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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 23 de febrero de 2020

 Blog de Félix de Azúa

Sobre sabios, bobos y malvados

Imagino al viejo profesor aún errante entre París, Chicago, Ginebra, Londres, Dios sabe. Puede anidar donde le apetezca, cerca de una biblioteca, eso sí. Es viejo, pero muchos le siguen leyendo porque nunca escribió como un profesor, sino como un escritor. No sé cuáles pueden ser ahora sus hábitos. ¿Mira la luna cuando se tiñe de amarillo como si tuviera ictericia? ¿Le aburre leer a los trágicos? ¿Acaricia a su gato con una pizca de autocompasión? Ni idea. Sin embargo, todo lo que he leído de este viejo judío de ochenta años me ha complacido y le tengo un agradecimiento que nunca podré compensar ni con una felicitación navideña. "Happy new year, dear profesor Steiner". En la cartulina se ve un arbolito adornado con bolas luminosas y a sus pies un monigote de nieve con sombrero y pipa. Felicitación de tía hidrópica y en residencia, que apenas miramos antes de arrojarla al cesto. Los últimos resplandores del amor son demasiado dolorosos.

    Creo que lo que más he apreciado en George Steiner es la infrecuente atadura de modestia y soberbia, humildad y orgullo, que asocio con los judíos de novela centroeuropea. Aquellos ciudadanos que inclinaban la cabeza o bajaban de la acera cuando se cruzaban con un oficial vienés, pero que sabían con certeza cristalina que el mundo germánico podía prescindir de la totalidad del ejército austriaco (y así fue), pero quedaría reducido a un cuartel de borrachos si se destruía a los judíos de Viena. Y así fue.

    No es su saber, que es considerable, lo que me gusta de este hombre, sino lo que hace con ese saber. Yo supongo que es la misma simpatía que me produce la obra de Stefan Zweig, cuyos libros llevan incorporado el corsé, el parasol de seda, el sombrero de paja italiano, los veranos en Baden Baden y términos como "clorótico" o "mozalbete", pero que no han perdido ni un ápice de su singular sagacidad, ni esa capacidad para hablarle al lector como si estuvieran los dos sentados en un café, envueltos por el humo de los cigarros. La narración puede interrumpirse para pedir otro marillenschnaps o para encomiar la entrada de una belleza que (se dice) alivia las cargas del ministro consejero de la guerra, y seguir al cabo de un rato en el mismo tono de voz, la misma mirada al mármol, igual recogimiento. El estilo es modesto, lo que se cuenta es soberbio.

    Ahora que George Steiner está un poco cansado (¡cómo ha de abatir ver en los rimeros de la biblioteca treinta libros escritos a lo largo de una vida entera, libros excelentes, elegantes, y que sin embargo carecen ya de la menor importancia!), le habrá subido la densidad a su escepticismo. Siempre miró la vanidad del mundo por una esquina del ojo, nunca pudo vivir sin impaciencia el oropel, el boato, la purpurina de la buena sociedad. Al final de su vida ha aceptado algunos premios y honores, sí, tampoco es cuestión de avergonzar a los admiradores, pero con una distancia e ironía tan sutiles que sus valedores ni la pillan.

    No sé si volverá a escribir alguna obra de envergadura. ¿Para qué? Él ya no lo necesita. Escribió sus libros para averiguar qué es lo que quería saber. Y ahora ya lo sabe. Para compensar, sus seguidores están recogiendo papeles por aquí y por allá, escritos que habían quedado sepultos en almacenes de revistas y diarios, algunos ya desaparecidos, donde podían haber yacido para siempre hasta hacerse polvo. Sin embargo, en muchos de estos escritos circunstanciales, a veces forzados por la intendencia, hay fantasías, ideas, juicios, que no se habría permitido en un libro "serio" que iba a ser forzosamente comentado en el Times Literary Suplement o en el New York Review of Books. Demasiada responsabilidad, sobre todo, para el comentarista. ¿Cómo vas a hacerle esa jugada? No le pongas en un compromiso.

    De modo que los libros que recogen su obra menor guardan algunas de las mejores páginas que le he leído, justamente porque aparecieron en ciertos medios a cuya clientela conocía como a su cepillo de dientes y no corría peligro ninguno mostrando su vena sarcástica. En el último de ellos (hasta el momento) se recogen casi treinta artículos publicados por la revista americana The New Yorker (la traducción española está en la editorial Siruela) cuyos lectores forman un compacto biotopo de ejecutivos liberales, profesores de mediana edad, acomodadas matronas con ventana a Central Park, judíos cultivados y un manojo de radical chic. Es como escribir para tus hijos. Puedes permitirte burlas sobre los abuelos que nunca incluirías en una conferencia.

    Es el estupendo equilibrio entre modestia y soberbia lo que le permite ser el mejor introductor de Thomas Bernhard en el mundo anglosajón, sin escatimar una colleja por el exceso de jeremiadas. O alabar como es debido el teatro de Brecht, sin ocultar la abyección moral del personaje. Poner en su sitio la radical belleza de la música de Webern, sin olvidar su confusa relación con los nazis. O, por el contrario, esclarecer la naturaleza criminal de Albert Speer sin negar su inteligencia, tan codiciada por los occidentales: fueron los rusos quienes impidieron que Speer se convirtiera en un ejecutivo de la élite industrial americana, como tantos otros nazis.

    Si hubiera de destacar una sola de las virtudes que trae consigo este asombroso equilibrio entre humildad y orgullo, yo diría que es su coraje para asumir la identidad ética de comunismo y nazismo, así como para denunciar esa moral idiota de tantos europeos que tienden a distinguir los crímenes de Hitler de los de Stalin, justificando los de éste último como "más comprensibles". Steiner es uno de los escasos escritores que desde hace muchos años (últimamente esta idiotez moral parece que disminuye) ha puesto las cosas en su sitio. Quizás porque sabe que el antisemitismo estalinista no tuvo nada que envidiar al nazi.

    Mucho antes de la caída del muro de Berlín, en 1980, escribió Steiner un artículo magistral. Es uno de los más largos del libro y el más hermoso que he leído sobre ese sujeto repugnante que fue Sir Anthony Blunt. No escatima alabanzas para el experto en barroco y neoclásico, ensalza las monografías que escribió Blunt, especialmente la de Poussin, no la hay mejor. Tampoco se ensaña con el personaje, cuya traición como agente doble del espionaje soviético y de los servicios británicos toma en su artículo un carácter turbio que luego expandiría John Banville en una estupenda novela. En cierto modo, Steiner quiere entender las debilidades de Blunt, su rencor contra la ignara clase alta inglesa, la sed de afirmación de un homosexual que podía ser condenado a penas humillantes. Pero entender no es comprender. El objeto de su artículo no es Blunt, sino aquellos que, una vez descubierto, juzgado y condenado, aún le defendían porque era "uno de los nuestros". En particular, sus colegas de Oxbridge, la aristocracia universitaria británica, los nacionalistas de la sabiduría.

    He aquí lo que me lleva a sentir tanta simpatía por este hombre altivo y respetuoso: sabe cabalmente quién es un criminal, aunque alguno de ellos posea un talento del que carecen las gentes honradas. Al criminal hay que entenderle y castigarle sin ánimo de venganza. Pero a quien no se puede perdonar es al tullido moral que defiende o "comprende" a los criminales. Como decía Cipolla, podemos llegar a entender la coherencia de un malvado, pero el imbécil es perfectamente incomprensible. Y detestable. La soberbia nos pide que tratemos de entender al criminal para combatirlo mejor. La modestia nos obliga a renegar del idiota que lo justifica. Así lo hizo Steiner sabiendo a lo que se arriesgaba, con el soberbio orgullo del modesto.

Artículo publicado el viernes 4 de septiembre de 2009.

[Publicado el 09/9/2009 a las 09:00]

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Comentarios (12)

  • Bonita reprimenda contra los intelectuales que en algún tiempo creyeron seguir a Stalin, o comprenderle, o trataron de contextualizar los horribles crímenes acaecidos en la Unión Soviética. No seré yo quien defienda ahora, no a Stalin, sino a Lenin o a Bukharin.
    Pero, mi querido señor De Azúa, paséese por entre las chabolas de Río de Janeiro, o métase en el agua a sacar cadáveres de los africanos que mueren cerca de Gibraltar, y verá usted otro horror, y otros crímenes, crímenes que no tienen rostro, crímenes sin un criminal.
    A Stalin, a Mao Zedong, a Fidel Castro, en lo que tuvieron de líderes de un movimiento que quiso acabar con la maldición de la pobreza y las desigualdades, podemos quizá entenderlos, e incluso comprenderlos, cuando hemos visto el verdadero rostro de la miseria. Del mismo modo que basta con darse un garbeo por San Petersburgo o por La Habana para ver que sus esfuerzos fracasaron. No solo recurrieron al crimen, sino que fracasaron.
    No, Don Félix, no me cuente la historia como un cuento de buenos y malos, como los columnistas que nos repiten machaconamente sus tópicos sobre el fundamentalismo islámico y olvidan las limpiezas étnicas, los bombardeos y el hambre sufridos por los pueblos musulmanes. La historia es compleja, complejísima. Hubo muchos hombres que trataron de comprender la historia y actuaron en consecuencia, para sacar de su miseria a los condenados de esta Tierra. Fracasaron estrepitosamente. No se crea usted que George Steiner, y los pequeños Steiners peninsulares, metidos en sus cafés vieneses con su taza, su puro y su edición de Stefan Zweig, son mucho mejores que los mejores de otras generaciones que se afanaron en pos de un sueño.
    Quizá sean peores.

    Comentado por: Oriol el 03/10/2009 a las 21:51

  • veo que aquí se toman a Morrissey bastante en serio....y a la 'cantúa' de pasado turbio...

    saludos

    Comentado por: vic el 13/9/2009 a las 18:25

  • La historia intelectual según Steiner
    JORDI GRACIA Babelia 12/09/2009

    Artículo. Parte del secreto está en las preguntas, y Steiner siempre pregunta bien. Por eso sus artículos trascienden la función del artículo-reseña y adquieren sin aspavientos la consistencia de ensayos, o de breves capítulos de historia intelectual, en torno a conflictos cruciales contemporáneos: pregunta por la turbadora convivencia de barbarie y alta cultura y pregunta por la atracción del esoterismo o la mística en escritores excepcionales; pregunta por la razón de algunos géneros, como el epistolar, y pregunta por la naturaleza secreta de las convicciones. En The New Yorker Steiner publicó entre 1967 y 1997 unos 150 artículos y este libro recoge un puñado nada más, y algunos ya aparecidos en otras compilaciones traducidas al español. Pero es mucho y muy intenso: el baile se cierra con un ensayo autobiográfico que tiene forma de reseña de un libro sobre el rector de la Universidad de Chicago en los años treinta y cuarenta pero se ha abierto con un extenso y fascinante análisis de la figura del espía e historiador del arte Anthony Blunt. En medio ha estado discutiendo con solvencia las posiciones lingüísticas de Chomsky o ha tratado de entender la particular fascinación de la literatura de Céline, y también sus límites, como ha lamentado las espirales automáticas de Thomas Bernhard sin discutir su valor o ha discutido el valor de demasiadas simplezas superficiales de E. M. Cioran, como ha extraído del primer tomo de la autobiografía de Bertrand Russell algunos elementos reflexivos cruciales y un retrato de personaje equilibrado entre la fría veracidad del autobiógrafo y la impiedad asociada.

    Todos estos casos, por no decir que todos los incluidos en el libro, tienen una virtud común: son autores que han desafiado las convenciones y las tradiciones asentadas; son autores con vocación de radicalidad y sobre todo de libertad segura de asumir los riesgos de esa libertad, incluido Albert Speer y sus diarios (antes de su obra autobiográfica más conocida), incluido el músico Anton Webern y el ostracismo que le salvó del nazismo militante, la narrativa y el teatro de Samuel Beckett o el George Orwell de 1984. Pero más allá del acierto en preguntar y el acierto en escoger a los autores, hay otro factor reservado a muy pocos: ya no es sólo la voluntad de comprender los mundos intelectuales de los autores particulares, sino la aptitud para hacerlo desde la solvencia de una información completa, suficiente, sobre las trayectorias y las inquietudes de cada uno de ellos. El último peldaño para hacer estos ensayos insustituibles es la sutil inteligencia para armar retratos sintéticos con brío de autor, donde las síntesis vertiginosas se cruzan y solapan con asuntos cruciales de nuestro mundo contemporáneo. El Steiner que habla en estos ensayos es una creación genuinamente literaria, en su plena madurez vital, y dispuesto a identificar la excelencia más allá de la psicopatología, como en el ensayo dedicado a Simone Weil y su obstinada mortificación en vida como método de comprensión del mundo. Es muy posible que Steiner esté autorretratándose con elegancia cuando explica las condiciones necesarias del gran erudito, el que se fía obstinadamente "de su nariz de perro trufero para el documento oculto pero clave" y "despliega a partir de él la aplicación, la inferencia generalizadora". Y aunque éstos no sean ensayos de erudición sino de crítica cultural -y no literaria solamente- opera un resorte creativo y estilístico que dota de autonomía a los textos. Porque cada autor y cada libro es en el fondo un amarre que sirve para ahondar en las propias intrigas, como si el mundo de los otros valiese también como mecanismo de exploración de las propias intuiciones o sensaciones. Por eso tantas veces los ensayos de Steiner poseen la autonomía de la literatura de ficción: funcionan poderosamente como textos literarios, persuasivos, y alimentan no la curiosidad informativa sino la indagación reflexiva del lector. Y Steiner sabe que la combinación de todo ello lo hace un clásico imbatible en estos sutiles equilibrios entre la soberbia del autor y la humildad del crítico. Su estima por Jorge Luis Borges es la más alta y en el balance general de su particular "extravagancia" no calla ni la propensión preciosista de su literatura ni la "elaboración rococó que puede ser cautivadora pero también asfixiante" porque el orden borgiano se aleja "del activo desaliño de la vida". La síntesis final es casi mágica al presentar un Borges "anarquista y arquitecto; sus sueños socavan y reconstruyen el paisaje chapuceado, provisional, de la realidad". Vale la pena no callarlo: después de leer a Steiner lo mejor que se puede hacer es olvidarlo.

    Comentado por: Asíqueellibrotratabademáscosas... el 13/9/2009 a las 18:03

  • Desde el punto de vista de la irresponsabilidad si nuestro destino es ineludible y no somos libres, no se podría, como ya dijeron, castigar a los culpables porque no habría realmente culpables a no ser que decidiéramos castigar a dios o al big bang o al origen de la creación y de esa determinación; si es que existe Y eso sólo si la determinación ha determinado que la castiguemos, si no, no, evidentemente. Yo creía que esa etapa del castigo había sido superada por la de la educación y que ésa era la base de las cárceles actuales, la re-educación y no el castigo, que no tendría sentido dentro de esa concepción dentro de la cual estamos en cierto modo inmersos ¿cada vez más?. Tampoco serían bobos pues los que "comprenden" a los "criminales" aunque los que por aquí hablan así lo hacen independientemente de esta visión determinista y no hablan de la comprensión de los que llaman imbéciles como de una comprensión intelectual sino que creo que apuntan más al aspecto de "comprensión" sentimental.
    Hay una visión que es la inmediata y la práctica, el uso de lo evidente. La otra es más sutil pero a largo plazo parece que la sutileza se imponga sobre la fuerza física aunque a primera vista sea todo lo contrario; no hay que subestimar la "fuerza" de lo que en principio no tiene siquiera algo físico en lo que apoyarse. Es como la destrucción, que es más fácil y rápida; sin embargo, la creación, costosa, lenta y tan aparentemente frágil frente a la destrucción, está por todas partes, siempre invencible en el anhelo de surgir. Claro que el día en que el mundo vuele en un bombazo único ya no habrá mucho que decir, sólo que algo volverá a nacer y encontrará el tiempo suficiente para hacerlo y para crecer a pesar de las agresiones y hay que decirlo antes, claro está.
    Creo que hemos vivido en un sistema que primaba la fuerza de la mente sobre el cuerpo o más bien del alma sobre el soporte (y la mente sería sólo una parte, la más compleja y necesaria, del soporte, o sea, también materia) pero últimamente tal vez se haya invertido ligeramente la balanza, quizás por la pérdida del alma que conlleva la muerte de dios. La mente queda reducida a cerebro y a cuerpo, y sus designios se explican en función de las necesidades corporales. En lo que a mí respecta me he dado cuenta de que muchas veces el cuerpo precede a la mente y se dan explicaciones intelectuales a situaciones que luego no se corresponden a la realidad, alguien te cae mal y después resulta que es que tenías gastroenteritis y tu cuerpo se sentía mal pero no por la presencia de esa persona. Sentimos y explicamos, son dos procesos diferentes que tratamos de enlazar, a veces, seguramente muchas veces, lo hacemos de manera totalmente errónea.

    Comentado por: Bisiesta el 12/9/2009 a las 21:07

  • Oiga Vic, ¿nos está proponiendo una discusión sobre la existencia del alma?

    Comentado por: DPA el 12/9/2009 a las 11:33

  • O sea, que le gusta Steiner. El otro día tiramos a la basura libros de W.Reich y reivindicamos a Finkielkraut. La verdad es que de este hombre acaba uno esperándoselo cualquier cosa, lo mismo puede ciscarse mañana en Leopardi como echarle flores a Albiac. Lo que no está mal de por sí; las opiniones de cada uno son su problema, y las mías no son precisamente como para pasearlas por ahí. Sólo que las suyas no salen de ese fosilizado criterio camusiano que arroja a diestro y siniestro, tan tranquilo, armado de una superioridad moral que nadie se molesta demasiado en justificar, vagas acusaciones de estalinista idiota o de potencial comparsa de Chávez, sólo porque nadie te dijo a tiempo que tenías que leer esto y no lo otro... El más añejo mecanismo de difamación del mundillo intelectual: corresponde al acusado probar su inocencia ... y cuanto más lo intente se hará más sospechoso...
    Camusiano no, más bien cierto afán de justificar lo que se lee, a creer que leyendo se hace algo para mejorar el mundo. Justo cuando uno ha renegado mil veces del intento de conseguirlo hablando y escribiendo.
    Mala conciencia se llama eso. No me extraña que a ratos le dé también por reivindicar la antigua mentalidad soldadesca: envidia por las personas que se atrevían a cometer errores, de acto y no de lectura, a ir al infierno por sí mismos o adelantar el día del Juicio, si era lo que les parecía, maldita fuera su alma, lo honorable o lo justo.

    Comentado por: corín tellado el 07/9/2009 a las 12:54

    Comentado por: corimbo el 10/9/2009 a las 16:39

  • LA CANCIÓN DE LA ESTATUA
    R.M. Rilke

    ¿QUIÉN hay que me ame tanto
    que su vida, tan querida, repudie?
    Cuando en el mar por mí alguien se ahogue
    yo seré redimida de la piedra
    y volveré a la vida, a la vida.

    ¡Tengo tanta nostalgia del correr de la sangre,
    La piedra esta tan callada!
    Yo sueño con la vida: la vida es buena.
    ¿Nadie tiene el coraje
    de hacerme despertar?
    Y si vuelvo alguna vez a la vida,
    que todo lo dorado me dará, ...
    lloraré en soledad,
    lloraré por m¡ piedra. ¿De qué me servirá
    mi sangre si madura como el vino?
    No puedo con su grito hacer brotar del mar
    a aquél que más me amó.

    Comentado por: para la colección el 09/9/2009 a las 20:05

  • Los científicos han identificado un alimento que reduce la líbido femenina en un 95%.
    Su nombre: pastel de boda.

    Comentado por: la sonrisa de la feminista el 09/9/2009 a las 19:49

  • y...para el tirano, y para los tiranizados

    saludos

    Comentado por: vic el 09/9/2009 a las 18:28

  • Del mismo modo que hace falta la virtud en una república, y en una monarquía el honor, hace falta el miedo en un régimen despótico: en cuanto a la virtud, aquí no es necesaria, mientras que el honor sería peligroso". Montesquieu, en 'El espíritu de las leyes'.

    Al parecer, entonces, no hace falta la virtud (republicana), y el honor es peligroso. Creo, que ni para el tirano, ni para los tiranizados

    Comentado por: vic el 09/9/2009 a las 18:26

  • ¡Qué bueno! Ojalá caigan los tiranos Castro de una buena vez. Gracias por la plata, hermanos de España. Cuando la isla deje de ser la cárcel que es hoy día lo celebraremos juntos.
    Señora Malenas, gracias por denunciar acá los sufrimientos del pueblo cubano. Los que somos unas víctimas del comunismo le quedamos muy agradecidos. Es usted una buena persona, que Dios le bendiga.

    Comentado por: viva cuba libre el 09/9/2009 a las 16:52

  • "...denunciar esa moral idiota de tantos europeos que tienden a distinguir los crímenes de Hitler de los de Stalin, justificando los de éste último como "más comprensibles". Steiner es uno de los escasos escritores que desde hace muchos años (últimamente esta idiotez moral parece que disminuye) ha puesto las cosas en su sitio"

    Si el fin está en los medios, cebarse con Stalin (o Hitler) no deja de ser un expediente magnífico para despistar al personal.

    Comentado por: industria permanente de armamento el 09/9/2009 a las 14:34

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Biografía

Félix de Azúa nació en Barcelona en 1944. Doctor en Filosofía y catedrático de Estética, es colaborador habitual del diario El País. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Edgar en Stephane, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Las lecciones de Jena, Las lecciones suspendidas, Ultima lección, Mansura, Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Cambio de bandera, Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su obra ensayística es amplia: La paradoja del primitivo, El aprendizaje de la decepción, Venecia, Baudelaire y el artista de la vida moderna, Diccionario de las artes, Salidas de tono, Lecturas compulsivas, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas, Esplendor y nada y La pasión domesticada. Los libros recientes son Ovejas negras, Abierto a todas horasAutobiografía sin vida (Mondadori, 2010) y Autobiografía de papel (Mondadori, 2013)Una edición ampliada y corregida de La invención de Caín ha sido publicada por la editorial Debate en 2015; Génesis (Literatura Random House, 2015). Nuevas lecturas compulsivas (Círculo de Tiza, 2017) y Volver la mirada, Ensayos sobre arte (Debate, 2019) son sus últimos libros.  Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis. 

En junio de 2015, fue elegido miembro de la Real Academia Española para ocupar el sillón "H".

 

Bibliografía

 




 

Ensayo

Volver la mirada (2019). Debate, España.

Nuevas lecturas compulsivas (2017). Círculo de Tiza, España. 

La invención de Caín (2015). Mondadori, Barcelona. 

Contra Jeremías (2013). Mondadori, Barcelona.

Contre Guernica, Prefacio para Antonio Saura (2008). Archives Antonio Saura, Genève.

 La pasión domesticada (2007). Abada, Madrid.

Ovejas negras (2007), Bruguera, Barcelona.

Cortocircuitos. Imágenes mudas (2004). Abada, Madrid.

La invención de Caín (1999). Alfaguara, Madrid.

Baudelaire y el artista de la vida moderna (reedición) (1999). Anagrama, Barcelona.

Lecturas compulsivas. Una invitación (1998) Anagrama, Barcelona.

Salidas de tono (1996). Anagrama, Barcelona.

Diccionario de las artes (1995). Planeta, Barcelona.

Baudelaire y el artista de la vida moderna (1992). Pamiela, Pamplona.

Venecia (1990). Planeta, Barcelona.

El aprendizaje de la decepción (1989). Pamiela, Pamplona.

La paradoja del primitivo (1983). Seix Barral, Barcelona.

Conocer a Baudelaire y su obra (1978). Dopesa, Barcelona.

 

Novelas y prosa literaria

Génesis (2015). Literatura Random House, Madrid. 

Autobiografía de papel (2013). Mondadori, Barcelona. 

Autobiografía sin vida (2010). Mondadori, Barcelona.

Abierto a todas horas (2007). Alfaguara, Madrid.

Esplendor y Nada (2006). Lector, Barcelona.

Momentos decisivos (2000). Anagrama, Barcelona.

Demasiadas preguntas (1994). Anagrama, Barcelona.

Cambio de bandera (1991). Anagrama, Barcelona.

Diario de un hombre humillado (1987). Anagrama, Barcelona.

Historia de un idiota contada por él mismo, o el contenido de la felicidad (1992), Anagrama, Barcelona.

Mansura (1984). Anagrama, Barcelona.

Última lección (1981). Legasa, Madrid.

Las lecciones suspendidas (1978). Alfaguara, Madrid.

Las lecciones de Jena (1972). Barral E., Barcelona.

 

Relatos

"Quien se vio", Tres cuentos didácticos (1975). La Gaya Ciencia, Barcelona.

"La venganza de la verdad" (1978). Hiperion nº1, Madrid.

"Herédame" (6 y 7 agosto 1985). El País, Madrid.

"El trencadizo", con grabados de Canogar (1989) Antojos, Cuenca.

"La pasajera" (18 nov. 1990). El País, Madrid.

"La resignación de la soberbia", Los pecados capitales (1990). Grijalbo, Barcelona.

El largo viaje del mensajero (1991) Antártida, Barcelona.

Cuentos de cabecera ("La pasajera" y "La segunda cicatriz") (1996). Planeta NH.

"El padre de sus hijos" (1998). Barcelona, un día, Alfaguara, Madrid.

"La verdad está arriba" (1998). Turia, Teruel.

 

Poesía

Última Sangre. Poesía 1968-2007 (2007). Bruguera, Barcelona.

Poesía 1968 1988 (1989). Hiperion, Madrid.

Farra (1983). Hiperion, Madrid.

Siete poemas de La Farra, con un grabado de A. Saura (1981). Cuenca.

Poesía 1968 78 (1979). Hiperion, Madrid.

Pasar y siete canciones (1977). La Gaya Ciencia, Barcelona.

Lengua de cal (1972). Visor, Madrid.

Edgar en Stéphanie (1971). Lumen, Barcelona.

El velo en el rostro de Agamenon (1970) El Bardo, Barcelona.

Cepo para nutria (1968). Madrid

Premios

1987 Premio Anagrama de Novela.

2000 Premio a la cultura "Sebetia-Ter" del Centri di Studi di Arte e Cultura di Napoli".

2001 Premio a la tolerancia de la "Asociación por la Tolerancia", Barcelona.

2011 Premio González-Ruano de Periodismo

2014 Premio Internacional de Ensayo José Caballero Bonald

2015 Premio Francisco Cerecedo de la Asociación de Periodistas Europeos 

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