El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
lunes, 7 de julio de 2008
El milagro del taxi
[Publicado el 12/1/2006 a las 10:01]
Seguro que si tuviese a mano mi moleskine del 97 o el 98 podría transcribírsela a ustedes directamente y de inmediato, y probablemente con mejor prosa de la que voy a ser capaz de emplear aquí, porque entonces yo era más feliz y hacía las cosas con más meticulosidad y más primor que ahora; pero vuelvo a estar a cerca de cuatrocientos kilómetros de mi biblioteca, donde –dicho sea de paso, para la, de ninguna manera desinteresada, información de todos ustedes– guardo los preciosos cuadernos negros al calor de mis autores más queridos con la vana confianza de que algo se le llegue a pegar. Digo, obviamente, a la engorrosa prosa de apretada letra –de grafismo y morfología, sin embargo, a mi juicio bastante estéticos– que cubre las densas páginas de mis moleskines; lo hago pues para ver si consigo que esa prosa mejore con la sólida influencia que pudiesen llegar a ejercer sobre ella, como por ósmosis, los libros de tan buenos autores; pero ya digo que no, que con el paso de los años me duele ratificar que no es así.
Se trata de una escena callejera cuya nítida huella hace ya más de ocho años que guardo en mi memoria. Y aún diré más, creo que, como corresponde a nuestra generación, es una imagen de inequívoca estirpe cinematográfica. Me fue dado el placer de contemplarla una lluviosa mañana de invierno, creo recordar que de principios de febrero, de alguno de esos dos años, cuando aún vivía mi madre y yo estaba casado y en feliz compañía amorosa. Por entonces, aún leía diariamente el periódico. Era sábado, eso lo recuerdo bien, y bajé, como hacía cada fin de semana, al quiosco de prensa que hay casi enfrente de casa. No me lo invento y, para quien desee comprobarlo le diré que es el primero que hay en la madrileña calle de Santa Engracia, en la acera de los pares. Como siempre, el quiosquero –digamos– responsable y, casualidades de la vida, de nombre Félix, permanecía dentro de la garita mientras su hermano, Eduardo, le apoyaba desde afuera en el trajín con los clientes. Eduardo permanecía bajo el toldo, que aquel día escurría una copiosa cortina de agua, y ayudaba a Félix, como siempre, en el comercio plural de dar periódicos y revistas, y coger monedas y devolver cambios en metálico.
Mientras me acercaba, pude ver que el quiosco permanecía momentáneamente vacío de clientes; pero justo en el momento que llegué lo hacían también dos pequeños ciudadanos cogidos de la mano. Tenían unos ocho y tres años respectivamente, ambos calzaban botas katiuskas y se enfundaban en gruesos tabardos. Llevaban las capuchas muy ajustadas mediante el barbuquejo y sólo se les podía ver la pequeña porción de cara que va desde las cejas hasta el labio inferior. Las bufandas, tácitamente enrolladas bajo la capucha, les habían desdibujado la forma del cuello y eso les daba el aspecto de dos pequeños troncos, sin apenas articulación.
–¡Pero hombre!, Juan y Pedrito –les espetó desde dentro del quiosco Félix, y continuó:–, que hacéis por aquí, tan temprano, en un día como éste. –Y, sin que tuviesen tiempo de contestarle, añadió:– ¡Vaya jeta que se gasta vuestro padre!, así que él bien calentito en el hogar y vosotros a mojaros como dos valientes, ¡eh!
–Papá se ha tenido que quedar en casa trabajando –respondió con prontitud, Juan, el mayor, mientras recogía el periódico que Eduardo le ofrecía doblado en tira estrecha de dos dobleces. De inmediato, se lo pasó a su hermano pequeño al tiempo que se empinaba para alargar a Félix el dinero exacto del peródico por encima del mostrador y añadía un lacónico y vigoroso:– ¡Adios!
De inmediato los pequeños volvieron a darse la mano y reanudaron la vuelta a su casa bajo la lluvia. Aún no habrían dado más de media docena de pasos cuando Félix sacó la cabeza por encima del mostrador, y gritó ostensiblemente:
–Y tú, Pedrito, ¿qué pasa contigo?, te vas sin decir ni pío, ¿¡eh!, tío?
Fue entonces cuando el pequeño, sin volverse ni detener la marcha, levantó la mano en que llevaba el periódico, la derecha, la mantuvo en alto bajo la lluvia en señal de saludo el leve tiempo que tardó en dar dos o tres pasos y de inmediato la bajó.
Los dos quiosqueros, Félix y Eduardo, y yo mismo explotamos al unísono con la risa –sin objeto ni sentido– de la felicidad ante aquel inefable gesto –no sabría decir si caluroso o displicente– que de espaldas nos acababa de dedicar el esquivo Pedrito. Digo “nos” porque, aunque en todo momento yo había permanecido bastante ajeno al núcleo central de la trama, no me cabe la menor duda de que todos, incluido Pedrito, me habían reconocido desde el primer momento como un miembro más del elenco que representaba aquella pequeña página de la vida.
Y este fue precisamente el instante, nítido y perfecto en su imaginería, que ha quedado, supongo que ya para siempre, anclado a mi memoria –a esta memoria mía que tan fácilmente olvida y que es tan notoriamente quebradiza en sus remembranzas– y que acabo de actaulizar a cuenta del sombrerazo de arriba.
Comentado por: Onagro el 25/12/2006 a las 19:36
A (12):
Creo que el loco es usted.
¡Y un poco más de respeto por S. Weil! ¡"Señorita"!....
Repugnante al cubo su comentario
Comentado por: diáspora el 24/1/2006 a las 14:01
Comentado por: Juan el 15/1/2006 a las 13:01
Ah!, señorito, he conocido a la mismísima señorita Weil.
Ya no está loca.
Ya le contaré algún día.......
Comentado por: Simon Fisherman el 12/1/2006 a las 19:01
A (8):
“¿ES Ud. Mulata?”: ¡Interesante pregunta! ¿Qué quiere Ud. que sea? Puedo ser lo que Ud. quiera, ¡en serio!(Soy más bien blanca de piel.)
Y Ud., ¿cómo es Ud.? La verdad es que me resulta muy difícil imaginármelo. No sé, ¿quizás alto?, ¿delgado?, ¿más bien paliducho de estar tanto tiempo en casa escuchando discos?; de vez en cuando debería ventilarse, seguro (salir a cazar, por ejemplo, es un muy buen ejercicio, claro).
Y ¿qué más? Que es muy difícil desplegar así como así, como quien no quiere la cosa, sin más, el lado oscuro. Hay que saber tantearlo, quiero decir excitarlo un poco para que salga a flote (¿se dice a flote?, o mejor decir "para que salga a relucir”).
O sea que no es tan fácil, pardillo, llamar (¿invocar?) al lado oscuro y que éste venga pitando como un pobrillo perro faldero. ¿Lo entiende? No es, creo yo, cuestión de pura voluntad.
Pero no me haga hoy mucho caso, (em)prendedor de lados, porque llevo un par de días con náuseas, en serio, ¿qué será? Espero que nada preocupante.
Comentado por: fedra rara el 12/1/2006 a las 18:01
INSTRUCCIONES PARA PONERSE SOMBRERO
Cuando uno piensa en ponerse sombrero, primero ha de imaginar qué sombrero. sobre todo en estos tiempos en que ya no se lleva nada. Uno debe cerrar los ojos y mirarse en el espejo inventado de un probador lujoso. Es conveniente haberse vestido bien, aunque sea en sueños, o al menos, sentir la elegancia sobre sí mismo, que no es otra cosa que una sensación de perfección elegida en la ropa y los accesorios. No importa qué piensen los otros, sobre todo si son horteras modernos o conservadores de esos que nunca cambian de aspecto. Vale más un esnob cuidadoso en medio de una manifestación pacifista, donde no pega talvez, pero produce un toque de distinción, como un punto azul marino flotando entre líneas verde clarito, que cientos de encorbatados funcionarios saliendo a la vez del banco o el ministerio, todos perfectos relojes con portafolios y abrigo, acogotados por la constrictor a rayas o elefantitos que le regalaron la última navidad y que les impide subir suficiente sangre al cerebro, con objeto de impedir que se equivoquen nunca y, tal cosa les conduzca al desastre de ser diferentes. porque un error de ese tipo siempre es decisivo en la vida del rompecodos, crece indiferente al dolor que causa a su víctima, exige rectificación pública, disculpas al cliente, regañina al empleado díscolo, cuyos hombros engullen el cuerpo, la corbata aprieta a sabiendas de que la pobre cabeza ya apenas consigue respirar por la angustia, el pecho se cierne en breves boqueadas hasta caer todo al estómago, que se hincha y lleva a perder la compostura. Y eso así, en cadena de dominós suicidas extiende el mal. La crisis avanza entre los cuellos blancos como una epidemia de errores, la economía tiembla y los dedos equivocan las teclas de la computadora con reacciones asintóticas inesperadas en la Bolsas.
Al final, oleadas de desesperación entre los viejitos que perdieron sus pensiones por causa de inversionistas desafortunados o sinvergüenzas en futuros que acaban como pretéritos muy indefinidos. Y nadie se atreve a decir si la culpa fue del nudo inglés, del windsor o del tresenlamano, si fueron peores las de seda italiana o las pajaritas cosidas, porque nadie piensa en el lazo tejano ni en inventar otra desatada, como la que lleva Arrabal.
Con gran regocijo de fieltros. muselinas y tafetanes, desde los ojos cerrados sin sueño, te observas con borsalino, boina, gorra rusa, copete, hongo, cofia, cordobés, y hasta capirote. Luego imaginas que te calzas uno de copa alta de esos plegables con un golpecito, un panamá que se dobla y guarda en un bolsillo, un jipijapa o castoreño, de candil y apuntado, nunca tricornio, porque la imagen del Papa ya te ha quitado las ganas y siempre que lo ves recuerdas a Garcia Lorca, que ya es mala suerte que ese benemérito cuerpo haya tenido que cargar con tal maleficio cuando siempre fueron buena gente (no preguntar nunca tal cosa a un gitano, claro, ellos nunca se llevaron bien por causas tales como gallinas y otras piezas de corral). No probar siquiera en el pensamiento con un casco militar o un quepís, m enos con el eclesiástico de canal o esos tan extraños que se poonen los purpurados llenos de puntas. Pero podría ser un yelmo de Mambrino,pues soñar como Cervantes es soñar sin tino y sin miedo al que dirán, un orgullo.
Pero, eso es sólo el comienzo. Porque una vez que te imaginas cubierto, que notas el calor de la badana de felpa y la delicada sombra que cubre tus ojos y enaltece el brillo de tu mirada, que da prestancia al conjunto de tu figura andante y seguridad al quebrado de filos flotantes, castillos de nubes,planeando junto a las alas desplegadas alrededor de tu frente y esa copa semiesférica o partida eleva tu imagen hasta el deseo de los otros. Los demás te envidiarán.
Unos porque su inseguridad les impide coronarse comunes reyes de la calle sin lanzar una mirada asesina que intimide a otros viandantes, y tu eres discreto y pacífico. Otros, porque están tan henchidos de sí mismos que explotarían si esa guinda punteara el triángulo de su soberbia, por lo que desprecian el arte de cubrirse el cráneo con otra cosa que su ego. Hay tambien quien se avergüenza del estilo y confunde sobriedad con aburrimiento, sensatez con estulticia y, de hecho prefieren la moda que sea, que es eso que siguen quienes no tienen personalidad estética.
Así que te ves en el espejo calzando un sombrero cualquiera y eliges. Te lo pones con cuidado, pero no es eso. No se trata de dejarlo caer simplemente. Tampoco encasquetarlo hasta las sienes. Cada sombrero, gorro, boina o tocado simple tiene su posiciónen cada testa y hasta la vacía barbera que era el yelmo de donquijote había que saberlo llevar como un caballero. Hay que sentirlo y encajarlo con suavidad hasta ese punto en que se nota quieto y a su gusto. Luego hay que olvidarse que se lleva. Da igual ladearlo o centrarlo, ponerlo atrás o ceñirse casi hasta el corbejón la badana si ha encontrado su lugar en tu cocorota. Y ya no hay que moverlo más, ni preocuparse de miradas o sonrisas. Lo único que importa es el viento que tiene la maldita costumbre de llevárselo al menor descuido.
Como la técnica de los fotógrafos, que se aprende y luego se deja de lado porque sería muy molesto estar siempre pensando en qué diafragma o que velocidad tienes que usar, simplemente miras la luz y el movimiento de lo que hay frente a tí y que quieres recortar del espacio-tiempo como un fragmento disecado y disparas y ya está. como dice el maestro Jordi Socias, que por cierto tiene actualmente una exposición que invito a visitar porque es gratis en la Biblioteca Nacional llamada Maremagnum, las fotos las hace el cerebro que piensa lo que el ojo ve no la cámara, que sólo es un lápiz en manos de un dibujante con luz: Para demostrar eso he puesto arriba esa foto que sólo yo he visionado en una exposición a la que han ido muchos fotógrafos, críticos, espectadores y turistas culturales. Se trata de una máscara y una estatuilla que proyectan sombras mezcladas con las mías al retratarlo; está en la Casa de Alhajas de Madrid y forma parte de Mímesis del Thyssen Bornemisza. Pero, después de esa disgresión, sigamos con los sombreros, que son un arte maravilloso en peligro de extinción a causa de esos forros polares horrorosos que han puesto de moda las películas americanas. Como en todo arte se trata de anticiparse a movimiento y esculpir la imagen maravillosa desde un silencio de sombras y colores en ese impasse que dura un clic en tu cabeza.
No necesitas recordar lecciones ni conviene pensar en tu sombrero mucho porque entonces te conviertes en su esclavo. Solo el enemigo viento debe disparar tus manos en su captura y las piernas en su pos, si es preciso correr.
¡Ah! y, por supuesto no hagas caso de aquel famoso anuncio del diario ABCen los años 40 que decía que "los rojos no llevaban sombrero", porque las mentiras se combaten con fotografías: mira a Azaña a Prieto o a Largo Caballero, por ejemplo.
Comentado por: El metronauta el 12/1/2006 a las 18:01
Sr. Albert:
Perdone por favor la confesión, pero despierta Ud. mi instinto maternal más tierno. Le noto (por sus mensajes) aún algo pachucho (¿sexto sentido femenino?) ¿Podemos ayudarle?
Comentado por: Sandra Coll el 12/1/2006 a las 17:01
[2] Sr. Gil Bera: le dejé en la sábana anterior, al final, una consulta por si pudiera contestarme. Gracias.
+
[5] Sra. Fedra: desde la sombra, lo que sí debe estar claro para todos, según creo yo, es que esto no es un chat.
Comentado por: Sr. Verle el 12/1/2006 a las 16:01
Comentado por: (em)prendedor de lados el 12/1/2006 a las 16:01
Pues a mi me parece perfecto q se imponga la voluntad de mi señorito,al fin y al cabo a mi no me entretiene nada eso de volver sobre mi mismo.
Comentado por: Simon Fisherman el 12/1/2006 a las 15:01
Tiranos. El tiranicidio.
La sintaxis de Lezama. Los discursos interminables de Fidel.
El lunes operé a la gata. Está muy triste, como desesperanzada. Parece que estaba muy convencida de su valor genético y contaba con ser una mamá ejemplar. También parece que tiene la impresión de que se le ha hecho una cosa horrible.
Los cubanos también parece que se consideran víctimas de algo horrible. Hice un estúpido viaje a la Habana hace años. Recuerdo a un viejo acuclillado entre escombros escribiendo en una libreta; las resignadas quejas de una bióloga del jardín botánico; una estilizada pareja de canadienses en el Cayo; un islote con iguanas al que se llevaba a los turistas; el bar que se suponía que había frecuentado Hemingway.
No sé si la muerte de Fidel y la instauración de una democracia representativa (como aquí) justificará “un sombrerazo”.
Sé perfectamente (me lo han dicho muchas veces) que ningún regimen se ha igualado nunca a la democracia.
http://es.wikipedia.org/wiki/Democracia_representativa
http://www.filosofia.cu/che/
Comentado por: Fernando Santamaría Lozano el 12/1/2006 a las 13:01
Sr. Verle (3), a mí también me gustaría mucho que la comunicación aquí fuese un poco más fluida. ¡A ver si alguien le mete mano al Webmaster! (Ya me entienden los señores.)
amamamamamamamamam
Querido (em)prendedor (¿de mulatas taxistas?), no me he olvidado ni mucho menos de Vd. Pero que apareciera en escena su señora esposa y con tantas pieles, además, como que no. No sé si aún he conseguido reponerme del schock.
Preciosa, ¿verdad?, la anécdota que hoy nos dedica el señor Azúa. Es como alegre y jovial. Seguro que el taxista y nuestro novelista preferido se encuentran algún día en La Habana (sin mulatas) y se toman un mojito donde sea.
Sí, estas historietas me gustan; en cambio la historieta (2) de hoy..., pues que quiere que le diga.
Yo necesito relatos joviales y que inciten, de alguna manera, al optimismo; es para combatir mi lado más sombrío, ya sabe...
¿Conoce Vd., admirado (em)prendedor, mi lado más sombrío?
Suya
Comentado por: fedra aún viva el 12/1/2006 a las 13:01
[1]Albert:¡qué más quisiera yo que, con suficiente fluidez, poder conversar inteligentemente con Uds.algún que otro rato!
Comentado por: Sr. Verle el 12/1/2006 a las 11:01
Esta "traición" no se la perdonan muchos izquierdistas, don Félix: el ataque a la dictadura chulesca y mafiosa de Fidel, ya sabe "...una de las últimas resistencias al demonio americano, uno de los últimos reductos de dignidad política".
(La historia del taxi hubiera quedado perfecta con una mulataza de mirada felina y vibrantes caderas al volante... invitándole al final a un heminway especial en su coquetón apartamento de El Raval. No, mejor en el Ritz.)
Comentado por: (em)prendedor de coches el 12/1/2006 a las 11:01
De sombrerazos.
Una vez, en el Gran Palais de Biarritz, en la rotonda que Napoleoncho, como le llamábamos en familia, le hizo a Maria Eugenia, ante el mar, hablaba el maestro Ascanio Pradini de Celibidache, o como se escriba, de Karajan y Ravel, de Rilke, Unamuno y la eternidad, la vida en Siena y Basilea, la casa de Bruselas y la de París, y el entorno era el adecuado, puesta de sol, un poco al bies, mar verdegueando con sus grises, con todos sus grises, se hacía de noche, espumeando soledad inmensa del mar, quizá hubiera un gemido agudo sobre las olas, si no estuviéramos en la rontonda de Napoleoncho lo oiríamos, un clajido del alma, como el agrio y áspero grito de las gaviotas, de haber estado fuera, pensaba yo, lo sentiríamos como un hervor de ruido que se oscurece, ya con el cielo ultrablau y salía una estrella.
Es que saltó el maestro Ascanio Pradini con una pregunta tremenda.
—¿Cómo se explica usted que nadie me llame?
Y tenía sujeto con sus finos dedos el sombrero de Chyvani’s, como suspendido entre los dos, en el aire, pero a su favor, como de testigo dominante —acostumbrado al podio, amigo, si sabría él de puesta en escena—. Bueno, pues va y pone en el aire la pregunta tremenda.
Como Max Aub, vuelto del exilio —eso creía él— y clamando ‘¿Cómo es posible que nadie, nadie, me haya dicho una sola palabra de mis novelas?’ Terrible, llegó a creer que hablarían de sus novelas.
Pues al maestro Ascanio Pradini y del sombrero de Chyvani’s no le vas a explicar, mire, está usted sintiendo una de las formas de la muerte, que no le llamen a usted es peor que la cruel indiferencia de la amada, ha muerto usted para alguien, ya ha muerto usted para todos y llamo su atención sobre el hecho de que el desprendimiento de la líbido es doloroso porque le declaran a usted muerto. Así que esperas que se le pase.
Y allá estaba plantado el hombre y también el sombrero de Chyvani’s, transidos los dos de la gran precupación, y se nos hizo de noche
Comentado por: Eduardo Gil Bera el 12/1/2006 a las 11:01
Si la lentitud de la publicacion es intencionada ,para impedir la conversacion y solo interesa lo que dice azua se rompe la filosofia del invento ,asi que adios.Encantado sr .verle . ultima recomedacion :
La conjura de los necios
Comentado por: albert el 12/1/2006 a las 10:01
Félix de Azúa nació en Barcelona. Licenciado y doctorado en Filosofía, profesor de Estética y colaborador habitual del diario El País, fue conocido gracias a su inclusión en la antología Nueve novísimos poetas españoles. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su parcela ensayística es amplia y destacada: Baudelaire, Lecturas compulsivas, Diccionario de las Artes, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas y Esplendor y nada. Los libros recientes son Ovejas negras, La pasión domesticada y Abierto a todas horas. Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis.
Ensayo
La pasión domesticada (2007). Abada, Madrid.
Ovejas negras (2007), Bruguera, Barcelona.
Cortocircuitos. Imágenes mudas (2004). Abada, Madrid.
La invención de Caín (1999). Alfaguara, Madrid.
Baudelaire y el artista de la vida moderna (reedición) (1999). Anagrama, Barcelona.
Lecturas compulsivas. Una invitación (1998) Anagrama, Barcelona.
Salidas de tono (1996). Anagrama, Barcelona.
Diccionario de las artes (1995). Planeta, Barcelona.
Baudelaire y el artista de la vida moderna (1992). Pamiela, Pamplona.
Venecia (1990). Planeta, Barcelona.
El aprendizaje de la decepción (1989). Pamiela, Pamplona.
La paradoja del primitivo (1983). Seix Barral, Barcelona.
Conocer a Baudelaire y su obra (1978). Dopesa, Barcelona.
Novelas y prosa literaria
Abierto a todas horas (2007). Alfaguara, Madrid.
Esplendor y Nada (2006). Lector, Barcelona.
Momentos decisivos (2000). Anagrama, Barcelona.
Demasiadas preguntas (1994). Anagrama, Barcelona.
Cambio de bandera (1991). Anagrama, Barcelona.
Diario de un hombre humillado (1987). Anagrama, Barcelona.
Historia de un idiota contada por él mismo, o el contenido de la felicidad (1992), Anagrama, Barcelona.
Mansura (1984). Anagrama, Barcelona.
Última lección (1981). Legasa, Madrid.
Las lecciones suspendidas (1978). Alfaguara, Madrid.
Las lecciones de Jena (1972). Barral E., Barcelona.
Relatos
"Quien se vio", Tres cuentos didácticos (1975). La Gaya Ciencia, Barcelona.
"La venganza de la verdad" (1978). Hiperion nº1, Madrid.
"Herédame" (6 y 7 agosto 1985). El País, Madrid.
"El trencadizo", con grabados de Canogar (1989) Antojos, Cuenca.
"La pasajera" (18 nov. 1990). El País, Madrid.
"La resignación de la soberbia", Los pecados capitales (1990). Grijalbo, Barcelona.
El largo viaje del mensajero (1991) Antártida, Barcelona.
Cuentos de cabecera ("La pasajera" y "La segunda cicatriz") (1996). Planeta NH.
"El padre de sus hijos" (1998). Barcelona, un día, Alfaguara, Madrid.
"La verdad está arriba" (1998). Turia, Teruel.
Poesía
Última Sangre. Poesía 1968-2007 (2007). Bruguera, Barcelona.
Poesía 1968 1988 (1989). Hiperion, Madrid.
Farra (1983). Hiperion, Madrid.
Siete poemas de La Farra, con un grabado de A. Saura (1981). Cuenca.
Poesía 1968 78 (1979). Hiperion, Madrid.
Pasar y siete canciones (1977). La Gaya Ciencia, Barcelona.
Lengua de cal (1972). Visor, Madrid.
Edgar en Stéphanie (1971). Lumen, Barcelona.
El velo en el rostro de Agamenon (1970) El Bardo, Barcelona.
Cepo para nutria (1968). Madrid
1987 Premio Anagrama de Novela.
2000 Premio a la cultura "Sebetia-Ter" del Centri di Studi di Arte e Cultura di Napoli".
2001 Premio a la tolerancia de la "Asociación por la Tolerancia", Barcelona.
06/7/2008 17:01
Publicado por: tranquil
06/7/2008 12:47
Publicado por: Aviva y ya viva
06/7/2008 12:28
Publicado por: Oír a Dario
06/7/2008 12:04
Publicado por: ¿Se le nota capaz?: zapa, catón él es
05/7/2008 23:44
Publicado por: Ralph Rewes
05/7/2008 19:53
Publicado por: el mismo de antes
05/7/2008 18:15
Es una entrevista a Azua de...
Publicado por: albert
05/7/2008 13:59
Publicado por: josé labayru
05/7/2008 00:52
Publicado por: copia/pega 2
04/7/2008 23:21
Publicado por: Xavier Agenjo
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