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El blog literario latinoamericano

lunes, 13 de febrero de 2012

 Blog de Félix de Azúa

Que no te oigo

La memoria auditiva es la más leve y se sumerge al instante en el silencio junto con el sonido que la origina. Recordar un sonido me parece a mí de las cosas más ásperas de pensar. Podemos imaginar que recordamos una melodía por analogía con el recuerdo de una frase lingüística, pero un sonido... ¿Recuerdo cómo sonaba el piano de Lipatti en mi primer tocadiscos? Ni en el último. ¿Recuerdo el tono de voz de mi madre? ¡Qué va! Alguna inflexión. Una “música”. Quizás, la risa.

¿Cómo sonaba la música en el pasado? La disputa (a mi entender de calado filosófico) entre intérpretes historicistas y sus contrarios se da en un terreno onírico: la reconstrucción de un sonido y de aquellos que lo percibieron. Reconstruir una sonoridad instrumental es una cosa (por ejemplo, el clavecín de Couperin), otra muy distinta reconstruir una audición del pasado (por ejemplo, cómo lo oían los coetáneos de Couperin). Podemos reconstruir una lengua muerta, pero nunca sabremos con qué acento se hablaba.

Hace unos meses, Charles Rosen, nuestro Virgilio musical, comentaba en el NYRB un ensayo recién aparecido sobre las transformaciones que el disco ha introducido en el estilo de los intérpretes. La tesis del estudioso, compartida por Rosen, era que la presencia de miles de grabaciones había provocado una severa reacción defensiva en los artistas, los cuales estaban cada vez más pegados a la letra de la partitura y huían con pavor de la libertad interpretativa. Según el ensayista, el mérito del artista actual reposaría, en mucha mayor medida que antaño, en la precisión técnica.

Rosen aportaba muchos datos sobre las libertades que se tomaban los grandes pianistas de hace cien años, frente a la sequedad y el rigorismo técnico de los actuales.

Por pura casualidad he topado con un texto de Heine en donde el argumento se repite. Está escrito hacia 1840, cuando los “concerti per pianoforte” se impusieron como el gran espectáculo de la burguesía refinada. Los virtuosos se convirtieron en las estrellas mejor pagadas y más admiradas del momento. Para un músico serio como Heine, aquello era abaratar, dilapidar, estupidizar la música.

“Este delirio universal de aporrear el piano, y sobre todo las gloriosas giras de los virtuosos del teclado, son algo típico de nuestra época y demuestran el triunfo de las artes mecánicas sobre el espíritu. La perfección mecánica, la precisión del autómata, la identificación del músico con la madera y las cuerdas tensadas, la transformación del hombre en un instrumento sonoro, eso es lo que ahora se exalta y alaba como la cima del arte” (Lutece, vol.II, P.180).

Para Heine, habituado a la lectura íntima de la partitura y a la música doméstica que se comparte entre unos pocos intérpretes, la aparición del inmenso espectáculo sonoro en los recientes palacios de conciertos debió de ser algo así como la entrada del ferrocarril en el arte. El virtuoso sería una locomotora, frente al antiguo paseante solitario, el wanderer, para quien la música era puro recogimiento.

O bien el modelo mecánico se ha acentuado con la invasión del disco, o ambos, Rosen y Heine, sufren una alucinación debida a la inconstante, frágil, engañosa memoria auditiva.

[Publicado el 26/4/2006 a las 09:30]

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Comentarios (16)

  • En este momento recuerdo el sabor y el aroma de su sexo, que botaba mis sentidos, me volví adicto, llore el dia que la perdí, no he conocido ninguna otra mujer que tenga esa misma esencia, y vaya que lo he intentado, pero eso es ya, solo eso, un recuerdo que me ha atormentado mas de cuatro años, saben que es lo peor, la veo a diario.

    Comentado por: Adan Balcazar el 26/4/2006 a las 21:45

  • Hace mucho tiempo, en Amsterdam, soportando el suave frío de abril mientras recorría una calle desierta me llegó un intenso olor a haschish. Miré las fachadas buscando alguna ventana abierta y ni siquiera encontré una puerta entornada. Durante los breves segundos que persistió el aroma me pregunté, quieto e inquieto, de dónde podría venir, sin hallar ninguna explicación plausible. En varias ocasiones, a lo largo de los tres o cuatro años posteriores, ese olor acudió a mí de repente, nunca en situaciones de disfrute de esa sustancia, que por entonces era de comunión diaria en mi círculo de amigos universitarios. Ha pasado desde entonces suficiente tiempo como para dar por perdida esa sensación olfativa. Sé, sin embargo, que es muy probable que su huella perdure en algún recóndito rincón de mi memoria. El futuro siempre está abierto a las sorpresas.

    Comentado por: Zenón de Elea el 26/4/2006 a las 21:28

  • Nosoyruso
    Volviendo a lo anterior, creo que tienes razon lo correcto no era desvariar, no debi utilizar esa palabra.

    Comentado por: Adan Balcazar el 26/4/2006 a las 21:25

  • No fue mi intencion molestarte, ya quisiera yo poder escribir como tu.

    Comentado por: Adan Balcazar el 26/4/2006 a las 21:14

  • Mas bien seria, estar viviendo en ese momento una experiencia similar.

    Comentado por: Adan Balcazar el 26/4/2006 a las 20:27

  • Seria como recordar un aroma, para recordar necesitas repetir la experiencia.

    Comentado por: Adan Balcazar el 26/4/2006 a las 20:23

  • Yo conocí a un tipo que decía que tenía “oído perfecto” porque conseguía dar un LA completamente afinado sin necesidad de oír previamente un diapasón. Su cualidad siempre me pareció un asunto circense y nada musical. Exactamente lo mismo que las habilidades de los músicos virtuosos. En tal caso, es lógico que la publicidad que menciona Eduardo sea una prolongación del exagerado tecnicismo previo.

    La memoria tímbrica puede que sea otra cosa: algo más semejante quizás al sabor de una magdalena que no probábamos desde que éramos niños. A mí sólo me pasa con el pitido de las locomotoras de vapor, que es una de las pocas músicas llenas de emoción que recuerdo de mi infancia; pero me imagino que gentes que se criaron entre pianos o violines puedan experimentar algo similar. En todo caso, también debe de ser un tema colateral al meollo de lo musical. Y en eso estoy con Heine.

    Comentado por: Juan Diez del Corral el 26/4/2006 a las 16:02

  • Cachando el tío.. recuerdo que ... si ahora tu te vas descubrirás que los días son eternos sin .... lalara ra.. si recuerdo bien, no sé quien la cantaba sí la entonación que según comentaron es lo primero y lo último que se olvida.

    Buena suerte!

    Enea

    Comentado por: Enea el 26/4/2006 a las 15:03

  • jajajja.. pues antes de irme creo que iba de audición , no de posturas pero si de recuerdos nunca ... claro que... quizás más que pensar es la mejor postura para recordar : memoria auditiva.... el aullido del lobo

    cuando él, está a cuatro patas, digo él... por aquello de la tarta que se divide en dos cuando el cumpleaños se acaba

    Enea

    Comentado por: Enea el 26/4/2006 a las 15:00

  • Sólo una nota para comentar que el oyente griego antiguo estaba capacitado para escuchar una octava más que nuestra civilización.
    Georges

    Comentado por: Bataille el 26/4/2006 a las 14:25






  • Jo tía. Aquel momento no se va de mí, y cómo me recuerdo yo ahora, despatarrada en mi despatarramiento, esperando a cuatro patas aquel proyectil tierra aire que venía hacia mí por la oscuridad de la habitación, por la ocuridad venía aquel cohete de euforia, con la risa puesta en el glande, que glande era y qué ledondo. Y no sólo me puse a cuatro patas, como requería la situación, que mi madre no me dio una educación para no saber estar, digo yo, sino que también consentí en que me llamara cerdita; así me llamaba: cerdita, quién se va a comer este pedazo de bellota, decía, quién se va comer este fresón, y yo miraba aquel fresón sobrenatural, efectivamente, apuntándome a mí, que daba como miedo aquel ojo puesto ahí, como el cíclope despupilado de fue Nadie, fue Nadie el que te cegó, pero a la vez pensaba: qué horrible falta fuera de toda razón y sentido y conveniencia estoy cometiendo, qúe despropósito evolutivo me arrastró a esta posición miserable, cómo he llegado yo a estas cuatro patas. Qué triste es la gravedad, qué triste el instinto. Y qué ingrata su persistencia.

    Así me dejaba hacer, me estaba haciendo, mientras Bekelauer, no dejaba de dar órdenes y de imponer su santa voluntad: ponte así, date la vuelta, gira sobre ti misma ciento ochenta grados aproximadamente, no, he dicho ciento ochenta, no noventa y cinco, pero dónde tienes la cabeza, pregunta. Aquí, donde me dijiste, debajo de la alfombra, digo. Pero a quién se le ocurre, hacerme caso, dice. Entonces ¿ puedo salir ya?, digo. No, aguanta un poco más, dice, que ya me voy a ir yendo. Es que se me hace difícil respirar, digo. Que ya me voy a ir yendo, joder, dice, aguanta un poco; ya respirarás después, cuando todo termine.

    ¿ En qué piensa un persona sometida a semejante despatarramiento, puesta a cuatro patas, obligada a responder al ignominioso nombre de cerdita, amenazada explícitamente por un fresón y con la cabeza metida bajo la alfombra?. Pués, contra todo pronóstico, yo declaro solemnemente que esta es la mejor posición para pensar.

    Comentado por: jo tía el 26/4/2006 a las 14:07

  • No está en nuestras manos la posibilidad de imaginar cómo interpretaba Liszt sentado de perfil, de igual manera que nos es totalmente imposible reconstruir una imagen fiel o fidedigna de cualquier ciudad sin alumbrado eléctrico. Cuando por la noche los turistas embelesados miran el Castillo de Praga iluminado,sonrío maliciosamente, y les perdono, porque no saben lo que están viendo, ni lo que dicen.

    Comentado por: Ramón Machón el 26/4/2006 a las 13:57

  • A mí todas esas disputas entre artistas me cansan mucho..
    Y, ¿a quién pueden importarle?

    Comentado por: fedra el 26/4/2006 a las 13:00

  • Recordar un sonido. Desposeamos a un sonido de todas sus connotaciones. Si consideramos un sonido como una determinada cantidad de energía acústica, con una potencia y una presión dadas, es necesaria la experiencia de recordar ese sonido ya escuchado (su reproducción) para verbalizarlo, para convertirlo en lenguaje y que forme parte del mundo. [Sin la experiencia wittgensteiniana del color no podemos hablar del color ni comprenderlo].
    Sr. Pozo a pesar del oxímoron, el sonido del silencio puede ser música, como el lenguaje del espacio entre las palabras puede ser poesía.

    Comentado por: Tipo material el 26/4/2006 a las 11:45

  • En 1840, Franz Liszt, el as de la tecla, recorría el mundo con su atrevida invención: el recital de piano solo. Una innovación nunca vista era que situaba el instrumento de perfil, de modo que el intérprete no daba la espalda al público, como hacían los pianistas anteriores. Pero lo crucial era la exhibición perfilada de Liszt durante el éxtasis tecleado. La cara, las manos y toda la figura del virtuoso se ponían en escena por primera vez, con un resultado fascinante.
    Desde entonces, todos los pianistas, en cada uno de sus gestos y posturas de trabajo, hacen de “liszt”. La liturgia que escenificaba el dios del piano, primera estrella pop de la historia, sigue vigente sin una sola innovación, ni siquiera mediana.
    Durante su concierto del 16 de abril de 1844, en el Théâtre-Italien de París, se desató el delirio de un modo que los viejos del lugar no recordaban desde el regreso de Napoleón. Hubo gritos, desmayos, ataques de histeria y camelias, para dar y tomar. Lo mismo había pasado antes en todas las capitales europeas, desde Lisboa hasta Estambul y San Petersburgo. La “lisztmanía” estaba en su apogeo.
    Los médicos de los nervios, el órgano de moda, escribían columnas en la prensa donde hablaban de galvanismo, magnetismo, epilepsias histrionales y raros fenómenos eléctricos que se producían en la psique de las damas cuando asistían a un recital de Liszt.
    El poeta y periodista Heinrich Heine escribió la crónica de la temporada musical y explicó la clave de la furiosa “lisztmanía” en el Allgemeine Zeitung de Augsburgo:
    “Nuestro Liszt es el nuevo Homero reclamado por las grandes patrias europeas, Atila azotapianos, Fausto revivido, moderno Anfión que pone en danza los sillares de la catedral de Colonia, Rolando furioso con sable húngaro, resucitado flautista de Hamelín y agitador sin precedente en los anales del furor. ¿Cómo lo consigue? Nuestro Liszt, sépase de una vez, invierte una pasta en periodistas, poetas, floristas y otros manufactureros del entusiasmo. Nuestro Lizst, se gasta el dinero en alquilar el éxito, ese repugnante estupefaciente a base de compadres que brindan con champán, críticos hambrones, camelias rojas y poemas de encargo, no míos, por cierto. Y son los efluvios de ese potaje los que hacen perder el sentido a las damas y relinchar a los caballeros.”
    Heine tenía toda la razón. Hacía más de diez años que se conocían y Liszt no hacía más que ofenderle, venga a llevarse la fama y las camelias. Encima, para añadir al agravio el escarnio, Liszt había puesto música a poemas de mucha gente. Eso era el colmo de la vejación, porque Liszt también había musicado poemas de Heine, ¡como si le diera lo mismo!
    Había más cosas, no tan graves, pero sí horribles, que Heine no podía perdonar. Liszt era más joven. Sólo eso ya desmoralizaba lo indecible. Y todo el rato era así.
    Además, siempre iba por delante. Diez años antes, para cuando el poeta Heine consiguió la prohibición de sus escritos en Prusia, el pianista Liszt ya se había fugado con una condesa.
    Heine lo intentó todo. Hasta se puso a escribir en francés. Imperdonable en un poeta. Aquello era como si Liszt diese un concierto en Moscú y, en vez del piano, se empeñase en tocar la balalaika.

    Ay, aquel 1844 fue el año de la polka. La sala sexta del tribunal de orden público del Sena condenó a seis meses de prisión a una obrera de veinte años por bailar la polka en una verbena pública. En el medioevo se iba a la cárcel por cazar en los bosques del señor feudal; en el París romántico, se conseguía lo mismo por bailar la polka, danza que hacía furor en las mansiones de la aristocracia.

    A lo que iba, que me distraigo. Heine no memoraba cosas oídas y las comparaba con otras, le pasaba ¿se ha notado? otra cosa.

    Comentado por: Eduardo Gil Bera el 26/4/2006 a las 10:15

  • Recordar un sonido, no es que sea áspero, es que es ficción. Reproducir un sonido ausente. El recuerdo como analogía. Pero ¿Cómo se recuerdan las analogías si ellas mismas ya son una imagen?, ¿Un recuerdo recordado o un sonido que suena otra vez?

    “Toda obra de arte actúa sobre su entorno, pero lo hace con acciones que Le Corbusier prefiere definir sobre todo en términos de acústica: el arte ya no sólo asunto del ojo, de la visión, sino también del oído, es armonía en el más estricto sentido musical de la palabra. Se plasma así el concepto, fundamental en el pensamiento del último Le Corbusier, de ‘acoustique plastique’, acústica plástica. Como expresaría más tarde en el segundo volumen de Le Modulor, ‘es el oído quien puede ver las proporciones. Se puede oír la música de la proporción visual”. (Juan Calatrava, ‘Le Corbusier y Le Poéme de l´angle droit’). No hay autonomía sonora sino está inserta en ese complejo del odio que ve y del ojo que escucha. No hay autonomía del sonido solo. Soledad sonora o los sonidos del silencio

    ¿Cómo sonaba la música en el pasado?: Sonoridad versus audición y lengua versus acento. ¿Dónde termina una y comienza otro?

    El disco diferido frente a la ejecución en directo. Ver Juan Benet, ‘La moviola de Erípides’.

    Heine, ¡Ah Heinrich Heine!, molesto por el progreso mecánico que arruina el espíritu; molesto por el rigor técnico que arruina las libertades del intérprete. Un Heine asustado que vuelve la mirada al pasado, como nos relata en, las recientemente editadas por Albia, ‘Confesiones y Memorias’. Ya no tanto el ‘Libro de canciones’ o ‘Alemania un cuento de invierno’ como un regreso al santo de Hipona. Un regreso al silencio del frio.

    Comentado por: El Pozo y El Numa el 26/4/2006 a las 10:02

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Biografía

Félix de Azúa nació en Barcelona en 1944. Doctor en Filosofía y catedrático de Estética, es colaborador habitual del diario El País. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Edgar en Stephane, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Las lecciones de Jena, Las lecciones suspendidas, Ultima lección, Mansura, Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Cambio de bandera, Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su obra ensayística es amplia: La paradoja del primitivo, El aprendizaje de la decepción, Venecia, Baudelaire y el artista de la vida moderna, Diccionario de las artes, Salidas de tono, Lecturas compulsivas, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas , Esplendor y nada y La pasión domesticada. Los libros recientes son Ovejas negras, Abierto a todas horas y Autobiografía sin vida (Mondadori, 2010). Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis.

 

Bibliografía

La nueva edición del Diccionario de las artes (Debate, 2011) se amplía en más de cien páginas y corrige todas las entradas anteriores.

 

 

 

 

 

Ensayo

Contre Guernica, Prefacio para Antonio Saura (2008). Archives Antonio Saura, Genève.

 La pasión domesticada (2007). Abada, Madrid.

Ovejas negras (2007), Bruguera, Barcelona.

Cortocircuitos. Imágenes mudas (2004). Abada, Madrid.

La invención de Caín (1999). Alfaguara, Madrid.

Baudelaire y el artista de la vida moderna (reedición) (1999). Anagrama, Barcelona.

Lecturas compulsivas. Una invitación (1998) Anagrama, Barcelona.

Salidas de tono (1996). Anagrama, Barcelona.

Diccionario de las artes (1995). Planeta, Barcelona.

Baudelaire y el artista de la vida moderna (1992). Pamiela, Pamplona.

Venecia (1990). Planeta, Barcelona.

El aprendizaje de la decepción (1989). Pamiela, Pamplona.

La paradoja del primitivo (1983). Seix Barral, Barcelona.

Conocer a Baudelaire y su obra (1978). Dopesa, Barcelona.

 

Novelas y prosa literaria

Autobiografía sin vida (2010). Mondadori, Barcelona.

Abierto a todas horas (2007). Alfaguara, Madrid.

Esplendor y Nada (2006). Lector, Barcelona.

Momentos decisivos (2000). Anagrama, Barcelona.

Demasiadas preguntas (1994). Anagrama, Barcelona.

Cambio de bandera (1991). Anagrama, Barcelona.

Diario de un hombre humillado (1987). Anagrama, Barcelona.

Historia de un idiota contada por él mismo, o el contenido de la felicidad (1992), Anagrama, Barcelona.

Mansura (1984). Anagrama, Barcelona.

Última lección (1981). Legasa, Madrid.

Las lecciones suspendidas (1978). Alfaguara, Madrid.

Las lecciones de Jena (1972). Barral E., Barcelona.

 

Relatos

"Quien se vio", Tres cuentos didácticos (1975). La Gaya Ciencia, Barcelona.

"La venganza de la verdad" (1978). Hiperion nº1, Madrid.

"Herédame" (6 y 7 agosto 1985). El País, Madrid.

"El trencadizo", con grabados de Canogar (1989) Antojos, Cuenca.

"La pasajera" (18 nov. 1990). El País, Madrid.

"La resignación de la soberbia", Los pecados capitales (1990). Grijalbo, Barcelona.

El largo viaje del mensajero (1991) Antártida, Barcelona.

Cuentos de cabecera ("La pasajera" y "La segunda cicatriz") (1996). Planeta NH.

"El padre de sus hijos" (1998). Barcelona, un día, Alfaguara, Madrid.

"La verdad está arriba" (1998). Turia, Teruel.

 

Poesía

Última Sangre. Poesía 1968-2007 (2007). Bruguera, Barcelona.

Poesía 1968 1988 (1989). Hiperion, Madrid.

Farra (1983). Hiperion, Madrid.

Siete poemas de La Farra, con un grabado de A. Saura (1981). Cuenca.

Poesía 1968 78 (1979). Hiperion, Madrid.

Pasar y siete canciones (1977). La Gaya Ciencia, Barcelona.

Lengua de cal (1972). Visor, Madrid.

Edgar en Stéphanie (1971). Lumen, Barcelona.

El velo en el rostro de Agamenon (1970) El Bardo, Barcelona.

Cepo para nutria (1968). Madrid

Premios

1987 Premio Anagrama de Novela.

2000 Premio a la cultura "Sebetia-Ter" del Centri di Studi di Arte e Cultura di Napoli".

2001 Premio a la tolerancia de la "Asociación por la Tolerancia", Barcelona.

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