Mejor tener talento que talante

El pintor Eduardo Arroyo acaba de publicar unas memorias: Minuta de un testamento(Taurus), título robado a Don Gumersindo de Azcárate. Hay gente a la que el talento le sale por los poros. No contento con ser uno de los pocos pintores internacionales que quedan en este país, Arroyo, además, es escritor benemérito. Sus libros anteriores sobre Panama Al Brown y tumbas de boxeadores, entre otras aficiones, eran tan buenos que parecían ingleses. Su actual "Minuta" es aún mejor. Cuenta cosas que sólo un pintor puede apreciar, como esos despachos dedicados al maquillaje en los diarios franquistas, donde expertos en guache mejoraban las fotos según la corrección política.
No se atribuye a sí mismo, quizás por modestia, el trucaje de un retrato de Pasternak, sentado a la mesa de su cocina. Hubo que borrar una nevera cochambrosa que aparecía en la foto porque no era admisible que un ruso tuviera nevera en propiedad. El pobre Pasternak seguramente nunca supo que un artista se dedicó a ennegrecer las paredes, borrar la nevera y ponerle grietas a su modesta cocina hasta convertirla en una cueva de murciélagos. Uno imagina a Arroyo, torrencial hablador, agarrado al litro de whisky que le sirve de apoyo en este mundo cruel, contando la historia ante sus amigos. El talento es así, se siembra a puñados, como el trigo, es una bendición.
Lo del talento es misterioso. Hay en Inglaterra tantos cabestros como en España, basta ver los sombreros de los hooligans. Y no son menos populacheros, como ha demostrado esa mujer que agonizó ante las cámaras por un montón de dinero, lo cual sólo se explica si una termitera social vive en éxtasis la pornografía tétrica. Sin embargo, el área de gente con talento sigue teniendo una densidad homérica.
En cambio, en España la capa de talento es débil y quebradiza como florecilla silvestre. Y esto viene siendo así desde que Fernando VII impuso con magnífica anticipación los planes de estudio de los sucesivos gobiernos españoles. Un proyecto que ha durado ya dos siglos. Menos mal que a veces, de puro milagro, sale gente como Eduardo Arroyo.
Artículo publicado el sábado 28 de marzo de 2009.
[Publicado el 30/3/2009 a las 09:57]
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La Facultad de Filología de Salamanca responde a la Ministra
Salamanca, 23 de marzo de 2009
Excma. Sra. Cristina Garmendia Mendizábal
Ministra de Ciencia e Innovación
C/ Albacete, 5
28027 Madrid.
Señora Ministra:
Hace unos meses declaró usted en una entrevista del diario El País, a propósito de las Humanidades, que “el Estado tiene que preservar en la universidad pública, sin ninguna duda, todas las áreas del conocimiento, y las Humanidades tienen que jugar un papel muy importante. Pero las Humanidades tienen que implicarse mucho más de lo que están en el campo científico y tecnológico. Y esto implica un cambio de actitud: en este Ministerio encontrarán la puerta abierta para analizar aquellos proyectos que nos presenten”.
Y en efecto, hoy día domina entre los políticos la idea de que las Ciencias Humanas deben preservarse, pero al precio de “reciclarse”, homologándose en lo posible con las demás. Una idea peligrosa, que al ignorar lo específico de estas ciencias y de sus métodos y objetivos, está comprometiendo tanto la calidad de su trabajo como el rendimiento social, político y cultural que se les debe exigir.
Esta Facultad desearía poner aquí la primera piedra para un debate público riguroso no sólo sobre la naturaleza de las Ciencias Humanas, sino también sobre su función en la sociedad, con el fin de ofrecer a la política científica criterios adecuados para su gestión.
Cómo son las Ciencias Humanas
En las ciencias experimentales y la tecnología el progreso se debe a un paradigma de trabajo y pensamiento marcado por ciertas constricciones metodológicas, en particular por el uso de “lenguajes reducidos”, esto es, lenguajes cuya sintaxis es matemática y cuyo vocabulario es el definido en sus fórmulas o ecuaciones. Gracias a esta “autolimitación”, que garantiza en la investigación una objetividad libre de cualquier “contaminación” subjetiva, ésta puede multiplicar su complejidad y rendimiento.
Nuestro paradigma teórico y metodológico, por el contrario, es otro. La historia, la filosofía y la filología, la argumentación jurídica, política, ética y estética, no pueden basarse en limitaciones de esa clase. Sólo para cometidos auxiliares precisos recurrimos los humanistas a métodos científicos, y entonces sí: utilizamos sin restricciones las TIC, restringimos nuestro vocabulario y nuestra sintaxis, y hacemos estadísticas, definimos parámetros, verificamos hechos, organizamos experimentos y los evaluamos. En suma: tratamos también de “objetos”.
Pero los temas centrales de los que nos ocupamos no son exactamente “objetos”. Lo que estudian un filólogo, un historiador o un jurista rara vez es un “dato” acotado y aislable. Es por el contrario casi siempre “hecho interpretado” y “texto de otro“, que sólo adquiere su sentido y acotación para la ciencia cuando el estudioso sale a su encuentro desde su propia competencia personal. Esta ha de ser a su vez suficientemente rica y diferenciada como para darle sentido de un modo productivo.
Entre nosotros “ser objetivo” no es tomar el “objeto” como algo externo a nosotros, y medirlo, manipularlo y volver a medirlo, de modo que la manipulación y la medición puedan ser “replicadas” por cualquier otro sujeto, que es lo que define la “objetividad experimental”. Porque nuestra investigación no se refiere propiamente a objetos, sino a “otros sujetos”, con los que entramos en una relación “hermenéutica”, intersubjetiva.
Esta no debe ser arbitraria, pero sí conscientemente y resueltamente individual. El estudioso profesional que interpreta un diálogo de Platón, una norma jurídica, un soneto de Garcilaso o un debate parlamentario, no puede poner entre paréntesis su subjetividad individual, ya que si lo hiciese no entendería nada. Pero es que además sólo el grado de formación y refinamiento de ésta le permitirá hacer una interpretación acorde con el contexto histórico y la calidad de sus textos, y que sirva de algo dentro del nexo actual de ciencia y sociedad en el que realiza su trabajo en cada momento.
La productividad de la relación “hermenéutica” entre el investigador y sus sujetos investigados depende precisamente de que el lenguaje de aquél no se reduzca en absoluto, sino todo lo contrario. En nuestro trabajo tenemos que hablar tanto el lenguaje común de nuestra cultura y de las que estudiamos, actual y pretérito, como en su caso todo tipo de lenguajes especializados, de suyo propios de otras disciplinas, cuando así lo requieren los ”objetos” de los que tenemos que ocuparnos también. Pero lo que finalmente producimos en nuestra docencia y publicaciones es lo que nos permiten producir las competencias lingüística, científica y vital singulares de cada uno, que son fruto del conjunto de su experiencia en cada momento. Sólo desde ellas podemos generar en cada caso el mejor sentido posible a partir de los textos, ya sean jurídicos, artísticos, religiosos o especulativos. La bondad de nuestra producción se mide por la cantidad y calidad del sentido que logramos suscitar en sus destinatarios.
En consecuencia, el trabajo humanístico propiamente dicho no es en general trabajo de equipo, sino individual. Las contribuciones más decisivas en las Humanidades suelen ser libros elaborados por un autor a lo largo de años, no artículos de equipo elaborados en espacios de tiempo breves. Una política científica que privilegie de modo unilateral en nuestro campo los “proyectos de equipo” frente a la hermenéutica individual es equivocada y contraproducente. No obstante, cuando el tipo de trabajo así lo ha requerido, los equipos de investigación han demostrado también su capacidad y rigor metodológico en proyectos de investigación, en grupos de investigación de excelencia o en proyectos europeos.
Pero eso sí, la discusión viva, el debate académico, nos es indispensable. Un humanista sólo forma su lenguaje y su pensamiento en el diálogo con otros. De ahí la importancia de la discusión y los encuentros personales entre nosotros.
Para qué sirven las ciencias humanas
En la actualidad las autoridades del Estado sólo parecen contemplar la necesidad de preservar las Ciencias Humanas como una especie de patrimonio del pasado. Es éste un planteamiento conservador, que ignora la contribución viva y constante de estas “ciencias” a la configuración de la sociedad actual, de sus valores y criterios, y que alienta las políticas tecnocráticas, deja fuera de la política educativa el planteamiento de sus contenidos, y reduce ésta a una posición meramente “asistencial”.
Las funciones fundamentales de nuestro trabajo son:
- La educación: Lo que nosotros aportamos a la sociedad es, en primer lugar, la formación cultural de los educadores de las nuevas generaciones, a los que tenemos que dotar no sólo de conocimientos, sino también de la capacidad de transmitir a los jóvenes, y de fomentar en ellos, un progreso de conciencia y pensamiento sobre el mundo de lo social y lo simbólico que no sea inferior al tecnológico.
- La cultura: nuestra obligación, y el sentido de nuestro trabajo, es transmitir a la sociedad el estado actual del conocimiento histórico y cultural, y poner a su disposición el nivel de reflexión y crítica más alto posible. Nosotros no somos sólo estudiosos de la cultura, sino agentes suyos. Las humanidades académicas producen una parte importante de la cultura, y en todo caso producen y transmiten la capacidad de absorber y utilizar ésta de forma responsable, lo que es crucial a la hora de que la ciudadanía juzgue y actúe por sí misma, sin supeditarse a la manipulación mediática y publicitaria. Porque una sociedad no debe ir a la zaga de su propia tecnología en el terreno del conocimiento de lo social, de la argumentación política, de las convicciones éticas, del gusto estético, del juicio práctico en las situaciones críticas de la vida, o de la percepción de los problemas de la convivencia. Y de eso nos ocupamos nosotros.
- Ciudadanía y civilización: nuestros campos de estudio y acción son las conciencias individuales, las relaciones entre las personas, y la gestión tanto de la cosa pública como de los ámbitos privados en los que se desarrolla la vida de los ciudadanos. Para ello intentamos proporcionar a éstos, por medio de las instituciones educativas y de los medios de comunicación, un buen conocimiento de los progresos que los seres humanos han logrado, con tiempo y esfuerzo, en el campo de la reflexión teórica y en el de la gestión práctica de sus vidas, con el fin de que, conociendo las causas de los errores del pasado, se los pueda evitar en el futuro, y de que nuestro pensamiento sea autónomo, nuestras reacciones razonables, nuestras decisiones meditadas, nuestros planes productivos y nuestras estrategias inteligentes. Nuestro cometido es civilizar a la gente, y proteger así a la sociedad de las atroces recaídas en la barbarie que hemos vivido en pleno siglo XX.
- Humanismo: los humanistas intentamos extraer de las culturas las formas más refinadas y productivas de pensamiento y producción artística, comprenderlas y crear los medios para que el resto de la sociedad pueda también pensar y percibir a ese nivel. Estudiamos las formas de organizarse las sociedades humanas del pasado y el presente para detectar lo que en ellas favorece en medida mayor el desenvolvimiento de la personalidad de todos los seres humanos, la satisfacción de sus necesidades materiales e intelectuales, y la fluidez y la paz en las relaciones entre individuos, grupos y países. Y estudiamos los documentos más hermosos y estimulantes de la actividad artística de los seres humanos, en todo tiempo y lugar, para contribuir a refinar el gusto nuestro y de los siguientes, y proporcionar a todos los miembros de la sociedad recursos para vivir una vida inteligente, autónoma y placentera, sin necesidad de obnubilarse con consumismos y sustancias enajenantes. Y estudiamos también críticamente, claro está, las negaciones de todo esto.
Intentamos, en una palabra, que en nuestra época y en nuestro país el concepto de lo humano no caiga por debajo de donde puede y por lo tanto debe estar.
- Política: nuestro trabajo es el que produce el conocimiento objetivo e histórico necesario desde el cual la sociedad, a través de la participación política, puede ganar e imponer los criterios adecuados para que el Estado se organice y funcione como mecanismo de seguridad jurídica general, de satisfacción de las necesidades y de igualdad de oportunidades. Lo que nosotros le suministramos a la sociedad que nos financia son ideas productivas para mejorar esa misma sociedad, y criterios para distinguir entre progreso cultural, social y político, y retroceso o involución.
Porque el progreso social, económico y cultural no es sólo fruto de las ciencias experimentales y de la tecnología, sino ante todo de la forma como una sociedad se interpreta y organiza a sí misma, y constituye espacios en los que, entre otras cosas, ciencia y tecnología pueden desarrollarse y aplicarse sin obstáculos. Este progreso es el fruto de una reflexión humanística que en Europa se ha ido desarrollando a lo largo de siglos de estudio e interpretación combativos, y a la cual debemos ideas como las de democracia, derecho, dignidad, solidaridad, e incluso “objetividad” y “ciencia”.
Para que la sociedad no caiga en el alarmante embrutecimiento que encuestas, informes sociológicos y policiales, noticiarios y documentales muestran día tras día en los medios de comunicación, los políticos deberían salir del binomio “economía y tecnocracia”, que siempre deriva también en crudas luchas por el poder, electoralismos y desequilibrios sociales crecientes, y hacer de la producción humanística de sus instituciones educativas e investigadoras un uso constante y competente. Pues sólo a partir de ella podrán abordar con perspectivas de éxito problemas como el de la incapacidad de la sociedad actual para ofrecer contenidos satisfactorios y no destructivos a sus diversos sectores de edad y círculos sociales y culturales; el de prevenir la violencia disparatada (política, doméstica, callejera); el de encauzar la energía de los jóvenes hacia esfuerzos productivos para ellos y para los demás; el de posibilitar una participación política informada y responsable, o el de generar espacios cada vez mayores de paz y disfrute personales.
La responsabilidad que sobre esos problemas recae en los políticos no puede ejercerse al margen del conocimiento que elaboramos los humanistas, a partir de nuestro estudio y reflexión sobre tales problemas a lo largo de la historia.
Reforma Universitaria
España afronta en la actualidad la tarea de reformar su Universidad, pero no puede ni debe hacerlo sólo para que sea “rentable” desde criterios economicistas parciales, sino ante todo para que pueda cumplir su función general, que es crear y transmitir conocimiento en todos los terrenos en los que el ser humano puede aspirar a mejorarse y mejorar su situación.
Los criterios desde los que se pueden juzgar esas mejoras se elaboran en las Ciencias Humanas: Filosofía, Filología, Derecho, Ciencias Sociales, como parte de su trabajo ordinario. Si éste no es debidamente apoyado y aprovechado, no habrá reforma eficaz de la Universidad, y seguiremos revocando su fachada con tecnicismos ornamentales, y enterrando dinero en controles y evaluaciones que no están conectados a ninguna política real de debate, corrección ni enmienda de nada, y que por lo tanto quedan sin otras consecuencias que las represivas contra los “suspendidos”.
El tantas veces consignado fracaso de nuestro sistema educativo, al cabo de tantas reformas; la insuficiente capacidad de nuestros jóvenes para hablar, leer y escribir, proyectar inteligentemente sus vidas y participar productivamente en los diseños sociales: eso no se arregla presentando ante algún Ministerio “proyectos científicos y tecnológicos” con “memoria, objetivos, medios disponibles y necesitados, cronograma y visto bueno” de quien sea, ni con trifulcas parlamentarias y autonómicas sobre una o dos clases más de tal o cual asignatura a la semana. Eso se arregla permitiéndonos a los de Letras hacer y transmitir bien nuestro trabajo, sin distorsionarlo con modelos de productividad ajenos ni con sesgos localistas, ideológicos o partidistas en la financiación, y sin forzarnos a hacer las cosas como los químicos o los informáticos. En esto es la actitud de los políticos y de la Administración la que tiene que cambiar.
La esencial dimensión política de las Ciencias Humanas queda inoperante si su desenvolvimiento en las instituciones públicas se gestiona equivocadamente, y si además se mantienen cegados los canales de comunicación entre ellas y las instancias de decisión en las políticas educativa y cultural, que es lo que ocurre actualmente.
Cómo deben gestionarse las ciencias humanas en la política científica
Las ciencias humanas son mucho más baratas de mantener que las otras, pero su gestión es más difícil, compleja y sutil, porque para hacerlo bien aquí no se pueden obviar los juicios individuales fundados, ni suplirlos con cifras tomadas de tablas de parámetros y puntuaciones basadas casi siempre en opciones coyunturales. La selección de un profesor o de un proyecto de investigación, una beca, la financiación de un congreso, no se pueden decidir en nuestro campo productivamente si no es mediante valoraciones individuales de los contenidos, suficientemente motivadas, argumentadas y contrastadas. Decidirlos como se hace ahora, sumando “puntos” distribuidos conforme a criterios tomados de otros campos, por falta de comprensión de nuestros verdaderos objetos, métodos y rendimientos, es despilfarrar el dinero y contribuir a la irracionalidad y al descontrol de la gestión de los medios, cosa que siempre se traduce en atajos de mediocridad. De hecho, fabricarse hoy día un currículo humanístico apto para sacar dinero de la política científica es lo más fácil. Lo difícil es obtener ese dinero haciendo las cosas bien.
Eso es lo que los humanistas aspiramos a que los políticos entiendan e intenten corregir, y para lo que ofrecemos nuestra cooperación y asesoramiento. Para mejorar nuestra productividad es indispensable, pero verdaderamente difícil, distinguir con claridad entre progresos reales del conocimiento y meras “modas” ideológicas, y administrar el dinero de la investigación conforme a esa distinción. El siglo XX ha sido en las Ciencias Humanas un auténtico remolino de ideas y textos que afloran y desaparecen de la escena pública y del estudio en virtud de ventoleras ideológicas, a lo que contribuye no poco la vulnerabilidad de las instancias políticas de financiación a influencias mediáticas parciales e interesadas.
Creemos por todo esto que urge abrir un debate público de política científica, franco y sin exclusiones, sobre el sentido y cometido de las Ciencias Humanas en la España actual y en sus políticas educativas, científicas y culturales, antes de tomar medidas de gestión con consecuencias insuficientemente calculadas.
Atentamente,
Román Álvarez Rodríguez,
Decano, Facultad de Filología,
Universidad de Salamanca
Comentado por: copia/pega el 05/4/2009 a las 15:04
Comentado por: boquiabierto el 05/4/2009 a las 11:23
Albert, eso del derecho natural ¿que es?.
Siento no tener más tiempo: me voy de vacaciones. Les leeré a Vdes. después de Pascua.
Comentado por: Ossa el 05/4/2009 a las 08:41
Gracias albert. Ultimamente ando ocupado intentando dar,dentro de mi capacidad, algo de consistencia al discurso de la Izquierda,tarea nada fácil pues son duros de oído y no muy dotados de entendederas,circunstancia comprensible dado que de no ser a si,la mayoría estarían en la pomada.Tambien es cierto que no he intervenido antes por no herir exquisitas sensibilidades puesto que me consta que luego,si pueden,se vengan.El texto de Gray es un articulo digno de ser objeto de culto para lectores de Reader Digest. Como dice Velarde,si este es el camino del pensamiento del siglo XXI,que Dios nos coja confesados.
Por ser breve te diré que me ha recordado aquella infamia clerical que ponía en boca de Azaña lo de " España ha dejado de ser católica" cuando la República estableció la aconfesionalidad del Estado. Lo que realmente dijo Azaña fue : " España ha dejado de ser oficialmente católica ",que no es lo mismo. Hay quien borra neveras y hay quien,cosa que es peor,borra palabras.
Por lo demás, ¿ que decir del estado de la cuestión ?. Coincido con el Maestro de Ratisbona,se nota que dispone de buena información puesto que él no debe saberlo por propia experiencia,en que el condón es un engorro y que mejor a pelo,pero dado su magisterio y en la audiencia en que se manifestó,sus palabras pueden traer mas dolor y mas muerte que la que han provocado los Héroes de las Azores. Semejante conducta debería ser considerada crimen contra la Humanidad pero me temo que este quedará impune. La ley digan lo que digan,de momento no es igual para todos,al pobre Agustin Garcia Calvo lo pusieron a caldo por unas pesetillas que se le olvidó declarar al fisco y ya ves como le ha ido al señor Botín y según me dijo un amigo de Hacienda,El País no habló de cifras,se trataba del orden de los cincuenta mil millones de euros,acabaron pidiendole disculpas por las molestias causadas. Mejor me callo.
Comentado por: maleas el 05/4/2009 a las 03:55
Ossa
Pero la idea de derecho natural es previa al cristianismo , dejo aqui un articulo :
http://www.bibliojuridica.org/libros/1/445/14.pdf
Y la idea igualdad de nace del derecho natural , no ?
Comentado por: Albert el 04/4/2009 a las 23:55
Hubo que borrar una nevera cochambrosa que aparecía en la foto porque no era admisible que un ruso tuviera nevera en propiedad.
por dios! que Rusia es inmensa de qué territorio hablas, porque indudablemente en Siberia sobran las neveras.
m
eso sí, cuando digas camarada no te olvides de Via Layetana.
Ok!, en ese sentido: ok, las neveras no pueden ser nunca de propiedad privada, sont an frías que no necesitan congelador cuando en Turquía las mecen ( sé que lo entiendes)çbello, sua, pues.
m, pero entre FErnando VII y la joven inglesa que vende su cáncer en la tele no hay más que un prado donde se sabe que detrás del ataúd estaba su madre y un solo hombre... lo demás ... ya sabemos que Mcdonald supo ir a Praga y que cuadno sanidad le dijo que le multaba .. bueno ahora le han dado el premio a la hamburguesa Mcdonald... no está mal.
m
Comentado por: Enea el 04/4/2009 a las 22:14
Comentado por: RIP el 04/4/2009 a las 22:08
Ossa,
al sistema que culmina el largo proceso al que usted apunta le llamamos democracia; como es bien sabido, el nombre proviene del sistema de gobierno establecido en la antigua Atenas, con una duración de ciento cuarenta años y acabado como consecuencia de la derrota en una guerra.
Una de las características de ese sistema político era la igualdad de los ciudadanos ante la ley. Diferían de nosotros en lo que hace a quién consideraban ciudadano, pero en lo que hace a igualdad eran mucho más radicales que nosotros.
Una muestra. Aristóteles, contrario como la mayoría de los filósofos a la democracia (en eso lleva usted razón, pero los filósofos no eran el demos; recuerde como el gobierno democrático condenó a Sócrates a muerte), decía en su política algo así: si se nombran los cargos por sorteo, es democracia; a la que hay elecciones se trata de oligarquía.
Comentado por: lenn el 04/4/2009 a las 20:30
Muchas gracias por estar ahí Felix, te sigo desde hace muchos años y, sencillamente, quizá porque he bebido de más para aplacar la angustia, ojalá tuviera unos treinta años menos jaajajaj...en fin, mi pregunta es si, al fin y al cabo, después de esta crónica de esta crisis profunda anunciada, hay motivos o esperanza - a la fe la pintan ciega - en que puede cambiar de verdad el sistema. Tengo que decir que hace unas semanas en un viaje a Bilbao, en un mercadillo, compré un libro de segunda mano de Luis Racionero, "Del paro al ocio" y aunque lleve pocas páginas no puede ser de mayor actualidad...lo que necesitamos es otra mentalidad...¡Que inventen ellos! Ya es hora de que nos dejen, disfrutar de ello, sí, pero sobretodo, vivir bien a TODOS. ES POSIBLE. ¿?
Comentado por: bernia el 04/4/2009 a las 19:12
¿Valores cristianos fundamentales, Albert? Igualdad, compasión, caridad, sentido teleológico de la historia, salvación...
Mucho tendría que escribir para demostrarlo, desde luego. Me centraré en el primero, Igualdad.
El cristianismo, y Pablo fue el ideólogo de ello, supuso un cambio en el paradigma de las virtudes greco-latinas. Sabido es que, para los griegos y también para los romanos, la virtud máxima era la valentía, a la que seguían justicia y prudencia. Esa era su 'areté', es decir su orgullo, su dignidad y su honor. Pero eran gentes a quienes no se les había ocurrido valorar un concepto llamado igualdad: esa es la idea (el virus, lo llamaría Nietzsche) que el cristianismo aportó. Todos somos hijos de Dios y, por tanto, todos somos iguales. Esta igualdad, que en principio era para Pablo algo puramente espiritual, se fue transformando en algo más prosaico, y ha dado mucho juego desde entonces. La aspiración a la igualdad, evidente para muchos, no es algo común, ni en el espacio ni en el tiempo. Las grandes civilizaciones (véase el sistema de castas hindú, o la sociedad tradicional japonesa o china) han sido, y siguen siendo en su mayoría, ajenas a ese impulso. Ni siquiera los filósofos griegos tuvieron a la igualdad como algo por lo que valiera la pena esforzarse, sino más bien lo contrario. Platón reduce las cuatro virtudes clásicas a una, a la que llama Bien, y que puede definirse como ansia de conocimiento, y ni él ni Aristóteles, en sus respectivas utopías, imaginaron polis precisamente igualitarias. Es el cristianismo el que introduce el concepto y la extravagante idea (al menos para la época) de que todos somos iguales, todos somos hermanos. Puede seguirse sin muchas dificultades la evolución de la idea de Igualdad a lo largo de la historia de Occidente, la progresiva abolición de la servidumbre, los movimientos campesinos, los husitas, los revolucionarios franceses, los distintos movimientos socialistas y anarquistas, etc, etc. Hasta llegar, permítaseme la broma, hasta Bibiana Aido.
Comentado por: Ossa el 04/4/2009 a las 19:01
Comentado por: albert el 04/4/2009 a las 14:41
El tema de la religión tiene una actualidad especial en países como el nuestro, en los que
la izquierda aún no ha recompuesto su programa, tras abandonar buen parte del componente
totalitario que la definía hasta hace poco.
En lugar de plantearse cual debe ser su actitud, adaptando los valores propios de lo mejor de
su tradición a las circunstancias actuales, parece centrarse, a falta de algo mejor, en temas
periféricos, que a su modo de ver la diferencian de la derecha. En términos generales, la religión
y, en un caso concreto y de actualidad, el aborto.
Por eso, creo que se equivoca Azúa, como tantos otros, cuando achaca a la Iglesia el obsesionarse
por estos temas, ya que la actitud y opinión religiosa no ha cambiado. Es la izquierda la que
cree sacar un rendimiento político de ese enfrentamiento, incapaz de plantear políticas propias a
nivel político general y presa aún del antiliberalismo, antiamericanismo ('el socialismo de los imbéciles' Levy),
antisemitismo y todos los demás antis con los que ha ido cubriendo su desnudez intelectual.
Comentado por: lenn el 04/4/2009 a las 12:52
A Provoqueen: No me ofendí en absoluto por su post, y espero, a mi vez, no haber molestado a nadie por los (pocos) míos. Respecto a lo que escribe, ya sé que los ateos progresistas saben de donde proceden, y admiten su herencia y origen cristianos. Pero lo que yo digo, sin ánimo de polemizar, es que sus valores fundamentales son valores cristianos, y eso, la mayoría de ellos, no lo admiten, antes bien mantienen que sus valores son distintos, si no opuestos, a los del cristianismo, sin percatarse que su oposición se dirige, más bien, a las iglesias oficiales, pero no a la esencia del cristianismo, del que han heredado, incluso, el ardor militante.
Comentado por: Ossa el 04/4/2009 a las 10:59
Comentado por: albert el 04/4/2009 a las 10:58
How Christianity (and Capitalism) Led to Science
By RODNEY STARK
When Europeans first began to explore the globe, their greatest surprise was not the existence of the Western Hemisphere, but the extent of their own technological superiority over the rest of the world. Not only were the proud Maya, Aztec, and Inca nations helpless in the face of European intruders, so were the fabled civilizations of the East: China, India, and Islamic nations were "backward" by comparison with 15th-century Europe. How had that happened? Why was it that, although many civilizations had pursued alchemy, the study led to chemistry only in Europe? Why was it that, for centuries, Europeans were the only ones possessed of eyeglasses, chimneys, reliable clocks, heavy cavalry, or a system of music notation? How had the nations that had arisen from the rubble of Rome so greatly surpassed the rest of the world?
Several recent authors have discovered the secret to Western success in geography. But that same geography long also sustained European cultures that were well behind those of Asia. Other commentators have traced the rise of the West to steel, or to guns and sailing ships, and still others have credited a more productive agriculture. The trouble is that those answers are part of what needs to be explained: Why did Europeans excel at metallurgy, shipbuilding, or farming?
The most convincing answer to those questions attributes Western dominance to the rise of capitalism, which took place only in Europe. Even the most militant enemies of capitalism credit it with creating previously undreamed of productivity and progress. In The Communist Manifesto, Karl Marx and Friedrich Engels proposed that before the rise of capitalism, humans engaged "in the most slothful indolence"; the capitalist system was "the first to show what man's activity can bring about." Capitalism achieved that miracle through regular reinvestment to increase productivity, either to create greater capacity or improve technology, and by motivating both management and labor through ever-rising payoffs.
Supposing that capitalism did produce Europe's own "great leap forward," it remains to be explained why capitalism developed only in Europe. Some writers have found the roots of capitalism in the Protestant Reformation; others have traced it back to various political circumstances. But, if one digs deeper, it becomes clear that the truly fundamental basis not only for capitalism, but for the rise of the West, was an extraordinary faith in reason.
A series of developments, in which reason won the day, gave unique shape to Western culture and institutions. And the most important of those victories occurred within Christianity. While the other world religions emphasized mystery and intuition, Christianity alone embraced reason and logic as the primary guides to religious truth. Christian faith in reason was influenced by Greek philosophy. But the more important fact is that Greek philosophy had little impact on Greek religions. Those remained typical mystery cults, in which ambiguity and logical contradictions were taken as hallmarks of sacred origins. Similar assumptions concerning the fundamental inexplicability of the gods and the intellectual superiority of introspection dominated all of the other major world religions.
But, from early days, the church fathers taught that reason was the supreme gift from God and the means to progressively increase understanding of Scripture and revelation. Consequently Christianity was oriented to the future, while the other major religions asserted the superiority of the past. At least in principle, if not always in fact, Christian doctrines could always be modified in the name of progress, as demonstrated by reason. Encouraged by the scholastics and embodied in the great medieval universities founded by the church, faith in the power of reason infused Western culture, stimulating the pursuit of science and the evolution of democratic theory and practice. The rise of capitalism also was a victory for church-inspired reason, since capi-talism is, in essence, the systematic and sustained application of reason to com-merce — something that first took place within the great monastic estates.
During the past century Western intellectuals have been more than willing to trace European imperialism to Christian origins, but they have been entirely un-willing to recognize that Christianity made any contribution (other than intolerance) to the Western capacity to dominate other societies. Rather, the West is said to have surged ahead precisely as it overcame re-ligious barriers to progress, especially those impeding science. Nonsense. The success of the West, including the rise of science, rested entirely on religious foundations, and the people who brought it about were devout Christians. Unfortunately, even many of those historians willing to grant Christianity a role in shaping Western progress have tended to limit themselves to tracing beneficial religious effects of the Protestant Reformation. It is as if the previous 1,500 years of Christianity either were of little matter, or were harmful.
Such academic anti-Roman Catholicism inspired the most famous book ever written on the origins of capitalism. At the start of the 20th century, the German sociologist Max Weber published what soon became an immensely influential study: The Protestant Ethic and the Spirit of Capitalism. In it Weber proposed that capitalism originated only in Europe because, of all the world's religions, only Protestantism provided a moral vision that led people to restrain their material consumption while vigorously seeking wealth. Weber argued that, before the Reformation, restraint on consumption was invariably linked to asceticism and, hence, to condemnations of commerce. Conversely, the pursuit of wealth was linked to profligate consumption. Either cultural pattern was inimical to capitalism. According to Weber, the Protestant ethic shattered those traditional linkages, creating a culture of frugal entrepreneurs content to systematically reinvest profits in order to pursue ever greater wealth, and therein lies the key to capitalism and the ascendancy of the West.
Perhaps because it was such an elegant thesis, it was widely embraced, despite the fact that it was so obviously wrong. Even today The Protestant Ethic enjoys an almost sacred status among sociologists, although economic historians quickly dismissed Weber's surprisingly undocumented monograph on the irrefutable grounds that the rise of capitalism in Europe preceded the Reformation by centuries. Only a decade after Weber published, the celebrated Belgian scholar Henri Pirenne noted a large literature that "established the fact that all of the essential features of capitalism — individual enterprise, advances in credit, commercial profits, speculation, etc. — are to be found from the 12th century on, in the city republics of Italy — Venice, Genoa, or Florence." A generation later, the equally celebrated French historian Fernand Braudel complained, "All historians have opposed this tenuous theory, although they have not managed to be rid of it once and for all. Yet it is clearly false. The northern countries took over the place that earlier had so long and brilliantly been occupied by the old capitalist centers of the Mediterranean. They invented nothing, either in technology or business management." Braudel might have added that, during their critical period of economic development, those northern centers of capitalism were Catholic, not Protestant — the Reformation still lay well into the future. Further, as the Canadian historian John Gilchrist, an authority on the economic activity of the medieval church, pointed out, the first examples of capitalism appeared in the great Christian monasteries.
Though Weber was wrong, however, he was correct to suppose that religious ideas played a vital role in the rise of capitalism in Europe. The material conditions needed for capitalism existed in many civilizations in various eras, including China, the Islamic world, India, Byzantium, and probably ancient Rome and Greece as well. But none of those societies broke through and developed capitalism, as none evolved ethical visions compatible with that dynamic economic system. Instead, leading religions outside the West called for asceticism and denounced profits, while wealth was exacted from peasants and merchants by rapacious elites dedicated to display and consumption. Why did things turn out differently in Europe? Because of the Christian commitment to rational theology, something that may have played a major role in causing the Reformation, but that surely predated Protestantism by far more than a millennium.
Even so, capitalism developed in only some locales. Why not in all? Because in some European societies, as in most of the rest of the world, it was prevented from happening by greedy despots. Freedom also was essential for the development of capitalism. That raises another matter: Why has freedom so seldom existed in most of the world, and how was it nurtured in some medieval European states? That, too, was a victory of reason. Before any medieval European state actually attempted rule by an elected council, Christian theologians had long been theorizing about the nature of equality and individual rights — indeed, the later work of such secular 18th-century political theorists as John Locke explicitly rested on egalitarian axioms derived by church scholars.
All of this stemmed from the fact that from earliest days, the major theologians taught that faith in reason was intrinsic to faith in God. As Quintus Tertullian instructed in the second century, "Reason is a thing of God, inasmuch as there is nothing which God the Maker of all has not provided, disposed, ordained by reason — nothing which He has not willed should be handled and understood by reason." Consequently it was assumed that reason held the key to progress in understanding scripture, and that knowledge of God and the secrets of his creation would increase over time. St. Augustine (c. 354-430) flatly asserted that through the application of reason we will gain an increasingly more accurate understanding of God, remarking that although there are "certain matters pertaining to the doctrine of salvation that we cannot yet grasp ... one day we shall be able to do so."
Nor was the Christian belief in progress limited to theology. Augustine went on at length about the "wonderful — one might say stupefying — advances human industry has made." All were attributed to the "unspeakable boon" that God has conferred upon his creation, a "rational nature." Those views were repeated again and again through the centuries. Especially typical were these words preached by Fra Giordano, in Florence in 1306: "Not all the arts have been found; we shall never see an end of finding them."
Christian faith in reason and in progress was the foundation on which Western success was achieved. As the distinguished philosopher Alfred North Whitehead put it during one of his Lowell Lectures at Harvard in 1925, science arose only in Europe because only there did people think that science could be done and should be done, a faith "derivative from medieval theology."
Moreover the medieval Christian faith in reason and progress was constantly reinforced by actual progress, by technical and organizational innovations, many of them fostered by Christianity. For the past several centuries, far too many of us have been misled by the incredible fiction that, from the fall of Rome until about the 15th century, Europe was submerged in the Dark Ages — centuries of ignorance, superstition, and misery — from which it was suddenly, almost miraculously, rescued; first by the Ren-aissance and then by the Enlightenment. But, as even dictionaries and encyclopedias recently have begun to acknowledge, it was all a lie!
It was during the so-called Dark Ages that European technology and science overtook and surpassed the rest of the world. Some of that involved original inventions and discoveries; some of it came from Asia. But what was so remarkable was the way that the full capacities of new technologies were recognized and widely adopted. By the 10th century Europe already was far ahead in terms of farm-ing equipment and techniques, had unmatched capacities in the use of water and wind power, and possessed superior military equipment and tactics. Not to be overlooked in all that medieval progress was the invention of a whole new way to organize and operate commerce and industry: capitalism.
Capitalism was developed by the great monastic estates. Throughout the medieval era, the church was by far the largest landowner in Europe, and its liquid assets and annual income probably exceeded that of all of Europe's nobility added together. Much of that wealth poured into the coffers of the religious orders, not only because they were the largest landowners, but also in payment for liturgical services — Henry VII of England paid a huge sum to have 10,000 masses said for his soul. As rapid innovation in agricultural technology began to yield large surpluses to the religious orders, the church not only began to reinvest profits to increase production, but diversified. Having substantial amounts of cash on hand, the religious orders began to lend money at interest. They soon evolved the mortgage (literally, "dead pledge") to lend money with land for security, collecting all income from the land during the term of the loan, none of which was deducted from the amount owed. That practice often added to the monastery's lands because the monks were not hesitant to foreclose. In addition, many monasteries began to rely on a hired labor force and to display an uncanny ability to adopt the latest technological advances. Capitalism had arrived.
Still, like all of the world's other major religions, for centuries Christianity took a dim view of commerce. As the many great Christian monastic orders maximized profits and lent money at whatever rate of interest the market would bear, they were increasingly subject to condemnations from more traditional members of the clergy who accused them of avarice.
Given the fundamental commitment of Christian theologians to reason and progress, what they did was rethink the traditional teachings. What is a just price for one's goods, they asked? According to the immensely influential St. Albertus Magnus (1193-1280), the just price is simply what "goods are worth according to the estimate of the market at the time of sale." That is, a just price is not a function of the amount of profit, but is whatever uncoerced buyers are willing to pay. Adam Smith would have agreed — St. Thomas Aquinas (1225-74) did. As for usury, a host of leading theologians of the day remained opposed to it, but quickly defined it out of practical existence. For example, no usury was involved if the interest was paid to compensate the lender for the costs of not having the money available for other commercial opportunities, which was almost always easily demonstrated.
That was a remarkable shift. Most of these theologians were, after all, men who had separated themselves from the world, and most of them had taken vows of poverty. Had asceticism truly prevailed in the monasteries, it seems very unlikely that the traditional disdain for and opposition to commerce would have mellowed. That it did, and to such a revolutionary extent, was a result of direct experience with worldly imperatives. For all their genuine acts of charity, monastic administrators were not about to give all their wealth to the poor, sell their products at cost, or give kings interest-free loans. It was the active participation of the great orders in free markets that caused monastic theologians to reconsider the morality of commerce.
The religious orders could pursue their economic goals because they were sufficiently powerful to withstand any attempts at seizure by an avaricious nobility. But for fully developed secular capitalism to unfold, there needed to be broader freedom from regulation and expropriation. Hence secular capitalism appeared first in the relatively democratic city-states of north-ern Italy, whose political institutions rested squarely on church doctrines of free will and moral equality.
Augustine, Aquinas, and other major theologians taught that the state must respect private property and not intrude on the freedom of its citizens to pursue virtue. In addition, there was the central Christian doctrine that, regardless of worldly inequalities, inequality in the most important sense does not exist: in the eyes of God and in the world to come. As Paul explained: "There is neither Jew nor Greek, there is neither bond nor fee, there is neither male nor female, for ye are all one in Christ Jesus."
And church theologians and leaders meant it. Through all prior recorded history, slavery was universal — Christianity began in a world where as much as half the population was in bondage. But by the seventh century, Christianity had become the only major world religion to formulate specific theological opposition to slavery, and, by no later than the 11th century, the church had expelled the dreadful institution from Europe. That it later reappeared in the New World is another matter, although there, too, slavery was vigorously condemned by popes and all of the eventual abolition movements were of religious origins.
Free labor was an essential ingredient for the rise of capitalism, for free workers can maximize their rewards by working harder or more effectively than before. In contrast, coerced workers gain nothing from doing more. Put another way, tyranny makes a few people richer; capitalism can make everyone richer. Therefore, as the northern Italian city-states developed capitalist economies, visitors marveled at their standards of living; many were equally confounded by how hard everyone worked.
The common denominator in all these great historical developments was the Christian commitment to reason.
That was why the West won.
Rodney Stark is university professor of the social sciences at Baylor University. This essay is adapted from The Victory of Reason: How Christianity Led to Freedom, Capitalism, and Western Success, to be published in December by Random House. Copyright © by Rodney Stark.
Comentado por: pc el 03/4/2009 a las 21:58
a la sr. knudsen,
a mí me permitirá que no le apee nada, pues que no tengo el gusto, y el compadreo no me va
por lo de la modernidad... si ud. dice que empieza en el siglo 16, pues me la creo, aunque no sé bien 'qué' es lo que empieza, pero, si lo sabe, acláremelo.
por lo de Platón... pero sra., creo, que precisamente hay filosofía porque Platón no responde nada, no responde a preguntas directas estilo cuestionario telefónico, por supuesto. Véase si no los volúmenes de Crombie.
saludos, y también feliz viernes
p.s.: por cierto, que no puedo imaginarme de cuál es el lugar de donde procede
Comentado por: vic el 03/4/2009 a las 21:32
Bueno, yo creo que fue más bien Ossa quien se extralimitó diciendo "se creen los pobrecillos ateos tan originales, no saben que repiten lo mismo que Pablo de Tarso". Le contesté que de dónde se había sacado (Ossa, Gray, Azúa o el Sursum Corda) que los ateos no somos conscientes de nuestra herencia y origen cristianos. Lo que, brusco o no, me parece bastante inapelable la verdad, aunque por supuesto estoy abierta a rebatos.
Si fui brusca lo siento, y le pido disculpas a Ossa. Pero ese famoso argumento y encima dicho con retintín ("se creen, los pobres..."), me parece cuando menos igualmente ofensivo.
Comentado por: provoqueen el 03/4/2009 a las 20:53
Provo,
(como nos conocemos, te tuteo y apeo el señora)
Hace unos días, creo recordar que fue Ossa, mencionó el último libro de Gray y tú le soltaste un rapapolvo de muy padre y señor mío. Antes de ayer copia/pega dejó un artículo de Gray que no es más que la introducción a uno de sus libros, pero que ya quisieran muchos libros contener toda la información de dicho artículo, y tú lo despachaste con una frase que a mí no me indica nada más que hastío y desinterés. Digo ésto sólo para precisar por qué tu comentario me pareció un tapón, ya que en foros abiertos como éste, cada cual, por supuesto, dice lo que le apetece, aunque los demás también pueden responder lo que les parezca más conveniente, sobre todo si no hay insultos ni malos modos de por medio.
Precisamente por el rigor del bendito artículo es por lo que lamenté que se cerrase el camino que tomaba la conversación. Nada más.
Comentado por: knudsen el 03/4/2009 a las 20:23
Sr. Vic,
Dos ironías sumadas suelen dar como resultado un diálogo de sordos. Yo creo que Vd. me ha entendido y me parece que yo a Vd. también. Utilicé "patrística" del mismo modo que entiendo emplea Vd. "hermenéutica pretendídamente original".
La Modernidad sin chuflas empieza en el siglo XVI y no todo en ella es una revisión de los griegos, por más que a ellos los llevan consigo todos cuantos de interés han hablado hasta la fecha, el amigo Gray incluido.
Buscar novedades no es algo que me seduzca lo más mínimo. Hacerme preguntas, sí. Si Platón me las respondiera, le aseguro que no me movería de su vera, por comodidad y por lo que disfruto leyéndole.
En cuanto a los apelativos, yo no podría ser Rebis puesto que desciendo de la costilla de Adán y, además, soy de una tierra donde decimos dame pan y llámame can, así que no entienda ofensa donde sólo hay aclaración. No obstante, como soy partidaria del respeto a la hora de hablar, si me llama señora me parecerá perfecto.
Feliz Viernes de Dolores.
Comentado por: knudsen el 03/4/2009 a las 20:02
Knudsen, mi intención no era zanjar ningún tema, y menos éste que es uno de mis favoritos. Lamento lo que pareció brusquedad, mi intención era la de caricaturizar, con afán de ser muy gráfica en lo que quería decir.
Y lo que quería decir es, precisamente, lo mismo que según tú es la posición de Gray (aunque yo no la veo por ahora): que la eterna dialéctica "pues yo sí creo / pues yo no creo / pues para no creer dices y haces lo mismo que los que creen / pues tú más / etc. etc." no lleva a ningún sitio, y que para aportar algo distinto no queda más remedio, me temo, que salir de esa rueda y mirar desde otro ángulo.
Me pareció que en aquel artículo Gray entra de lleno en esa rueda, y por eso me aburrió, pero si según tú lo que intenta decir es lo contrario, pues no sé, lo releeré a ver.
Personalmente, creo que ya lo sabéis, mi enfoque es más bien estadístico. ¿Que aquél dijo que la religión es el opio del pueblo? Pues muy bien, por mí como si dice que es una anfeta, mientras no lo avale de algún otro modo más fehaciente.
Y no es que no me interese el tema, al contrario, es porque me interesa muchísimo por lo que me gustaría que fuese tratado con todo rigor.
Comentado por: provoqueen el 03/4/2009 a las 19:27
a la sra. Knudsen,
perdón, esto ocurre, precisamente, por no ponerle/ponerse sexo; yo no suelo ponérselo a las voces, sino a los escritores que hay detrás de cada comentario, ¡terrible inercia mía!; pero si quiere la puedo tratar a ud. como el Rebis del famoso códice miniado, en fin, lo que ud. vea y quiera, en caso de que se sienta incómoda.
En cuanto a la modernidad, ¿Pascal?, no entiendo que quiere decir, habida cuenta de que está claro no es nada si es cuando se la trata como habitualmente se hace, pues se entiende, normalmente, como un crisol donde se funden diversos acontecimientos políticos, científicos, filósóficos, ya sabe, además con los libros principales que se escribieron y sirven de referencia clásica y además se designa con el nombre a un lapso; he de decir que, yo, lo utilizo en tono de chufla referido a todo lo que sea hermenéutica pretendidamente original que trate de esconder, o no advierta, los problemas clásicos de los griegos, revestida con ropajes diversos, según épocas: togas, calzas, jubones, gregüescos, golillas, levitas, o trajes de chaqueta y corbata
saludos
Comentado por: vic el 03/4/2009 a las 18:12
Pablo Velarde,
azar + voluntad personal (sujeta al azar)=
lo que hay
Vic,
ni me molesta, ni me parece un problema "eso del tercero en discordia" como expresión. Simplemente me llama la atención que aquí, alguna vez que se ha intentado ir un poco más allá de la eterna conversación dios sí/dios no, se para en seco la máquina con el mismo argumento: yo creo/no creo en dios, cosa que a mí, personalmente, me dice muy poco sobre quien habla y menos aún, sobre el tema original que, en este caso, sería algo así como "¿y si pensáramos en la posibilidad de que hay que empezar desde otro sitio, puesto que ni lo religioso ni lo laico-progresista nos van a aportar nada más de lo que han hecho hasta ahora?
En cuanto a lo que Vd. llama modernidad, (a partir de Pascal, ¿no?) quizás no es tan desdeñable como sugiere, como tampoco lo son, ¡faltaría más!, aristotelismo y platonismo, por supuesto. De hecho la filosofía avanza en espirales y no en líneas rectas y, lo que de nuevo pueda decir, por ejemplo, Santayana, obliga a volver a Platón, y lo mismo sucede con tantos otros. Muchos piensan que leído Platón, leído todo. Probablemente están en lo cierto, aunque a mí, particularmente, me interesa bastante más Santayana.
La cuestión es que si Vd. cita a San Agustín y alguien le responde, "¡ya está éste hablando otra vez de la patrística!", como queriendo decir, menudo rollo, Vd., creo yo, tendría todo el derecho a responder, pues sí, ¿y qué?
Pues eso mismo me pasa a mí cuando dos comentaristas mencionan a un escritor que me interesa mucho y un, aquí sí, tercero en discordia, insiste en zanjar el tema con un "¡cómo me aburre!" totalmente lícito, claro, pero a mi modo de ver brusco y sin más sentido que el de interrumpir una conversación en curso.
En fin, cada cual a su manera.
¡Ah!, y aunque no le veo mucho sentido a eso de ponerle sexo a las voces de un blog, dado que es Vd. muy preciso en el uso de los tratamientos, soy sra. knudsen.
Comentado por: knudsen el 03/4/2009 a las 17:19
al sr. Knudsen,
parece que tiene un problema, o no le ha agradado eso de 'el tercero en dicordia'; no sé si por llegar el último, o por estar en 'discordia', pero guarde cuidado, pues que algo sea típico, que sea común una actitud, o se repita, que de ahí que la locución se haya establecido como latiguillo o topos, claro, por lo común de las veces que se presenta en lo asuntos humanos, no menoscaba lo que sea que piense Gray; pero tampoco deja de presentarse en el debate, a pesar de ello, como el tercero en discordia, pregunto: ¿qué problema hay?.
Y sobre la casa de Aristóteles, ¡si se está muy bien!, aunque sea una choza ática, y, para mí, mejor que en los palacios de la modernidad, además es vecina de la de Platón con la ventaja que supone, como ya dijo A.N. Whitehead, que la filosofía (occidental) no sea más que pies de página a Platón
saludos
Comentado por: vic el 03/4/2009 a las 13:02
Knudsen
disculpe mi acartonamiento, producto posiblemete de mas de 14 horas de trabajo ininterrumpido,
no entiendo bien qué quiere decir con : "una voluntad personal que no tiene más (ni menos) posibilidad de éxito que la que puede proporcionar que la moneda caiga del lado por el cual hemos apostado,"
mis adormecidas neuronas le agradecerían una aclaración.
Comentado por: Pablo Velarde el 03/4/2009 a las 02:02
Pablo Velarde,
estoy totalmente de acuerdo con esto que dijo Vd,
"el equipo necesario para enfrentarse a la idea de que somos productos de un azar cósmico es excesivamente caro para la mayoría del público."
Si al azar le suma la idea de una voluntad personal que no tiene más (ni menos) posibilidad de éxito que la que puede proporcionar que la moneda caiga del lado por el cual hemos apostado, llegará a la conclusión-solución que echa Vd. en falta en el discurso del profesor Gray.
Desde mi irrelevante punto de vista, la vida, contemplada desde esa óptica, es lo único a lo que podemos aspirar. Y me resulta muy estimulante.
Al igual que el más interesante Walter Benjamin que he leído me ha llegado a través de Azúa, el mejor "un poco más allá de Nietzsche" que ha caído en mis manos lo ha hecho a través de John Gray.
Pero es solo una opinión personal sobre un tema que me interesa particularmente. Nada más.
Comentado por: knudsen el 03/4/2009 a las 00:00
Discúlpeme el atrevimiento, Knudsen, pero si el camino que abre este señor es lo que va a nutrir el pensamiento de este siglo, arreglados estamos.
Coincido con Provoqueen en el hartazgo de este reparto de sopapos a un lado y otro de la linea que nos divide a ateos de creyentes. No conduce a nada, es hablar para la galería. Estoy de acuerdo con Mr.Grey- aunque los escritos de Dawkins o Amis me resulten más agradables que el de sus opuestos al otro lado de la mencionada linea- que resulta ilusorio pensar que la religión puede ser desbancada por el avance de la ciencia, pero creo que al igual que Dawkins y Amis, Gray se equivoca de medio a medio si pretende tomar la temperatura social de un debate con los números de las cifras de ventas de libros.
El grueso de la población a la que este debate afecta de manera más directa no son consumidores habituales de libros, si lo fuera, tal vez el debate dejaría de existir.
Grey no aporta posibles soluciones, solo critica un pensamiento ateo apostólico con el que yo tampoco estoy de acuerdo pero que entiendo que se produzca cuando las manifestaciones del fanatismo y la intolerancia religiosa comen cada día más terreno a la sociedad laica.
El desarrollo de Gray tiene agujeros por los que se puede pasar con un camión cisterna, pero no me interesa hacer crítica de critica. Creo que existe un punto esencial en este debate que rara vez sale a la luz: la religión, la experiencia o la vivencia religiosa son, a mi corto entender, experiencias privadas y deben permanecer en ese ámbito del mismo modo que , por decir algo, la experiencia sexual.
Estoy por reconocer cualquier religión cuyas prácticas no saquen los pies del plato de nuestras leyes, lo que me niego es a aceptar que el espacio público, el espacio neutro en el que todos debemos movernos con el respeto debido al otro, se llene de mojones, señales e hito que deben ser respetados porque son de gran importancia en las prácticas a mi entender privadas del otro. Conducirnos de este modo se llama hoy tolerancia, aunque a mi me suena mas a paranoia.
Yo nosé si Gray cree en dios todopoderoso o en alguna entidad de existencia indemostrable.
Yo me declaro ateo y defiedo, sin embargo, la necesiad de lo religiosos por el simple hecho de que el equipo necesario para enfrentarse a la idea de que somos productos de un azar cósmico es excesivamente caro para la mayoría del público.
Puede que les suene elitista, puede que lo sea, La idea me la sugirió hace muchos años Viktor Frankl y su concepto de la logoterapia.
Comentado por: Pablo Velarde el 02/4/2009 a las 21:30
Tocaya, el blog que buscabas de Ana Obregón está aquí al lado, pero no es el boomerang sino el bum me bang.
Comentado por: Lola Mento el 02/4/2009 a las 20:54
Claro, por poder, también se puede decir que entre la democracia y el totalitarismo está el bolivarianismo, y que lo que está haciendo Hugo Chávez en política es, en realidad, comportarse como un tercero en discordia. O, que entre el metro noventa de Michelle Obama y el metro cincuenta de la reina Elizabeth está el metro setenta de Sonsoles Espinosa, la cual, en consecuencia, es la tercera en discordia.
Lo curioso es que aquí, siempre que salen a relucir las teorías de Gray se acaba hablando de la escolástica, como si en estos pagos pasara lo mismo que en El ángel exterminador de Buñuel y nadie fuese capaz de abandonar la casa de la familia Aristóteles.
En fin, a quien le interesen los libros de este señor que no dude en leerlos y a quien no, pues allá películas. Por ejemplo, Revolutionary Road o Gran Torino, que están muy bien las dos. La tercera en discordia sería la de Almodóvar, pero esa no la he visto, así que no la puedo recomendar o desaconsejar.
Salud.
Comentado por: knudsen el 02/4/2009 a las 20:41
La verdad a veces pienso que son una pandilla de pisateclas. Dicen tantas chorradas juntas que a lo mejor se creen hasta listos.
Tiene cojo.....
Comentado por: la lola se va a los puertos el 02/4/2009 a las 20:12
Hombre!, quizás el artículo no es 'dialéctico', pero sí refleja una dialéctica o un ambiente dialéctico; y, a lo mejor, no se insultan dicéndose las mismas o parecidas cosas, pero Gray muestra que ambos usan de ciertos tics o argumentos similares; es el caso típico del tercero en discordia
Comentado por: vic el 02/4/2009 a las 14:37
No, Provoqueen, no es tan simple como Vd. insiste una y otra vez en presentar este tema. En primer lugar, porque artículos como el de John Gray aquí copiado no reflejan ni una dialéctica, ni unos complejos ni, mucho menos, insultos a nadie, a no ser que Vd. considere insultante la reflexión.
El hecho es que hay una teoría que sostiene que la especie humana es defectuosa de origen y que por lo tanto debe ser corregida. Se da la ironía de que los dos grupos principales que la defienden se detestan entre sí y se acusan unos a otros de lo mismo y, ésto sí, puede ser debido a complejos que se combaten mediante la dialéctica, la cual a su vez puede llegar al insulto, aunque también pudiera deberse a una simple lucha por el control presupuestario.
Afortunadamente, y no enfrente sino al lado de estas dos iglesias, la religiosa y la humanista, hay pensadores como Gray que se atreven a reflexionar sin lastre, sin salvavidas y sin la menor pretensión de evangelizar a nadie.
A algunos nos parece que John Gray es de los pocos filósofos que en estos momentos están abriendo un camino del que se va a nutrir el pensamiento socio-político del siglo XXI, o puede que no, pero, en cualquier, caso merece la pena leer su obra antes de descalificarlo como a un charlatán más.
Comentado por: knudsen el 02/4/2009 a las 13:22
Me aburre esta dialéctica ateo-religiosa, en que cada uno "acusa" a su oponente de hacer lo mismo que él. ¡Qué complejos no tendrán ambas partes, para "insultar" al otro diciéndole "eres igual que yo".
Comentado por: provoqueen el 02/4/2009 a las 10:05
El espejismo ateo
John Gray
Letras Libres
Una atmósfera de pánico moral envuelve a la religión. Esta, considerada no hace mucho como una reliquia de la superstición cuyo puesto en la sociedad se deterioraba progresivamente, se ha visto satanizada y señalada como responsable de los peores males del mundo. De ahí que se haya registrado una súbita eclosión de literatura del ateísmo proselitista. Hace unos cuantos años era difícil convencer a los editores comerciales de pensar siquiera en sacar a la venta libros sobre religión. Hoy los panfletos contra la religión pueden constituir una enorme fuente de riquezas, como sucede con El espejismo de Dios, de Richard Dawkins, y Dios no es bueno, de Christopher Hitchens, que venden cientos de miles de ejemplares. Por primera vez en generaciones, destacados científicos y filósofos, novelistas y periodistas debaten sobre el futuro de la religión. Con todo, el tráfico intelectual no avanza en una sola dirección. Los creyentes han dado algunos contragolpes, como El espejismo de Dawkins, del teólogo británico Alister McGrath, y La era secular, del filósofo católico canadiense Charles Taylor. Pero, en términos generales, el equipo que está contra Dios ha dominado las listas de ventas, y vale la pena preguntarse por qué.
El terrorismo sólo puede explicar en parte la abrupta transformación de la manera en que percibimos la religión. Los secuestradores del 11 de septiembre se consideraban mártires de una tradición religiosa, y la opinión pública occidental aceptó la imagen que tenían de sí mismos. Incluso hay quien considera el surgimiento del fundamentalismo islámico como un peligro comparable a las peores amenazas que enfrentaron las sociedades liberales durante el siglo xx.
Para Dawkins y Hitchens, Daniel Dennett y Martin Amis, Michel Onfray, Philip Pullman y otros, la religión en general es un veneno que ha alimentado la violencia y la opresión a lo largo de la historia y hasta nuestros días. La urgencia con la que producen sus querellas antirreligiosas sugiere que ha ocurrido una transformación tan importante como el surgimiento del terrorismo: la marea secular ha cambiado de dirección. Estos escritores pertenecen a una generación educada para pensar en la religión como un atavismo propio de un estadio anterior del desarrollo humano, algo destinado a desaparecer conforme avance el conocimiento. En el siglo xix, cuando las revoluciones científica e industrial modificaban la sociedad a paso veloz, este podría haber sido un razonamiento sensato. Dawkins, Hitchens y todos los demás quizá crean aún que, a la larga, el avance de la ciencia arrojará a la religión a los márgenes de la vida humana, pero ahora mismo esto constituye un artículo de fe, antes que una teoría basada en la evidencia.
Es cierto que la religión ha decaído bruscamente en varios países (Irlanda es un ejemplo reciente) y que desde hace muchos años ya no determina la vida cotidiana de la mayoría de la población británica. Gran parte de Europa es sin duda poscristiana. Sin embargo, nada sugiere que el distanciamiento de la religión sea irreversible, o que sea potencialmente universal. Estados Unidos no es más secular hoy de lo que fuera hace ciento cincuenta años, cuando Tocqueville quedó impactado y perplejo por la omnipresencia de la religiosidad. La era secular fue, en todo caso, un tanto ilusoria. Los movimientos políticos de masas del siglo xx constituyeron vehículos para los mitos heredados de la religión, y no es accidental que esta reviva ahora que dichos movimientos se han desmoronado. La actual hostilidad hacia la religión es una respuesta ante este desenlace. La secularización está en retirada, y el resultado es la aparición de un ateísmo de tipo evangélico que no se había visto desde tiempos victorianos.
Como en el pasado, este es un tipo de ateísmo que emula la misma fe que rechaza. Luces del norte, de Philip Pullman –una alegoría sutilmente alusiva, de muchos estratos, cuya reciente adaptación, La brújula dorada, fue un éxito de taquilla de Hollywood–, es un buen ejemplo de ello. La parábola de Pullman va mucho más allá de los peligros del autoritarismo. Los temas que plantea son esencialmente religiosos, y le debe mucho a la misma fe que ataca. Pullman ha declarado que su ateísmo se forjó en la tradición anglicana, y en efecto hay muchos ecos de Milton y Blake en su obra. Pero su deuda más grande para con dicha tradición es la noción de libre albedrío. El hilo central de la historia radica en la reafirmación del libre albedrío frente a la fe. La joven heroína Lyra Belacqua se dispone a desbaratar el Magisterium –la metáfora de Pullman para el cristianismo– porque este busca privar a los hombres de su capacidad para elegir un camino propio en la vida, lo cual, según cree, destruiría lo más humano en ellos. Sin embargo, la idea del libre albedrío que conforma las nociones liberales sobre la autonomía de la persona es de origen bíblico (piénsese en la historia del Génesis). La creencia en el ejercicio del libre albedrío como parte de lo humano es un legado de la fe, y la de Pullman, como casi todas las variedades del ateísmo hoy, deriva del cristianismo.
El ateísmo fervoroso reaviva algunos de los peores rasgos del cristianismo y del islam. Al igual que estas dos religiones, consiste en un proyecto de conversión universal. Los ateos evangélicos nunca ponen en duda que la vida humana podría transformarse si todos aceptaran su concepción de las cosas, y están seguros de que cierta forma de vida –la suya, adecuadamente embellecida– es la correcta para todos. A decir verdad, el ateísmo no tiene por qué ser un credo misionero de este tipo. Resulta totalmente lógico no tener creencias religiosas y aun así mostrarse afable ante la religión. Es curioso este humanismo que condena un impulso particularmente humano. Y, sin embargo, eso es lo que los ateos evangélicos hacen cuando satanizan la religión.
Una característica peculiar de este tipo de ateísmo es que algunos de sus misioneros más fervientes son filósofos. Romper el hechizo / La religión como un fenómeno natural, de Daniel Dennett, pretende bosquejar una teoría general de la religión. En realidad, más que nada es una polémica contra el cristianismo estadounidense. Este enfoque provinciano se refleja en la concepción que Dennett tiene de la religión, que para él significa la creencia en que algún tipo de agente sobrenatural (cuya aprobación buscan los creyentes) es necesario para explicar cómo son las cosas en el mundo. Para Dennett, las religiones son tentativas para lograr algo que la ciencia hace mejor, teorías rudimentarias o frustradas o, en todo caso, mero sinsentido. “La proposición de que Dios existe”, escribe Dennett con gravedad, “ni siquiera es una teoría”. Pero las religiones no están hechas de proposiciones que busquen convertirse en teorías. La incomprensibilidad de lo divino está en el corazón del cristianismo occidental, mientras que en la práctica del judaísmo ortodoxo tiende a prevalecer sobre la doctrina. El budismo siempre ha reconocido que en cuestiones espirituales la verdad es inefable, tal como lo hacen las tradiciones sufíes del islam. El hinduismo nunca se ha definido por nada tan simple como un credo. Sólo algunas tradiciones cristianas occidentales, bajo la influencia de la filosofía griega, han tratado de convertir la religión en una teoría explicativa.
La idea de que la religión es una versión primitiva de la ciencia se popularizó a finales del siglo xix con La rama dorada / Magia y religión, el estudio de J.G. Frazer sobre los mitos de los pueblos primitivos. Para Frazer, la religión y el pensamiento mágico estaban estrechamente vinculados. Enraizados en el miedo y la ignorancia, ambos eran vestigios de la infancia humana que desaparecerían con el avance del conocimiento. El ateísmo de Dennett no es mucho más que una versión modernizada del positivismo de Frazer. Los positivistas creían que con el desarrollo de los transportes y las comunicaciones –en su época, de los canales y el telégrafo– el pensamiento irracional acabaría por fenecer, junto con las religiones del pasado. Dennett cree casi lo mismo, sin que obste la historia del siglo pasado. En una entrevista que aparece en el sitio de internet de la Fundación Edge (edge.org) bajo el título “La evaporación de la poderosa mística de la religión”, Dennett predice que “en unos 25 años casi todas las religiones habrán evolucionado y se habrán convertido en fenómenos muy diferentes, tanto así que en casi todas partes la religión ya no impondrá como lo hace hoy”. Dennett confía en que esto acontecerá, según nos dice, básicamente debido a “la diseminación mundial de la tecnología de la información (no sólo internet sino los teléfonos móviles y las televisiones y radios portátiles)”. El filósofo, evidentemente, no ha reflexionado sobre la ubicuidad de los teléfonos móviles entre los talibanes, o sobre el surgimiento de un Al Qaeda virtual en la red.
El avance del conocimiento es un fenómeno que sólo los relativistas posmodernos niegan. La ciencia es la mejor herramienta que tenemos para forjar creencias fidedignas sobre el mundo, pero no difiere de la religión por el hecho de revelar una verdad descarnada que las religiones encubrirían con sueños. Tanto la ciencia como la religión son sistemas de símbolos que atienden a las necesidades humanas (en el caso de la ciencia, a las necesidades de predicción y control). Las religiones han servido para muchos propósitos, pero en el fondo responden a una necesidad de sentido satisfecha por el mito, antes que por la explicación. Una gran parte del pensamiento moderno está conformada por mitos seculares, narrativas religiosas despojadas de contenido que se traducen en pseudociencia. La idea de Dennett según la cual las nuevas tecnologías de la comunicación alterarán fundamentalmente la manera en que piensan los seres humanos es tan sólo un mito de esa naturaleza.
En El espejismo de Dios Dawkins intenta explicar el atractivo de la religión en términos de su teoría de los “memes”,* unidades conceptuales vagamente definidas que compiten la una con la otra en una parodia de la selección natural. Dawkins reconoce que, puesto que los humanos tienen una tendencia universal a la fe religiosa, esta debe haber tenido cierta ventaja evolutiva, pero hoy, dice, esa fe se perpetúa principalmente a través de una educación deficiente. Desde un punto de vista darwiniano, el papel crucial que Dawkins otorga a la educación resulta desconcertante. La biología humana no ha cambiado mucho en el transcurso de la historia conocida y, si la religión es inherente a la especie, resulta difícil imaginar de qué manera podría incidir sobre ello un tipo diferente de educación. Sin embargo, Dawkins parece estar convencido de que si no se inculcara en las escuelas y las familias, la religión moriría. Es esta una opinión que tiene más en común con cierto tipo de teología fundamentalista que con la teoría darwiniana, y no puedo sino recordar a aquel cristiano evangélico que me aseguró que los niños criados en un ambiente casto crecerían sin pulsiones sexuales ilícitas.
La “teoría memética de la religión” postulada por Dawkins es un ejemplo clásico del sinsentido que se genera cuando el pensamiento darwiniano se aplica fuera de su esfera propia. Junto con Dennett, quien también se aferra a una versión de la teoría, Dawkins mantiene que las ideas religiosas sobreviven porque serían capaces de hacerlo en cualquier “banco memético”, o bien porque son parte de un “memplejo” que incluye “memes” similares, como por ejemplo la idea de que si uno muere como un mártir disfrutará de 72 vírgenes. Desafortunadamente, la teoría de los “memes” es ciencia en la misma medida en que lo es el diseño inteligente. Estrictamente hablando, ni siquiera es una teoría. Hablar de “memes” es simplemente lo último en una sucesión imprudente de metáforas darwinianas.
Dawkins compara la religión con un virus: las ideas religiosas son “memes” que infectan las mentes vulnerables, especialmente las de los niños. Estas metáforas biológicas podrían tener su utilidad; por ejemplo, las mentes de los ateos evangelistas parecerían particularmente propensas a la infección de los “memes” religiosos. No obstante, las analogías de este tipo rebosan peligro. Dawkins habla mucho sobre la opresión que la religión ha ejercido, algo bastante real. El autor le presta menos atención, empero, al hecho de que algunas de las peores atrocidades de los tiempos modernos fueran cometidas por regímenes que afirmaban contar con la sanción científica para sus crímenes. El “racismo científico” nazi y el “materialismo dialéctico” soviético redujeron la insondable complejidad de la vida humana a la simplicidad mortal de una fórmula científica. En cada caso, la ciencia no era más que una patraña, pero se le aceptaba como genuina en ese momento, y no sólo dentro de los regímenes en cuestión. La ciencia es tan susceptible de ser utilizada para propósitos inhumanos como lo es cualquier otra institución humana. De hecho, dada la enorme autoridad de la que goza la ciencia, el riesgo de que sea utilizada de tal manera es aún mayor.
Los adversarios contemporáneos de la religión muestran una notoria falta de interés por el registro histórico de los regímenes ateos. En El fin de la fe / Religión, terror y el futuro de la razón, el escritor estadounidense Sam Harris afirma que la religión ha sido la principal fuente de violencia y opresión a lo largo de la historia. Harris reconoce que los déspotas seculares como Stalin y Mao infligieron terror en gran escala, pero sostiene que la opresión ejercida por ellos no tenía relación alguna con su ideología del “ateísmo científico”; el problema con sus regímenes estribaba en que eran tiranías. Pero ¿acaso no existiría una conexión entre el intento de erradicar la religión y la pérdida de la libertad? Es poco probable que Mao –quien lanzara su ataque contra el pueblo y la cultura del Tíbet bajo el eslogan “la religión es veneno”– hubiera concedido que su visión atea del mundo no tenía relación con sus políticas. Es cierto que se le veneraba como una figura casi divina, como a Stalin en la Unión Soviética. Pero al desarrollar estos cultos la Rusia y la China comunistas no estaban pecando contra el ateísmo. Estaban demostrando lo que sucede cuando el ateísmo se convierte en un proyecto político. Invariablemente, el resultado es un sustituto de la religión que sólo puede mantenerse por medios tiránicos.
Algo parecido ocurrió en la Alemania nazi. Dawkins desestima cualquier insinuación de que los crímenes de guerra nazis pudieran estar vinculados con el ateísmo. “Lo que importa”, dice en El espejismo de Dios, “no es si Hitler y Stalin eran ateos sino si el ateísmo ejerce una influencia sistemática que conduce a la gente a hacer cosas malignas. No existe la menor evidencia de que sea así”. Este es un razonamiento cándido. Hitler, que siempre fue un partidario entusiasta de la ciencia, se sintió muy impresionado por el darwinismo vulgarizado y por las teorías eugenésicas derivadas de las filosofías materialistas de la Ilustración. Hitler usó la demonología antisemítica cristiana en su persecución de los judíos, y las iglesias colaboraron con él en un grado aterrador. Pero fue la creencia nazi en la raza como una categoría científica lo que abrió paso a un crimen sin parangón en la historia. La visión del mundo de Hitler era la de mucha gente con escasa educación en la Europa de entreguerras: una mezcolanza de ciencia espuria y recelo contra la religión. No cabe duda de que este fue un tipo de ateísmo y que contribuyó a que los crímenes nazis fueran posibles.
Hoy la mayor parte de los ateos se confiesa liberal. Ellos no buscan –y así nos lo dirán– un régimen ateo sino un Estado secular en el que la religión no desempeñe ningún papel. Sin duda, estas personas creen que dentro de un Estado con tales características la religión tenderá a desaparecer. Pero la constitución secular de Estados Unidos no ha garantizado una política secular. El fundamentalismo cristiano es más poderoso en
Estados Unidos que en cualquier otro país, mientras que en Gran Bretaña, que cuenta con una Iglesia oficial, tiene muy poca influencia. Los críticos contemporáneos de la religión exigen mucho más que la desvinculación del Estado y la Iglesia. Está claro que quieren eliminar toda huella religiosa de las instituciones públicas. Lo que resulta extraño es que muchos de los conceptos que Harris despliega, incluida la idea misma de la religión, han sido moldeados por el monoteísmo. Detrás del fundamentalismo secular yace una concepción de la historia que deriva de la religión.
A.C. Grayling, en su libro Hacia la luz / Historia de las luchas por la libertad y los derechos que conformaron el Occidente moderno, nos proporciona un ejemplo de la persistencia de las categorías religiosas en el pensamiento secular. Como lo indica el título, el libro de Grayling es una especie de sermón. Su objetivo es reafirmar lo que él llama “una visión whig de la historia del Occidente moderno”, cuyo núcleo radica en la idea de que “Occidente realiza el progreso”. Los whigs fueron cristianos piadosos que creían que la divina providencia había ordenado la historia para que esta culminara en las instituciones inglesas, y Grayling cree, a su vez, que la historia “se está desplazando en la dirección correcta”. Sin duda ha habido reveses: Grayling menciona el nazismo y el comunismo incidentalmente, dedicándole unas cuantas líneas a cada uno. Pero estos desastres fueron periféricos. No inciden sobre la tradición central del Occidente moderno, que siempre ha estado consagrada a la libertad y que –según afirma Grayling– es inherentemente antagónica a la religión. “La historia de la libertad”, escribe, “es otro capítulo –y quizás el más importante de todos– en la gran querella entre religión y secularismo”. La posibilidad de que algunas versiones radicales del pensamiento secular pudieran haber contribuido al desarrollo del nazismo y del comunismo no se menciona. Grayling está más seguro sobre el curso de la historia que los mismos whigs del siglo xviii, a los que el Terror francés hizo temblar.
La creencia en que la historia es un proceso direccional está tan basada en la fe como cualquier otra cosa en el catequismo cristiano. Los pensadores seculares como Grayling rechazan la idea de la providencia, pero siguen pensando que la humanidad avanza hacia un objetivo universal: una civilización fundada en la ciencia que a la larga incluirá a la especie entera. En la Europa precristiana la vida humana se concebía como una serie de ciclos, y la historia era considerada trágica o cómica antes que redentora. Con la llegada del cristianismo se empezó a creer que la historia tenía una meta predeterminada que era la salvación humana. Aun cuando suprimen el contenido religioso, los humanistas seculares siguen aferrándose a creencias de este tipo. No es que queramos privar a nadie del consuelo de la fe, pero resulta obvio que la idea de progreso en la historia es un mito gestado por la necesidad de sentido.
El problema con la narrativa secular no radica en el supuesto de que el progreso es inevitable (en muchas versiones, no existe este supuesto). El problema radica en creer que el tipo de avance que se ha logrado en la ciencia puede ser reproducido en la ética y la política. De hecho, aunque el conocimiento científico aumente por acumulación, nada parecido sucede en la sociedad. La esclavitud fue abolida en gran parte del mundo durante el siglo xix, pero regresó en una escala mayúscula con el nazismo y el comunismo, y aún existe hoy. La tortura fue prohibida en convenciones internacionales celebradas después de la Segunda Guerra Mundial, sólo para ser adoptada como un instrumento político por el régimen liberal más importante del mundo a principios del siglo xxi. La riqueza ha aumentado, pero ha sido reiteradamente destruida en guerras y revoluciones. La gente vive más y se mata entre sí en mayor número. El conocimiento aumenta, pero los seres humanos permanecen iguales.
La creencia en el progreso es una reliquia de la visión cristiana de la historia como una narrativa universal, y un ateísmo intelectualmente riguroso comenzaría por ponerla en cuestión. Eso es lo que hizo Nietzsche cuando desarrolló su crítica al cristianismo a finales del siglo xix, pero casi ninguno de los misioneros seculares de hoy ha seguido su ejemplo. Uno no tiene que ser un gran admirador de Nietzsche para preguntarse por qué sucede esto. La razón, sin duda, estriba en que él no asumió ningún vínculo entre el ateísmo y los valores liberales; por el contrario, consideraba dichos valores como un retoño del cristianismo y los condenaba en parte por la misma razón. En contraste, los ateos evangélicos se han asumido como defensores de los valores liberales, rara vez investigan de dónde provienen dichos valores y nunca aceptan que la religión pudo haber contribuido a su gestación.
De entre los contendientes antirreligiosos contemporáneos sólo el escritor francés Michel Onfray ha tomado a Nietzsche como punto de partida. En algunos sentidos, En defensa del ateísmo, de Onfray, es superior a cualquier publicación en lengua inglesa sobre el tema. De manera refrescante, Onfray reconoce que el ateísmo evangélico es una imitación involuntaria de la religión tradicional: “Muchos militantes de la causa secular se parecen asombrosamente al clero. Lo que es peor: parecen caricaturas del clero.” Onfray comprende la influencia formativa de la religión sobre el pensamiento secular con mayor claridad que sus pares anglosajones. Sin embargo, parece no darse cuenta de que los valores liberales que da por sentados fueron moldeados en parte por el cristianismo y el judaísmo. Los teóricos liberales de la tolerancia más importantes son John Locke, que defendía la libertad de culto en términos explícitamente cristianos, y Baruch Spinoza, un racionalista judío que también era un místico. No obstante, Onfray no muestra sino desprecio por las tradiciones de las que estos pensadores surgieron, en particular por el monoteísmo judío: “No tenemos un certificado oficial de nacimiento para la veneración de un solo Dios”, escribe. “Pero la línea de parentesco está clara: los judíos lo inventaron para hacer perdurar la coherencia, la cohesión y la existencia de su pequeño y amagado pueblo.” Aquí, Onfray pasa por alto una importante distinción: quizá sea cierto que los judíos desarrollaron primero el monoteísmo, pero el judaísmo nunca ha sido una fe misionera. En la medida en que busca la conversión universal, el ateísmo evangélico está del lado del cristianismo y del islam.
Con el descontento actual en torno a la religión se ha olvidado que durante el pasado siglo la mayor parte de la violencia basada en la fe fue de naturaleza secular. Hasta cierto punto, esto también es cierto de la actual ola de terrorismo. El islamismo es un amasijo de movimientos; no todos son violentamente yihadistas y algunos se oponen con vehemencia a Al Qaeda, pero la mayoría son un tanto fundamentalistas y buscan recuperar la pureza perdida de las tradiciones islámicas tomando al mismo tiempo algunas de sus ideas directrices de una ideología secular radical. Existe un cierto discurso en boga sobre el islamofascismo, y los partidos islamistas tienen efectivamente algunos rasgos en común con los movimientos fascistas de entreguerras, incluido el antisemitismo. Sin embargo, los islamistas le deben mucho a la extrema izquierda, y sería más preciso referirse a muchos de ellos como islamoleninistas. La genealogía de las tácticas islamistas de terror también se remonta a los movimientos revolucionarios. Las ejecuciones de rehenes en Iraq son copias teatrales exactas y detalladas de los “tribunales revolucionarios” europeos de la década de los setenta, como el que montaran las Brigadas Rojas al asesinar en 1978 al ex primer ministro italiano Aldo Moro.
La influencia de los movimientos revolucionarios seculares sobre el terrorismo se extiende más allá de los islamistas. En Dios no es bueno Christopher Hitchens apunta que, mucho antes de Hezbolá y Al Qaeda, los Tigres Tamiles de Sri Lanka fueron los precursores de lo que él acertadamente llama la “repugnante táctica del suicidio homicida”. Hitchens omite mencionar que los Tigres son marxistaleninistas que, al tiempo que reclutan hombres principalmente entre la población hindú de la isla, rechazan la religión en todas sus variantes. Quienes cometen los atentados suicidas en este grupo no se dirigen hacia la muerte con la creencia de que serán recompensados en algún paraíso póstumo. Tampoco creían esto los suicidas que expulsaron a las fuerzas francesas y estadounidenses del Líbano en la década de 1980, la mayoría de ellos pertenecientes a organizaciones de izquierda como el Partido Comunista Libanés. Estos terroristas seculares creían que estaban acelerando un proceso histórico del que surgiría el mejor mundo que haya existido jamás. Esta es una visión de las cosas más distante de las realidades humanas y más infaliblemente letal en sus consecuencias que la mayor parte de los mitos religiosos.
No es necesario creer en ninguna narrativa del progreso para pensar que vale la pena defender con tesón a las sociedades liberales. Nadie puede poner en duda que son superiores a la tiranía impuesta por los talibanes en Afganistán, por ejemplo. Este asunto es de gran relevancia. El islamismo, plagado de conflictos y sin la base industrial del comunismo y el nazismo, está muy lejos de representar un peligro de la magnitud de aquellos superados durante el siglo xx. Corea del Norte, que sobrepasa por mucho a cualquier régimen islamista en su historial de represión y que claramente posee algún tipo de capacidad nuclear, representa una amenaza mucho mayor. Los ateos evangélicos rara vez la mencionan. Hitchens constituye una excepción, pero cuando describe su visita al país, sólo es para concluir que el régimen encarna “una forma degradada y, sin embargo, refinada, del confucianismo y el culto a los ancestros”. Como en el caso de Rusia y China, la noble filosofía humanista del marxismoleninismo es inocente de toda responsabilidad.
Al escribir sobre la secta trotskistaluxemburguista a la que alguna vez perteneció, Hitchens confiesa con tristeza: “Hay días en que extraño mis viejas convicciones como si de un miembro amputado se tratase.” No debería preocuparse: su actuación en el tema de Iraq demuestra que no ha perdido la voluntad de creer. El resultado de la invasión encabezada por Estados Unidos ha sido la entrega de la mayor parte del país fuera de la región kurda a una teocracia islamista electiva en la que las mujeres, los homosexuales y las minorías religiosas están más oprimidos que nunca en la historia de Iraq. La idea de que este país pudiera convertirse en una democracia secular –una idea promovida impetuosamente por Hitchens– fue posible sólo como un acto de fe.
En The Second Plane Martin Amis escribe: “La oposición a la religión es de por sí superior, intelectual y moralmente.” Amis está convencido de que la religión es mala, y de que no tiene futuro en Occidente. Tratándose del autor de Koba el Temible / La risa y los Veinte Millones –un examen forense del autoengaño entre la intelligentsia occidental pro soviética– tal confesión resulta sorprendente. Esos intelectuales cuya locura Amis disecciona se convirtieron al comunismo en cierto sentido como un sustituto de la religión, y terminaron inventando excusas para Stalin. ¿En verdad no existen locuras comparables? Algunos neoconservadores, como Tony Blair, que pronto estará enseñando política y religión en Yale, combinan su progresismo beligerante con sus creencias religiosas, creencias, empero, que Agustín o Pascal difícilmente reconocerían. La mayoría de estos hombres son utopistas seculares que justifican la guerra preventiva y transigen en el empleo de la tortura como si esto nos llevara a un futuro radiante en el que la democracia fuera universalmente adoptada. Incluso en la cima de Occidente, la política mesiánica no ha perdido su peligroso encanto.
La religión no se ha ido. Reprimirla es como reprimir el sexo: una empresa fallida. En el siglo xx, cuando estuvo al mando de Estados poderosos y de movimientos de masas, ayudó a gestar el totalitarismo. Hoy el resultado es un clima de histeria. No todo en la religión es precioso ni merece reverencia. Hay en ella un legado de antropocentrismo –esa horrible fantasía de que la Tierra existe para servir a los humanos– que casi todos los humanistas comparten. Y está también la pretensión de las autoridades religiosas, que es la misma de los regímenes ateos, de determinar la manera en que las personas expresan su sexualidad, controlan su fertilidad y terminan su vida, algo que debería ser rechazado categóricamente. A nadie debería permitírsele restringir la libertad de esta manera, y ninguna religión tiene el derecho de romper la paz.
El intento de erradicar la religión sólo conduce a su reaparición en formas grotescas y degradadas. Una creencia ingenua en la revolución mundial, la democracia universal o los poderes ocultos de los teléfonos móviles es más ofensiva para la razón que los misterios de la religión, y tendrá menos probabilidades de sobrevivir en los próximos años. El poeta victoriano Matthew Arnold escribió sobre los creyentes que quedan inermes cuando la marea de la fe se repliega. Hoy la fe secular se está replegando, y son los apóstoles del descreimiento los que han quedado varados en la costa. ~
Traducción de Marianela Santoveña
Comentado por: copia/pega el 01/4/2009 a las 23:39
buenos días, señor,
quiero pedirle que me dé su opinión sobre el suiguiente asunto. Un grupo de estudiantes y yo estamos enrolados en un taller de creación y queremos recabar qué consideran profesionales como usted sobre la siguiente proposición:
¿qué se aportan mutuamente el periodismo y la literatura?
mi correo es javier.fraiz@gmail.com
Comentado por: jfraiz el 01/4/2009 a las 14:44
Comentado por: vic el 01/4/2009 a las 14:39
Ese detalle de caridad por tu parte es prueba de que los chocolates trapenses te van dulcificando. A lo mejor ese suplemento de azúcar te permite incluso llegar un día al siglo XX. Ánimo.
Comentado por: el abad del seminario de cartujos el 01/4/2009 a las 12:31
Obama es un hombre feliz gracias a Michelle, ví cómo la cogía por las caderas al subir el avión. !Qué mujer más potente!(dice que está algo acomplejada por la anchura de sus caderas y sin embargo creo que es justo el punto que la convierte en una señora sobresaliente) Si te metes en la cama con Michelle estás toda la noche empalmado y así al levantarte puedes abordar los problemas con un punto de entusiasmo y optimismo.Hegel??? Hegel para otro día.
Comentado por: Lorenzo Urdiales el 01/4/2009 a las 11:06
al cartujano...'mi arma, pintó de loza',
sí, lo hago exclusivamente pensando en ud., que lee...sms
saludos
Comentado por: vic el 01/4/2009 a las 11:05
Comentado por: el abad del seminario de cartujos el 01/4/2009 a las 10:10
Quizá uds. hayan tenido ya el placer de leer el último libro de Ferlosio 'God & Gun'. Pues bien, en los primeros libros del libro, trata, como viene siendo costumbre en el autor, el tema de la Historia Universal. Desde el famoso libro de Hegel sobre la materia va glosando pequeños extractos y analizando diversas cuestiones. Ferlosio pone en solfa el concepto, pero de manera, a mí entender, confusa, mezclando diversas cosas. La concepción hegeliana de la historia universal se encuentra dentro de su filosofía de la Idea; es por ello, 'idealista'. Este concepto tiene, evidentemente, diferente realidad, para Hegel o para los historiadores que cita Hegel o el propio Ferlosio, aunque sirvan de soporte a las tesis de ambos. Esto es, para Polibio o Tito el concepto no es el hegeliano, pues Hegel lo considera, además esto es sabido, dentro de una 'arquitectura filosófica' o mejor, dentro de una 'mole filosófica' peculiar. La suya. Pero F. parece que trata de poner bajo el mismo paraguas al concepto hegeliano, al concepto polibiano y a la realidad como materia prima de la Historia Universal. Pero lo confuso viene de considerar la acción humana como seguidora de los dictados del concepto Historia Universal, con todos los desmanes que según F. comporta, y no como, si se quiere, explicación a posteriori de estos acontecimientos. Es decir, pone el carro antes que los bueyes aunque a veces también pone los bueyes antes que el carro. Esto es así y se observa, sobre todo, cuando habla del Sentido. Para F. el Sentido sería lo que la Historia paga al pobre hombre sufriente como compensación. Aunque hay que decir que llega a éste mediante el puro acto humano y el acontecer previo a lo que sea la Historia universal. Claro, porque la víctima que busca sentido a su catástrofe lo hace cuando ésta ha pasado pero todavía no ha sido escrita, ni ha sido bautizada como histórica e hija de la Historia Universal, o , al menos, la víctima no tiene plena conciencia de ello. Luego, o entonces el Sentido de F. tiene diferente significado, sea si se considera el de la víctima que pregunta:”¿Por qué a mí?”, sea si se pregunta directamente a la Historia Universal, o la confusión es total. Pero la pregunta parece, obviamente, que no se hace a la Historia Universal directamente, luego la tesis de F. hace aguas. Es la elaboración posterior que sirve de explicación lo que le da entidad. Por tanto, el altar sacrificial de la Historia Universal no es de la misma naturaleza que el altar de la Providencia, ambos altares son distintos, uno es de más entidad ontológica que el otro pues es a-histórico. La falacia o desliz de F. consiste en caer en la identificación de ambos, pero si hubiese escrito cómo la psicología de la víctima actúa, hubiésemos notado que el Sentido debe ser algo que escape a la temporalidad, al menos de las cortas vidas humanas, ha de ser a-histórico para poder referir su catástrofe temporal a algo seguro, salvífico, que no rige el tiempo. Además, el Sentido no es un contrapeso o compensación o pago, como F. deduce de un texto de Hegel, pues el Sentido de la Historia es tener un fin donde la historia de la criatura no cuenta, por tanto, más que una compensación sería una mala compensación o un contrato de adhesión, como los de la luz o el teléfono. Pero si se pretende hablar del Sentido (existencial) de la vida, que dé explicaciones a los aconteceres adversos, estén o no enmarcados en la Historia universal, que sufre la criatura, este Sentido no es tampoco una compensación o un contrapeso como se observa, por ejemplo, en la historia bíblica de Jeremías. El Sentido de la Providencia, el profundo sentido, es precisamente un Sin-Sentido, de ahí lo fundamental de la fe, el no conocer los designios divinos, el dejarse padecer con fe en su Dios. Es esto lo que pretende la enseñanza bíblica. Además, el Sentido providencial es un sentido, muchas veces, como aparece en las Escrituras, personal; Dios se aparece en vidas anodinas y particulares y no en la Historia Universal como regidor o conductor.
Si la tesis de F. se quedara en que Hegel piensa sobre la Historia Universal de tal modo y que Polibio lo hace de tal otro, y mostrara sus puntos confluyentes y sus puntos divergentes al respecto, pues, sería una academicismo más, y bien; lo que sucede es que F. pretende que esta concepción, o mejor, que su concepción de la Historia Universal marca, a fuego de Dominación, la vida de los hombres y es ésta, podríamos decir, reo moral; vamos, que es culpable, en parte al menos, del sufrimiento humano, cosa que para mí, 'non sequitur'. El salto de lo 'ideal' a lo real lo pega F. porque quiere.
saludos
Comentado por: vic el 01/4/2009 a las 09:15
Señores, hay otro problema, y más grave, a mi entender. En Inglaterra el talento es valorado. Puede ser que no consigas el puesto de trabajo al que aspiras, pero, como mínimo, el talento es valorado.
Aquí no. El talento da miedo, porque amenaza a los ineptos que, por enchufismo o por oportunistas, han conseguido un estatus que no les correspondería en un país normal. Acoso y derribo al "talentoso", más una dosis de envidia, un pecado capital muy nuestro.
Recuerden las palabras del palurdo carnicero Millán Astray : "Muera la inteligencia".
Somos un país de arribistas.
Comentado por: escoin el 31/3/2009 a las 20:00
Pues no sé... No me hubiera extrañado nada que hubiera puesto sobre el Sr. Arroyo lo mismo que sobre el Sr. Beicon y se quedara tan a gusto. De este tío me espero cualquier cosa, y le reirán las gracias igualmente ponga lo que ponga. Y empalmar a Mr. Arroyo con los planes de estudios ya me parece el descojone. Las comparaciones son odiosas. Si están cogidas por los pelos, ya no te digo.
Comentado por: PITER CANTHROPO el 31/3/2009 a las 14:45
No se preocupe, D. Felix, Parece ser que en el Reino Unido tambien cuecen habas. Hace unos dias escuchaba en la BBC hablar sobre un plan de estudios británicos en el que se propone que los niños dejen de estudiar la época victoriana o la Primera Guerra Mundial y en cambio sean instruidos sobre Twitter y Facebook.
Aparte del hecho evidente de que cualquier mocoso de doce años sabe más sobre estos asuntos que cualquiera de sus profesores, ¿ No se le ha ocurrido al promotor de la brillante idea que portales como Facebook o Twitter son the flavour of the month y que probablemente para cuando el plan se ponga en marcha habrán sido sustituido por otros?
Tiene alguien todavía un avatar en second life? Hace poco tiempo, escuchaba a otros tantos iluminados hablar en el mismo medio de Second Life como una oportunidad de negocio nueva y supe de pirados del medio que invirtieron todas las libras de sus ahorros en adquirir restaurantes y bares de alterne virtuales en Second Life.
Leí en algún sitio que en el colmo del ridículo se llegaron a montar manifestaciones virtuales en éste portal. ¡Se podrá también pedir limosna virtualmente a la puerta de tu local de alterne virtual?
Comentado por: Pablo Velarde el 31/3/2009 a las 13:47
Consejo: leer, ver o escuchar al Sr. Arroyo. Un placer para los sentidos. Prodígese más, estarmemos esperando ...
Comentado por: reader el 30/3/2009 a las 22:58
"Lo del talento es misterioso. Hay en Inglaterra tantos cabestros como en España,..Sin embargo, el área de gente con talento sigue teniendo una densidad homérica."
¿Las ventajas de utilizar desde el año 1249 un plan de estudios muy parecido al Plan Bolonia?
Comentado por: Never Mind the Bollocks el 30/3/2009 a las 19:06
Comentado por: Maurice Jarre, in memoriam el 30/3/2009 a las 16:36
Comentado por: c.m. el 30/3/2009 a las 15:41
Si tienen el gusto por los artistas pop, irónicos, de decir en voz baja las cosas importantes en las que no se suele reparar, me gustaría recomendarles que buscasen en la Red el blog de Micharmut y que lo recorriesen sin prisa.
Comentado por: j. el 30/3/2009 a las 15:25
Comentado por: albert el 30/3/2009 a las 12:52
Félix de Azúa nació en Barcelona en 1944. Doctor en Filosofía y catedrático de Estética, es colaborador habitual del diario El País. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Edgar en Stephane, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Las lecciones de Jena, Las lecciones suspendidas, Ultima lección, Mansura, Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Cambio de bandera, Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su obra ensayística es amplia: La paradoja del primitivo, El aprendizaje de la decepción, Venecia, Baudelaire y el artista de la vida moderna, Diccionario de las artes, Salidas de tono, Lecturas compulsivas, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas , Esplendor y nada y La pasión domesticada. Los libros recientes son Ovejas negras, Abierto a todas horas y Autobiografía sin vida (Mondadori, 2010). Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis.
La nueva edición del Diccionario de las artes (Debate, 2011) se amplía en más de cien páginas y corrige todas las entradas anteriores.
Ensayo
Contre Guernica, Prefacio para Antonio Saura (2008). Archives Antonio Saura, Genève.
La pasión domesticada (2007). Abada, Madrid.
Ovejas negras (2007), Bruguera, Barcelona.
Cortocircuitos. Imágenes mudas (2004). Abada, Madrid.
La invención de Caín (1999). Alfaguara, Madrid.
Baudelaire y el artista de la vida moderna (reedición) (1999). Anagrama, Barcelona.
Lecturas compulsivas. Una invitación (1998) Anagrama, Barcelona.
Salidas de tono (1996). Anagrama, Barcelona.
Diccionario de las artes (1995). Planeta, Barcelona.
Baudelaire y el artista de la vida moderna (1992). Pamiela, Pamplona.
Venecia (1990). Planeta, Barcelona.
El aprendizaje de la decepción (1989). Pamiela, Pamplona.
La paradoja del primitivo (1983). Seix Barral, Barcelona.
Conocer a Baudelaire y su obra (1978). Dopesa, Barcelona.
Novelas y prosa literaria
Autobiografía sin vida (2010). Mondadori, Barcelona.
Abierto a todas horas (2007). Alfaguara, Madrid.
Esplendor y Nada (2006). Lector, Barcelona.
Momentos decisivos (2000). Anagrama, Barcelona.
Demasiadas preguntas (1994). Anagrama, Barcelona.
Cambio de bandera (1991). Anagrama, Barcelona.
Diario de un hombre humillado (1987). Anagrama, Barcelona.
Historia de un idiota contada por él mismo, o el contenido de la felicidad (1992), Anagrama, Barcelona.
Mansura (1984). Anagrama, Barcelona.
Última lección (1981). Legasa, Madrid.
Las lecciones suspendidas (1978). Alfaguara, Madrid.
Las lecciones de Jena (1972). Barral E., Barcelona.
Relatos
"Quien se vio", Tres cuentos didácticos (1975). La Gaya Ciencia, Barcelona.
"La venganza de la verdad" (1978). Hiperion nº1, Madrid.
"Herédame" (6 y 7 agosto 1985). El País, Madrid.
"El trencadizo", con grabados de Canogar (1989) Antojos, Cuenca.
"La pasajera" (18 nov. 1990). El País, Madrid.
"La resignación de la soberbia", Los pecados capitales (1990). Grijalbo, Barcelona.
El largo viaje del mensajero (1991) Antártida, Barcelona.
Cuentos de cabecera ("La pasajera" y "La segunda cicatriz") (1996). Planeta NH.
"El padre de sus hijos" (1998). Barcelona, un día, Alfaguara, Madrid.
"La verdad está arriba" (1998). Turia, Teruel.
Poesía
Última Sangre. Poesía 1968-2007 (2007). Bruguera, Barcelona.
Poesía 1968 1988 (1989). Hiperion, Madrid.
Farra (1983). Hiperion, Madrid.
Siete poemas de La Farra, con un grabado de A. Saura (1981). Cuenca.
Poesía 1968 78 (1979). Hiperion, Madrid.
Pasar y siete canciones (1977). La Gaya Ciencia, Barcelona.
Lengua de cal (1972). Visor, Madrid.
Edgar en Stéphanie (1971). Lumen, Barcelona.
El velo en el rostro de Agamenon (1970) El Bardo, Barcelona.
Cepo para nutria (1968). Madrid
1987 Premio Anagrama de Novela.
2000 Premio a la cultura "Sebetia-Ter" del Centri di Studi di Arte e Cultura di Napoli".
2001 Premio a la tolerancia de la "Asociación por la Tolerancia", Barcelona.
13/2/2012 22:15
Es curioso que un economista con...
Publicado por: ¿el cp es de la C.I.A o de la T.I.A.? (la agencia de inteligencia de Mortadelo)
13/2/2012 20:43
Suscribo el 100% del artícuo....
Publicado por: Pablo
13/2/2012 20:27
Publicado por: cp cabalga de nuevo
13/2/2012 20:21
no entiendo mucho de clases pero...
Publicado por: a.
13/2/2012 19:23
Cabeza hueca, denigrador de...
Publicado por: y quién maneja mi barca
13/2/2012 18:52
"...para que la gente no se...
Publicado por: bananera tu madre, barquerillo hortera
13/2/2012 17:11
Marinaleda es una población de...
Publicado por: de cuyo nombre no quiero acordarme
13/2/2012 16:39
Publicado por: y quién maneja mi barca
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Una vez le preguntaron a El...
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Juliano, Del mismo modo que...
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