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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 18 de noviembre de 2018

 Blog de Félix de Azúa

Cuando la luz oscureció la tierra

Hay en el norte de París una catedral truncada de la que sólo queda el ábside y parte del transepto. Es, sin embargo, el mayor edificio de su tiempo y sigue siendo uno de los fracasos más admirables del arte de la construcción. Tanto quisieron subir los muros que la nave central se derrumbó una y otra vez con el eco ominoso de Babel. Los templos góticos crecieron en menos de cien años como leves jaulas de vidrio por cuyas vidrieras entraba en haces la luz solar teñida de azul, rojo y amarillo. El interior del templo sufrió una enorme sacudida y los rayos tintados fueron expulsando geniecillos, demonios y otras potencias mágicas que aún tenían sus nidos en las covachas y hornacinas.

Eran demonios muy disminuidos que a lo largo del medievo habían pululado en las severas fábricas románicas. Allí, en la más completa tiniebla, se les pudo ver entre cirios y velones, a una lumbre engañosa que disimulaba sus rasgos paganos. Aquellos duendes y demonios habían resistido la persecución cristiana acomodados a las estatuas de los santos locales, de las vírgenes salutíferas, de los mártires de nombre ignoto, como San Protasio, en cuyas vísceras se ocultaba Pólux. Los creyentes, que habían aceptado con entereza que Diana o Selene cambiaran de hábito y ahora se cubrieran con una toca (siempre que siguieran protegiendo la fertilidad de las hembras o la salud del ganado), llevaban mil años conviviendo con brujas y magos en armonía sólo quebrada de vez en cuando por una pira en la que ardían algunos ciudadanos cuyo sacrificio era ineludible para seguir viviendo entre hechiceras y adivinos.

/upload/fotos/blogs_entradas/saintdenisinterior_med.jpgTodo se vino abajo cuando el obispo Suger, abad de Saint-Denis (cementerio de la corona de Francia, jardín pétreo de capetos y borbones que aún hoy sobrecoge), con el cerebro fulminado por un libro que él creía de Dionisio Areopagita, concibió una idea impía. A semejanza del emperador Constantino, vio como un mandato del cielo que los ennegrecidos templos de la cristiandad en los que sólo lucía el pabilo de las velas, recibieran una explosión de luz purificadora, para lo cual debía adelgazar los muros y sustituir la piedra por vidrio coloreado, de manera que el fuego divino limpiara de trasgos la casa de la Verdad. La Verdad, pensaba Suger, ha de ser visible, sin opacidades, clara, pura luminosidad, la Verdad quiere ante todo ver y verlo todo. Con esta ofuscación solar comenzó el inevitable camino hacia las luces.

Hasta entonces, en el interior de las ermitas heladas entre glaciares, en las abadías de la sierra alpina o en los monasterios festoneados por la viña, apenas había nada para ver. O mejor dicho, estaba todo por ver. En invierno y en días de oscuridad, sólo la vacilante candela y quizás una sombra lechosa de alabastro, o un oro del altar, pero en verano, con los portones abiertos y días de grandísima bonanza, se seguía por los muros la novela de Cristo, su vida como mago milagrero y su muerte, condenado a la tortura por su gente, sus vecinos, lo que luego se llamará "la sociedad", la cual no soporta que alguien intente cambiar las costumbres, las manías, el orden cotidiano que no da la felicidad pero permite sobrevivir sin pensamiento.

Entonces los templos comenzaron a crecer en altura y su interior se vio animado por el fulgor de los topacios, de los rubíes, de las esmeraldas, de las turquesas, el bordado en oro de las capas pluviales, los báculos preciosos, las ricas mitras, el terciopelo de los príncipes y el acero bruñido de los condestables. El pueblo, que había acudido al templo durante mil años buscando la vieja magia pagana acogida al vientre de una Santa María o sobre los hombros de un San Cristóbal, ya no tuvo mirada más que para aquella mundana grandeza, aquella visión de la eficacia unida a la razón, la fuerza y la verdad. Ordenados por jerarquía, los ricos burgueses se vigilaban los borceguíes y las chupas genovesas, mientras sus esposas esquinaban tras el velo o la cofia una mirada aguda hacia las hijas en flor. A medida que retrocedíamos hacia el pórtico, grupos cada vez más pobres abrían sus ojos cautivados por el hechizo de los príncipes. Insidioso, por los oídos les penetraba un sutil fuego celeste: la aérea y sublime tracería gótica de las voces, del órgano, del laúd, que inundaba con lluvia angélica el cerebro de cereal. Así el mundo cobraba un sentido nuevo, más externo, claro y luminoso, más apartado de aquel mundo antiguo pegado a la cerrada tierra donde esperan los muertos.

Aún faltaba lo peor. A la iniquidad de cambiar antiquísimos y poderosos demonios por febles santos, y la intimidad absorta del mortal por los espectáculos sociales, hubo de unirse la destrucción final del lugar mismo de la magia pagana, el templo (aquella madriguera de los mortales en la tierra oscura), que sería sustituido por una gramática visual abstracta y traslaticia.

Hay un glorioso capítulo en el generalmente pelmazo John Ruskin, donde abomina de la arquitectura renacentista con palabras que podrían salir de la boca de un profeta veterotestamentario con el estómago hinchado de langostas y alacranes. Viene a decir Ruskin que mientras la construcción estuvo en manos de los maestros de obra, mientras se fabricó de un modo práctico, los edificios tuvieron la dignidad del trabajo humano. Las iglesucas románicas, incluso la más humilde, tenían la perfección de la labor agrícola y las piedras se ordenaban como surcos en el campo bien arado. Todavía los templos góticos fueron construidos a mano, por así decirlo, tanteando las cargas y los pesos, escapando por los pelos cuando caían. Porque siempre caían y entonces se rebajaba la carga y volvían a cepillar los carpinteros su viguería y los estereótomos a cortar sillares. Por eso en Beauvais sólo queda un tronco de catedral, lo que perduró tras múltiples derrumbes de las naves, zona del pueblo. Se conservó el ábside porque es zona noble, aún prodigiosamente noble.

Sin embargo, dice Ruskin, llegó un momento inicuo, un ataque de gravísima impiedad en el que la construcción ya no se llevó a cabo tanteando y dejando que los muros cayeran cuando no aguantaban la carga, sino mediante el cálculo sistemático de una forma ideal. Fatal giro que arrasó un modo de vivir de los mortales desde las cuevas de Chauvet y Altamira. Ya no volverían a habitar acomodados a la materia que regala la tierra, en fraternidad con piedras, maderas, metales, e incluso con el ganado y las plantas impregnadas de droga salvadora, pastoreados por demonios y magos. A partir de ese momento (momento inicuo que da comienzo a lo que llamamos "la era moderna") los humanos iban a tratar de vivir en el hueco de una gramática calculada, segura, constatable e independiente del lugar, como arrancada de la tierra y suspendida en el aire. /upload/fotos/blogs_entradas/pin_33_med.jpgLa construcción ahora podía ser de piedra y madera, pero también de vidrio, de titanio, de plástico, de papel, de acero o de tela. Siendo lo esencial la forma teórica, el material con que se construya carece de importancia y los gramáticos serán quienes decidan cuándo una puerta, un arco, una ventana o una cubierta es aceptable o no lo es.

En unos años atroces, los de la Italia del siglo XV, se arrancará de la tierra una abstracción llamada "espacio". Brunelleschi levantará una cúpula que niega la gravedad y es pura teoría visible. De Alberti a Piero aparece completa la integridad de un espacio perfecto y perspectivo, sin relación con la densidad terrestre, liberado de la materia y la decadencia, extirpado de la vida mortal, lanzado a la eternidad que habían inaugurado las cabezas de caballo en la cueva paleolítica de Chauvet. Ahora ya podíamos fabricar casas en serie y adosados.

Artículo publicado en: El País, 12 de octubre de 2008.

[Publicado el 13/10/2008 a las 10:30]

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Comentarios (18)

  • Peña hortera: Habla de lo tuyo, de las bravas y los mejillones, de los pinchos de tortilla y las cañas. No tienes ni p... idea. Sí, las iglesias del románico son oscuras en extremo y el gótico (término impreciso donde los haya) se confunde con el renacimiento. Meras etiquetas orientativas.

    Comentado por: El arte de callar (Dinouart) el 29/10/2008 a las 21:08

  • Es cierto que durante el románico se construyó con el método del ensayo y error hasta que posteriormente fueron perfeccionándose los cálculos. El mismo Brunelleschi, que no era arquitecto, sino orfebre, insistió en ello hasta que finalmente le salió esa maldita cúpula.

    Lo único que no encuentro atractivo en su artículo es la comparación entre la perfección constructiva del mal llamado gótico (¿para cuándo un término correcto? Siempre se está a tiempo de corregir) y la arquitectura contemporánea. Yo por mi parte defiendo la tesis de Otto von Simson: la catedral surge como búsqueda de la luz (aparte claro está de la expresión del poder real, esto es, de los capetos, que Suger facilita).

    Saludos, don Félix.

    Comentado por: Klemperer el 16/10/2008 a las 15:46

  • Por favor, se necesita un teólogo.

    Comentado por: Prego el 16/10/2008 a las 08:36

  • Mein Herr, no mezcle usted las personas de la Trinidad:

    1 - De las tres partes, es Dios Padre quien representa a la ciencia (mejor dicho, el problema de la naturaleza, la física, la materia y la energía).
    2 - Jesús no es exactamente la mortalidad, sino la parte mortal, la parte humana si quiere (en el sentido de “la menos divina”) de la Trinidad. De hecho representa el problema de los hombres, el orden de la polis, la justicia.
    3 – Claro está que ambos son uno. Y eso es porque están unidos por el pegamento del Espíritu Santo, que es quien representa el problema de cómo el logos, la inteligencia, es el único arma de que disponemos para que nos saque de ambos atolladeros.

    En otras palabras: según el cristianismo (y según todas las religiones poco más o menos, sólo que cada una pone más el acento en un aspecto u otro) al hombre le acucian dos problemas principales: encontrarse en armonía con su entorno natural, y con su entorno social. Y sólo tiene su inteligencia para bregar con ambos.

    En el Renacimiento*, con el despegue de la experimentación y el cálculo, a la vez que enferma gravemente el Padre, lo hace también el Espíritu. Cuando digo que "enferman gravemente" me refiero a que ambos comienzan a mutar de estado: dejan de ser divinidades para comenzar un viaje de vuelta del cielo a la tierra. Los vamos matando en tanto que significantes, porque a sus significados les ponemos otros nombres: Naturaleza y Logos, respectivamente.

    El único miembro de la Trinidad que todavía no ha vuelto a la tierra es el segundo. Seguimos llamándole Jesucristo cuando deberíamos llamarlo Democracia.

    Y es que no se nos termina de meter en la cabeza que no hay justicia ni orden divino para la cuestión de la convivencia entre personas, que estamos rematadamente solos también en eso. Intentamos aplicar el logos, por supuesto, claro, como a todos los demás problemas, pero... es aquí donde menos eficaz nos resulta, aquí las emociones pueden más que el logos.

    *(PD. El Renacimiento habría comenzado en el siglo XIII de no haber sido por la peste negra; los avances científicos que comenzaron en el siglo XIII todavía no estaban maduros para contener un desastre semejante, y Europa hubo de esperar al siglo XV para retomar ese camino. Lo cual no significa que lo que empezaba a ocurrir en el siglo XIII no responda a la misma “lógica” renacentista).

    Comentado por: provoqueen el 15/10/2008 a las 19:00

  • Protesto contra la oposición fácil que hace Félix de gótico con románico (la iglesia de la antigua de Valladolid parece románica aunque es pura finura, y la de Mallorca es una mole abrumadora, y antes de que le abrieran vitrales al restaurarla a principios del XX debía parecer una cueva lóbrega e infame del tipo del ministerio de sanidad). Me parece que a partir de una hipótesis algo traída por los pelos hace un razonamiento muy resultón y elegante, pero un poco arbitrario... me le imagino diciendo lo mismo a partir de una oposición entre visigótico y románico o entre griego y romano...
    Jesús no es la mortalidad, Provoqueen, sino la entrada en la religión de la razón, la escolástica, el sentido común... el logos hecho hombre: la ciencia. Previamente había mitología, nunca teología. Xto significa que la mitología pasa a ser folklore. Supone el final del panteón de dioses, demones y demás, incontable, siempre abierto, necesariamente cíclico.

    Comentado por: otto pennimann el 15/10/2008 a las 16:16

  • Precioso artículo, Félix. Y precioso título.

    El camino de las luces es lo que tiene, que no trae más que decepciones. Siempre supone de algún modo la pérdida de la inocencia, la muerte de algún dios. Por cierto, eso me recuerda que tengo que releer "el aprendizaje de la decepción".

    Lo curioso es que quien empieza a agonizar en el Renacimiento sustituido por la ciencia, y a quien Nietzsche da el ‘coup de grâce’ tres siglos después, sea Dios Padre, mientras que quien queda vivo es justamente el otro, el dios "nasío pa morir" (que, claro, tratándose de un dios-hombre no podía ser más que mortal...)

    Por eso, Félix, discrepo (y perdonen lo mucho que me re-re-repito), en lo de que a Jesús lo mataran los suyos por no soportar al diferente, al que viene a cambiar las costumbres. Si así fuese, en estos tiempos de mestizaje, el cristianismo (la figura de Jesús, quiero decir) ya estaría re-muerto. Creo que los tiros van por otro lado. Creo que lo que no soportaban sus congéneres era eso, que fuera su congénere, hombre al mismo tiempo que dios. Que no fuera un dios auténtico, que fuese sólo un semi-dios, en vez de ser omnipotente como su padre que ése sí que era un dios como dios manda (valga la redundancia).

    Creo que la fuerza que todavía tiene la figura de Jesús (y lo que le queda) viene a decirnos, entre otras cosas, eso: que los dioses tienen un ciclo de vida X, generalmente largo, pero milenio arriba milenio abajo, todos terminan muriendo, hasta los más poderosos. Sin embargo, nuestra mortalidad… ¡ay! si hay algo que no puede morir, es la mortalidad.

    Comentado por: provoqueen el 14/10/2008 a las 21:11

  • Cuanto más habla don Félix, más hecho en falta a José María Valverde.

    Comentado por: Mercedes el 14/10/2008 a las 13:59

  • San pedro de la Nave, Zamora, visigótica, siglo VII. Maravilla.
    Está perfecta, pero de alguna manera muerta, o vacía: la desmontaron y trasladaron dos kilómetros en 1930, cuando construyeron la presa del Esla. Los duendes y demonios que se agazapaban en las sombras huyeron espantados, como las cochinillas y escolopendras que uno sorprende al levantar una piedra en el campo. Quizás algunos regresen con el tiempo, pero maltrechos y debilitados, humillados por el zumbido de las turbinas.

    Saludos desde la escuela de Pamplona

    Comentado por: aser el 14/10/2008 a las 13:40

  • bonito pseudópodo el tuyo: demuestra tus intereses: me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me me meeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee

    Comentado por: chiquito de la calzada el 14/10/2008 a las 12:38

  • Pues sí, en las iglesias románicas predomina la oscuridad, y pueden parecer cavernosas si las comparamos a las góticas. ¿Y dónde afirma que el gótico forma parte del Renacimiento? (aunque sí, hay alguna iglesia gótica construida durante el Renacimiento). He leído este artículo no como un estudio histórico, sino por su valor literario, que es lo que siempre BUSCO en este autor.
    ¿Leer poco a poco? No se moleste. Para la historia de la arquitectura, tenemos enciclopedias, obras de erudición, y probablemente artículos del mismo Azúa donde se muestra más preciso y más “profesor” en cuanto a datos. Pero ¿para qué defender al autor? Por la forma en que firma usted el ataque va dirigido a mí…qué perdida de tiempo la suya!

    Comentado por: me el 14/10/2008 a las 02:17

  • Bello y sereno el artículo, tanto como irresponsable. ¿Que hasta el gótico (¿¿pertenece el gótico al renacimiento???) se construía a ojo? ¿Que las iglesias románicas son oscuras y cavernosas? Parece mentira que diga esto una persona a quien se supone enterada... y que ha dado clases de estética a mogollón de arquitectos. Pero bueno, si luego salen cafres será por culpa de la crisis educativa, el 68, los pogres, los funcionarios nazionalistas, etc. Aturdido estoy. Tendré que imprimir y leer poco a poco.

    Comentado por: dedicado a la peña hortera el 13/10/2008 a las 22:39

  • Lo decía porque es lo más parecido que he podido leer a lo de antes del enmudecimiento de 198...?

    Comentado por: Andrés el 13/10/2008 a las 21:20

  • mi cuerpo duerme / pero salgo de viaje / y como un pájaro me reflejan los hielos en el río (año 1971)

    PERO TAMBIÉN

    el estruendo de un yo / no ensordece más que a su poseedor (al año siguiente)

    Comentado por: Andrés el 13/10/2008 a las 21:06

  • Su artículo lo único q salvaría del periódico del domingo. Como siempre genial, original y alternativo a tanta polítiqueo.

    Comentado por: pispas el 13/10/2008 a las 19:08

  • Si no ando equivocado, Jean Renoir dice algo parecido en la biografía de su padre. Ahí cuenta el amor de Auguste por los muebles y enseres fabricados a mano, puesto que entendía que cada vez que atravesaba una puerta antigua se establecía un diálogo con el artesano que la había hecho, mientras que cuando cruzaba una puerta manufacturada en una fábrica sólo atravesaba el frío umbral de la geometría.

    En todo caso, la arquitectura debió de empezar a arruinarse a partir del preciso instante en que los arquitectos empezaron a construir para su propia gloria en vez de para dar gusto o satisfacción al cliente (lo más curioso es que ahora muchos clientes se han llegado a creer que sus necesidades son las mismas que las de los arquitectos). Y a la literatura le ha debido de pasar lo mismo, motivo que explica el enorme predicamento de autores como George Orwell o Primo Levi. Su singularidad reside, precisamente, en que son escritores que no desean tener "personalidad" y en que, por eso mismo, se esfuerzan en hacerse comprender. Cosa que nunca les agradeceremos demasiado.

    Comentado por: Ozón el 13/10/2008 a las 17:41

  • Don Félix, bello y sereno su artículo. Me ha hecho recordar pasajes de ese libro suyo que regalé hace unas semanas y que ya echo de menos. Tendré que hacerme con otro, el hueco lo espera en la estantería.

    Comentado por: chiqui (me) el 13/10/2008 a las 16:39

  • “El libro de piedra, tan sólido y tan duradero, iba a dar lugar al libro de papel, todavía más solido...La imprenta matará la arquitectura”.
    Victor Hugo. “Nuestra Señora de Paris”, 1830.
    “La faz de la tierra experimentaría un profundo cambio a partir del momento en que la arquitectura de cristal suplantase por completo a la arquitectura de ladrillo”.
    Paul Scheerbart. “Glasarchitektur”, 1914.

    Hay quien fija, tal vez ingenuamente, la crisis conceptual de la arquitectura histórica en la afirmación de Etienne-Louis Boullé, suscrita en su antivutrubiano trabajo “Archictecture: Essays sur l´art”. “¿Qué es la arquitectura”, se preguntaba el arquitecto francés. “ Debería acaso, definirla con Vitrubio, como el arte de construir? No. Esa definición conlleva un error terrible. Confunde el efecto con la causa. Hay que concebir para poder obrar. Nuestros primeros padres no construyeron sus cabañas sino después de haber concebido su imagen ”. Esto es tanto como desplazar las viejas concepciones vitrubianas de “la arquitectura como el arte de construir”, a otros territorios donde la ideación es el primer requisito o la condición sine-quae-non. Hay por ello un desplazamiento de lo físico y matérico a lo intelectivo e inmaterial; de la materialidad a cierta espiritualidad. Y esa inmaterialidad y esa espiritualidad, estarán en la base de las reflexiones de Víctor Hugo y años más en el trabajo de Scheerbart La arquitectura de cristal. La revisión de los conceptos esgrimidos por ambos autores, abre una vía de interpretación alternativa de lo que, ellos mismos, llamaban desmaterialización de lo construido. En un caso como pérdida de una espiritualidad secular; en otro como búsqueda de un camino expresivo que se aviniera a los tiempos nuevos de la máquina, la electricidad y la luz. Ahora tal vez, y noventa años después del Glasarchitektur, asistamos a una definitiva desmaterialización de todo lo pensado antes. Recorridos como estamos por espectros de cristal, pero no del cristal deseado por los Expresionistas alemanes.

    Lo más sorprendente de ese desplazamiento disciplinar de la arquitectura abierto por Boullée, es que se verifica dentro del gran desplazamiento conceptual y cultural que se gesta en torno a 1750 con la aparición de la Enciclopedia diderotiana y desemboca con la Revolución de 1789; esto es con la aparición de un libro llamado a hundir el Ancien Régime y a poblar el futuro de expectativas de progreso. Y este misterio del libro que mata, se repetirá años más tarde, cuando Hugo indague las razones de algunas desapariciones. Y esa coincidencia –casi de raíz bíblica– al vincular el conocimiento a la extinción, no deja de prolongarse y repetirse, como un maleficio o, como una justa condena a los intrépidos deseos de saber lo que no puede ser conocido. En ese sesgo boulleano hay quien quiere ver un primer fundamento de la Moderna Arquitectura, menos material y magmática que la histórica; pero más intelectual y abstracta al mismo tiempo, como estableciera la estética de la Objetividad y la inmaterialidad vítrea del credo expresionista. Sesgo, por otra parte, que viene a coincidir con toda la fundamentación del mundo moderno que deriva de ese proceso conjunto Ilustración /Revolución; como si la naciente arquitectura moderna tuviera sus raices en la implacable e imparable mutación abierta por D`Alambert y Diderot y en ese par conceptual del conocimiento y de la destrucción.

    Junto a la visión boulleana, creo que es preciso aportar, consecuentemente, otra inflexión significativa que se va a producir ya en el hartazgo de la primera mitad del siglo XIX. Hartazgo de valores y contravalores, que van a abrir esa vía temible y conflictiva del Romanticismo, como agrupación de visionarios antimaquinistas, reaccionarios sofisticados, nostálgicos del Ancien Régime y melancólicos de todo lo perdido, que ya es mucho pero que cada vez será más; como ejemplifica ese trabajo de Schinkel de la Freiheitskrieg que abraza en 1821 el hierro fundido con el lenguaje gótico, como una potente contraposición. Melancolía del fin del siglo XIX, que retoma las melancolías del otro final de siglo precedente, como explicitara, ejemplarmente, ese desideratum de Talleyrand: “ Quien no ha vivido antes de la Revolución desconoce la dulzura de vivir ”. Inflexión si no conceptual, al menos instrumental, porque explicitaba un retroceso hacia un pasado mejor y, supuestamente, idílico y preñado de sabiduría. No se, si con exactitud, esta posición antimoderna es la derivada de la proclama que explicita Víctor Hugo en Nuestra Señora de Paris y que abre estas líneas. Ese texto, curiosamente, no publicado en la edición de 1831 por un olvido sistemático o por un despiste sintomático, si lo fue en la posterior de 1832. Compone, junto a otros diversos capítulos de Nuestra Señora de París una médula contraargumental que se desliza junto a espacios dedicados plenamente a la narración del relato que interesa esencialmente. Y trenza, tal vez sutilmente, una teoría de la arquitectura del Romanticismo. El capítulo I del libro tercero, sirve para explicitar las razones de la ruina de los edificios (tiempo, revoluciones y modas)que todo lo debastan; para aclarar los conceptos colectivos de su creación (“ los mayores y más grandes productos de la arquitectura son menos individuales que obras sociales...El gran símbolo de la arquitectura: Babel, es una colmena ”) y para, decididamente, justificar la autoría de los edificios (“ los grandes edificios, como las grandes montañas, son la obra de los siglos...El tiempo es el arquitecto, el pueblo el albañil ”). El II capítulo del libro tercero ( Paris a vista de pájaro ) es un pretexto para describir la hipótesis detallada de la ciudad medieval imaginada por Hugo, y para justificar la parcialidad del Renacimiento (“ El renacimiento no fue imparcial; no se contentó con edificar sino que quiso derribar ”) y un decidido sentimiento de abandono (“ Nuestros padres tenían un Paris de piedra; nuestros hijos tendrá un Paris de yeso ”). Con el cierre de algún puyazo relativo a la pastelería que se construye en el momento en que el autor escribe: Santa Genoveva o San Sulpicio. Pero ese pretexto descriptivo de la ciudad medieval, es una lanzada evidente a la ciudad resultante, desde la que Hugo escribe y que arrebata las razones del optimismo ilustrado desde los márgenes nacientes del maquinismo, del industrialismo y de la ciudad de masas. Pero es en el libro quinto, capítulo II ( Esto matará a aquello o Ceci tuera cela ) donde más insiste en la finalización de la arquitectura que arrastrará la imprenta. “ A las letras de piedra de Orfeo, van a suceder las letras de plomo de Gutemberg. El libro va a matar al edificio”. Y es esta idea la que recorre el capítulo en muy diversas inflexiones y, podríamos decir, sin escapatoria posible. “El género humano tiene dos libros, dos registros, dos testamentos, la arquitectura y la imprenta, la biblia de piedra y la biblia de papel”; pero esa dualidad no está equilibrada, ya que: “A medida que la arquitectura baja, la imprenta se hincha y engorda. Ese capital de fuerzas que el pensamiento humano gastaba en edificios, lo gasta ahora en libros...Que nadie se equivoque, la arquitectura ha muerto, está muerta definitivamente, matada por el libro impreso, muerta porque dura menos, muerta porque cuesta más”.


    Más o menos hace ciento setenta años, el libro de piedra que eso era un edificio iba a ser sustituido por el más convencional y manejable del libro de papel, en palabras de Hugo. Y no es que este instrumento acabara de aparecer, que ya llevaba dando vueltas cuatrocientos años, sino que se barruntaba una fuerte expansión de la alfabetización de las masas y por ende de los libros. Hasta ahora, hasta las puertas de la revolución industrial, las masas eran mayormente iletradas. Su capacidad de lectura, se decía, era una capacidad icónica; esto es, estaban más capacitados los individuos iletrados para la lectura de signos e imágenes que para la lectura de letras –que pese a todo– seguían siendo signos específicos. Según esta versión harto discutible, esos individuos inhábiles para la lectura de las letras, suplían esa carencia con los ejercicios verificados en los libros de piedra o en otros libros materiales: ya pictóricos, ya escultóricos, ya arquitectónicos. Y de ser ello cierto, ¿porqué estos individuos que leían mármoles y lienzos, archivoltas y dinteles, con la difusión masiva del libro iban a dejar esas lecturas habituales por la venideras de papel y tinta? Esto es lo que no explica Hugo y da por supuesto. Salvo la razón de su durabilidad y de su coste: “ El pensamiento humano descubre un medio de perpetuarse, no solo más duradero y más resistente que la arquitectura sino también más sencillo y más fácil ”, en relación a la durabilidad. Y en relación a su coste: “Que nadie se equivoque, la arquitectura ha muerto, está muerta definitivamente, matada por el libro impreso, muerta porque dura menos, muerta porque cuesta más. Toda catedral representa mil millones. Imagínese ahora qué inversión de fondos sería necesaria para volver a escribir el libro arquitectónico...¡Se hace tan pronto un libro, cuesta tan poco y puede ir tan lejos! ”. Como si quisiera con ello descubrir una escala conceptual que viaja de menos a más: de la tosca lectura de piedra a la sutil y arrebolada de los libros de papel . O ¿ es que el progreso condena y desplaza la arquitectura?

    Si el libro de piedra, puede ser conceptuado como “sólido y duradero”, ¿cuales son las razones que dictan su desaparición, más que su mutación? Y digo desaparición, porque queda bien clara la intención de Hugo: “ La imprenta matará a la arquitectura “, así dicho en tiempo futuro. Pero si la imprenta había aparecido en 1457, ¿cómo explicar esa coexistencia de imprenta y arquitectura durante casi trescientos años, desde los que Hugo escribe? Si la imprenta mata; podía haber matado ya y antes, pero no lo habia hecho todavía. Quizá esta falta de ajuste requiera ubicar el relato hugiano en su contexto histórico: esto es la Edad Media muy avanzada y más aún en 1482 . Momento histórico en el que la imprenta –estamos en el siglo XV– lleva apenas veintisiete años y la pretensión de Hugo hay que entenderla desde ese horizonte temporal. La aparición constatada de la imprenta, dictará la extinción de la Catedral Gótica, como piedra emblemática y como edificio simbólico. Bien sabía Hugo en el momento de su escritura que ello no había sido así y que tras la Catedral Gótica surgieron otros elementos edificados ejemplares: el Palacio renacentista, la Iglesia Barroca o el Museo neoclásico. La extinción de la Catedral Gótica no fue dictada por Gutemberg y sus efectos impresos; fue verificada por la revisión del Humanismo Clasicista que desplazó ojivas y arbotantes en otra secuencia de formas e ideas. Pero ¿porqué Hugo, opta por la codificación gótica frente al orden mensurable del Renacimiento? ¿No será el rechazo de cierta racionalidad y de cierto control de la forma, frente al misticismo precedente que avala la teología medieval? y ¿no será, igualmente, el rechazo a la capacidad analítica de la palabra y del pensamiento, frente a la dimensión sintética, intuitiva y sensible de la piedra labrada? Como si la reacción de los desencantados de la Ilustración y su proyecto, buscaran su superviviencia en territorios presididos por cierto antihumanismo y aureolados por atisbos de irracionalismo. Porque todas las edificaciones posteriores a la Catedral Gótica y sus codificaciones estilísticas, no parecen interesar a Hugo; o ,al menos, no parecen interesar sus estilos y los procesos constructivos llevados a cabo. Procesos constructivos, los ensalzados por Hugo, regidos por cierta autoría anónima: El tiempo es el arquitecto, el pueblo el albañil. Idea esta que casa mal con la concepción romántica del genio individual. ¿Cómo aceptar que un escritor romántico, defensor de ese génie individuelle, abogue por una arquitectura erigida por el tiempo?, ¿de verdad creía Hugo en esas creaciones colectivas?, ¿o sólo era una reacción conflictiva contra el maquinismo igualitario del naciente industrialismo?

    Sorprende por todo ello, que el referente estilístico de Scheerbart, de la mano de Worringer, ochenta años más tarde de las proclamas hugianas, sea otra vez la arquitectura gótica. Dice Scheerbart “que toda la arquitectura de cristal parte de la idea de la catedral gótica, sin la cual la arquitectura de crisial sería inimaginable; la catedral gótica es pues su preludio”. Aunque ya Panofsky, había vinculado la arquitectura gótica con el principo de transparencia; de tal suerte que si “la alta escolástica estuvo gobernada por el principio de la manifestatio, la arquitectura estuvo domianda por el principio de la transparencia”. Forzando, por tanto, esa unidad misteriosa del gótico con el cristal, del que había sido su precedente. Aunque lo que interese ahora más, sea la idea de desmaterialización arquitectónica de los constructores góticos, que las claves intemporales del misticismo medieval. En palabras de Worringer “todo aquello que la arquitectura gótica consigue en términos expresivos, lo consigue pese a la piedra”. Circunstancias que posibilitan que Scheerbart establezca el vinculo histórico para la Arquitectura de Cristal, justamente, en el gótico. El mismo establece: “sin el gótico la arquitectura de cristal sería impensable. En su tiempo cuando aparecieron las catedrales y los castillos góticos, tambien se deseó una arquitectura de cristal. Sin embargo, esta no puedo realizarse de forma completa porque no se disponía del hierro apropiado para la construcción”. La desmaterialización de la arquitectura denunciada por Hugo y abierta por la imprenta, es inversamente la reivindicación de los apóstoles del expresionismo. Lo que para Hugo es razón de muerte de la arquitectura, para los expresionistas alemanes es el fundamento de la nueva vida expresiva que abre un nuevo material. Si para Hugo la esencialidad de la construcción gótica es, justamente, la materialidad de la piedra; para Worringer y Scheerbart, el modelo de la inmaterialidad constructiva gótica es el precedente de la formulación de la Glassarchitektur. Con enorme sagacidad esta disyuntiva, es vista por Antonio Pizza no “como una poética de la transparencia, sino como ejercicios de una prolífica experiencia del umbral...y que en la lectura de Benjamin serán interpretados como una densa frontera epistemológica entre el viejo y el nuevo mundo”. Pero en esta frontera del viejo y el nuevo mundo, el destino histórico de las casas de cristal no ha sido el del imaginario alemán de los años diez; sino que han devenido en emblema de la modernidad metropolitana, bajo las formas de los Grandes Almacenes. Grandes Almacenes, que como nuevas Catedrales del consumo, han desvirtuado la luz anhelada por Scheerbart; que es ahora una luz reificada, refractaria y cegadora. Por que –en palabras, de Pizza–: “Ya hemos entrado en el tiempo en que una luz definitiva y totalmente reificada, se transmuta, sin mediiaciones, en letrero publicitario”. Es decir que en ese proceso de desmaterialización de una fábrica pétrea, denunciado por Hugo y deseado por Scheerbart, llegamos a una desmaterialización reificada de unas letras –que eso es un letrero luminoso–. Si la luz desparramada por las Catedrales del Consumo, han asumido la estrategia del misterio, la centralidad del mensaje icónico de la arquitectura gótica, ha sido capturada por otra caja luminosa y reificada como es la televisión, que retoma la transparencia y el carácter de umbral de la Glasarchitektur. Hoy, quizá además, las afirmaciones de Hugo tuvieran cabida desde un doble concepto. El medio que verifica una autoría anónima –igual que lo fuera ayer la Catedral– es hoy la televisión, recorrida por mensajes pero no por autores. Y esta ventana de cristal verifica toda esa capacidad de lectura icónica de aquellos que no leen libros. Como ocurriera con la Catedral. Hoy esa Catedral colectiva y mediática es la invisibilidad matérica de la televisión; que más allá del plató de rodaje y del hogar de recepción está constituida por la invisibilidad de las ondas. En una nueva metáfora de la sorprendente Glasarchitektur.

    Por otra parte, la otra mediatez e invisibilidad de la Catedral Contemporánea se acomoda a una creciente presencia de la arquitectura en el mundo impreso e instantáneo construido sobre papel y llamado al olvido. Quizá por ello, sea más cierta la afirmación de Munford en Sticks and stones, cuando fija: “ El verdadero delito de la imprenta no fue, sin embargo, que quitara los valores literarios a la arquitectura, sino que fue causa de que la arquitectura derivara sus valores de la literatura”. Hoy más que la arquitectura, parecen existir la literatura de la arquitectura o las revistas de arquitectura, como un relato de ella. Como si aquella fuera un pretexto para éstas. Incluso hay quien sospecha que ciertas obras son proyectadas y edificadas con la sola finalidad de ocupar tales espacios. De igual forma que acontece con la televisión: ciertos hechos ocurren, solamente, para ser televisados y transmitidos; y esa es su sóla esencia aunque su apariencia aparezca revestida de otras transcendencias. Una obra de arquitectura existirá, en la medida en que se publicite y se propague igual que la televisión existirá en la medida en que se la vea; y aquella otra obra de arquitectura, condenada al reverso de la cuatricromía, no pasará de ser una nebulosa inexistente como los programas televisivos no vistos. Es tal la nómina de revistas que acaparan y asolan nuestra atención, que parecen interesar más que los propios edificios que llenan sus contenidos. Y si ello fuera así, ¿a donde hemos llegado?, ¿al edificio de papel?, ¿a la Catedral Invisible?o ¿a la caja de cristal que nos mira y nos permite mirar a un vacio inconmensurable que no deja de crecer?

    Comentado por: El Pozo y el Numa el 13/10/2008 a las 12:59

  • Y sin embargo, la única esperanza humana está en la universalidad artificiosa. Nuestra naturaleza no es adaptarnos a la Tierra, sino adaptar ésta a nuestros propios intereses, a nuestros bienes, nuestros valores y nuestro sentido.
    Si bien, ¡se lo concedo!, "amortiguando , como el que apaga con la palma de la mano la piel vibrante de un tambor, la rimbombante resonancia por la que tanta propensión suelen mostrar" palabras como `universal, valor o sentido´.

    Comentado por: Onagro el 13/10/2008 a las 12:31

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Biografía

Félix de Azúa nació en Barcelona en 1944. Doctor en Filosofía y catedrático de Estética, es colaborador habitual del diario El País. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Edgar en Stephane, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Las lecciones de Jena, Las lecciones suspendidas, Ultima lección, Mansura, Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Cambio de bandera, Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su obra ensayística es amplia: La paradoja del primitivo, El aprendizaje de la decepción, Venecia, Baudelaire y el artista de la vida moderna, Diccionario de las artes, Salidas de tono, Lecturas compulsivas, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas, Esplendor y nada y La pasión domesticada. Los libros recientes son Ovejas negras, Abierto a todas horasAutobiografía sin vida (Mondadori, 2010) y Autobiografía de papel (Mondadori, 2013)Una edición ampliada y corregida de La invención de Caín ha sido publicada por la editorial Debate en 2015; Génesis (Literatura Random House, 2015). Nuevas lecturas compulsivas (Círculo de Tiza, 2017) es su último libro.  Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis. 

En junio de 2015, fue elegido miembro de la Real Academia Española para ocupar el sillón "H".

 

Bibliografía

 

 




 

Ensayo

Nuevas lecturas compulsivas (2017). Círculo de Tiza, España. 

La invención de Caín (2015). Mondadori, Barcelona. 

Contra Jeremías (2013). Mondadori, Barcelona.

Contre Guernica, Prefacio para Antonio Saura (2008). Archives Antonio Saura, Genève.

 La pasión domesticada (2007). Abada, Madrid.

Ovejas negras (2007), Bruguera, Barcelona.

Cortocircuitos. Imágenes mudas (2004). Abada, Madrid.

La invención de Caín (1999). Alfaguara, Madrid.

Baudelaire y el artista de la vida moderna (reedición) (1999). Anagrama, Barcelona.

Lecturas compulsivas. Una invitación (1998) Anagrama, Barcelona.

Salidas de tono (1996). Anagrama, Barcelona.

Diccionario de las artes (1995). Planeta, Barcelona.

Baudelaire y el artista de la vida moderna (1992). Pamiela, Pamplona.

Venecia (1990). Planeta, Barcelona.

El aprendizaje de la decepción (1989). Pamiela, Pamplona.

La paradoja del primitivo (1983). Seix Barral, Barcelona.

Conocer a Baudelaire y su obra (1978). Dopesa, Barcelona.

 

Novelas y prosa literaria

Génesis (2015). Literatura Random House, Madrid. 

Autobiografía de papel (2013). Mondadori, Barcelona. 

Autobiografía sin vida (2010). Mondadori, Barcelona.

Abierto a todas horas (2007). Alfaguara, Madrid.

Esplendor y Nada (2006). Lector, Barcelona.

Momentos decisivos (2000). Anagrama, Barcelona.

Demasiadas preguntas (1994). Anagrama, Barcelona.

Cambio de bandera (1991). Anagrama, Barcelona.

Diario de un hombre humillado (1987). Anagrama, Barcelona.

Historia de un idiota contada por él mismo, o el contenido de la felicidad (1992), Anagrama, Barcelona.

Mansura (1984). Anagrama, Barcelona.

Última lección (1981). Legasa, Madrid.

Las lecciones suspendidas (1978). Alfaguara, Madrid.

Las lecciones de Jena (1972). Barral E., Barcelona.

 

Relatos

"Quien se vio", Tres cuentos didácticos (1975). La Gaya Ciencia, Barcelona.

"La venganza de la verdad" (1978). Hiperion nº1, Madrid.

"Herédame" (6 y 7 agosto 1985). El País, Madrid.

"El trencadizo", con grabados de Canogar (1989) Antojos, Cuenca.

"La pasajera" (18 nov. 1990). El País, Madrid.

"La resignación de la soberbia", Los pecados capitales (1990). Grijalbo, Barcelona.

El largo viaje del mensajero (1991) Antártida, Barcelona.

Cuentos de cabecera ("La pasajera" y "La segunda cicatriz") (1996). Planeta NH.

"El padre de sus hijos" (1998). Barcelona, un día, Alfaguara, Madrid.

"La verdad está arriba" (1998). Turia, Teruel.

 

Poesía

Última Sangre. Poesía 1968-2007 (2007). Bruguera, Barcelona.

Poesía 1968 1988 (1989). Hiperion, Madrid.

Farra (1983). Hiperion, Madrid.

Siete poemas de La Farra, con un grabado de A. Saura (1981). Cuenca.

Poesía 1968 78 (1979). Hiperion, Madrid.

Pasar y siete canciones (1977). La Gaya Ciencia, Barcelona.

Lengua de cal (1972). Visor, Madrid.

Edgar en Stéphanie (1971). Lumen, Barcelona.

El velo en el rostro de Agamenon (1970) El Bardo, Barcelona.

Cepo para nutria (1968). Madrid

Premios

1987 Premio Anagrama de Novela.

2000 Premio a la cultura "Sebetia-Ter" del Centri di Studi di Arte e Cultura di Napoli".

2001 Premio a la tolerancia de la "Asociación por la Tolerancia", Barcelona.

2011 Premio González-Ruano de Periodismo

2014 Premio Internacional de Ensayo José Caballero Bonald

2015 Premio Francisco Cerecedo de la Asociación de Periodistas Europeos 

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