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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

viernes, 4 de diciembre de 2020

 Félix de Azúa

Cuentos chinos

Cada vez son más frecuentes las novelas que utilizan material autobiográfico en lugar de construir mundos del todo ficticios. No tengo nada en contra, siempre que el círculo mágico que construye la lengua literaria tenga vida independiente. Me gusta el género menor, a veces en fragmentos desechados por los escritores, en sus cartas, en algún informe rescatado de la papelera, hay tanto arte literario como en una novela de quinientas páginas.

La incompleta Suite francesa de Irene Nemirovski, abandonada en una caja de zapatos durante cuarenta años, habría sido (¿es?) la mejor novela francesa sobre la guerra. Las cartas de Valle Inclán recientemente editadas por el profesor Hormigón son un Valle Inclán de gran calidad. Los informes de lectura que Gabriel Ferrater escribió mercenariamente para Seix Barral forman parte inexcusable de su producción poética y así fueron editados por la editorial Cuaderns Crema para placer de los aficionados.

Es posible que la trivialidad de la experiencia moderna sea lo que permite un trabajo tan refinado y artístico en las novelas. Cuando ese refinamiento falta, se nota. Así le sucedió a Martin Amis en el libro de recuerdos sobre su padre, Experiencia. A pesar de que Kingsley Amis era un tipo espléndido, las relaciones de Martin con su padre no tenían suficiente originalidad como para justificar un relato que aparecía como “novela”. Consciente de ello, le añadió dos rocambolescas historias, la primera sobre una prima secuestrada y asesinada por un célebre psicópata, y la segunda sobre la hija natural del autor. El resultado es divertido, pero deforme: un documento interesante y de escaso valor literario. Tiene la necesaria vulgaridad, pero le falta trabajo artístico.

Por el contrario, una vida original, única, asombrosa, exige dejar de lado las ambiciones literarias y narrar con la mayor simplicidad. Caso notable el de David Kidd, cuyos recuerdos se han publicado con el título de Historias de Pekín (Libros del Asteroide). En 1946 este caballero llegó a la capital china para ampliar sus estudios de sinología. En una estupenda escena cuenta cómo, al poco de llegar, conoció a su futura mujer, Aimee Yu, sin saber que pertenecía al núcleo más restringido de la aristocracia de la Ciudad Prohibida.

Tras la boda y durante cuatro años, antes de que los comunistas se afianzaran en el poder e impusieran un régimen de terror, Kidd vivió en el palacio de su suegro, cabeza visible de la Justicia en el laberinto imperial, personaje de la más alta nobleza y extremadamente acaudalado. Con mucha gracia y ese desparpajo de los anglosajones cuando cuentan sucesos inverosímiles, Kidd vivió como un personaje de Lady Murasaki: desayunaba en el pabellón de las mariposas ebrias y se fumaba un cigarro en la puerta de los sonidos sedosos, por así decirlo. De vez en cuando, como en un cameo, aparecía William Empson whisky en ristre.

Sólo con la mayor simplicidad puede narrarse la extinción de los incensarios que habían ardido durante quinientos años sin interrupción, pérdida inmensa porque al enfriarse la aleación de bronce y polvo de rubí el instrumento perdía irreparablemente su sensacional coloración y dejaba de ser una pieza única e irrepetible. Esta metáfora sobre la extinción de una sociedad con cuatro mil años de antigüedad tiene fuerza precisamente porque no es “literaria”, sino experiencial.

Si Kidd hubiera escrito sus recuerdos con un esfuerzo estilístico añadido, habría resultado insoportable. Una vida tan extraña en un mundo tan imposible no permite el ejercicio artístico. Algunos episodios, como el último baile de disfraces en el vastísimo parque del palacio, escena analógica al crepúsculo de los dioses, parecerían fruto del delirio alcohólico. Sólo la sobriedad del narrador permite creerlos.

Los muy antiguos maestros tenían sobre nosotros esa ventaja: podían hacer literatura hablando con absoluta naturalidad de vidas inverosímiles. La de Sísifo, la de Orestes, la de Jesucristo, la de Merlín, la de San Julián el hospitalario, la del profeta Elías arrebatado por un carro de fuego.

Jugaban con ventaja. Las vidas privadas carecían entonces de la menor importancia. A todo el mundo le importaban un bledo. Nosotros, los modernos, hemos hecho de la trivialidad cotidiana nuestra épica. Hay que echarle mucho arte para tenga algún sabor.

[Publicado el 25/9/2006 a las 08:03]

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Comentarios (11)

  • esooooooo es un buennnnn disparate eso me aburre un paqueton llo odio ese cuento emas yo odio los cuentos de chinos saaaap porfabor ose eso es un clabo un basura una baina mal ese cuento meb
    da asco
    att.eliany

    Comentado por: elianny el 20/2/2009 a las 17:03

  • La novela es una autobiografía llevada al extremo. Si me quiero suicidar mato a un personaje de un cuento; si con ganas de ir de putas y borrachera, escribo a un Juan bien parecido y atlético para que lo haga; si he triunfado, dejo caer el fracaso sobre el personaje; sino, pues no. Bernhard se escribió; Auster se tomó prestado para inventar al otro Auster, el de la otra ventana. Y cabe la frase bastante hecha sobre la ficción de la realidad; sino, a leer las crónicas del nuevo mundo.

    Comentado por: Will el 26/9/2006 a las 02:14

  • Curioso el bajón del número de comentarios al blog cuando es fiesta en Barcelona...
    Todo hace pensar que:
    a/ Es en Barcelona donde más se lee / comenta el escrito de F. de Azúa.
    b/ La lectura y comentario del tema del blog en cuestión es en general un elemento laboral más, y de ahí su no frecuentación en días festivos.
    Uno llega a pensar en la imagen esa de los funcionarios del tópico, superando horario laboral vía internet.

    Comentado por: Popaul el 25/9/2006 a las 18:04

  • (II) Conocido como “Giuco delle coppie” (Juego de los pares), Bartók había escrito en realidad en la cabecera del original, que se conserva en la americana Biblioteca del Congreso, “Presentando le coppie” (Presentando los pares instrumentales). Así, comienza con el repique de un tambor desprovisto de timbre que introduce la entrada de los instrumentos por parejas: fagotes en sextas, oboes en terceras, clarinetes en séptimas, flautas en quintas y trompetas, con sordina, en segundas mayores. Hay una breve coral, tras la que los instrumentos en el mismo orden, enriquecidos por otros de su misma familia, acaban sus desarrollos temáticos mezclados. Termina con una cadencia final recombinando los instrumentos iniciales en un único acorde. Genial Bartók. Magistral Solti. Menuda diferencia con otras versiones.

    Comentado por: Tipo Material el 25/9/2006 a las 15:52

  • Intermedio Interruptus [del blog de Arcadi, para Emprendedor]
    (I) En este día, centenario de Shostacovitch, convendría tener también un recuerdo para una magna obra orquestal cuyo éxito sirvió en 1943 de despecho a su autor, húngaro, presuntamente desdeñado en América frente al entonces ya ídolo ruso. (En la obra hay incluso, en su 4º movimiento, una parodia burlesca de la famosa tonada de marcha de la séptima sinfonía “Leningrado” shostacovitchiana). Nos referimos al “Concierto para orquesta” Sz. 116 de Béla Bartók. La mejor versión grabada, y la más fiel, la de sir Georg Solti y la Orquesta Sinfónica de Chicago en 1980. En efecto, Solti en Chicago modificó el ‘tempo’ del 2º movimiento presuntamente un allegretto scherzando (negra = 74) por un tiempo más rápido que hace la obra distinta. Tomó la decisión tras consultar el manuscrito donde originalmente figuraba el movimiento como allegro scherzando (negra = 94).
    (sigue)

    Comentado por: Tipo Material el 25/9/2006 a las 15:51

  • En ‘La Cartuja de Parma’ o en ‘Guerra y paz’ pasan muchas cosas, y son obras maestras; en ‘À la Recherche…’ no pasa casi nada, y también lo es. De modo que no importa demasiado qué cuente una novela: solo cuenta el talento del escritor. A un escritor con talento no le hace falta haber sido legionario. Y a los lectores lo que nos es imprescindible es el instinto; elegir un libro, o un autor, es, como elegir pareja, un asunto nada fácil: no puedes fiarte de las opiniones de los amigos.
    Por cierto, a mí también me encantan los cuentos del señor Gil. Aunque escriba ‘quizás’ en lugar de ‘quizá’ (manías mías).

    Comentado por: ossa el 25/9/2006 a las 12:12

  • El Sr. Azúa culpa a la trivialidad de la vida moderna. ¿No tendrá algo que ver el que la vida de los que escriben se reduzca tan a menudo a escribir? Pienso en los autores griegos, Sócrates entre ellos, con su experiencia de hoplitas. Robert Graves decía, creo que en sus memorias, que quien no había conocido la guerra (el estuvo en la Primera Guerra Mundial) no podía entender la Ilíada. Pues si no se puede entender, ¿cómo escribirla?

    ¡Maldición! Ahora que caigo,es fiesta mayor en Barcelona y deberé esperar hasta mañana para correr a comprar el libro de Kidd.

    PS: ¿No podría, quien quiera que se ocupe de estas cosas, ponerle una ventanita con foto (fálica o no) al Sr. Gil para que nos colgara uno de sus cuentos cada día?

    Comentado por: ortega el 25/9/2006 a las 10:03

  • Las memorias de Amis a mí me parecen suficientemente refinadas; de hecho, más refinadas que cualquiera de sus novelas. Algunos pasajes, como la relación entre Kingsley y Larkin, o el breve periodo filocomunista de Kingsley son, además, aceptablemente novelescas.

    Los informes de lectura de Ferrater son un caso único. Más allá de su remunerada utilidad editorial, Ferrater pretendía apuntalar su personaje ante sus amigotes en Seix Barral. Cuando, despúes de su muerte, su personaje era ya público, sirvieron también para apuntalarlo en la estructura de la literatura catalana.

    La experiencia vital de los del común contemporáneo es sin duda trivial, tanto (o menos) que los del común de hace 50,100,500 ó 1000 años. La diferencia es que el porcentaje de escritores es mayor, y no hay grandes temas para todos.

    No?

    Comentado por: Catón el 25/9/2006 a las 09:58

  • Nace una estrella con mucho cuento.
    Aquella primavera de 1842 coincidieron en Edimburgo, por quehaceres dinerarios, el banquero sevillano Duarte y el señor Brackenbury, cónsul británico en Cádiz. Eva James los escuchó hablar en español bajo los porches del Theatre Royal, en Shakespeare Square.
    Había pasado el invierno en Edimburgo, leía mucho, ya era capaz de desenroscar versos de Zorrilla y Martínez de la Rosa. Sabía un español rarísimo. Tenía planeado decir que lo había olvidado, por haberse criado con sus parientes irlandeses.
    En inglés con picatostes de Zorrilla y Martínez de la Rosa, les dijo que había olvidado el español y era sobrina de Josefina Comerford. Añadió que, desde la tragedia, vivía en Edimburgo de incognito y se hacía pasar por viuda del gobernador de Bengala, pero pensaba viajar a España, para visitar a su tía Josefina Comerford.
    Cinco años antes, cuando vivía como teenager recién casada en Dublín, Eva James oyó hablar de la famosa amazona Josefina Comerford, la andaluza de ascendencia irlandesa, que nació en Tarifa y luego vivió en Dublín, Viena y Roma, para regresar a España y cabalgar al frente de una partida de frailes y bandoleros alzados a favor del absolutismo y olé, por Cataluña, Navarra y la Rioja. En 1827, montó un alzamiento teocrático, absolutista, malencarado y deseoso de fusilar a cuanto liberal se pudiere. Lo hizo en Cervera, donde estaba la universidad —ultracatalana, iba a decir— ultramontana que hizo famosa su divisa: “Lejos de nosotros la peligrosa novedad de discurrir”. Aquello se llamó Guerra de los Agraviados, se extendió por muchas partes y sirvió como ensayo general de la Guerra Carlista.

    En abril de 1843, Lord Malmesbury recibió aviso de la llegada de una dama española recomendada por Brackenbury, cónsul británico en Cádiz. Era la viuda del fusilado general Diego de León, exiliada y obligada a ganarse la vida bailando boleros de Cádiz y lo que fuera menester.
    Lord Malmesbury, líder tory y futuro ministro de Exteriores, quedó impresionado. La viuda del general español proclamado héroe por la prensa conservadora venía a Londres como refugiada política por bulerías. Comunicó la noticia al empresario Levy Lumley, gerente del Her Majesty’s Theater. Se imponía montar una bella Alhambra, con su Boabdil y demás accesorios.
    Al estreno mundial sistieron la reina viuda, el rey de Hanover y una docena larga de gente con título, igual que las obras de arte.
    De modo informa el Morning Post, allá en el escenario, cuando Zuleima acudió para animar a Boabdil, tiró al suelo la mantilla y en el acto surgió la encarnación de la belleza y el espíritu castellano que cantan los poetas, ejecutó el bolero y lo remató con actitudes soñadoras, mientras los brazos se movían como si recogiera flores, remate tan inédito que el público, por un instante, no acertó a aplaudir. El Evening Mail traía otra versión más compacta: cuando cayó la misteriosa mantilla negra, apareció una dama pequeña que bailó lo nunca visto, pero no sonrió ni una vez. The Spectator, siempre atento a lo que es debido, reseñaba que el rostro sumamente expresivo de Lola Montez prestaba una languidez grave y casi melancólica al carácter voluptuoso de la danza.
    The Examiner, The Age y The Court Journal se desinteresaban del arte y preferían comentar una habladuría: la pretendida bailarina española sería Mrs. James, británica a más no poder.
    Dos días después, restalló esta carta en The Era, semanario especializado en teatro, música y espectáculos: “Señor, después que tuve el honor de bailar en el Her Majesty’s Theater, el pasado sábado, cuando fui acogida por el público inglés de manera tan halagadora, he sido cruelmente incomodada por el rumor de que no soy quien digo ser, sino una persona de mala reputación conocida en Londres de tiempo atrás. Le ruego, señor, me permita asegurarle a usted y al público, de la manera más rotunda y categórica mediante su prestigioso periódico, que no hay una palabra de verdad en tal declaración. Nací en Sevilla y, en 1833, cuando tenía diez años, me confiaron a una dama católica de Bath, donde permanecí siete meses, y luego fui recogida por mis parientes de España. Desde aquella época, hasta el pasado 14 de abril, cuando desembarqué en Inglaterra, jamás puse el pie en este país y es la primera vez en mi vida que veo Londres. Este imperfecto inglés que hablo lo aprendí en Bath, de una criada irlandesa que permaneció algunos años con mi familia. Las desgracias ocasionadas por los acontecimientos políticos de mi país me han obligado a buscar el sustento en otra parte. Y espero que los bailes de mi patria se aprecien aquí, en especial aquéllos que son nuevos para los ingleses.”
    Pero no hubo más actuaciones. Lord Malmesbury y el empresario Lumley huyeron valerosamente. Se hacía evidente que Inglaterra no era un sitio propicio para ser Lola Montez, y todavía menos para dejar de ser Eva James.
    Ah, pero el príncipe Heinrich LXXII se desayunó en su hotel londinense leyendo la carta de la artista en The Era. Tenía un bello nombre, el príncipe Heinrich LXXII. Debía su vistosa numeración romana a un antepasado que estableció el mandamiento de que los varones herederos de la casa se llamaran Heinrich, en honor de Heinrich VI, emperador romano germánico que le dejó el imperio en depósito cuando se fue a conquistar Sicilia en 1193.
    De modo que Heinrich LXXII tenía experiencia en la posesión de nombre principesco: artefacto que produce veneración y odio, prebendas y obligaciones. Y, como todo príncipe, recordaba muy bien la historia de uno que fue guillotinado, unos años antes, por negar ser el ciudadano Capeto y obstinarse en que le llamaran Luis XVI.
    Quizás admiró la manera en que aquella artista española defendía su nombre en desigual batalla contra Inglaterra.
    Heinrich LXXII abrevió sus obligaciones como miembro de casa reinante de visita en Londres y regresó a su corte de Ebersdorf, en compañía de la dama, quien también abrevió sus trámites con el príncipe, porque cuatro días más tarde ya lo había dejado y estaba en Dresde, provista de una carta de recomendación para el director del Hoftheater.
    El Deutsche Allgemeine Zeitung de Dresde describía así el portento: “Doña Dolores es la pura belleza española, esbelta, de estampa maravillosamente flexible, figura noble, pies menudos, ojos de color azul marino y brillante cabello negro. Y toca las castañuelas con virtuosismo extraordinario. Ha tenido en Londres el más absoluto de los éxitos y ha sido recibida con grandes muestras de afecto no sólo por la nobleza, sino por la propia reina Victoria, quien ha disfrutado de su otro y no menos importante talento: la interpretación de canciones españolas a la guitarra, cosa que jamás se permite en público. Nuestra bella española pertenece a la nobleza andaluza. Sólo que, a causa de la desgracia de su familia carlista, se ve obligada a pisar el escenario. Tuvo el más íntimo parentesco con el célebre y desdichado general Diego de León. También el padre y hermanos de Doña Dolores han debido huir de España.”



    Comentado por: Eduardo Gil Bera el 25/9/2006 a las 09:31

  • Cuentos chinos…, como los viejos relatos de la rememorada Revolución Cultural maoísta, ahora que se rememora su cuarenta aniversario. También otros cuentos chinos, por los relatos del Lejano Oriente (ubicando sólo una procedencia geográfica) y también aludiendo y mencionando a historias increíbles, infumables o, simplemente, deleznables. A memeces, tal vez. No tanto Ho-chi-ming, como Fumanchú.
    Tal encarte otoñal, para hablar de lo literario, de su verosimilitud, de su audiencia social, de su lógica formal y de sus tripas conceptuales. ¿La muerte de la Novela y la apoteosis de lo Narrativo? Muerta y matada (entre otros Mendoza y la Novela de sofá, ¡Ay Mauricio!) la Novela, ¿Qué nos quedará en el este Silycon Valle de Lágrimas?
    Con la periodicidad debida de la otoñada y la caída de la hoja, volvemos al debate de lo relevante en el ámbito de lo literario. ¿Otra vez el Canon?, ¡Ay Bloom de mis dolores!

    Entre los ‘vernisagges’ propuestos por Jorge Herralde en su reciente ‘Por orden alfábetico’ (que establecen unas preferencias y no otras, en función de la memoria de los autores: ¿se puede decir que el último Barnes ‘El perfeccionista en la cocina’ es una obra maestra?; se pueden salvar por encima de todo y por encima de todos, a Alvaro Pombo o a Rafa Chirbes?) y las tufaradas malévolas de García Viñó (‘Los escritores más vendidos y el retraso mental’ en www.Rebelión.org) que tratan de meter a mucha gente diversa en un barco parejo del negocio escrito de Alfaguara (confundir a Cela con Javier Marías o Gala con Muñoz Molina, no dejar de ser una simplificación excesiva y una boutade superior).

    Por no hablar de la historia de Echevarría versus Atxaga, de Cercas versus Gregorio Morán o de Conte frente García Posada. Si todo es como dice don Félix: “a veces en fragmentos desechados por los escritores, en sus cartas, en algún informe rescatado de la papelera, hay tanto arte literario como en una novela de quinientas páginas”, ¿qué hacer? Y, más aún ¿qué leer?

    Comentado por: El Pozo y El Numa el 25/9/2006 a las 09:18

  • Me quedo con :

    *Si Kidd hubiera escrito sus recuerdos con un esfuerzo estilístico añadido, habría resultado insoportable. Una vida tan extraña en un mundo tan imposible no permite el ejercicio artístico. Algunos episodios, como el último baile de disfraces en el vastísimo parque del palacio, escena analógica al crepúsculo de los dioses, parecerían fruto del delirio alcohólico. Sólo la sobriedad del narrador permite creerlos.*

    Así me parece. Las cosas sólo se pueden contar como tales, como son.

    *la del profeta Isaías arrebatado por un carro de fuego.*
    Si no recuerdo mal, se trataba de Elías (un señor que parece muy ambicioso). Logró sentarse en un carro de fuego; y sin quemarse el culo.
    Saludos.

    Grifo


    Comentado por: Grifo el 25/9/2006 a las 09:14

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Biografía

Félix de Azúa nació en Barcelona en 1944. Doctor en Filosofía y catedrático de Estética, es colaborador habitual del diario El País. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Edgar en Stephane, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Las lecciones de Jena, Las lecciones suspendidas, Ultima lección, Mansura, Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Cambio de bandera, Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su obra ensayística es amplia: La paradoja del primitivo, El aprendizaje de la decepción, Venecia, Baudelaire y el artista de la vida moderna, Diccionario de las artes, Salidas de tono, Lecturas compulsivas, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas, Esplendor y nada y La pasión domesticada. Los libros recientes son Ovejas negras, Abierto a todas horasAutobiografía sin vida (Mondadori, 2010) y Autobiografía de papel (Mondadori, 2013)Una edición ampliada y corregida de La invención de Caín ha sido publicada por la editorial Debate en 2015; Génesis (Literatura Random House, 2015). Nuevas lecturas compulsivas (Círculo de Tiza, 2017) y Volver la mirada, Ensayos sobre arte (Debate, 2019) son sus últimos libros.  Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis. 

En junio de 2015, fue elegido miembro de la Real Academia Española para ocupar el sillón "H".

 

Bibliografía

 

 

 

 




 

Ensayo

Volver la mirada (2019). Debate, España.

Nuevas lecturas compulsivas (2017). Círculo de Tiza, España. 

La invención de Caín (2015). Mondadori, Barcelona. 

Contra Jeremías (2013). Mondadori, Barcelona.

Contre Guernica, Prefacio para Antonio Saura (2008). Archives Antonio Saura, Genève.

 La pasión domesticada (2007). Abada, Madrid.

Ovejas negras (2007), Bruguera, Barcelona.

Cortocircuitos. Imágenes mudas (2004). Abada, Madrid.

La invención de Caín (1999). Alfaguara, Madrid.

Baudelaire y el artista de la vida moderna (reedición) (1999). Anagrama, Barcelona.

Lecturas compulsivas. Una invitación (1998) Anagrama, Barcelona.

Salidas de tono (1996). Anagrama, Barcelona.

Diccionario de las artes (1995). Planeta, Barcelona.

Baudelaire y el artista de la vida moderna (1992). Pamiela, Pamplona.

Venecia (1990). Planeta, Barcelona.

El aprendizaje de la decepción (1989). Pamiela, Pamplona.

La paradoja del primitivo (1983). Seix Barral, Barcelona.

Conocer a Baudelaire y su obra (1978). Dopesa, Barcelona.

 

Novelas y prosa literaria

Tercer acto (2020) Literatura Random House, Madrid. 

Génesis (2015). Literatura Random House, Madrid. 

Autobiografía de papel (2013). Mondadori, Barcelona. 

Autobiografía sin vida (2010). Mondadori, Barcelona.

Abierto a todas horas (2007). Alfaguara, Madrid.

Esplendor y Nada (2006). Lector, Barcelona.

Momentos decisivos (2000). Anagrama, Barcelona.

Demasiadas preguntas (1994). Anagrama, Barcelona.

Cambio de bandera (1991). Anagrama, Barcelona.

Diario de un hombre humillado (1987). Anagrama, Barcelona.

Historia de un idiota contada por él mismo, o el contenido de la felicidad (1992), Anagrama, Barcelona.

Mansura (1984). Anagrama, Barcelona.

Última lección (1981). Legasa, Madrid.

Las lecciones suspendidas (1978). Alfaguara, Madrid.

Las lecciones de Jena (1972). Barral E., Barcelona.

 

Relatos

"Quien se vio", Tres cuentos didácticos (1975). La Gaya Ciencia, Barcelona.

"La venganza de la verdad" (1978). Hiperion nº1, Madrid.

"Herédame" (6 y 7 agosto 1985). El País, Madrid.

"El trencadizo", con grabados de Canogar (1989) Antojos, Cuenca.

"La pasajera" (18 nov. 1990). El País, Madrid.

"La resignación de la soberbia", Los pecados capitales (1990). Grijalbo, Barcelona.

El largo viaje del mensajero (1991) Antártida, Barcelona.

Cuentos de cabecera ("La pasajera" y "La segunda cicatriz") (1996). Planeta NH.

"El padre de sus hijos" (1998). Barcelona, un día, Alfaguara, Madrid.

"La verdad está arriba" (1998). Turia, Teruel.

 

Poesía

Última Sangre. Poesía 1968-2007 (2007). Bruguera, Barcelona.

Poesía 1968 1988 (1989). Hiperion, Madrid.

Farra (1983). Hiperion, Madrid.

Siete poemas de La Farra, con un grabado de A. Saura (1981). Cuenca.

Poesía 1968 78 (1979). Hiperion, Madrid.

Pasar y siete canciones (1977). La Gaya Ciencia, Barcelona.

Lengua de cal (1972). Visor, Madrid.

Edgar en Stéphanie (1971). Lumen, Barcelona.

El velo en el rostro de Agamenon (1970) El Bardo, Barcelona.

Cepo para nutria (1968). Madrid

Premios

1987 Premio Anagrama de Novela.

2000 Premio a la cultura "Sebetia-Ter" del Centri di Studi di Arte e Cultura di Napoli".

2001 Premio a la tolerancia de la "Asociación por la Tolerancia", Barcelona.

2011 Premio González-Ruano de Periodismo

2014 Premio Internacional de Ensayo José Caballero Bonald

2015 Premio Francisco Cerecedo de la Asociación de Periodistas Europeos 

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