caballero bien trajeado pide que le conduzca al aeropuerto lo más deprisa posible porque lleva retraso. Mientras avanza la historia yo me fijo en la exactitud y elegancia de su lenguaje. Utiliza frases king size como “localidad colindante con el municipio de Belvitge” que ya no saben pronunciar ni los universitarios. Y también algunos giros que se han perdido en España, como “no le negaré que también influyó lo bien parecido que era aquel individuo”. Mi conductor es un hombre de cincuenta años, de tez café con leche, gruesos labios, nariz aplastada, y gasta gorra de béisbol. Cerca de mi destino, la historia finaliza con una pistola apoyada en la nuca del narrador, doscientos euros y el móvil perdidos (“para demorar la llamada: vea, era un eficaz profesional”), y el hombre bien parecido huyendo hacia el barrio de San Blas, donde la policía catalana procura no poner los pies. Hemos llegado. “¿Es usted cubano?”, le pregunto. “Así es, en efecto, fino oído, ¿cómo lo adivinó?” “Mi abuela era cubana” “¡Ah, qué alegría acaba de darme! ¡Somos hermanos, de algún modo! Y perdone la indiscreción, ¿ha vuelto usted por allí?” “No. Nunca he pisado la isla” En ese momento se volteó, como dicen allí, y mirándome a los ojos añadió con esa convicción que sólo tienen ya los exiliados: “¡Mejor! Volveremos cuando se haya impuesto la democracia y entonces aquel será el país más bello del mundo” “No me cabe la menor duda” Por mucho que insistí, no quiso cobrarme y tuve que abandonar el taxi por los bocinazos de los impacientes. ¡Lástima que ya no usemos sombrero! ¡Era la ocasión perfecta! Muere Fidel. Se impone la democracia en Cuba. Viajo para visitar la tumba de mi bisabuelo. Me encuentro con el taxista por las calles de La Habana. Sombrerazo.

[Publicado el 12/1/2006 a las 09:01]

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Comentarios (14)

  • Seguro que si tuviese a mano mi moleskine del 97 o el 98 podría transcribírsela a ustedes directamente y de inmediato, y probablemente con mejor prosa de la que voy a ser capaz de emplear aquí, porque entonces yo era más feliz y hacía las cosas con más meticulosidad y más primor que ahora; pero vuelvo a estar a cerca de cuatrocientos kilómetros de mi biblioteca, donde –dicho sea de paso, para la, de ninguna manera desinteresada, información de todos ustedes– guardo los preciosos cuadernos negros al calor de mis autores más queridos con la vana confianza de que algo se le llegue a pegar. Digo, obviamente, a la engorrosa prosa de apretada letra –de grafismo y morfología, sin embargo, a mi juicio bastante estéticos– que cubre las densas páginas de mis moleskines; lo hago pues para ver si consigo que esa prosa mejore con la sólida influencia que pudiesen llegar a ejercer sobre ella, como por ósmosis, los libros de tan buenos autores; pero ya digo que no, que con el paso de los años me duele ratificar que no es así.
    Se trata de una escena callejera cuya nítida huella hace ya más de ocho años que guardo en mi memoria. Y aún diré más, creo que, como corresponde a nuestra generación, es una imagen de inequívoca estirpe cinematográfica. Me fue dado el placer de contemplarla una lluviosa mañana de invierno, creo recordar que de principios de febrero, de alguno de esos dos años, cuando aún vivía mi madre y yo estaba casado y en feliz compañía amorosa. Por entonces, aún leía diariamente el periódico. Era sábado, eso lo recuerdo bien, y bajé, como hacía cada fin de semana, al quiosco de prensa que hay casi enfrente de casa. No me lo invento y, para quien desee comprobarlo le diré que es el primero que hay en la madrileña calle de Santa Engracia, en la acera de los pares. Como siempre, el quiosquero –digamos– responsable y, casualidades de la vida, de nombre Félix, permanecía dentro de la garita mientras su hermano, Eduardo, le apoyaba desde afuera en el trajín con los clientes. Eduardo permanecía bajo el toldo, que aquel día escurría una copiosa cortina de agua, y ayudaba a Félix, como siempre, en el comercio plural de dar periódicos y revistas, y coger monedas y devolver cambios en metálico.
    Mientras me acercaba, pude ver que el quiosco permanecía momentáneamente vacío de clientes; pero justo en el momento que llegué lo hacían también dos pequeños ciudadanos cogidos de la mano. Tenían unos ocho y tres años respectivamente, ambos calzaban botas katiuskas y se enfundaban en gruesos tabardos. Llevaban las capuchas muy ajustadas mediante el barbuquejo y sólo se les podía ver la pequeña porción de cara que va desde las cejas hasta el labio inferior. Las bufandas, tácitamente enrolladas bajo la capucha, les habían desdibujado la forma del cuello y eso les daba el aspecto de dos pequeños troncos, sin apenas articulación.
    –¡Pero hombre!, Juan y Pedrito –les espetó desde dentro del quiosco Félix, y continuó:–, que hacéis por aquí, tan temprano, en un día como éste. –Y, sin que tuviesen tiempo de contestarle, añadió:– ¡Vaya jeta que se gasta vuestro padre!, así que él bien calentito en el hogar y vosotros a mojaros como dos valientes, ¡eh!
    –Papá se ha tenido que quedar en casa trabajando –respondió con prontitud, Juan, el mayor, mientras recogía el periódico que Eduardo le ofrecía doblado en tira estrecha de dos dobleces. De inmediato, se lo pasó a su hermano pequeño al tiempo que se empinaba para alargar a Félix el dinero exacto del peródico por encima del mostrador y añadía un lacónico y vigoroso:– ¡Adios!
    De inmediato los pequeños volvieron a darse la mano y reanudaron la vuelta a su casa bajo la lluvia. Aún no habrían dado más de media docena de pasos cuando Félix sacó la cabeza por encima del mostrador, y gritó ostensiblemente:
    –Y tú, Pedrito, ¿qué pasa contigo?, te vas sin decir ni pío, ¿¡eh!, tío?
    Fue entonces cuando el pequeño, sin volverse ni detener la marcha, levantó la mano en que llevaba el periódico, la derecha, la mantuvo en alto bajo la lluvia en señal de saludo el leve tiempo que tardó en dar dos o tres pasos y de inmediato la bajó.
    Los dos quiosqueros, Félix y Eduardo, y yo mismo explotamos al unísono con la risa –sin objeto ni sentido– de la felicidad ante aquel inefable gesto –no sabría decir si caluroso o displicente– que de espaldas nos acababa de dedicar el esquivo Pedrito. Digo “nos” porque, aunque en todo momento yo había permanecido bastante ajeno al núcleo central de la trama, no me cabe la menor duda de que todos, incluido Pedrito, me habían reconocido desde el primer momento como un miembro más del elenco que representaba aquella pequeña página de la vida.
    Y este fue precisamente el instante, nítido y perfecto en su imaginería, que ha quedado, supongo que ya para siempre, anclado a mi memoria –a esta memoria mía que tan fácilmente olvida y que es tan notoriamente quebradiza en sus remembranzas– y que acabo de actaulizar a cuenta del sombrerazo de arriba.

    Comentado por: Onagro el 25/12/2006 a las 18:36

  • A (12):
    Creo que el loco es usted.
    ¡Y un poco más de respeto por S. Weil! ¡"Señorita"!....
    Repugnante al cubo su comentario

    Comentado por: diáspora el 24/1/2006 a las 13:01

  • ¿Por qué esta fijación con Castro, con la de dictadores de toda laya que hay?

    Comentado por: Juan el 15/1/2006 a las 12:01

  • Ah!, señorito, he conocido a la mismísima señorita Weil.

    Ya no está loca.

    Ya le contaré algún día.......

    Comentado por: Simon Fisherman el 12/1/2006 a las 18:01

  • A (8):
    “¿ES Ud. Mulata?”: ¡Interesante pregunta! ¿Qué quiere Ud. que sea? Puedo ser lo que Ud. quiera, ¡en serio!(Soy más bien blanca de piel.)
    Y Ud., ¿cómo es Ud.? La verdad es que me resulta muy difícil imaginármelo. No sé, ¿quizás alto?, ¿delgado?, ¿más bien paliducho de estar tanto tiempo en casa escuchando discos?; de vez en cuando debería ventilarse, seguro (salir a cazar, por ejemplo, es un muy buen ejercicio, claro).
    Y ¿qué más? Que es muy difícil desplegar así como así, como quien no quiere la cosa, sin más, el lado oscuro. Hay que saber tantearlo, quiero decir excitarlo un poco para que salga a flote (¿se dice a flote?, o mejor decir "para que salga a relucir”).
    O sea que no es tan fácil, pardillo, llamar (¿invocar?) al lado oscuro y que éste venga pitando como un pobrillo perro faldero. ¿Lo entiende? No es, creo yo, cuestión de pura voluntad.

    Pero no me haga hoy mucho caso, (em)prendedor de lados, porque llevo un par de días con náuseas, en serio, ¿qué será? Espero que nada preocupante.

    Comentado por: fedra rara el 12/1/2006 a las 17:01

  • Sr. Albert:
    Perdone por favor la confesión, pero despierta Ud. mi instinto maternal más tierno. Le noto (por sus mensajes) aún algo pachucho (¿sexto sentido femenino?) ¿Podemos ayudarle?

    Comentado por: Sandra Coll el 12/1/2006 a las 16:01

  • [2] Sr. Gil Bera: le dejé en la sábana anterior, al final, una consulta por si pudiera contestarme. Gracias.
    +
    [5] Sra. Fedra: desde la sombra, lo que sí debe estar claro para todos, según creo yo, es que esto no es un chat.

    Comentado por: Sr. Verle el 12/1/2006 a las 15:01

  • Fedra rediviva (5):
    espero despliegue de lado oscuro.
    (¿Es usted mulata?)

    Comentado por: (em)prendedor de lados el 12/1/2006 a las 15:01

  • Pues a mi me parece perfecto q se imponga la voluntad de mi señorito,al fin y al cabo a mi no me entretiene nada eso de volver sobre mi mismo.

    Comentado por: Simon Fisherman el 12/1/2006 a las 14:01

  • Sr. Verle (3), a mí también me gustaría mucho que la comunicación aquí fuese un poco más fluida. ¡A ver si alguien le mete mano al Webmaster! (Ya me entienden los señores.)

    amamamamamamamamam
    Querido (em)prendedor (¿de mulatas taxistas?), no me he olvidado ni mucho menos de Vd. Pero que apareciera en escena su señora esposa y con tantas pieles, además, como que no. No sé si aún he conseguido reponerme del schock.

    Preciosa, ¿verdad?, la anécdota que hoy nos dedica el señor Azúa. Es como alegre y jovial. Seguro que el taxista y nuestro novelista preferido se encuentran algún día en La Habana (sin mulatas) y se toman un mojito donde sea.
    Sí, estas historietas me gustan; en cambio la historieta (2) de hoy..., pues que quiere que le diga.
    Yo necesito relatos joviales y que inciten, de alguna manera, al optimismo; es para combatir mi lado más sombrío, ya sabe...
    ¿Conoce Vd., admirado (em)prendedor, mi lado más sombrío?
    Suya

    Comentado por: fedra aún viva el 12/1/2006 a las 12:01

  • [1]Albert:¡qué más quisiera yo que, con suficiente fluidez, poder conversar inteligentemente con Uds.algún que otro rato!

    Comentado por: Sr. Verle el 12/1/2006 a las 10:01

  • Esta "traición" no se la perdonan muchos izquierdistas, don Félix: el ataque a la dictadura chulesca y mafiosa de Fidel, ya sabe "...una de las últimas resistencias al demonio americano, uno de los últimos reductos de dignidad política".
    (La historia del taxi hubiera quedado perfecta con una mulataza de mirada felina y vibrantes caderas al volante... invitándole al final a un heminway especial en su coquetón apartamento de El Raval. No, mejor en el Ritz.)

    Comentado por: (em)prendedor de coches el 12/1/2006 a las 10:01

  • De sombrerazos.
    Una vez, en el Gran Palais de Biarritz, en la rotonda que Napoleoncho, como le llamábamos en familia, le hizo a Maria Eugenia, ante el mar, hablaba el maestro Ascanio Pradini de Celibidache, o como se escriba, de Karajan y Ravel, de Rilke, Unamuno y la eternidad, la vida en Siena y Basilea, la casa de Bruselas y la de París, y el entorno era el adecuado, puesta de sol, un poco al bies, mar verdegueando con sus grises, con todos sus grises, se hacía de noche, espumeando soledad inmensa del mar, quizá hubiera un gemido agudo sobre las olas, si no estuviéramos en la rontonda de Napoleoncho lo oiríamos, un clajido del alma, como el agrio y áspero grito de las gaviotas, de haber estado fuera, pensaba yo, lo sentiríamos como un hervor de ruido que se oscurece, ya con el cielo ultrablau y salía una estrella.
    Es que saltó el maestro Ascanio Pradini con una pregunta tremenda.
    —¿Cómo se explica usted que nadie me llame?
    Y tenía sujeto con sus finos dedos el sombrero de Chyvani’s, como suspendido entre los dos, en el aire, pero a su favor, como de testigo dominante —acostumbrado al podio, amigo, si sabría él de puesta en escena—. Bueno, pues va y pone en el aire la pregunta tremenda.
    Como Max Aub, vuelto del exilio —eso creía él— y clamando ‘¿Cómo es posible que nadie, nadie, me haya dicho una sola palabra de mis novelas?’ Terrible, llegó a creer que hablarían de sus novelas.
    Pues al maestro Ascanio Pradini y del sombrero de Chyvani’s no le vas a explicar, mire, está usted sintiendo una de las formas de la muerte, que no le llamen a usted es peor que la cruel indiferencia de la amada, ha muerto usted para alguien, ya ha muerto usted para todos y llamo su atención sobre el hecho de que el desprendimiento de la líbido es doloroso porque le declaran a usted muerto. Así que esperas que se le pase.
    Y allá estaba plantado el hombre y también el sombrero de Chyvani’s, transidos los dos de la gran precupación, y se nos hizo de noche

    Comentado por: Eduardo Gil Bera el 12/1/2006 a las 10:01

  • Si la lentitud de la publicacion es intencionada ,para impedir la conversacion y solo interesa lo que dice azua se rompe la filosofia del invento ,asi que adios.Encantado sr .verle . ultima recomedacion :
    La conjura de los necios

    Comentado por: albert el 12/1/2006 a las 09:01

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Biografía

Félix de Azúa nació en Barcelona en 1944. Doctor en Filosofía y catedrático de Estética, es colaborador habitual del diario El País. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Edgar en Stephane, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Las lecciones de Jena, Las lecciones suspendidas, Ultima lección, Mansura, Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Cambio de bandera, Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su obra ensayística es amplia: La paradoja del primitivo, El aprendizaje de la decepción, Venecia, Baudelaire y el artista de la vida moderna, Diccionario de las artes, Salidas de tono, Lecturas compulsivas, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas, Esplendor y nada y La pasión domesticada. Los libros recientes son Ovejas negras, Abierto a todas horasAutobiografía sin vida (Mondadori, 2010) y Autobiografía de papel (Mondadori, 2013)Una edición ampliada y corregida de La invención de Caín ha sido publicada por la editorial Debate en 2015; Génesis (Literatura Random House, 2015). Nuevas lecturas compulsivas (Círculo de Tiza, 2017) y Volver la mirada, Ensayos sobre arte (Debate, 2019) son sus últimos libros.  Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis. 

En junio de 2015, fue elegido miembro de la Real Academia Española para ocupar el sillón "H".

 

Bibliografía

 




 

Ensayo

Volver la mirada (2019). Debate, España.

Nuevas lecturas compulsivas (2017). Círculo de Tiza, España. 

La invención de Caín (2015). Mondadori, Barcelona. 

Contra Jeremías (2013). Mondadori, Barcelona.

Contre Guernica, Prefacio para Antonio Saura (2008). Archives Antonio Saura, Genève.

 La pasión domesticada (2007). Abada, Madrid.

Ovejas negras (2007), Bruguera, Barcelona.

Cortocircuitos. Imágenes mudas (2004). Abada, Madrid.

La invención de Caín (1999). Alfaguara, Madrid.

Baudelaire y el artista de la vida moderna (reedición) (1999). Anagrama, Barcelona.

Lecturas compulsivas. Una invitación (1998) Anagrama, Barcelona.

Salidas de tono (1996). Anagrama, Barcelona.

Diccionario de las artes (1995). Planeta, Barcelona.

Baudelaire y el artista de la vida moderna (1992). Pamiela, Pamplona.

Venecia (1990). Planeta, Barcelona.

El aprendizaje de la decepción (1989). Pamiela, Pamplona.

La paradoja del primitivo (1983). Seix Barral, Barcelona.

Conocer a Baudelaire y su obra (1978). Dopesa, Barcelona.

 

Novelas y prosa literaria

Génesis (2015). Literatura Random House, Madrid. 

Autobiografía de papel (2013). Mondadori, Barcelona. 

Autobiografía sin vida (2010). Mondadori, Barcelona.

Abierto a todas horas (2007). Alfaguara, Madrid.

Esplendor y Nada (2006). Lector, Barcelona.

Momentos decisivos (2000). Anagrama, Barcelona.

Demasiadas preguntas (1994). Anagrama, Barcelona.

Cambio de bandera (1991). Anagrama, Barcelona.

Diario de un hombre humillado (1987). Anagrama, Barcelona.

Historia de un idiota contada por él mismo, o el contenido de la felicidad (1992), Anagrama, Barcelona.

Mansura (1984). Anagrama, Barcelona.

Última lección (1981). Legasa, Madrid.

Las lecciones suspendidas (1978). Alfaguara, Madrid.

Las lecciones de Jena (1972). Barral E., Barcelona.

 

Relatos

"Quien se vio", Tres cuentos didácticos (1975). La Gaya Ciencia, Barcelona.

"La venganza de la verdad" (1978). Hiperion nº1, Madrid.

"Herédame" (6 y 7 agosto 1985). El País, Madrid.

"El trencadizo", con grabados de Canogar (1989) Antojos, Cuenca.

"La pasajera" (18 nov. 1990). El País, Madrid.

"La resignación de la soberbia", Los pecados capitales (1990). Grijalbo, Barcelona.

El largo viaje del mensajero (1991) Antártida, Barcelona.

Cuentos de cabecera ("La pasajera" y "La segunda cicatriz") (1996). Planeta NH.

"El padre de sus hijos" (1998). Barcelona, un día, Alfaguara, Madrid.

"La verdad está arriba" (1998). Turia, Teruel.

 

Poesía

Última Sangre. Poesía 1968-2007 (2007). Bruguera, Barcelona.

Poesía 1968 1988 (1989). Hiperion, Madrid.

Farra (1983). Hiperion, Madrid.

Siete poemas de La Farra, con un grabado de A. Saura (1981). Cuenca.

Poesía 1968 78 (1979). Hiperion, Madrid.

Pasar y siete canciones (1977). La Gaya Ciencia, Barcelona.

Lengua de cal (1972). Visor, Madrid.

Edgar en Stéphanie (1971). Lumen, Barcelona.

El velo en el rostro de Agamenon (1970) El Bardo, Barcelona.

Cepo para nutria (1968). Madrid

Premios

1987 Premio Anagrama de Novela.

2000 Premio a la cultura "Sebetia-Ter" del Centri di Studi di Arte e Cultura di Napoli".

2001 Premio a la tolerancia de la "Asociación por la Tolerancia", Barcelona.

2011 Premio González-Ruano de Periodismo

2014 Premio Internacional de Ensayo José Caballero Bonald

2015 Premio Francisco Cerecedo de la Asociación de Periodistas Europeos 

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