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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

Editado por La Oficina del Autor

sábado, 5 de julio de 2008

Blog de Félix de Azúa

Nocturno

El taxi sube por la calle Aribau con suavidad; la sensación es aérea, con el casi imperceptible balanceo de un avión que alcanza los diez mil metros. La noche está particularmente tranquila y silenciosa, no hay nadie por las calles, parece un sueño. Las luces del alumbrado se deslizan con lentitud sobre el asfalto como haces de faro. Es una atmósfera submarina. Al llegar al cruce de Muntaner con Vía Augusta, sin embargo, se divisa un discreto grupo compacto, apiñado. Estamos detenidos ante la luz roja, los veo a lo lejos. Cuando cambia el semáforo advierto la moto tumbada junto a una ambulancia y dos coches de policía. Unas piernas de mujer, sin zapatos, salen por debajo de uno de los coches. Un grupo de hombres, en pie, inmóviles, podrían ser maniquíes. Las luces azules giran despacio, las luces amarillas destellan rápidas, nerviosas, las luces del semáforo se abren y se cierran. La ambulancia dispara su sirena pero no emprende la marcha. Nadie se mueve. Parece que algo va a suceder pero no sucede nada. Por un instante imagino que introduzco una moneda y la escena se pone en movimiento. El taxi continúa su camino. He viajado sin percatarme a los carruseles de mi infancia, a las ferias, a los farolillos azules, amarillos, verdes, rojos, a la sirena del tiovivo que anunciaba el primer giro. A los autómatas del Tibidabo. Quizás a un accidente olvidado. Se llamaban “atracciones”. En aquellos años no podía yo entender esa palabra, “atracciones”, y sigo sin entenderla.

[Publicado el 23/12/2005 a las 10:12]

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Comentarios (18)

  • La `atracción´ la produce lo que tiene peligro y trae consecuencias irreversibles. Y vivir en sí tiene peligro y resulta irreversible. La gracia del catoliscismo está precisamente ahí; en ser un potente mecanismo de reversibilidad del mal: te arrepientes, te confiesas y vuelves a empezar.¿Hay quien de más?

    Comentado por: Onagro el 08/12/2006 a las 00:24

  • ¿Alguien se lee lo que escribe ese tal Eduardo Gil?

    En un blog la brevedad SÍ es una virtud.

    Si las consideramos en absoluto, la brevedad, la rapidez, la ligereza no tienen por qué ser virtudes. Todo DEPENDE. O sea que hay que saber adecuarse a las circunstancias, al FORMATO.

    Saber adecuarse humildemente al formato. ¡Eso sí es una virtud!

    Comentado por: silenci el 28/12/2005 a las 22:12

  • Claro que no existe la infancia como paraíso, por eso me encanta la última frase:"esa palabra "atracciones" sigo sin entenderla".
    Me alegro de haber encontrado este blog.Gracias.

    Comentado por: liber el 26/12/2005 a las 21:12

  • Respuesta a (5):

    "¿Una muestra del aislamiento de los intelectuales contemporáneos?"

    Bueno, tampoco creo que se trate de buscar cinco pies al gato, pero el comentario en general de Fernando Santamaría me parece interesante.

    ¡Ay! ¿No es todo esto del blog una auténtica locura?

    Comentado por: bella durmiente el 24/12/2005 a las 12:12

  • La infancia es el único momento sabio; el único en que todo se entiende.

    Paraíso ya perdido, antes del arcángel.

    Comentado por: agúndez el 24/12/2005 a las 03:12

  • Piénselo bien, hombre. No falla.

    Comentado por: Juanjo MartinezJ el 23/12/2005 a las 23:12

  • Soy nueva aquí. Parece interesante. Con toda humildad -y sin querer ser indiscreta- me pregunto si ya sabe el señor Azúa el fregado en el que se acaba de meter involucrándose en este proyecto de blog. ¡Coraje!
    Interesante la observación de Fernando Santamaría Lozano.
    Todo esto me huele (sobre todo "Nocturno) a "atracción del abismo". Deseo de todo corazón que el señor Azúa tenga un buen sistema inmunológico. Pero quizás en esta ocasión le subestime. Nadie es perfecto.

    Comentado por: viginga el 23/12/2005 a las 22:12

  • Tu relato parece un sueño, con todos los ingredientes cinematográficos de los sueños bien armados.
    El tiempo se congela,adquiere la pátina de eternidad.
    El narrador y el taxi están vivos, pero circulan por espacios que parecen, por instantes eternos, ficticios.
    Las luces y sus reflejos, son el leit-motiv que te llevan a la infancia, recuperada casi insconcientemente.

    Comentado por: antonio fuentes el 23/12/2005 a las 20:12

  • ¿Pueden dejarse comentarios menos ilustrados?
    Vivo en el mimso barrio del que hablas, los carruseles de mi infancia desparecieron este invierno: en Via Augusta había unos "caballitos"...
    Esos, despaparecieron.

    Comentado por: Saravá el 23/12/2005 a las 19:12

  • Soy un autómata urbano. Me muevo con dificultad, entorpezco el camino. Cuando llego a casa tiemblo de ignorancia.

    Comentado por: Pere Comamala el 23/12/2005 a las 18:12

  • Ah, y visite nuestro blog...

    Comentado por: Juan Poz el 23/12/2005 a las 17:12

  • ¡Ah, ese nauseabundo viaje a la infancia de las sinestesias, las cinestesias y las hiperestesias! ¡El fementido y topicazo paraíso! Las babas de los boquiabiertos por el pasmo glacial... Hiede, el pasado infantil, como el huésped al tercer día. Rescatar la infancia es la mayor de las imposturas.

    Comentado por: Juan Poz el 23/12/2005 a las 17:12

  • Incapacidad de movimiento y boca abierta.No deja de ser lo mismo.En la infancia el Parque de Atracciones,y ahora las atractivas en el parque.En la infancia el Circo y ahora...

    Comentado por: pupyl el 23/12/2005 a las 13:12

  • Maldita realidad: ¡Atractívate!

    Comentado por: Tipo de incognito el 23/12/2005 a las 12:12

  • Ah! ¿Cúando dejamos de ser niños para comenzar a ser estúpidos? ¿Dónde quedaron aquellos dulces y achocolatados sueños de ser los Willies Wonkas del siglo XXI?
    Yo, aún inocente, sigo creyendo en estos sueños. Son, para mi, el único salvaconducto para saltar la infinita distancia que existe entre la realidad y el deseo.

    Comentado por: Tipo de incognito el 23/12/2005 a las 12:12

  • atracción.
    (Del lat. attractio, -onis).
    1. f. Acción de atraer.
    2. f. Fuerza para atraer.
    3. f. Número de un espectáculo que posee o al que se atribuye alguna singularidad que agrada especialmente al público.
    4. f. Cada una de las instalaciones recreativas, como los carruseles, casetas de tiro al blanco, toboganes, etc., que se montan en la feria de una población y que, reunidas en un lugar estable, constituyen un parque de atracciones. U. m. en pl.
    5. f. Der. Preferencia de los autos a los cuales son acumulados otros.
    Recomendacion : TRES CUENTOS DE NAVIDAD . Quim Monzo

    Comentado por: albert el 23/12/2005 a las 12:12

  • ¿Una muestra del aislamiento de los intelectuales contemporáneos?

    Pero, sí, hay algo extraño en esos cuerpos inmóviles, es difícil no quedar a una distancia. Quizás también porque aparecen en un lugar que, en principio, no les corresponde: la acera, en vez de la cama de hospital.

    Por un momento, siguiendo el trayecto del Sr. Azúa, temí que fuese a ser atacado. Y, (extraño, ¿No?, ¿O será lo que pretenden?), empecé a sentir yo también esa distancia.

    Comentado por: Fernando Santamaría Lozano el 23/12/2005 a las 12:12

  • Lo que uno no entiende en la infancia. Eso lo lleva uno consigo. Y que no sabe uno adónde irá a parar.
    Mira la infancia relojera del amigo Roth, en el penúltimo articulo de su vida.
    “En la relojería”, publicado en el Pariser Tageszeitung el 3 de abril de 1939:
    En la pequeña ciudad donde pasé parte de mi niñez, había un solo relojero. Al menos no recuerdo haber conocido a más de uno en aquel tiempo. Por entonces, la esfera de un reloj era para mí un enigma circular y un tanto inquietante. Un material para adultos con el que medían el tiempo. Su tiempo, que no era el mío. Ante mí, el tiempo se extendía como un mar sin límites. Y ése, mi mar de tiempo, no parecía que se pudiera medir. Y los relojes que yo veía, o solían colgar de una altura inalcanzable, o estaban en los bolsillos de los adultos. El secreto los rodeaba, eran frágiles, no estaba permitido sostenerlos en la mano, no se podía jugar con ellos, no eran “para niños”. Con razón no eran para niños. Hacían tictac, carraspeaban, sonaban. Les medían a los adultos su largo tiempo, mediante manillas, sonidos y campanas. A veces, en virtud de una acreditada tradición, uno de los adultos colgaba su reloj ante mis ojos. Sin soltarlo de la mano y con el medroso recelo en el corazón de que yo pudiera apoderarme de él y romperlo. Así que no dilataba mucho el juego. Al cabo de breves segundos, lo ocultaba de nuevo en el bolsillo de la chaqueta y sobre su barriga, hasta la abertura, fluía sólo la fascinante huella metálica de la cadena, un fino arroyo resplandeciente que brotaba de un ojal y desembocaba en el redondo mar oculto del reloj. Son las dos y media, decían los adultos, o bien, son las doce y cuarto. Pero todo seguía igual. Mi tiempo aún no tenía horas. Eso sí, ¡cuántas veces deseé poder espiar a las manillas y esferas sus proclamaciones y darles importancia como los adultos! Puede que ya entonces intuyera yo cierta correspondencia entre su continua disposición a saber la hora y el impreciso espanto con que hablaban de enfermedad, muerte y difuntos. Enmudecían en cuanto yo empezaba a escuchar con atención, me ocultaban la muerte igual que los relojes, y mi madre me prohibió jugar a entierros. Por eso, el pequeño cementerio ante cuyos muros pasaba tantas veces y donde, según supe, estaba enterrado un tío abuelo, se convirtió en un anhelado objetivo secreto que me propuse alcanzar alguna vez. Me invadía una extraña y fría sensación de curiosidad y sospecha. Y, en la ciudad, sólo había un lugar donde me rozaba una sensación igualmente indecible e inexplicable, y adonde alguna vez se me permitía entrar. Era la tienda del relojero.
    Aunque él, aún me acuerdo, era joven y rubio, siempre me daba la impresión de ser un viejo; más viejo, en cualquier caso, que los demás hombres que yo conocía de cerca y eran tan jóvenes como él. Era como si tuviera que vivir, no un tiempo único, sino muchos, como consecuencia de la multitud de relojes que tenía en derredor… y quizá también como consecuencia de la oscuridad que reinaba en su tienda, honda y estrecha. Una auténtica tiniebla es lo que era … ¡y qué elocuente! Mil voces parecían ocultarla. Desde ella sonaban el tictac y los cuchicheos de todos los relojes en marcha. Y, cuando daban las horas, comenzaba un campanilleo desconcertante e intrincado, como si proviniera de muchas torres de innumerables ciudades que estuvieran cercadas y recluidas en aquella única tienda estrecha. Y, aunque las campanas eran testigos del presente y no proclamaban otro tiempo sino el presente, era como si contasen (acaso porque resonaban desde el medio de la tiniebla), no las horas corrientes, sino las transcurridas de siglos esfumados. Y, cuando se calaba ante el ojo su lente negra y cilíndrica para examinar el reloj que mi acompañante había llevado, era como si alcanzara a ver, a través de un agujero orlado de oscuro, un pasado lejano, acaso las tumbas que se encontraban en el cementerio. Aún hoy, ignoro por qué era así. Pero siempre que miro, también hoy, la veloz circulación del segundero de mi reloj, percibo con espanto infantil aquella relación indefinida y hace tanto tiempo presentida entre la rapidez del tiempo y la prontitud de la muerte. Y el deseo de mi juventud, largamente cumplido, de poder medir el tiempo, cede ante uno nuevo, el de no saber más de él. ¿Es el regreso de aquella vieja nostalgia del cementerio? ¿Un vacío juego metafísico de inútil motivo? No lo sé. Sólo sé que las carcomas suenan como relojes y medran en los ataúdes.

    Comentado por: Eduardo Gil Bera el 23/12/2005 a las 10:12

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Biografía

Félix de Azúa nació en Barcelona. Licenciado y doctorado en Filosofía, profesor de Estética y colaborador habitual del diario El País, fue conocido gracias a su inclusión en la antología Nueve novísimos poetas españoles. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su parcela ensayística es amplia y destacada: Baudelaire, Lecturas compulsivas, Diccionario de las Artes, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas y Esplendor y nada. Los libros recientes son Ovejas negras, La pasión domesticada y Abierto a todas horas. Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis.

 

Bibliografía

Ensayo

La pasión domesticada (2007). Abada, Madrid.

Ovejas negras (2007), Bruguera, Barcelona.

Cortocircuitos. Imágenes mudas (2004). Abada, Madrid.

La invención de Caín (1999). Alfaguara, Madrid.

Baudelaire y el artista de la vida moderna (reedición) (1999). Anagrama, Barcelona.

Lecturas compulsivas. Una invitación (1998) Anagrama, Barcelona.

Salidas de tono (1996). Anagrama, Barcelona.

Diccionario de las artes (1995). Planeta, Barcelona.

Baudelaire y el artista de la vida moderna (1992). Pamiela, Pamplona.

Venecia (1990). Planeta, Barcelona.

El aprendizaje de la decepción (1989). Pamiela, Pamplona.

La paradoja del primitivo (1983). Seix Barral, Barcelona.

Conocer a Baudelaire y su obra (1978). Dopesa, Barcelona.

 

Novelas y prosa literaria

Abierto a todas horas (2007). Alfaguara, Madrid.

Esplendor y Nada (2006). Lector, Barcelona.

Momentos decisivos (2000). Anagrama, Barcelona.

Demasiadas preguntas (1994). Anagrama, Barcelona.

Cambio de bandera (1991). Anagrama, Barcelona.

Diario de un hombre humillado (1987). Anagrama, Barcelona.

Historia de un idiota contada por él mismo, o el contenido de la felicidad (1992), Anagrama, Barcelona.

Mansura (1984). Anagrama, Barcelona.

Última lección (1981). Legasa, Madrid.

Las lecciones suspendidas (1978). Alfaguara, Madrid.

Las lecciones de Jena (1972). Barral E., Barcelona.

 

Relatos

"Quien se vio", Tres cuentos didácticos (1975). La Gaya Ciencia, Barcelona.

"La venganza de la verdad" (1978). Hiperion nº1, Madrid.

"Herédame" (6 y 7 agosto 1985). El País, Madrid.

"El trencadizo", con grabados de Canogar (1989) Antojos, Cuenca.

"La pasajera" (18 nov. 1990). El País, Madrid.

"La resignación de la soberbia", Los pecados capitales (1990). Grijalbo, Barcelona.

El largo viaje del mensajero (1991) Antártida, Barcelona.

Cuentos de cabecera ("La pasajera" y "La segunda cicatriz") (1996). Planeta NH.

"El padre de sus hijos" (1998). Barcelona, un día, Alfaguara, Madrid.

"La verdad está arriba" (1998). Turia, Teruel.

 

Poesía

Última Sangre. Poesía 1968-2007 (2007). Bruguera, Barcelona.

Poesía 1968 1988 (1989). Hiperion, Madrid.

Farra (1983). Hiperion, Madrid.

Siete poemas de La Farra, con un grabado de A. Saura (1981). Cuenca.

Poesía 1968 78 (1979). Hiperion, Madrid.

Pasar y siete canciones (1977). La Gaya Ciencia, Barcelona.

Lengua de cal (1972). Visor, Madrid.

Edgar en Stéphanie (1971). Lumen, Barcelona.

El velo en el rostro de Agamenon (1970) El Bardo, Barcelona.

Cepo para nutria (1968). Madrid

Premios

1987 Premio Anagrama de Novela.

2000 Premio a la cultura "Sebetia-Ter" del Centri di Studi di Arte e Cultura di Napoli".

2001 Premio a la tolerancia de la "Asociación por la Tolerancia", Barcelona.

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