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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 6 de mayo de 2015

 Blog de Félix de Azúa

Walter Benjamin regresa a la urbe

Hace año y medio, en enero de 2014, di cuenta de la aparición del primer volumen de la Obra de los pasajes, nombre que toma en la edición de Abada el célebre Das Passagen-Werk,magno trabajo inacabado de Walter Benjamin. Allí anunciaba la publicación del segundo volumen en unos meses. Han sido bastantes más de los que suponía, pero por fin aquí está el cierre de la obra. Nadie que comprara el primero puede quedarse sin el segundo y aquellos que prefirieron esperar a que la obra estuviera completa, ya pueden ir a la librería con una maleta. Los dos volúmenes suman 1.662 páginas. Una edición colosal en inmejorable traducción de Juan Barja.

Ustedes se preguntarán si es éste el momento idóneo para entrar en una obra semejante, inmensa cantera donde se acumulan los materiales y las herramientas anhelantes del obrero que es cada lector y de quien se espera trabajo, reflexión, imaginación y esfuerzo. Sí, así lo creo. No se me ocurre mejor momento que éste, cuando todo aquello de lo que habla Benjamin está balanceándose en el filo del precipicio.

El primer volumen comenzaba con esa pieza seminal que ha dado lugar a un replanteamiento general del juicio sobre las grandes ciudades industriales, las diversas metrópolis cuyo modelo inicial fue París. En aquel París, capital del siglo XIX, había mayor número de ideas en aluvión y sin apenas desbroce que en toda la obra de los urbanistas hasta ese día. A esas escasas páginas le han nacido las doce tribus del pensamiento sobre la ciudad contemporánea. Lo asombroso es que el breve artículo era sólo el anuncio de un trabajo extenso e intenso sobre los orígenes del capitalismo para el que Benjamin acumuló tal cantidad de materiales que su pura presencia impidió la realización del proyecto. Parece un cuento de misterio: cuando Benjamin ya lo supo todo sobre la fantasmagoría capitalista del XIX, se desentendió del asunto principal.

Walter Benjamin. /EFFIGIE/LEEMAGE (LEEMAGE)

Como el condenado a muerte de Borges, el cual, tras observar con suma atención la piel del jaguar que va a devorarlo vivo, descubre la escritura secreta del universo, lo que le permite leer el firmamento estrellado y averiguar el plan universal de los dioses de manera que ya la muerte no le importa, así también Benjamin, tras acumular en las que llamó Notas y materiales miles de citas, comentarios, fragmentos, ideas y esquemas, dejó de ocuparse en aquel asunto vagamente marxista sobre el capitalismo y pasó a consideraciones de mayor calado sobre la existencia de los humanos y su historia. Los alemanes le facilitaron la salida. Dado que iban a matarle y estaba condenado a muerte, prefirió suicidarse en Portbou.

En el segundo volumen prosigue la edición de las Notas y materiales. Son otras 800 páginas sobre los asuntos esenciales de su investigación. Hay capítulos sobre el desarrollo técnico, que iba a ser la nueva religión de las metrópolis hasta el día de hoy. Las vías férreas, la litografía, la fotografía o la escuela politécnica emergen como embriones del futuro (y actual) desarrollo del Titán. Fourier, Saint-Simon, Marx son los barbudos abuelos veterotestamentarios. Victor Hugo, Daumier, el Jugendstil, los momentos de iluminación del capitalismo de las catacumbas. Y así sucesivamente.

Como en el anterior, ocupa un lugar privilegiado el ocioso paseante que es el nuevo actor de la representación urbana, el flâneur que escruta, observa, vigila, advierte, las peculiaridades de esa sociedad apiñada en espacios exiguos. Este es el padre del investigador moderno, sociólogo, etnólogo, antropólogo, novelista, detective privado o asesino en serie, pues todo irá naciendo del primer flâneur,desde el criminal que aprovecha el anonimato metropolitano para degollar prostitutas, hasta el poeta que se sumerge en las ondas embriagadoras de la multitud, como escribió Baudelaire. 

Justamente, para júbilo de los benjaminianos, merece la pena informar de que se acaba de editar el libro del amigo de Benjamin que inspiró la figura del flâneur, Franz Hessel, cuyos Paseos por Berlín(errata naturae) escritos en 1929 son el modelo de lo que el filósofo explicará largamente en los Pasajes.Y también es un maravilloso viaje por la metrópolis de hace casi cien años que nos permite descubrir, no ya los cambios, sino las metamorfosis de la vida berlinesa.

Desde que la obra de Benjamin comenzó a divulgarse con una cierta seriedad, tan tarde como en los años sesenta del siglo pasado, su figura ha ido creciendo hasta hacerse inevitable. En la actualidad estudian a Benjamin en los centros de negocios, en los departamentos de Arquitectura, de Ingeniería, de Teología, de Sociología, de Economía, de Bellas Artes, en fin, en todos los departamentos menos en los de Filosofía. Exagero, también en los de Filosofía, aunque algo más tarde. El retraso se debió al marxismo de Benjamin, que viene a ser como el cubismo de Morandi, o sea, nulo, lo que irritaba a los profesores progresistas, que son legión. En la actualidad, Benjamin ha permeado ya hasta las redacciones de las revistas de peluquería. Es algo preocupante.

Entre sus libros más destacados figuran: El concepto de crítica de arte en el Romanticismo alemán (1917), Capitalismo como religión (1921)Libro de los pasajes (1927, inacabado), Franz Kafka (1934), La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica (1936) y Tesis sobre la filosofía de la historia (1959).

Justamente por su enorme popularidad, apenas hay obra contra Benjamin o crítica con sus posiciones. Sólo de vez en cuando alguien se atreve a poner en duda algunos de sus juicios. En un reciente trabajo de Joan DeJean(How Paris became Paris), por ejemplo, se corrige que el plan de Haussmann para la remodelación de la urbe respondiera a las ideas tan avanzadas y racionales que supone Benjamin. Sorprendentemente para el criterio actual, DeJean afirma que quizás se trataba de completar la reforma de Luis XIV, las grandes avenidas y bulevares construidos bajo su reino en las viejas defensas devenidas, obsoletas por el avance de la artillería. Paradoja: habría sido una continuación tradicionalista del diseño monárquico y no una invención revolucionaria. Una golondrina no hace verano. Estamos aún a la espera de una visión en verdad crítica de esta obra inmensa, caótica, imaginativa, onírica, que tanto se parece a nuestra propia época. Quizás por eso la amamos tanto.

La edición se completa con una extensa sección en la que el editor explica la composición de Pasajes mediante cientos de cartas de Benjamin a Adorno, a Scholem, a Horkheimer, a Hanna Arendt, con decenas de respuestas. Es una antología epistolar del filósofo, imprescindible para cualquier aficionado. Admirable e imprescindible edición.

 

Vida y escritos

Walter Benjamin nació en Berlín el 15 de julio de 1892 y se suicidó en Portbou (Girona), el 27 de septiembre de 1940.

Fue filósofo, crítico literario, analista de la sociedad, traductor y ensayista.

Pertenece a la Escuela de Fráncfort. 

 

Artículo publicado en El País 

[Publicado el 04/5/2015 a las 10:08]

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Los elegidos

En el año 701 antes de Cristo, el rey Ezequías mandó excavar un túnel en el substrato calizo de la ciudad para abastecer de agua a la población de Jerusalén amenazada por el asedio asirio. El túnel, del que aún se pueden visitar más de cuatrocientos metros, tomaba el agua de la fuente de Guijón, la única que manaba todo el año, y la llevaba hasta la piscina de Siloé. Aquella obra de ingeniería militar era una inusual hazaña. En uno de sus muros se encontró una inscripción que hoy figura en el museo arqueológico de Estambul. No celebra la gloria de Ezequías, ni el poder de Yahvé, ni la grandeza de la ciudad santa. Es un comentario sobre el momento en que los obreros se encontraron, unos picando desde el sur, otros desde el norte, y manó el agua. "Y el agua corrió desde la fuente hacia el estanque por espacio de mil doscientos codos".

La inscripción habla de unos trabajadores judíos que vivieron un momento extraordinario, la conjunción de esfuerzos cuyo resultado era el brote de agua que salvaría a Jerusalén del arrasamiento. No lo consiguió, desde luego. La ciudad del Templo sería derruida varias veces más, pero el testimonio es muy significativo. Habla de un pueblo acostumbrado a sobrevivir, aunque fuera bajo tierra, rodeado de enemigos. Sus reyes no buscaban la magnificencia o el esplendor como los reyes asirios, babilónicos y egipcios, sino la eficacia. Sus dioses no tenían gigantescas estatuas y avasalladores monumentos, sino tan sólo palabras. Porque el dios de Israel carece de figura, pero habla, lo que le ha permitido vivir más que las estatuas. Es la voz de lo invisible, pasto de Freud.

El historiador Simon Schama, catedrático en la universidad de Columbia, nos tiene habituados a extensos libros en los que narra, siempre desde una perspectiva sorprendente, capítulos esenciales de la humanidad. A mi modesto entender su obra maestra es The embarrassment of riches, una singular crónica de la sociedad holandesa del siglo de oro, cuando la riqueza cayó sobre el pequeño país como una tromba marina. Tiene también historias de la revolución francesa, de Gran Bretaña, o de Rembrandt y el mercado de pintura. Sorprendentemente, suyo es también el único tratado sobre el paisaje en donde se habla tanto de las secuoyas americanas como de la pintura de Kiefer.

Este singular historiador es más un narrador de raza que un erudito o un académico. Para mí, uno de los más exactos ejemplos del ensayo que deriva a periodismo. Su último trabajo es apasionante, unaHistoria de los judíos que en nada se parece a las ya conocidas. Por ejemplo, Schama no comienza, como es lo común, con Moisés y las Tablas de la Ley, sino que salta por encima del Éxodo hasta donde hay ya datos propiamente históricos. El lector se encontrará en medio del Nilo, en la isla Elefantina, con una guarnición de soldados judíos que protegía la frontera sur del faraón hace dos mil quinientos años. Allí comenzará a familiarizarse con un pueblo siempre asediado y condenado a muerte por sus vecinos.

Debate ha editado la primera parte de esta Historia que llega hasta 1492. Una fecha que dice mucho a los lectores que no han sido víctimas de la Logse.

 

Artículo publicado en El País. 

[Publicado el 30/4/2015 a las 12:21]

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La seriedad del rodaballo

Cuando un país pobre cae presa de la gastronomanía es de esperar lo peor. La exquisitez culinaria hay que reservarla para los países de vientre abultado, como Francia, en donde la gula no daña la mente. En lugares sin defensa cultural, la gastronomía lo arrasa todo. Es hoy muy difícil ver alguna cadena de televisión que no tenga varios cocineros en pantalla. Los mayores éxitos populares de los últimos tiempos son concursos en los que unos actores disfrazados con gorro de chef torturan, desprecian y humillan a unos contratados que figuran de pinches.

No es España el único lugar en donde campa el analfabeto gastronómico. En 1995, Bob Parker, el más célebre catador de vinos del mundo, le dio la máxima puntuación (cien) a un Burdeos, el Petrus 1921. De inmediato irrumpieron los millonarios (ya entonces los había chinos y rusos) exigiendo botellas del lujoso caldo. La inspección antifraude bordelesa analizó en Nueva York una botella comprada por el potentado Bill Koch. La etiqueta había sido envejecida con agua, jabón e intemperie. El corcho era una porquería. Todo, incluido el vino, era falso. Bob Parker no volvió a levantar cabeza.

Esta historia la cuenta Miquel Sen, un especialista de la mesa, en sus muy divertidos recuerdos Confieso que he comido. Hay pocas personas tan inteligentes y tan honestas en un mundo que es una termitera de farsantes. Sen, que llegó a tener un programa pionero en la televisión nacional catalana, ha conocido lo mejor y ha probado lo considerado inmejorable de nuestra cocina. Sus juicios son emocionantes.

Miquel Sen es otro de los miles de exiliados catalanes que han huido en busca de aire fresco, en su caso, a Galicia, pero conoce sobradamente el mundo gastronómico catalán y opina que tiene mucho en común con Japón. Seguramente, dice, la falta de recursos agroalimentarios de ambos lugares, unida a una obsesión estética, han sido la causa que ha llenado Barcelona de restaurantes japoneses, al tiempo que los mejores cocineros de la región (Ruscalleda, Hernández, Balaguer), se han establecido en Tokio. Ilustrativo.

Desde el momento en que ese mundo se convirtió en espectáculo para masas, múltiples han sido los inventos gastronómicos, seguidos casi siempre por el fraude. Cuenta Sen, por ejemplo, el uso depetazetas para dar a los platos un crujido efervescente entre los más hábiles imitadores de Adriá. Corrupciones que le llevan a recordar lugares irrepetibles como Príncipe de Viana, Zalacaín, Viridiana o Sacha en Madrid, Quo Vadis y Reno en Barcelona, o los once magníficos vascos. ¿Dónde están las nieves de antaño?

La cocina gastronómica cree Sen que "será terrorífica a medida que prosperen las falsificaciones", pero lo dice con una simpática ironía y sin levantar la voz. Se comprende: hace poco, el maître de la marisquería más importante del Paralelo barcelonés le soltó una bronca "con la insolencia de un salvaje" porque había osado decirle que no apreciaba la salsa dulce que acompañaba al rodaballo. El salvaje le bramó que no sabía nada de cocina. Pero es que, se justificaba Sen, "los rodaballos son peces muy serios". Hablaban con los pescadores del mar Báltico que iban a por ellos, según Andersen, y eran persuasivos.

¡Ah, qué finos poetas hay entre los gastrónomos honrados!

[Publicado el 15/4/2015 a las 16:23]

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Los personajes

Hay un tipo de novela que me parece muy interesante y sin embargo es cada día más infrecuente. Me refiero a esos relatos continuados que apenas tienen hilazón o argumento porque son más bien una vasta galería de personajes, como la sala en donde el fotógrafo profesional muestra su genio artístico. Allí se ve a los niños de primera comunión, a los matrimonios siempre compuestos en diagonal, a las coristas de labios gruesos y oscuros. Cada foto lleva la firma del autor pintada en blanco.

Estoy usando el presente y me sobresalta mi inocencia porque ya no hay salas de fotografía como aquellas en las que los inmigrantes de pueblos lejanos se hacían la foto muy bien iluminada, con el bigotito recto y un repeine de brillos acharolados para enviar a los padres que habían quedado en el pueblo de origen.

Quizás por eso me gusta el género de novela compuesta por decenas de personajes que, como retratos de aparato, van dándonos una idea de múltiples destinos caprichosos y banales. No sólo novelas, hay también películas compuestas de ese modo, con una multitud de personajes que, sin relación entre sí, forman un gran fresco, asíNashville, de Robert Altman.

En nuestra literatura hay casos magníficos, como Las noches del Buen Retiro, de Baroja, aunque la más famosa es La colmena, que aún y siendo de Camilo José Cela me parece una obra meritoria. Le falta, claro, la malevolencia que tenía La ronda, de Schnitzler, en la que también se presentan personajes en sucesión, pero el lector sabe que irán quedando unidos por un hilo mortal y oculto, la sífilis que se van infectando los unos a los otros.

Esta viñeta del viejo fotógrafo y el coleccionista de caracteres me la ha recordado un libro que leo con retraso, Pronto seremos felices, de Ignacio Vidal-Folch, en el que va desfilando personaje tras personaje sin necesidad ninguna de argumento o de unidad, aunque también ellos, como en el libro de Schnitzler, tienen algo en común que nunca se subraya: todos son víctimas de diferentes regímenes comunistas, el soviético, el rumano, el búlgaro, el checo, el húngaro que los machaca sin misericordia. Todos han sido aplastados por sus propios conciudadanos. Un libro para los de Podemos.

Vidal-Folch tiene el talento del verdadero experto en personajes, a los cuales, como Nabokov a sus lepidópteros o Jünger a sus coleópteros, sabe atravesarles el alma con el alfiler de su inteligencia sin quebrarles un élitro. Vidal-Folch ha vivido años en cada uno de los escenarios que describe. Les tiene apego, aun cuando conoce la tortura que suponía vivir en ellos. Sus personajes, buenos o malvados, liados cobardemente con el régimen o luchadores ya desvencijados por la policía, la familia o los vecinos, son siempre tratados con delicadeza.

No es, desde luego, un fotógrafo de bodas y bautizos, más bien todo lo contrario, alguien que, como Cindy Sherman, sabe reconstruir losstills del cine de los años cincuenta de modo que asume su parte ridícula, su parte turbadora, su parte inquietante o desesperada o sublime. Están todos en su corazón a pesar de la objetividad fotográfica de la prosa. Esta novela contiene cien novelas.

 Artículo publicado en El País. 

[Publicado el 06/4/2015 a las 10:00]

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El gran momento de los enanos

Por lo general, el ciudadano no se acerca a una ventanilla de la administración a menos de que sea cuestión de vida o muerte. Jamás se le ocurriría acudir en busca de ayuda. Todos sabemos que en cuanto caes en manos del Estado vas a tener que sufrir indeciblemente para no salir arruinado. Nunca es suficiente con una visita a la ventanilla, siempre hay que volver una o dos veces. Nunca están todos los papeles, siempre hay algo mal inscrito, desordenado, equivocado. Es inútil acudir a la web oficial: es arcaica, nebulosa, liante, confusa. Por no hablar de los teléfonos, verdaderos infiernos de la repetición. Hubo un tiempo en que soñamos que era posible una administración más eficaz que la de Larra. Todo ha regresado a la vieja incuria.

Esta colosal ineficacia produce una irritación creciente. Los últimos recortes han devuelto la sanidad a los tiempos de Fraga y la piratería es la mayor de Europa porque este es un país sin principios. El votante tiene la convicción de que los grandes partidos sólo estudian o resuelven los problemas de sus amigos y parientes. Y lo que es más doloroso, les importa poco el votante al que apelan como plañideras. En realidad solo trabajan para un grupo muy reducido de ciudadanos. No sólo los poderosos, los ricos, o los bien conectados son la invisible red feudal que sostiene al partido, ésta, a su vez, produce otra gigantesca red clientelar expansiva. En algunos lugares, como Andalucía o Cataluña, un pequeño grupo caciquil domina la totalidad del territorio mediante el reparto de un dinero que desde luego no es suyo.

La desidia y la avaricia de los partidos han llevado esta situación hasta un punto que parece sin retorno. El votante se pregunta, ¿pero cómo se va a desmontar esta máquina de sumisión si todos los engranajes pertenecen a los partidos que nos someten? ¿Cómo puede destruirse la Jauja de los aforados cuando hay tantos al borde de la cárcel? ¿Cómo vas a suprimir Diputaciones cuando son asilos para políticos acabados? Hay casos extremos, como la carísima red de Consejos Comarcales de Cataluña que en 2012 costó más de seiscientos millones de euros y cuya única función es mantener los elevados sueldos de políticos cesantes o nulos.

La sensación de que la corrupción de los políticos, tan típica del periodo franquista, es endémica y forma parte de una moral aceptada por la clase dirigente conduce a la desesperación de los ciudadanos. Son corruptas la casi totalidad de las instituciones en mayor o menor grado. Puede ser, por ejemplo, un rector de la Complutense que para hacerse reelegir no aplica el reglamento a quienes le van a dar de comer. Algo mínimo, pero tan frecuente que lleva a creer que no queda un solo cargo público que no abuse de su poder. Aunque también es evidente la persuasión de que las grandes compañías de la energía, o las petroleras, o las farmacéuticas mueven a los responsables políticos como monigotes. Quizás no sea cierto, pero ya es muy difícil convencer a los electores de que todo esto, de lo muy pequeño a lo muy grande, son calumnias.

El gobierno ha dedicado un gran esfuerzo a cumplir con las exigencias europeas y es muy probable que en verdad nos haya sacado del pozo en donde nos metió el presidente más insensato que hemos soportado desde Fernando VII. No obedecer a Bruselas ya estamos viendo, gracias a las barbas griegas, a dónde conduce. El esfuerzo de Rajoy es notable y hay que reconocerlo, aunque todo el mérito es nuestro. Sin embargo, no ha dado un solo paso más y es imposible seguir encerrados con un solo juguete. No ha tocado ni un privilegio, ha consentido toda suerte de corruptelas, es incapaz de dar explicaciones de asuntos tan monstruosos como el de Bárcenas, y elige a sus portavoces entre cómicos de zarzuela.

Con este panorama, al que podríamos añadir bastantes más desgracias las cuales, como las anteriores, nadie sabría decir si son ciertas o falsas pero cuyo peso en el alma del votante es innegable, ¿cómo no van a aparecer partidos que propongan el arrasamiento de todo cuanto hay? De la misma manera que las masas supersticiosas de la revolución francesa (o de la bolchevique) creyeron que bastaba con borrar del mapa a la clase enemiga para alcanzar de inmediato la felicidad y la riqueza, así también muchos crédulos españoles creen que eliminando a "la casta" se volverán ricos al instante, o que suprimiendo a "los españoles" los catalanes se convertirán en suizos. Lo cierto es que después de cada revolución comienza un periodo de espantosas hambrunas y matanzas, de las que acaba emergiendo una nueva clase que se ha apropiado de la riqueza y ha colocado en su sitio a los mismos pobres de siempre.

¿Quiere esto decir que es mejor el inmovilismo y la resignación? En absoluto. Quiere decir que no hay avance verdadero que no tenga un pie firmemente asentado en lo anterior. Y que todo intento de saltar con ambas piernas, a la manera de la rana, conduce a la rotura y el descalabro. El cambio es imprescindible y mucho más en la España arriba descrita. Un cambio que debe recomponer la máquina misma del Estado. Pero ese cambio hay que hacerlo sin tirar toda la máquina al desguace mientras llega una nueva que hemos encargado a Venezuela.

Tanto Podemos como los partidos separatistas catalanes, muy similares entre sí, confían en que la población, harta, aburrida, resentida, rompa la baraja y decida que a partir de ahora ya no se juega al mus sino a la ruleta rusa. La baraja, en nuestro caso, es la Constitución. Mucha gente cree que la Constitución es como una muñeca Barbie perfectamente sustituible por una Barriguitas. Olvidan que este bendito país no ha tenido apenas constituciones y las que ha tenido han durado tres días. Si se produjo el milagro de que varios cientos de españoles decisivos se pusieran de acuerdo sobre un texto que fue luego asumido con gran alborozo por el país en pleno, vayan ustedes con cuidado y no estropeen una de las pocas cosas que hemos sabido hacer con sensatez en este país de histéricos. Todas las constituciones pueden y deben mejorarse, pero para mejorarlas deben primero existir de modo indudable. Siempre que exista, la Barbie puede luego llevar un faldón o una tanga.

Así pues, ante la cascada de elecciones que se nos viene encima, tengo para mí que es imprescindible, en primer lugar, negarles a los grandes partidos tanto poder como el que hasta ahora les ha beneficiado. Y en segundo lugar, elegir con todo cuidado cuáles son aquellas formaciones más adecuadas para pactar gobiernos de coalición. Quiero decir que sólo me parece interesante el voto a los partidos pequeños para que alguno de ellos alcance un tamaño que le permita, a la hora de negociar, exigir algunas de las reivindicaciones que he expuesto al principio.

¿Podemos, UpyD, Ciudadanos? Cualquiera de los tres. Yo me inclino por la sensatez del equipo económico de Ciudadanos y la indudable calidad de su líder, así como me parecen nefastas las mentiras y chulerías de Podemos, pero no quiero dudar de la cordura de los votantes españoles. No pido que gane el mejor, sólo que no gane el peor.

[Publicado el 24/3/2015 a las 17:54]

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Cenizas mortales

Si tienes la mala suerte de que un amigo tuyo publica un libro, reza para que sea malo. Si es malo, no hay problema. Vas a decirle que es lo mejor que has leído desde Claros varones de Castilla de Fernando del Pulgar. Es imbatible.

La catástrofe es que el amigo escriba un libro bueno o muy bueno. En ese caso, estás perdido, tendrás que decirle la verdad y eso creará entre vosotros una muralla infranqueable porque estará persuadido de que le mientes.

Eso es exactamente lo que me ha sucedido. Uno de mis mejores amigos ha publicado un libro muy bueno y mi único recurso es decirlo públicamente para que entienda que no le estoy mintiendo. Me juego el prestigio y el sueldo sólo por amor a la verdad.

Dificultad añadida: mi amigo no pertenece al gremio literario, sólo ha ejercido de editor, eso sí, uno de los mejores de España, pero nada le delata como escritor. Es como si publicara un relato excepcional un fabricante de aceite para automóviles. Un aceite muy bueno, desde luego, pero en absoluto puerta de la gloria literaria.

¿Cómo puede haber escrito un libro tan bueno alguien que no es del oficio? Quizás por eso. El asunto del libro, su argumento repartido en seis relatos a cual más escalofriante, es la Gran Dama Amarilla, la muerte, pero no la muerte en su sentido policíaco, que da dinero, sino la muerte de las personas amadas, respetadas y admiradas. La muerte normal, la nuestra, que no da un duro.

Manuel Arroyo, el mítico fundador de la editorial Turner entre otras cien actividades, ha querido pensar seriamente lo que representó para él la ausencia de algunas personas que no deberían haber muerto y los ha retenido el tiempo de leer Pisando ceniza. El primer muerto es un librero de viejo que vive en una madriguera ratonil, pero es un bibliófilo sin par. Con el tiempo Arroyo se convertirá en su discípulo y llegará el día en que el personaje de aspecto miserable le abra la cámara acorazada en donde guarda ediciones cada una de las cuales puede hacer millonario a su poseedor. Es como un cuento de hadas.

Viene luego un torero para contarnos de un modo milagrosamente convincente cómo son los tratos artísticos de los matadores con una muerte de 500 kilos. Después, un célebre poeta español republicano recorre diversos países, para acabar muriendo en el País vasco en una agonía espeluznante porque "no tiene dónde caerse muerto". En el siguiente relato los borrachos de un pueblo se reúnen para enterrar a otro de la pandilla y asistimos a veinte horas de vino y conversaciones transcritas por un oído implacable. En los dos últimos mueren un hermano y la madre del narrador. Son relatos terribles, augustos, de gran nobleza, en los que el lector tiembla. Puede parecer un libro fúnebre, pero no lo es. La distancia, el estoicismo, la elegancia con que está tratada esa experiencia insoportable que es la aniquilación, soslaya cualquier efecto sensiblero o sentimental. La muerte está ahí delante, pero paralizada mientras el narrador la mira a los ojos. Es como si la experiencia del torero hubiese encarnado en un maletilla muy peculiar. Arroyo mantiene a la muerte en el tercio que le interesa.

Este libro excepcional tiene la ventaja de que, como lo firma unoutsider, no provoca envidia. Así que es posible que alguien más lo lea con temor y temblor. Así lo espero.

Artículo publicado en El País

[Publicado el 22/3/2015 a las 10:41]

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El día en que nació París

Hay confluencias realmente planetarias. Cuando algunas ciudades y sus habitantes entran en fisión y alcanzan el estatuto de obra de arte, no hay nada que se les pueda comparar. Y no siempre son momentos de gran energía y creatividad, pueden serlo también de decadencia y ruina, pero llevada con extrema elegancia. Es el caso de la Venecia de Casanova, una ciudad que se suicidó bailando en un Carnaval perpetuo del que aún no ha podido escapar. O bien la Sevilla deMiguel de Mañara, gran urbe mundial, hormiguero de criminales, santos, estafadores, aventureros, rameras, artistas y toda suerte de desesperados agitándose como gusanos entre la miseria y la opulencia de una ciudad chiflada.

O puede también ser un manicomio ocupado por todo el talento que daba de sí la humanidad en un puñado de años previos a la Guerra Mundial, como la Viena de Karl Kraus, aquel ensayo para el fin del mundo que, en efecto, vivió un apocalipsis en el que se agitaban como llamas en la hoguera las almas de KlimtHoffmannstahlOtto Wagner, Alban Berg, Musil, Loos, Freud, Wittgenstein, Richard Strauss, en una bacanal de lucidez y de horror.

En muy pocos años la vieja urbe medieval, arruinada por la revolución y las guerras, ratonera de un millón de mendigos, la pestilente capital de Francia daría un salto inverosímil y se pondría en la vanguardia mundial. Su población, enloquecida por la especulación inmobiliaria, las fantasías financieras, el auge económico inaudito y un gobierno de opereta, se lanzó a un desenfrenado can-can. Cientos de teatros, burdeles, cafés, salones, restaurantes, mezclaron el lujo más inaudito con la pura indigencia. Reinaban las prostitutas, se prostituían las reinas, la ciudad entera era un agotador galop dirigido por la batuta de Offenbach.Sin embargo, el modelo de la ciudad que explota de pura energía y se convierte en la utopía viviente que todas las demás ciudades querrán imitar es el París de Napoleón el pequeño, medio sobrino de Napoleón el grande, personaje de escasa estatura, origen oscuro y aspecto pedestre por el que nadie apostaría un centavo, pero que supo mantener una dictadura imprescindible para construir la que sería la capital del siglo XIX, según el célebre juicio de Walter Benjamin.

Por esos mismos años las mercancías ascendieron de los pasajes subterráneos a las vitrinas de los comercios del boulevard, de ahí a los inmensos almacenes de hierro y cristal, para acabar consagradas en las colosales exposiciones universales donde las turbinas, las locomotoras, las esculturas y la pintura se hermanaron para siempre.

Esta epopeya fue narrada con efectividad y brío por Siegfried Kracauer, el amigo de Benjamin, en un texto célebre e inencontrable,Jacques Offenbach y el París de su tiempo. Una editorial, Capitán Swing, que rescata textos de los años treinta del siglo pasado, acaba de publicarlo con un bello prólogo de Vicente Jarque. Han pasado casi cien años desde que se editó, pero la sociedad que describe, delirante, fantasmagórica, entregada a su propia destrucción, no es muy distinta de la nuestra. La diferencia es que los parisinos se hundieron en el vicio y cayeron en la ruina y la guerra con gran estilo.

 

Artículo publicado en El País. 

[Publicado el 18/3/2015 a las 11:29]

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El mañana es cosa del ayer

Desde luego, es posible que no suceda tal cosa y todo siga como siempre, ¡el nuestro es un país tan conservador por la derecha y por la izquierda! Pero también pudiera ser que asistiéramos a uno de esos inesperados cambios de régimen a los que estamos acostumbrados sin que ni siquiera lo advirtamos.No me refiero, por supuesto, a la emergencia de Podemos. La primera vez que les vi en pantalla se cogían por los hombros y se balanceaban cantando una canción de Lluis Llach que ya era cursi cuando triunfaba entre los colegiales de hace 50 años. Un partido revolucionario que usa como música de fondo a la Sarita Montiel del separatismo catalán no puede llegar muy lejos. Ganarán elecciones, pueblos y presupuestos, pero no añadirán ni una sola idea al coro político español. Fantasmagoría sin cerebro.

A lo que me refiero es a la fatiga de los materiales lingüísticos. Fue Víctor Klemperer en su fascinante La lengua del Tercer Reich (hay una selección en la editorial Minúscula) quien dio cuenta de cómo se iba corrompiendo el lenguaje y hasta qué punto las expresiones cotidianas ya no tenían ningún sentido a medida que los nazis avanzaban sus posiciones. En aquel caso un hecho sin precedentes, el ascenso de una fuerza política demente, estaba en la raíz de la transformación, algo que de un modo más ligero y trivial se está produciendo en Cataluña. Pero no es preciso que haya un suceso concreto detrás de esa fatiga lingüística, puede venir por el puro hastío. Y ese es el caso, creo yo, de la España actual.

Si uno repasa la terminología política se encuentra con grandes desiertos de sentido punteados por charcas de chifladura. Muchos políticos, sobre todo los amenazados por el desprestigio, el tribunal o la pura desnudez cerebral, dicen constantemente que lo que hacen es "profundamente democrático", o bien sólo "democrático". Nadie podría adivinar qué quiere decir esa palabra en boca de un defraudador, un evasor de impuestos, un oportunista, un cliente, un asambleario, un separatista o un político que jamás ha dado muestras de conocer lo que exige la democracia a un cargo público.

Por otra parte, esos mismos políticos citan constantemente metáforas y símiles futbolísticos para hacer comprensible lo que ellos llaman "sus ideas", sin percatarse de que el fútbol es hoy lo mismo que durante el nacional-catolicismo, una espesa maraña de intereses que pinta de purpurina la violencia étnica en algún caso, racista en otros y nacionalista en casi todos. Así que cuando dicen, por ejemplo, que "queda mucho partido" antes de las elecciones, están pavoneándose en el difuso fascismo blando que nos atosiga.

El hastío se generaliza cuando la izquierda no conoce otro lenguaje que la negación del de la derecha. Algunos elementos que tenían gracia, como la lucha de clases, han desaparecido, lo que hace difícil de entender qué papel juegan los "obreros", si es que los hay, en los programas. Peor aún, la extrema izquierda o su fantasmagoría, ya sólo sabe usar el lenguaje de la Iglesia para explicar sus quimeras, las cuales consisten en acabar con quienes no superen el examen de pureza de sangre (la casta), aplastar a los ricos (aunque aún no los califican de lujuriosos y violadores) y llamar benditos a los hijos de Dios, los santos inocentes, los pobres o como quiera llamárseles. Sentimentalismo burgués pasado por la sacristía.

Durante la Revolución Francesa hubo un tiempo en el que tuvieron un gran poder los puros, los moralistas. Se dedicaron a matar, claro, pero también a destruir las obras del "lujo corruptor", es decir, iglesias, palacios, estatuas, cuadros o jardines, como los actuales islamistas del EI. Un parlamentario que podría ser español, Babeuf, proponía la supresión de toda educación ya que contribuía a incrementar las desigualdades. Es decir, la diferencia entre tontos y listos. Esta encomiable pureza moral y amor por una "vida sobria y sencilla" recuerda aquel sermón de Arnaldo Otegui cuando decía que una vez separados de España, los jóvenes vascos en lugar de estar delante de un ordenador corretearían por los montes y valles de la patria. El lenguaje de esa izquierda española es puro catolicismo corrompido.

¿Qué demonios defiende la izquierda oficial, por lo menos desde el punto de vista del lenguaje? ¿La desaparición de los privilegios? No. Cataluña y el País Vasco tienen un estatuto superior. ¿La aplicación implacable de la justicia? No. La Junta de Andalucía hace todo lo posible por ocultar una Administración cleptómana que ha desvalijado a los españoles durante décadas. ¿Un programa educativo que ponga en manos del alumnado las herramientas eficaces de la crítica intelectual? No. Sólo defienden la estructura parasitaria de los sindicatos y la permanencia del analfabetismo estructural. Seguimos en el último lugar de toda encuesta sobre educación en Europa. ¿Acaso un mayor reparto de la riqueza? Resulta cansino repetir que fue el Gobierno de Zapatero, el peor dirigente que ha soportado España desde Fernando VII, quien desató la furia depredadora de los bancarios.

Así pues, no hay un lenguaje inteligible en la política actual y el que se usa o bien es grotescamente demagógico o está vacío de todo contenido. Para remediarlo es frecuente que los profesionales echen mano del viejo lenguaje de la guerra fría (derecha e izquierda) o el de la carnicería republicana (fascistas y rojos), como si un ciudadano de 1930 o la sociedad de 1950 tuvieran el más mínimo rasgo en común con lo actual. En buena medida, el éxito televisivo de Podemos se debe a que usan un lenguaje arcaico, simple y reaccionario que muchos entienden porque es el viejo lenguaje religioso del Tercer Mundo (Chaves era el mejor ejemplo de caudillo episcopal) y buena parte del país aún no se ha arrancado al tercermundismo.

El cambio de lenguaje supondría en verdad la superación de nuestro último capítulo como frontera africana. Asimilar la enseñanza de las democracias europeas debería pasar por la supresión de los restos tercermundistas a lo Marinaleda, una de cuyas secuaces se presenta por Podemos en Andalucía. Pero no somos los únicos en sufrir ese desgaste de materiales, también están ahí los feudales del Partido Socialista Francés que no puede admitir ni siquiera las propuestas de Valls. La izquierda debería tomar distancia con estos restos de feudalismo sureño, como los separatistas de la Liga Norte o los bocazas griegos. Y, en fin, aproximarse a aquellas democracias en las que la demagogia ideológica no se impone sobre el análisis crítico.

Todo lo cual es imposible mientras mantengamos a cientos de cargos inútiles, miles de empleados de partidos obsoletos, 17 Estados de juguete, una masa de aforados, un océano funcionarial cuyos sueldos son superiores a los de los trabajadores y un sistema judicial del siglo XIX. De ahí que el discurso mudo del poder sea, por ahora, todo lo que tenemos. Sin embargo, grande es el hastío. Y no hay nada tan peligroso como un hincha del fútbol que se aburre.

 

Artículo publicado en El País. 

[Publicado el 03/3/2015 a las 11:16]

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Con bombín bajo las bombas

Poco a poco vamos recuperando la obra de aquella generación de periodistas de la República que son, a mi entender, un capítulo esencial de la literatura española, aunque hasta hace poco no figuraban en casi ningún manual académico. Gracias a Xavier Pericay, el más editado es Josep Pla, pero Chaves Nogales ha tenido que esperar décadas para resucitar. Algunos, como Xammar o Gaziel, sólo habían sido objeto de ediciones locales. Julio Camba y Corpus Barga han gozado de mayor difusión, aunque tampoco excesiva. Y hoy le toca al más joven, Augusto Assía, cuyos informes de la Segunda Guerra Mundial, escritos en Londres durante el conflicto, aparecen ahora en la notable editorial Asteroide con el título Cuando yunque, yunque. Cuando martillo, martillo.

El género periodístico ha ido absorbiendo a la novela y al ensayo y es hoy uno de los más ricos y diversos del panorama literario, pero la lectura de los antiguos tiene un valor añadido. A mí me produce la misma sensación que el cine de aquellos años treinta y cuarenta. Es como si (perdón por la sinestesia) leyera una prosa en blanco y negro. Más dura, más perfilada, más contrastada que la actual.

La literatura del siglo XXI es casi siempre de colorines, incluida la novela negra. En cambio, un reportaje de Chaves Nogales es como el cine de Fritz Lang. Hace uso de aquella iluminación cegadora que dejaba media pantalla en negro para perfilar al acero el rostro del malvado. Quizás se deba a que los periodistas de entonces no usaban aparatos. Se confrontaban a pelo con el suceso.

Los artículos de Assía se publicaron en La Vanguardia y fueron luego recogidos en sendos libros de 1946/47. El primero narra los bombardeos y la guerra defensiva, cuando la Gran Bretaña fue yunque para los alemanes. Y el segundo celebra el momento en que los ingleses pasaron a la ofensiva y se convirtieron en el martillo del Reich. Los reportajes, vividos a pie de bomba, han esperado casi setenta años para renacer.

La peculiaridad de Assía, además de su sagacidad, es que era más inglés que los nativos y no sólo cuenta la destrucción provocada por los bárbaros, sino que aprovecha para hacer pedagogía entre los españoles, la mayoría de los cuales era germanófilo. Las extravagancias de la cultura y la política inglesa tienen tanta importancia como los episodios guerreros.

El libro, por tanto, es también un manual de singularidades británicas, a veces divertido, a veces admirable y las más de las veces pasmoso. Como cuando explica el clima inglés. Afirma que allí apenas soplan vientos y en la Isla no se conocen las fallebas de ventana. Los árboles crecen como en ningún lugar de Europa y la consecuencia es que los pájaros acuden en masas inmensas. Concluye: "Según estadísticas ornitológicas, anidan en la Isla ciento veintiocho millones de pájaros". Homérico.

La prosa de Assía es limpia, sutil, con algún curioso arcaísmo y un sentido del humor de lo más británico. Como dice Ignacio Peyró en su excelente prólogo, es más contemporánea que casi toda la prosa contemporánea. Abundo.

 

Artículo publicado en El País. 

[Publicado el 18/2/2015 a las 13:39]

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Truenos, ninfas y agua sucia

Cuando se limpia con arte una obra de arte, como cuando limpiaron la Capilla Sixtina, aparece una obra nueva para quienes viven en ese momento. La antigua, la que el tiempo ensució, tiembla un momento en la nostalgia de los ancianos, pero está irremisiblemente muerta. El mismo efecto se produce cuando una traducción artística resucita una obra avejentada por la edad y el comercio. Esa impresión he tenido tras la lectura de la emocionante traducción que ha editado Lumen. La temible Tierra baldía, de T. S. Eliot, vuelve a vivir en la versión de Andreu Jaume.

En este poema, sin duda una de las cimas del siglo XX, el poeta inglés quiso cantar (pero es un lamento) a su sociedad como si ésta fuera un sólido conjunto a la manera gótica, sólo que arruinado y disperso. El puente de Londres, el agobio sexual de algunos empleados, la asfixia de Flebas y otros cuadros se exponen en un fresco que, a la manera de Lorenzetti en Siena, quiere representar una ciudad ordenada y armoniosa. Sin embargo, está condenada. Una Ley corrompida es incapaz ya de sostener la vida en común de los desdichados ciudadanos. El árbol parece robusto, pero está agusanado.

Por el contrario, en la ciudad descrita por La tierra baldía no hay diferencia entre condenados y salvados. La democracia ha destruido la posibilidad de distinguir entre el brote fértil y el cizañero. La sociedad que canta (que lamenta) Eliot es la sociedad democrática y el río Támesis baja repleto de basura humana y municipal.Algo de fresco medieval refleja el poema, pero sin la alegría y la esperanza de las sociedades antiguas, cuando un destino externo (un camino de espinas hacia la salvación) reunía todas las angustias en un solo haz de palabras celestes. Los condenados, tribu apartada, se agitaban también, pero su baile funesto, contorsionado, servía sólo para resaltar la alegría de los crótalos y panderos que conducían el baile de las muchachas en el Palacio Público de Siena.

Eliot refinará su fresco del tiempo moderno en los Cuartetos (aquí está aún en estado salvaje), pero el concepto es claro. Como Benjamin, el poeta cree que el pasado (la Historia) no es sino un conjunto de ruinas del presente, seleccionadas como espectáculo para votantes. En cada ruina brilla una luminosidad que nos remite a otro pasado, éste ya inaccesible, soñado, como la luz de las estrellas muertas. Es lo propio de una sociedad baldía, que ya no produce, que sólo conserva, como esos aglomerados comunistas o islamistas donde nada nace, pero conservan el sueño de una salvación y un paraíso divinos, al precio de un sufrimiento tan inmenso como roñoso. Tierras baldías. También las nuestras.

La traducción de Andreu Jaume, admirable, nos permite regresar a este poema, uno de los últimos en los que el poeta aún podía remitirse a la trascendencia, en un español sin sonajero, de una sobria elegancia. Su prólogo, un ensayo sobre el poema que permite pensar que no se ha agotado la gran tradición crítica de los años cincuenta del siglo pasado, es imprescindible antes o después de la lectura.

Artículo publicado en El País.

[Publicado el 04/2/2015 a las 18:23]

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Biografía

Félix de Azúa nació en Barcelona en 1944. Doctor en Filosofía y catedrático de Estética, es colaborador habitual del diario El País. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Edgar en Stephane, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Las lecciones de Jena, Las lecciones suspendidas, Ultima lección, Mansura, Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Cambio de bandera, Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su obra ensayística es amplia: La paradoja del primitivo, El aprendizaje de la decepción, Venecia, Baudelaire y el artista de la vida moderna, Diccionario de las artes, Salidas de tono, Lecturas compulsivas, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas, Esplendor y nada y La pasión domesticada. Los libros recientes son Ovejas negras, Abierto a todas horasAutobiografía sin vida (Mondadori, 2010) y Autobiografía de papel (Mondadori, 2013)Una edición ampliada y corregida de La invención de Caín ha sido publicada por la editorial Debate en 2015. Su último libro es Génesis (Literatura Random House, 2015).Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis. 

 

Bibliografía

 

 
 
 

 

La nueva edición del Diccionario de las artes (Debate, 2011) se amplía en más de cien páginas y corrige todas las entradas anteriores.

 

 

 

 

 

Ensayo

La invención de Caín (2015). Mondadori, Barcelona. 

Contra Jeremías (2013). Mondadori, Barcelona.

Contre Guernica, Prefacio para Antonio Saura (2008). Archives Antonio Saura, Genève.

 La pasión domesticada (2007). Abada, Madrid.

Ovejas negras (2007), Bruguera, Barcelona.

Cortocircuitos. Imágenes mudas (2004). Abada, Madrid.

La invención de Caín (1999). Alfaguara, Madrid.

Baudelaire y el artista de la vida moderna (reedición) (1999). Anagrama, Barcelona.

Lecturas compulsivas. Una invitación (1998) Anagrama, Barcelona.

Salidas de tono (1996). Anagrama, Barcelona.

Diccionario de las artes (1995). Planeta, Barcelona.

Baudelaire y el artista de la vida moderna (1992). Pamiela, Pamplona.

Venecia (1990). Planeta, Barcelona.

El aprendizaje de la decepción (1989). Pamiela, Pamplona.

La paradoja del primitivo (1983). Seix Barral, Barcelona.

Conocer a Baudelaire y su obra (1978). Dopesa, Barcelona.

 

Novelas y prosa literaria

Génesis (2015). Literatura Random House, Madrid. 

Autobiografía de papel (2013). Mondadori, Barcelona. 

Autobiografía sin vida (2010). Mondadori, Barcelona.

Abierto a todas horas (2007). Alfaguara, Madrid.

Esplendor y Nada (2006). Lector, Barcelona.

Momentos decisivos (2000). Anagrama, Barcelona.

Demasiadas preguntas (1994). Anagrama, Barcelona.

Cambio de bandera (1991). Anagrama, Barcelona.

Diario de un hombre humillado (1987). Anagrama, Barcelona.

Historia de un idiota contada por él mismo, o el contenido de la felicidad (1992), Anagrama, Barcelona.

Mansura (1984). Anagrama, Barcelona.

Última lección (1981). Legasa, Madrid.

Las lecciones suspendidas (1978). Alfaguara, Madrid.

Las lecciones de Jena (1972). Barral E., Barcelona.

 

Relatos

"Quien se vio", Tres cuentos didácticos (1975). La Gaya Ciencia, Barcelona.

"La venganza de la verdad" (1978). Hiperion nº1, Madrid.

"Herédame" (6 y 7 agosto 1985). El País, Madrid.

"El trencadizo", con grabados de Canogar (1989) Antojos, Cuenca.

"La pasajera" (18 nov. 1990). El País, Madrid.

"La resignación de la soberbia", Los pecados capitales (1990). Grijalbo, Barcelona.

El largo viaje del mensajero (1991) Antártida, Barcelona.

Cuentos de cabecera ("La pasajera" y "La segunda cicatriz") (1996). Planeta NH.

"El padre de sus hijos" (1998). Barcelona, un día, Alfaguara, Madrid.

"La verdad está arriba" (1998). Turia, Teruel.

 

Poesía

Última Sangre. Poesía 1968-2007 (2007). Bruguera, Barcelona.

Poesía 1968 1988 (1989). Hiperion, Madrid.

Farra (1983). Hiperion, Madrid.

Siete poemas de La Farra, con un grabado de A. Saura (1981). Cuenca.

Poesía 1968 78 (1979). Hiperion, Madrid.

Pasar y siete canciones (1977). La Gaya Ciencia, Barcelona.

Lengua de cal (1972). Visor, Madrid.

Edgar en Stéphanie (1971). Lumen, Barcelona.

El velo en el rostro de Agamenon (1970) El Bardo, Barcelona.

Cepo para nutria (1968). Madrid

Premios

1987 Premio Anagrama de Novela.

2000 Premio a la cultura "Sebetia-Ter" del Centri di Studi di Arte e Cultura di Napoli".

2001 Premio a la tolerancia de la "Asociación por la Tolerancia", Barcelona.

2011 Premio González-Ruano de Periodismo

2014 Premio Internacional de Ensayo José Caballero Bonald

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