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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 5 de agosto de 2020

 Félix de Azúa

Las fuentes del sentido

El calor era intenso, seguramente rozaba los cuarenta grados, había ya cruzado la plaza cuando le vi alzar las cejas, mascullar unas palabras, tantear con el pie como un bailarín clásico, perder el equilibrio y caer hacia atrás, de espaldas, muy lentamente.

Era un hombre mayor, de unos setenta años, alto, pulcramente vestido, corpulento, y pude oír la percusión de su cabeza grande y romana contra el suelo. Las gafas salieron volando.

Nos acercamos a auxiliarle una pareja joven y yo. Luego se añadió el portero de una de las casas vecinas, un muchacho ecuatoriano, pero había muy poca gente callejeando en aquella hora durísima de la canícula.

Pesaba mucho, no fue fácil levantarlo, no sé qué habríamos hecho sin el ecuatoriano. El anciano se quejaba suavemente, sollozaba, pero no se había hecho daño, su queja procedía de una dolencia moral. Lo llevamos al banco más próximo.

Una vez sentado, levantó los brazos al cielo, exhaló un gemido dolorosísimo y rompió a llorar. Balanceaba ambos brazos de arriba abajo, se cogía la cabeza con las manos, levantaba el rostro hacia el cielo, dejaba caer gruesos lagrimones y sollozaba a la manera de los judíos ante el muro de las lamentaciones. A pesar de lo cual, sin transición, como si interpretara un papel de teatro, contestaba con toda normalidad a las preguntas y dio las gracias cuando le alcanzamos las gafas.

“¡Ay, señores, cómo han de verme! ¡No crean que es el vino, ni el calor, no, es el dolor, un dolor intensísimo! Sí fill meu, moltes gracies, sense olleres no veig res de res. ¡Cincuenta años con ella, cincuenta años de felicidad, medio siglo juntos! Allí, ¿ven aquel balcón? Allí vivimos sin jamás pelearnos o discutir cincuenta años, ¡ay, pobreta, pobreta meva!, murió el año pasado y no me se avenir, debería haberme ido con ella, ya no hago nada en este mundo!”.

Alguien le preguntó por su familia, creo que la chica, muy seria y emocionada, sin duda su abuelo debía de parecerse a aquel hombre, con su gran nariz bermeja y esas orejas cartilaginosas que les crecen a los ancianos.

Dues filles, tinc dues filles, nena. Una vive en San Cugat y la otra en Marc Aureli. Son muy buenas, se han portado siempre bien conmigo, muy bien, pero yo no puedo vivir sin ella, desde que murió no tengo cabeza, no tengo alma, estic fotut, ¡cincuenta años de felicidad! ¿Comprenden ustedes? ¡Y de repente, nada, un vacío, noches a oscuras, mañanas desganadas, una tortura! ¡Tendría que haberme ido yo también, el pitjor son les nits, no puc ni mirar la TV3!”.

La chica advirtió que “Marc Aureli” bien podía ser la calle del mismo nombre, a dos pasos de donde estábamos, y le preguntó si recordaba el teléfono de su hija, y si quería que la llamáramos.

“¡Ustedes ahora deben de creer que he bebido, que soy un bandarra, pero les juro que no he tomado nada, un vaset nomes, una cosa natural i sal.ludable, no, no, no es el vino, es el dolor, no puedo vivir, ¿ustedes me entienden?, no puedo seguir viviendo sin ella. Si nena, mira, té maca, el telefon es aquest”.

Sacó un papel arrugado del bolsillo. Tenía apuntados algunos teléfonos. Las dos hijas, un médico, su propio teléfono, otros que no alcancé a leer. La muchacha marcó un número en su móvil, localizó de inmediato a una de las hijas y se lo dijo al anciano, pero el caballero no hacía caso de nadie, parecía tener el alma escindida. Con una de las partes podía atender a lo que se le decía sobre gafas, hijas y teléfonos, yo creo que habría podido comentar el partido de fútbol de la noche, pero la otra parte de su alma, la que le sorbía el entendimiento, la que le dominaba, era independiente y le mantenía atado al dolor porque esa era la última forma de seguir unido a su mujer.

Aquellos brazos que subían y bajaban, aquel mesarse la calva, aquel poner al cielo por testigo, aquellos quejidos rítmicos, me recordaban a los actores dramáticos de principios de siglo, a la gestualidad del cine mudo y del melodrama, pero también a otra gestualidad más antigua, quizás intemporal, la que vemos en la pintura neoclásica y barroca cuando aparecen personajes desesperados, o esas mujeres a las que están asesinando a sus hijos, los inocentes.

Desde la Grecia los pintores han tratado de fijar los gestos de las emociones extremas para que sus composiciones puedan leerse, para que el público entienda que aquel es Brutus viendo entrar en parihuelas los cadáveres de sus hijos, y la de más allá es la madre del Juicio de Salomón que renuncia a su criatura con el fin de evitar que la partan por la mitad. Esa capacidad para explicar una escena sin usar las palabras es uno de los misterios gozosos de la pintura.

Sin embargo, aquel hombre no había aprendido esos gestos en ningún teatro o museo. Su estado anímico, su turbación, le impedían actuar o exhibirse, estaba en verdad expresando su dolor de un modo espontáneo y natural, con la inmediatez de las bestias, de los animales. La suya era una gestualidad universal e intemporal.

Yo estaba viendo la fuente del significado de miles y miles de pinturas, esculturas, representaciones teatrales, películas o fotografías, una abismal mímica de las pasiones, una gramática originaria, aquella de la que nace la música, según Rousseau, el más arcaico e inexplicado código de comunicación de los humanos.

La hija, que no resultó tal, sino que era la nieta, apareció en un santiamén, pero apenas hizo caso del abuelo. Se lió a hablar con la pareja joven sobre los viudos que no saben arreglárselas solos, pobrecitos, y sobre la falta de residencias para ancianos, así como, naturalmente, sobre lo bien que están allí con otros viejos como ellos jugando a las cartas o viendo la tele.

La nieta miraba de vez en cuando furtivamente el balcón tan bien situado sobre la plaza, el que nos había señalado el anciano, el cual mientras tanto no levantaba los ojos, pero parecía ya sosegado.

De modo que allí los dejé y ahora, cuando paso por debajo del balcón, siempre miro por ver quién asoma. De momento, nadie.

[Publicado el 17/8/2006 a las 08:00]

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Comentarios (17)

  • The Man with the 7 Second Memory

    “It's like being dead . . . one long night with no
    thoughts, no dreams. There’s no difference
    between day and night, I haven’t been conscious
    in 20 years.”

    Comentado por: Tipo de incognito el 17/8/2006 a las 21:39

  • El post de hoy es muy sugerente, pero el tiempo apremia y me gustaría hacer una observación a lo dicho por Esperanza. Sobre todo, por decirlo gritando, me ha impresionado, pero aunque se diga en voz muy bajita me choca lo mismo: El rol de las mujeres como cuidadoras, cuando llega el caso. Ya sé que algunos hombres son buenos cuidadores, mi padre era uno de ellos, cuando enfermaba de pequeña. Lo que no entiendo es el por qué se considera tarea de mujer casi exclusivamente. Y no porque me disguste la tarea, pues de ser así mi profesión no tendría sentido, pero opino que a la hora de arrimar el hombro no debería excluirse nadie. A veces pienso que desvarío, pero tenemos también amigos, y vecinos ¿me equivoco?

    En parte el señor me dá pena, pero también me causa cierta envidia sana, por esa buena relación que duró tanto.

    Vaya, jo tía y maleas hablan de mi playa. Si opinan así de la Malvarrosa, seguro que será debido a que no la han visto este verano, porque tiene una de esas banderas que distinguen por alguna cualidad; no es azul sino blanca, y está cerca de la barca de agua que veo encantada desde la playa. No sé cómo es la Barceloneta ¿está bien?

    Buenas noches a todos.

    Comentado por: francesca el 17/8/2006 a las 21:27

  • Quizá lo menos verosímil de todo el conjunto es que la nieta llegara -que ya es decir- tan rápido, tal y como está hoy día la descendencia.


    Comentado por: Javi el 17/8/2006 a las 19:43

  • No tia,no,eso de llamar ciénaga inmunda al Mediterraneo,no te lo consiento,claro,eso te pasa por ir a la Barceloneta,o a la Malvarrosa,que tanto da,en plena canicula y para mas inri,en fin de semana.No rica,no,eso no es asi.Cierto que dudo que se depuren mas de el 50% de las aguas residuales que a el se vierten,amén de los aportes de los rios naturales,mas los residuos que añadan las desaladoras que nuesta ministra del ramo nos esta montando,cierto,pero eso no te da derecho a llamar al Mediterraneo cloaca infecta,aunque en algunos aspectos,lo parezca.No,al menos al mio,y aún si asi fuese,piense señora,que los culpables serian personas como Simon de Beauvoire,que encontraban bello el tostado proletario.Para mas informacion,vease Non olet,de Ferlosio el prudente.

    Comentado por: maleas el 17/8/2006 a las 19:39

  • Ayer pedía yo al Sr. Azúa un texto sobre la edad que me sentara bien. ¿Es demasiado presuntuoso dar las gracias?

    A Patricia: gracias también a Usted por querer levantarme el ánimo. Verá, yo también, torpemente, bromeaba. Me la supongo joven: ve Usted los ochenta años tan lejos...

    Comentado por: ortega el 17/8/2006 a las 17:11

  • Les ulleres
    siguin noves
    o velles
    siguin teves
    o meves
    acaben sempre reposant
    en unes orelles
    Sense orelles
    no hi ha ulleres
    sense ulleres
    no hi ha ull
    ¡Ull amb les lleres!
    ...i amb les ulleres

    I si encara se't complica
    la maleïda ortografia
    queda't de cara nu
    renta les ulleres a la pica
    i veuràs que tenen forma d' "U"
    igual que a la seva grafia


    Spunta il sole e canta il gallo
    o Musolini monta a cavallo


    Comentado por: Tipo de incognito el 17/8/2006 a las 16:36

  • Bill Viola, en sus videos de Las Pasiones, descarna la mímica de las emociones humanas enfocando cada detalle con una lentitud tan exasperante que evoca su belleza y que empuja al espectador a tener empatía con las expresiones, a acelerar, asumiendolas él mismo, las contorsiones del actor, a embargarse, finalmente, de las emociones representadas.

    ¿Es el arte de Viola arte mimético Aristotélico o creador de la catarsis del espectador a través de la ruptura de la cuarta pared Brechtiana?

    Para tratar de responder a esa pregunta podemos tener en cuenta esta otra consideración: cuando no es arte lo que observamos, sino la escena real inspiradora primigenia del arte, ¿es nuestra reacción emocional la misma en ambos casos?

    Las emociones extraídas del cuadro, de la representación escénica, del pasaje literario, parecen más genuinas e intensas que las que experimentamos al enfrentarnos a una situación de carne y hueso. En este último caso nuestro organismo condiciona nuestra experiencia emocional porque la tiñe de sus propias reacciones en un contexto real de supervivencia.

    En las salas del museo, del teatro, en las páginas del libro, en las pantallas, los espectadores podemos jugar a ser humanos según el modelo mental que en cada momento histórico y cultural tenemos de en qué consiste ser humano – no hay verdad absoluta que sea constante y permanente desde los clásicos, lo siento por el inciso provocador, y nada fundamentado, dirigido a mis amigos de este blog: Leo Strauss yerra.

    Sin embargo, en la calle, en casa, en la oficina captamos cada expresión y cambio del entorno en función de cómo intuimos que nos va a ir en ella, de qué compromisos conlleva. Por eso nos emociona más la descripción del viejo que hace FdA en su articulo, en el sentido de tener empatía con su vivencia y subsecuentemente compasión por él y por nosotros mismos, que la que experimentaríamos in situ, preocupados del rol que nos imaginamos que nos corresponde y de los compromisos e implicaciones que conlleva, así como de nuestras reacciones frente a las acciones de los que nos rodean.

    Los hombres y mujeres de los videos de Viola son actores. Los actores, según el método que utilicen de entrenamiento y representación, pueden utilizar la mimesis de los gestos asociados a las emociones a través de la observación y el estudio, o bien, pueden dejarse embargar por las emociones guardadas en su memoria vital para recrear los gestos asociados. En el primer caso puede ocurrir que la mimesis de los gestos fluya en el actor recreando el sentimiento de la emoción y difumine así la separación artificial entre ambas, o que el actor sea capaz de controlar ese flujo y mantener el distanciamiento emocional sin perder credibilidad – el súmmum del arte escénico.

    ¿Seremos los agentes en la vida real también actores? Si fuera así, ¿qué método aplicamos cada uno?

    Comentado por: Everyman el 17/8/2006 a las 12:51

  • Hace unos años,me decia un musulman,residente en España,que despues de haber vivido en otros paises de Europa,aqui,aún quedaba humanidad.Coincidia,en la distancia de la formación y el tiempo,con el otro dia mencionado A.Humboldt cuando afirma de resultas de su viaje por España,que este es un pais de bonhomia,cierto que antes habia pasado por Francia.
    La palabreja,bonhomia,tomada del traductor,me costó una reprimenda de un linguista aleman,la palabra no es española,sino francesa aunque lo que expresa si lo fuese.
    El episodio que hoy refiere FdA,!que sea en la plaza de Concordia o Armonia!,podria ser un ejemplo de ello.

    Comentado por: maleas el 17/8/2006 a las 11:28

  • Gestos

    El general Diego de León fue fusilado en las afueras de Madrid. El cadáver permaneció expuesto en el descampado frente a la Puerta de Toledo durante una hora, que midió el reloj del fiscal.
    León, primer lancero de España, llegó al lugar de su ejecución en carretela descubierta bajo el sol brillante de octubre. Vestía un dolman rojo, bordado en oro y abierto, para mostrar las condecoraciones, pantalón azul celeste y morrión de los Húsares de la Princesa con gran plumaje blanco.
    Antes de salir de la prisión de Atocha, se probó una docena de pares de guantes de cabritilla, color paja, hasta que unos le parecieron bien.
    Repartió sus monedas de oro entre los soldados del pelotón de fusilamiento. Les dio ánimo para que no temblaran y fueran a fallar, cosa que le preocupaba. Él mismo dio las tres voces de mando y, después de gritar “fuego”, aún lo quiso repetir, porque le parecía que tardaban.
    Toda la prensa europea reprodujo la noticia del héroe pasado por las armas en el otoño de 1841. Eva James la leyó en Leeds. Tenía veinte años, huía de Londres y el proceso de divorcio. Miró la litografía del fusilamiento y se dijo:
    —¡Ya podía ser yo la viuda de este hombre! Tendría una gran pena, todos me verían…
    El general Diego de León era el más distinguido soldado de España, el más guapo en el besamanos de la reina María Cristina y el que batió a los carlistas en todos sus encuentros y batallas durante la guerra.
    Atacaba a la carga e irrumpía en la formación del enemigo más numeroso. Ocupaba fortalezas, forzaba pasos por puentes y murallas, y hasta entraba a caballo por troneras, como se vio en Belascoain. A lo largo de la guerra carlista, tuvo veintiún caballos muertos en acción, mientras él los montaba. El último, con cuatro balazos en la cabeza, cayó en Berga, cuando León tomó, al arma blanca y paso de ataque, los veinticuatro reductos de la plaza. Ese día, último de la guerra, todos quienes iban con él fueron muertos o heridos. León siempre salió ileso de tiros, bombas, caídas, lanzadas y sablazos.
    Era el soldado más famoso, aclamado por el público hasta hacerle ponerse en pie en los teatros. Así sucedió en Zaragoza, con Espartero presente, verde de envidia, estado perfecto para arrancar por la senda de la revolución a la dictadura.
    Cuando Espartero dio su golpe de estado, echó a la reina María Cristina y se autoproclamó regente, León pensó primero, claro, en irrumpir a la carga. Pero, ¿contra quién? Su contrincante estaba en un despacho. ¿Qué hacer?
    Se paseó una temporada por Francia, con su capa blanca y su plumero blanco de húsar. La ciudad de Burdeos le agasajó con un gran recibimiento y León pasó revista a las tropas. El público le vitoreaba y los oficiales de la legiones extranjeras sabían de sus acciones.
    Volvió a Madrid. Su ilusión era restaurar la Regencia con un besamanos de gala. Él luciría refajo de General en Jefe, además de sus cruces y plumajes.
    Lo complicado era el paso previo. Había que conspirar y hacer una insurrección. Ahí intervenían otros generales con ganas de figurar y ponerse fajas nuevas. Muy dispuestos a quedarse con la gloria de la empresa o a traicionarla. León desconfiaba de todos y no se decidía. Fuera de las cargas de caballería y los besamanos, el hombre no sabía por dónde tirar.
    El general O’Donnell no esperó más y se sublevó en Pamplona. Cuando la noticia llegó a Madrid, todo el mundo, aguardó la inminente aparición de Diego de León por alguna parte, con su lanza y capa blanca.
    La noche del 7 de octubre de 1841, sonaron descargas y tembló Madrid. Era el general Concha, sublevado al frente del regimiento de la Princesa, que trataba de intimidar a los alabarderos de Palacio. Pero ningún insurrecto pasó de la puerta principal.
    Mientras tanto, León estaba perplejo y confundido. Primero, O’Donnell se adelanta; y luego, Concha ronronea cerca de la reina. ¡Quieren arrebatarle la gloria de la empresa! ¡Vestirse de General en Jefe en el besamanos!
    Estaba tan desanimado que, como recurso supremo, se propuso hacer una irrupción a la carga. Hizo traer su uniforme de húsar y ensillar el caballo. ¿Arrearía hacia Palacio? ¿No debía arrastrar consigo algún regimiento? Las dudas le tenían agarrotado.
    Entonces el general Pezuela acudió en busca de León. Y le quitó raso todas las preocupaciones gloriosas y celosas. Pezuela, un par de años más joven que León, sería luego conde, poeta y traductor de Dante y Camoens.
    –¡León! —le dijo—. Los alabarderos no se rinden y el general Concha no sabe qué hacer. Los soldados gritan “¡León!” Todos claman por su presencia. “¿Dónde está León?” No se oye otra cosa. ¡León! ¡Debe usted acudir, ponerse al frente y lidiar lo que aún ofrezca la noche!
    Aunque era sordo, León entendió enseguida lo principal. No le querían arrebatar la gloria. Al revés, lo reclamaban para dirigir la empresa fracasada. Montaron y salieron los dos. Delante arreaba Pezuela con uniforme de brigadier; detrás, León, con capote de soldado, como si fuera su ordenanza. Forzaron la guardia enemiga y galoparon por la calle Caballerizas, bajo un diluvio de balas, hasta llegar a Palacio.
    Una vez dentro, cayó el capote y León se apareció a sus soldados. Vitoreo enorme. Arengó a la tropa y conferenció con los generales. Poco después, se hizo el silencio y arrancó la escena: León ordenó primero tocar la marcha de honor y, tras calarse el chacó de húsar de ancho plumaje, comenzó a subir la escalera principal. Subió los cuatro peldaños y proclamó, con su fuerte voz de sordo, la arenga fiera para intimidar a los alabarderos. Le respondió una amenaza que no oyó. Y una descarga de fusilería a quemarropa que, una vez más, no le acertó.
    Se reanudó el combate y los alabarderos se mostraron más firmes que nunca. Nadie se hacía ilusiones. El golpe había fracasado. Las tropas del gobierno habían rodeado el Palacio. Una voz dijo que el gran León debía hacer una irrupción y romper las líneas del enemigo. El gran León, indeciso desde que terminó la guerra, asintió, pero luego dijo que no.
    A las tres de la mañana, los insurrectos, ya reducidos a los generales Concha y Pezuela, algunos caballos y una compañía de infantería, salieron de Palacio por el campo del Moro hacia la puerta de Hierro. Enseguida se dispersaron. León fue a saltar una zanja y allá se le quedó el caballo.
    Caminó legua y media por la carretera de Valladolid, solo, al tentón por las negruras de la noche ciega. Porque el sordo, cuando no ve, aún oye menos. Y se dio de narices con unos cazadores de la Guardia Real. Le ofrecieron un caballo y se pusieron a sus órdenes. León les dio unas onzas por la montura y ordenó que no le siguieran.
    Arreó campo a través, sin mayor convicción. Con la primera luz, unos labradores lo reconocieron y aclamaron. Se paró y tomó un bocado con ellos. Siguió hasta Colmenar Viejo y vio a lo lejos un escuadrón de húsares de la Princesa. Ya se apeó y los aguardó, recostado en un muro. Eran los soldados que él había convertido en la mejor caballería del ejército, iba al mando el comandante Laviña, que había sido su ayudante y le tenía devoción. Los húsares rompieron en alabanzas y ofrecimientos para ir con él adonde quisiera.
    —Vamos a Madrid. No sé huir.
    El consejo de guerra empezó a la una de la tarde del día 13. Espartero, el regente, quiso sustanciar rápido el asunto. Esa noche había sentencia. Condena a muerte por mayoría. Habían votado muerte los generales Méndez Vigo, terror de sus subordinados, Isidro, partidario de lo que hiciera falta, y Ramírez, que se lo debía todo al suegro de León.
    El general Grases, que votó en contra, dijo:
    —Si León debe morir por haberse sublevado, ¿cómo no nos ahorcamos nosotros, ahora mismo, con las fajas?
    Como había empate, intervino el presidente, general Capaz, y votó muerte. A continuación, el Tribunal Supremo, presidido por el general Maroto, excarlista batido en campaña por León, aprobó la sentencia por unanimidad.

    La madrugada del día 15, el defensor, general Roncali, cumplió su deber de despertar al reo del último sueño. León se levantó, con gravedad y temple imponentes, ordenó que rompieran en tres pedazos su lanza de combate y se aplicó a escribir la carta a su mujer.
    Enseguida, el vivo recuerdo de la juventud ida y la gloria desvanecida ocupó su imaginación con la fuerza insuperable de la más profunda amargura. Tiró la pluma, descargó un puñetazo sobre la mesa, se puso en pie y clamó con su voz formidable de sordo: “¡Y he de morir yo!” Eva James, ciega de lágrimas, apretó fuerte las piernas y sintió una ola orgásmica.
    León estaba puesto en capilla. En un rincón del cuarto tenía la cama y en el otro, un altar improvisado con un crucifijo y dos cirios. Al lanzar la exclamación, se volvió hacia la ventana y vio la primera luz.
    —¡El último día!

    A mediodía salió de la prisión de Atocha en una carretela descubierta, frente a él iba su defensor, el camarada Roncali, y, a su lado, el jesuita Carasa, mostrándole un crucifijo.
    Diego de León vestía gran uniforme de húsar de la princesa, llevaba todas sus cruces y condecoraciones en el pecho. Las anchas plumas del chacó se bamboleaban airosas al sol feliz y riente de octubre, y él, recostado en la capota, apoyado como al descuido, soberbio, levantaba de vez en cuando la mano enguantada y la pasaba con coquetería por los negros cabellos y el fino bigote lustroso. Miraba en derredor con franqueza y orgullo.
    Se fijó en los fusiles del piquete. Y le comentó a Roncali:
    —¿Sabe usted, camarada, que me figuro que no me van a dar? ¡Tantas veces me han tirado sin acertar!
    Roncali estaba tan desfallecido que se vino abajo. León le dijo:
    —¡Alma, Federico! No es momento de abatirse.
    Leída la sentencia, dio un paso adelante y habló recio, mirando a los soldados y en actitud majestuosa:
    —¡No tembléis! ¡Al corazón!
    Dio las tres voces de mando. La descarga le traspasó. Fueron las primeras heridas del general Diego de León.

    Comentado por: Eduardo Gil Bera el 17/8/2006 a las 10:43

  • El tema del cuidado de "nuestros mayores" resulta realmente turbador.
    Yo he tenido mucha suerte con los míos pero ¿quién se encuentra capaz de meterse en la piel de esas HIJAS y NIETAS (SOBRINAS, incluso) cuyos parientes han quedado en un estado tan lamentable?
    ¿Soportaría alguno de ustedes donar una buena parte de su vida a una causa que, además, se termina por juzgar inútil?
    ¿Saben ustedes cómo terminan esas cuidadoras? ¿qué enfermedades físicas, psíquicas y sociales acaban padeciendo?
    Asusta sólo pensarlo.

    Comentado por: Esperanza Gil Díaz el 17/8/2006 a las 10:20

  • plaza adriano , plaza molina ? mal muy mal . plaza de la concordia es mas bonita , con su farmacia , su pasteleria , su centre cultural , floristeria , iglesia . Pero bueno

    Comentado por: albert pla el 17/8/2006 a las 10:17

  • ¿ Me está llamando desmemoriado, señor?

    Comentado por: nosoyruso,señor el 17/8/2006 a las 09:44

  • Veo que no caigo en el olvido...

    Comentado por: gabriel feraud el 17/8/2006 a las 09:40

  • Una de las últimas fotografías muestra a Mitterrand con una nariz ganchuda como un diente de serpiente que sobresale de rostro su hundido entre las aristas de un abrigo negro. Mitterrand era un vampiro que se alimentaba de la energía de los demás: absorbía el pensamiento de los vivos hasta matarlos. Como les ocurría a muchos “grandes hombres” relacionaba capacidad sexual con vida admisible. Admitir su impotencia era revelar una debilidad que despertaba el instinto de los enemigos. Esta mezcla de murciélago hematófago y minotauro prefirió arriesgar su vida a verse empequeñecido por el escándalo de la intimidad. Se negaba a abandonar su jerarquía en la manada. El minotauro en modo alguno aceptaría el consuelo de ser un minitauro y mucho menos como un microtauro. Por eso mandó construir la pirámide del Louvre. Un falo de cristal bajo el que pululan cientos de turistas que colisionan entre sí como espermatozoides dispuestos a ser propulsados sobre los tejados del museo. La pirámide del Louvre es la polla de Francia, Francia es una tartufería y yo soy un idiota jugando a ser Freud: un escritor austriaco de ciencia-ficción.


    De Gaulle era el rey sol con un tambor de lata en la cabeza. Creía que su propio cuerpo contenía el estado. Su enfermedad simbolizaba la enfermedad y debilidad de Francia. Esta visión les fue negada a lo deportistas revolucionarios que quisieron cambiar el mundo en tres minutos. El cuerpo glorioso ha de mantenerse sano y despedir rayos refulgentes con los que deslumbrar a la masa que, como se sabe, se deja en realidad deslumbrar por cualquier cosa. Pusieron toda su energía y su astucia al servicio de sus delirios narcisistas. Aunque, ahora que lo pienso…

    Los viejos soldados. En el extraordinario relato "The Duel", de Joseph Conrad, el impulsivo Gabriel Feraud y el sensato Armand D’Hubert, oficiales de caballería del ejército napoleónico, se baten en improvisados duelos durante largos años: “ Nadie se bate tres veces con un hombre para luego hablar mal de él», le dice Armand D’Hubert a un general que le exige una explicación. Hace mucho tiempo que los enemigos han perdido el rostro.

    Gracias a francesca y a maleas.Y gracias a Don Féilx.

    Comentado por: nosoyruso,señor el 17/8/2006 a las 09:36


  • Estas conmovedoras fidelidades, ¿siguen siendo posibles en la era del amor posmoderno, o se sostienen sobre una educación moral perdida para siempre?

    Comentado por: melville el 17/8/2006 a las 09:17

  • Qué felicidad sentí al volver a casa, después de mi triste viaje de tres minutos por esa ciénaga inmunda que llaman Mediterráneo, cuando me arrellené en el sofá y me puse a despanzurrar los cojines rellenos de plumas que inundaron la habitación como una invencible bandada de aves migratorias. Y qué alivio el verme lejos de ese piélago piltrafoso lleno de barcos, ruinas y emigrantes, y reconocerme al fin en el espacio sólido y secreto que desde hace años me contenía. Sin deshacer las maletas, abrí un libro acerca del Nilo Blanco que había comprado en un aeropuerto insípido, cuál sería, y durante horas me abismé en las aventuras de varios exploradores frenéticos que parecían desvanecerse en su propio viaje y afantasmarse hasta convertirse en pálidas sombras que cruzaban desiertos radiantes y espesas selvas de calor líquido. Desclavé con ellos las puntas de las tiendas, fui atacado por fieras, sentí como propia su codicia, me ahogué en la tenue densidad de la malaria, y muchas cosas más.

    Frente a esos viajes alucinados, mi único movimiento era el de mis dedos pasando las páginas; pero incluso en ese lúgubre estado de lectora, acostada como una muerta, pudriéndome como una momia envuelta en papel, me amenazaba un peligro inminente: al pasar el dedo por el filo de una página me corté en la yema del corazón y empecé a sangrar. El horror, el horror. Arrojé el libro lejos de mí como si me hubiese mordido una alimaña y a través del pasillo, sin resuello apenas y casi sin visión, me arrastré como pude hasta el baño donde lavé mi herida civilizada y me pusé algo así como un apósito que guardaba en el fondo de una antigua caja de galletas de galletas maría fontaneda. A veces un libro es más peligroso que las intratables fieras de los bosques y las selvas.

    No puedo decir que yo sea precisamente una viajera, pero en pocas personas encontraréis una disposición tan pura y honrada a dejarse fascinar por las invenciones y patrañas de los exploradores. Aunque no se hayan movido de sus casas, y giren día y noche sobre sí mismos como yoyós, yo estaré allí, escuchando cómo sobrevivieron al fin del mundo, y cómo sobreviven ahora al fin de nuestro mundo. Que es, por otra parte, lo que está pasando siempre.

    Comentado por: jo tía el 17/8/2006 a las 09:12

  • Este relato lo situaria en la plaza de la concordia de las corts , en barcelona , entre la floristeria y la pasteleria , y azua entrando en direccion a la iglesia , se para y actua .

    Comentado por: albert pla el 17/8/2006 a las 09:06

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Biografía

Félix de Azúa nació en Barcelona en 1944. Doctor en Filosofía y catedrático de Estética, es colaborador habitual del diario El País. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Edgar en Stephane, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Las lecciones de Jena, Las lecciones suspendidas, Ultima lección, Mansura, Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Cambio de bandera, Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su obra ensayística es amplia: La paradoja del primitivo, El aprendizaje de la decepción, Venecia, Baudelaire y el artista de la vida moderna, Diccionario de las artes, Salidas de tono, Lecturas compulsivas, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas, Esplendor y nada y La pasión domesticada. Los libros recientes son Ovejas negras, Abierto a todas horasAutobiografía sin vida (Mondadori, 2010) y Autobiografía de papel (Mondadori, 2013)Una edición ampliada y corregida de La invención de Caín ha sido publicada por la editorial Debate en 2015; Génesis (Literatura Random House, 2015). Nuevas lecturas compulsivas (Círculo de Tiza, 2017) y Volver la mirada, Ensayos sobre arte (Debate, 2019) son sus últimos libros.  Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis. 

En junio de 2015, fue elegido miembro de la Real Academia Española para ocupar el sillón "H".

 

Bibliografía

 




 

Ensayo

Volver la mirada (2019). Debate, España.

Nuevas lecturas compulsivas (2017). Círculo de Tiza, España. 

La invención de Caín (2015). Mondadori, Barcelona. 

Contra Jeremías (2013). Mondadori, Barcelona.

Contre Guernica, Prefacio para Antonio Saura (2008). Archives Antonio Saura, Genève.

 La pasión domesticada (2007). Abada, Madrid.

Ovejas negras (2007), Bruguera, Barcelona.

Cortocircuitos. Imágenes mudas (2004). Abada, Madrid.

La invención de Caín (1999). Alfaguara, Madrid.

Baudelaire y el artista de la vida moderna (reedición) (1999). Anagrama, Barcelona.

Lecturas compulsivas. Una invitación (1998) Anagrama, Barcelona.

Salidas de tono (1996). Anagrama, Barcelona.

Diccionario de las artes (1995). Planeta, Barcelona.

Baudelaire y el artista de la vida moderna (1992). Pamiela, Pamplona.

Venecia (1990). Planeta, Barcelona.

El aprendizaje de la decepción (1989). Pamiela, Pamplona.

La paradoja del primitivo (1983). Seix Barral, Barcelona.

Conocer a Baudelaire y su obra (1978). Dopesa, Barcelona.

 

Novelas y prosa literaria

Génesis (2015). Literatura Random House, Madrid. 

Autobiografía de papel (2013). Mondadori, Barcelona. 

Autobiografía sin vida (2010). Mondadori, Barcelona.

Abierto a todas horas (2007). Alfaguara, Madrid.

Esplendor y Nada (2006). Lector, Barcelona.

Momentos decisivos (2000). Anagrama, Barcelona.

Demasiadas preguntas (1994). Anagrama, Barcelona.

Cambio de bandera (1991). Anagrama, Barcelona.

Diario de un hombre humillado (1987). Anagrama, Barcelona.

Historia de un idiota contada por él mismo, o el contenido de la felicidad (1992), Anagrama, Barcelona.

Mansura (1984). Anagrama, Barcelona.

Última lección (1981). Legasa, Madrid.

Las lecciones suspendidas (1978). Alfaguara, Madrid.

Las lecciones de Jena (1972). Barral E., Barcelona.

 

Relatos

"Quien se vio", Tres cuentos didácticos (1975). La Gaya Ciencia, Barcelona.

"La venganza de la verdad" (1978). Hiperion nº1, Madrid.

"Herédame" (6 y 7 agosto 1985). El País, Madrid.

"El trencadizo", con grabados de Canogar (1989) Antojos, Cuenca.

"La pasajera" (18 nov. 1990). El País, Madrid.

"La resignación de la soberbia", Los pecados capitales (1990). Grijalbo, Barcelona.

El largo viaje del mensajero (1991) Antártida, Barcelona.

Cuentos de cabecera ("La pasajera" y "La segunda cicatriz") (1996). Planeta NH.

"El padre de sus hijos" (1998). Barcelona, un día, Alfaguara, Madrid.

"La verdad está arriba" (1998). Turia, Teruel.

 

Poesía

Última Sangre. Poesía 1968-2007 (2007). Bruguera, Barcelona.

Poesía 1968 1988 (1989). Hiperion, Madrid.

Farra (1983). Hiperion, Madrid.

Siete poemas de La Farra, con un grabado de A. Saura (1981). Cuenca.

Poesía 1968 78 (1979). Hiperion, Madrid.

Pasar y siete canciones (1977). La Gaya Ciencia, Barcelona.

Lengua de cal (1972). Visor, Madrid.

Edgar en Stéphanie (1971). Lumen, Barcelona.

El velo en el rostro de Agamenon (1970) El Bardo, Barcelona.

Cepo para nutria (1968). Madrid

Premios

1987 Premio Anagrama de Novela.

2000 Premio a la cultura "Sebetia-Ter" del Centri di Studi di Arte e Cultura di Napoli".

2001 Premio a la tolerancia de la "Asociación por la Tolerancia", Barcelona.

2011 Premio González-Ruano de Periodismo

2014 Premio Internacional de Ensayo José Caballero Bonald

2015 Premio Francisco Cerecedo de la Asociación de Periodistas Europeos 

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