El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 4 de julio de 2009

 Blog de Félix de Azúa

Con las manos en la masa

En esa inagotable base de datos que son las casi 2.000 páginas del monumental Cultura. El patrimonio común de los europeos, de Donald Sassoon (Crítica), hay una frase notable por su concisión: "Las masas de los años que siguieron a la primera guerra mundial eran cuantitativamente mayores que el pueblo de los románticos" (página 1179). Fue, en efecto, a partir de la Revolución rusa, la cual se solapó con la gran guerra, cuando el ya muy estropeado concepto de pueblo acabó su recorrido. Aunque todavía lo utilizan los sátrapas tipo Hugo Chávez y los clérigos con angustia nacional, lo cierto es que el pueblo ha desaparecido sin dejar rastro.

Bien es verdad que pocos años más tarde también desaparecería otra institución infectada de religión, el proletariado, fundida en esa otra noción más potente, la que mejor ha resistido las nivelaciones sociales, que es la de masa. Frente a lo que podía parecer durante los años dominados por el izquierdismo, cuando el término masa era despectivo y solía ir asociado a enajenación o alienación, en la actualidad no hay otro remedio que tomarlo como el más exacto descriptor de lo que hay, sin calificativos.
Imagino un novelista de los años 60 del siglo XX, uno de aquellos artesanos como Tomás Salvador, Alfonso Grosso o Torcuato Luca de Tena, construyendo personajes a partir de rasgos físicos más o menos labriegos, la indumentaria, los hábitos y el modo de hablar de las clases urbanas. Era lo más corriente, e incluso un poeta como Gil de Biedma sabía cuál iba a ser la identificación que produciría aquel verso inmortal: «Yo nací, perdonadme, en la época de la pérgola y el tenis». Imagino que estuvo a punto de escribir tennis, pero se contuvo. La mejor novela, en este aspecto, fue sin duda El Jarama, tan detestada por su autor, Rafael Sánchez Ferlosio, en la que todos y cada uno de los personajes reproducen las rarezas sintácticas y léxicas de su lugar de origen o de su oficio. Son notabilísimas las intervenciones de los guardias civiles, tras la muerte accidental de una muchacha. Un fenómeno de exactitud que ahorra al escritor insistir sobre los tópicos del tricornio.

Imagino ahora a
un novelista menor de 30 años tratando de definir a sus personajes. Se verá completamente perdido. Solo podrá utilizar voces íntimas, buceos en la subjetividad del carácter, introspección en primera persona, porque en lo físico y en el modo de hablar apenas quedan ya distinciones. La masa tiene una sola voz, viste de manera gregaria, carece de desacuerdos o identidades) y encima no los necesita.
La presente obsesión por esa gente a la que suele llamarse los famosos suaviza la angustia de que ya no existan personas distinguibles, aunque sean grotescos constructores que engordaron vendiendo secarrales, aristócratas tronados o prostitutas que posan como modelos de elegancia. Carne para melancólicos.
La masa, afortunadamente, es mucho más rigurosa y severa. Solo entre personas muy atadas a la cultura rural (sobre todo las que llevan poco tiempo de vida urbana) es donde se dan tanto la nostalgia de pueblo como de los personajes distinguidos. La masa, la cada vez más poderosa y cohesionada unidad social (que, por cierto, es un coloso comparada con el enano que analizó Elias Canetti), ha barrido la vida rural y la popular, pero también la que se daba durante el breve periodo de la lucha de clases y que aún pudo componer con gran acierto Juan Marsé.
Quizá por esta razón, las novelas que en la actualidad enlazan con un público masivo usan una escenografía llamada abusivamente histórica, pero que es en realidad el sueño de una sociedad con diferencias, con clases, con añorados señores y siervos. Los asuntos de templarios, de mahometanos cordobeses, de estirpes religiosas medievales, de herederos de amantes de Cristo, esquivan la imposibilidad de definir mediante el recurso al disfraz. Vestidos de templarios o sarracenos, el príncipe y la corista adquieren distinción.
A la hora de hacerles hablar, se puede recurrir a un lenguaje de trapo, de culebrón televisivo. El Papa renacentista y valenciano habla siempre en plural, aunque sea para decir: «Tenemos una calor que nos atufa».

No creo equivocarme si añado que cuanto mayor es la cohesión de la masa (y es a partir de Google y Wikipedia que la igualación reduce a la nada el monigote llamado intelectual, uno de los últimos fácilmente imitables), mayor va siendo el poder del Estado. La masa es un monstruo con vida propia en el que no cuentan los individuos, pero también es una ameba ciega, sorda y desnortada. De modo que el Estado va siendo requerido por los propios súbditos (cada vez más amasados) para que extienda sus tentáculos hasta los rincones más íntimos de su privacidad.
Es la masa la que exige al Estado que prohíba el tabaco, que dicte la ley seca en carretera, que impida a los padres intervenir en los abortos de sus hijas menores, que imponga el amor a himnos y banderas, que multe por escribir en una lengua, que señale los días (y horas) de fiesta, que ordene cómo fecundar a las mujeres o que asigne reglas a la copulación comercial. La masa es una, se sabe sola, y teme despeñarse sin el yugo del Estado. Cuando llegue el momento, se despeñarán juntos. Nos despeñaremos.

Artículo publicado el lunes 29 de junio de 2009.

[Publicado el 01/7/2009 a las 09:57]

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Vacaciones del melómano vicioso

Les dejo un momento durante cuatro semanas, que lo pasen bien. Las vacaciones son para leer y escuchar música, nadie me convencerá de lo contrario. Ya sé que Susan Sontag quería subir el Matterhorn antes de morir, pero también quería aprender a tocar el piano. En meses previos a que el cáncer le hincara sus colmillos por última vez, escribió: "A lo mejor aún me da tiempo para lo del Matterhorn". Sobreentendido: porque lo del piano...

Aprender a tocar el piano, una de las pocas cosas que vale la pena en esta vida, es algo que debe comenzar en lo que se dice "la más tierna infancia" y que por lo general indica un severo episodio de llanto, inseguridad y soledades. Cuando ya vas siendo mayor y el cerebro se te llena de arena, tienes la misma posibilidad de poner los dedos en la tecla adecuada como de cargar el acento en la sílaba que da vida poética a un idioma extranjero. "¡Es tholic, no cathólic, estúpido!".

    Leo lo de Susan Sontag en esa milagrosa revista llamada "Granta", perfecta lectura de verano que en español publican Valerie Miles y Aurelio Major. El último número es soberbio, como de costumbre, pero tiene un particular hechizo para los viciosos de la semicorchea que me obliga moralmente a ensalzarla para el clan. En un artículo James Fenton cuenta su vida privada con un clavicordio: escenas íntimas que ruborizarán a más de un lector inexperto. El clavicordio (ya se esfuerza Fenton en dejarlo claro) no es el clavicémbalo. Sería como confundir a Audry Hepburn con Silvester Stallone. Dan intimidades diferenciadas.

    Pero viene luego algo aún más pecaminoso: ¡una ópera con libreto de Ian McEwan! El compositor Michael Berkeley la estrenó hace un año, en Gales, y desde luego no es sensato perdérsela. Se trata de un libreto peregrino: contiene furiosas pasiones como para dar un Verdi, sarcasmo y bufonería como para dar un Strauss y crímenes como para dar un Alban Berg. Lo que haya podido hacer Berkeley con ese combinado es algo digno de oírse, por malo que sea. La vida: pasión, sarcasmo y crimen. Música y literatura. La ópera. Telón.

Artículo publicado el sábado 27 de junio de 2009.

[Publicado el 29/6/2009 a las 18:14]

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Que van a dar a la arena…

En esta región los ríos vuelven a bajar secos. Ha sido una primavera lluviosa, pero los ciclos naturales ya no son lo que eran. Antes bastaba con esperar a que la Gran Madre cumpliera con su obligación y renovara las vena con chorros violentos que arrancaban los carrizales de la ribera y limpiaban de ramas muertas y bichos dañinos los cauces. Si la Gran Madre se dormía, pues aunque era de suyo cariñosa no dejaba de ser olvidadiza, llegaba el momento de sacar los santos con mucho ropón, figurilla de escayola y salmodia, para que el Gran Padre le metiera prisa a su señora. Ahora, francamente, los Grandes Padres y Madres nos han dejado solos porque ya ni ellos son capaces de ordenar el sindiós que hemos montado.

El año pasado, el Ter ni siquiera desembocaba en el mar. Llegaba hasta allí medio muerto y luego, resignado, se filtraba dócilmente en la arena como buscando su tumba, pero desembocar, lo que se dice desembocar, nada de nada. Se formaba allí un enorme charco quieto sobre el que volaban los insectos caníbales y los chupasangres. Poco a poco, un verdín globuloso cubrió con un manto hediondo la hectárea. Algunos bañistas de las calas adyacentes, por lo general broncíneos nudistas, retiraban sus toallas hasta un kilómetro para escapar al contagio. En ciertas noches sin luna se vio desde Torroella el fulgor de las aguas muertas como un fuego de San Telmo.

    Los ríos han dejado de ser venas y arterias de la circulación sanguínea del agro. Son ahora máquinas y artefactos que aún mantienen la forma de los viejos ríos, pero que nada tienen que ver con ellos. Se les trata con la misma neutra condición que a una siderúrgica o a un hospital de infecciosos. Es cuestión de ver cómo succionamos el producto y a cuánto sale el litro. Todo lo demás queda para los poetas.

    Inciso sobre los poetas. Sin la menor duda, los ríos fueron una creación de los poetas. Cada aldea tenía su corriente, su orilla, sus vegetales y su animalia, en fin, su peculiaridad a lo largo del cauce. En unos pueblos las aguas hacían pozas donde se bañaban las criaturas y en otros no, los había de corriente rápida y espumosa, los había de remanso para libélulas y zapateros. Nadie podía pensar en el río como totalidad, siendo un organismo tan prolongado, tan diverso, tan contradictorio. Un minucioso y excelente observador como Heráclito, el griego, afirmaba algo que es perfectamente incompatible con el río entero, y es aquello de que "no puede uno bañarse dos veces en el mismo río". En efecto, es imposible, pero porque Heráclito, que no era poeta sino científico, veía en el río un conjunto de secciones cuya totalidad no podría darse por unificada hasta que Leibniz inventara el cálculo integral, de modo que el río le parecía al heleno una continuidad discontinua que no se dejaba pensar de un solo golpe, a la manera del tiempo de Zenon y al contrario del sonido de las olas del mar que no hay modo de oírlas una a una porque siempre van de colectivas y solidarias.

    Los poetas, en cambio, cuando hablaban de los ríos se referían a ellos como a un todo, con su carácter y demás espíritus adyacentes. Quizás me dejo llevar por el oficio, pero el Rin es un río que Hölderlin entregó a los alemanes como quien deja en tus manos el cachorro de un tigre, el Moldava se lo dio Smetana a los checos y cuando Garcilaso decidió que las "corrientes aguas, puras, cristalinas" estaban festoneadas por unos árboles que se miraban en ellas como Narciso en el espejo, le dio a Castilla la mayor parte de sus regatos estacionales e innominados. Y esto sigue siendo así tan tarde como en el siglo XX, cuando Eliot escribe aquello de que el río "es un inmenso dios pardo", refiriéndose nada menos que al Támesis lodoso, el cual, sin embargo, había dejado de ser un dios cien años antes y es el modelo originario de cómo los ríos han pasado de ser animales vivientes a industrias integradas en el ramo químico y farmacéutico.

    Que el Ter vaya muriendo no se debe tan sólo a que ya no esté entre los seres vivos, sino a que tiene clavada en su lomo una sanguijuela hercúlea que le roba toda la sustancia. La mayor parte de sus aguas van a dar de beber y duchar a los barceloneses, los cuales, como se sabe, aunque la oficialía cuenta dos millones de ciudadanos, en la realidad material, en esa mancha de petróleo que es la ciudad de Barcelona, reúne casi cinco millones de vecinos. Es perfectamente imposible dar agua a tanta gente, entretener sus jardines, cuidar sus campos de golf, sus fuentes ornamentales, sus industrias, y pretender que alguna gota llegue hasta la desembocadura gerundense. De hecho, el agua que llega hasta allí en los años malos, como el pasado, no es agua del Ter, sino de las depuradoras. He aquí de nuevo el actual carácter técnico de lo que antes fue un animal vivo. Las aguas residuales discurren por el camino que en otro tiempo abrió el río Ter, pero ya no son del río Ter, sino de un ente advenedizo y pestífero generado por las industrias que desean ver a todo río convertido en su cloaca privada.

    Ya el año pasado (¿o fue el anterior?, da lo mismo, volverá a suceder de inmediato) los barceloneses estuvieron a punto de quedarse sin agua. Recuerdo las carreras, los embarazos, el desconcierto boquiabierto, los empujones de las autoridades para no salir en la tele afirmando que traerían agua en cargueros valencianos, en camiones aragoneses, por canales franceses que chisporrotean de radioactividad. Juraron que ya estaban a punto de dar agua las desalinizadoras (otra máquina acuífera temible), y los ayatolas amenazaban con tomar el Ebro al asalto. De pronto y sin que nadie lo esperase, la Gran Madre despertó, o quizás había vuelto por allí para recoger unas pertenencias olvidadas, y remojó el desierto catalán. Como por milagro, las voces callaron, los políticos se pusieron el bañador, chuparon el tubo, calzaron los pies de pato y se largaron a Miami (la izquierda) y a Port Aventura (los nacionales). Un silencio magnífico arropó los campos frescos, los torrentes renacidos, la potente masa del río que corrió hacia el mar con el ímpetu de los resucitados.

    Había sido un milagro, porque la sed de Barcelona no tiene remedio si no se hace algo inteligente y peliagudo, pero los políticos creen que no creen en los milagros, cuando en verdad son los únicos que aún creen en ellos. Y por haber sido un milagro, todo regresa. Este año, ya por junio el río Ter viene pálido e inapetente, baja cargado de fecalidad y química. Barcelona y sus turistas (si acaso en Barcelona hay algo más que turistas) bebe insaciablemente, riega sus parques, llena sus piscinas, cuida sus campos de golf, sin memoria, sin pasado.

    Creo que nadie ha derogado todavía una ley del franquismo, según la cual el agua del Ter debía destinarse por entero a Gerona y sólo cuando hubiera exceso de caudal podía llevarse a Barcelona. Aquel también creía en los milagros. Eliminan las estatuas de Franco porque no hay caballo de bronce capaz de cocear al que lo derriba, pero a ver quién es el guapo que borra de una vez a Franco de la legislación del agua. Se necesitaría un milagro de los que incluso el Vaticano pone en duda. Otra razón para que los políticos españoles crean en los milagros.

Artículo publicado el viernes 26 de junio de 2009.

[Publicado el 26/6/2009 a las 10:14]

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La letra es el espejo del alma

Cualquiera que en alguna ocasión se haya visto en la necesidad de corregir trescientos exámenes, habrá reparado en la enorme diversidad de las escrituras. Cada alumno tiene su particular modo de dibujar letras y palabras. Vence, en general, una grafía primitiva, fragmentada y difícil de leer, como si se hubiera escrito deprisa, aun cuando si se observa a los examinandos se constata que escriben con lentitud exasperante. Esta asombrosa diversidad es el resultado de una práctica cada vez más secundaria, frente al tecleo.

    Nuestros abuelos recibían lecciones de caligrafía y todavía en mi infancia mis amigos distinguían perfectamente si una niña era del Sagrado Corazón o del Jesús María sólo con mirarle la letra. Eran modelos de disimulo, de ocultación, porque es ancestral la creencia de que en la escritura nos traicionamos. La caligrafía servía para encubrir nuestra parte siniestra. Todavía hoy el examen grafológico es decisivo para la elección de candidatos a trabajos comprometidos.

    En uno de sus artículos de los años treinta, escrito en Ibiza y quizás alucinado por una insolación germana, Walter Benjamín escribió que el poder de imitación de los mortales es su principal carácter. No sólo imitamos a los animales y a los otros humanos, imitamos también los fenómenos naturales y la esfera celeste, por ejemplo con las danzas rituales o con los signos del zodiaco. Más tarde imitamos el mundo mediante jeroglíficos. Y finalmente con la escritura, la cual representa el cosmos, pero también a quien está escribiendo. En la escritura, dice, aparece el retrato de la parte ciega de nuestra alma. Escribo una carta y desde el papel un rostro maléfico y amenazador me sonríe en forma de escrito: es mi parte opaca y latente. La he imitado disfrazada de alfabeto. 

    Añade Benjamín que precisamente por ir concentrándose nuestras imitaciones del mundo en la escritura, poco a poco ha ido desapareciendo la magia. Si su hipótesis es correcta, la desaparición de la escritura por efecto del tecleo traerá consigo un crecimiento exponencial de la magia.

Artículo publicado el sábado 20 de junio de 2009.

[Publicado el 22/6/2009 a las 09:04]

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Si perdiera la memoria ¡qué pureza!

Este verso de Pere Gimferrer, verso que fuera famoso entre los estudiantes de hace treinta años, me ha venido a la memoria (ahí está el punto) tras escuchar la curiosa anécdota que me contaba un colega del departamento. Póngase en su lugar. Hablamos de estudiantes de arquitectura de cuarto curso. Unos gañanes. El profesor describe la construcción de las ermitas románicas y su notable riqueza técnica, se detiene un momento en la ornamentación y da unas someras explicaciones sobre la simbología del pantocrátor que preside el ara con rigor cejijunto. Señala al Cristo fiero y los adláteres.

A la salida se le aproxima un muchacho que, llevado por la curiosidad, le pregunta: "Oye, el Cristo ese del que hablabas, será el de los cristianos, ¿no?". Mi amigo, habituado a la ingenuidad juvenil y a su inocencia en materia de conocimientos, confirma la suposición del chaval (¡Ah, me lo imaginaba!", añade el chico) y luego, como para completar el asunto, le pregunta: "¿Y ya sabes en qué siglo nació?" El estudiante duda unos momentos y luego, con abierta franqueza, responde: "No, no lo sé, ¿en el siglo VII?".

Lo conmovedor de esta escena, que no es la más sintomática que hemos vivido este año, no reside en la ignorancia del muchacho, la cual debe ser atribuida a sus profesores, a sus padres y por encima de todo a los sucesivos ministros de educación, sino en la sublime paz interior que ostenta. En efecto, situar el nacimiento de Cristo más o menos siete siglos después de muerto me parece algo sensacional. ¡Librarse de una vez y para siempre de toda la tradición occidental! ¡Carecer de historia, de conciencia temporal, de pasado, de referencias, de modelos! Se entiende, claro, la necesidad imperiosa de estas criaturas, su obsesión por conseguir una identidad y a poder ser una identidad colectiva que haga de la vida una desarrollo del botellón.

Porque, en efecto, no hay mayor pureza que la que se alcanza con la anulación de la memoria tras el paso por los sucesivos mataderos estatales del conocimiento. Una pureza, por así decirlo, aria.

Artículo publicado el sábado 13 de junio de 2009.

[Publicado el 15/6/2009 a las 09:20]

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Vicios privados, virtudes públicas

Tengo amigos que se enganchan a un torero y lo van siguiendo de plaza en plaza. Lo mismo sucede con los fanáticos de un club de fútbol, porque he constatado que nubes de ciudadanos se desplazan a lugares remotos por ver jugar a su equipo. También conozco a los del género operístico, capaces de hacer mil kilómetros y gastar enormes sumas de dinero (siendo menesteroso alguno de ellos) para oír cantar a su fetiche. El vicio es un súcubo que se incrusta en el corazón y no deja vivir si no se le complace. No debería reprimirse el vicio, excepto aquellos que causan daños colaterales. Bastante penitencia tiene ya el vicioso como para que le caiga una propina.

    Hago esta defensa del vicio porque deseo confesar el mío públicamente. No es un vicio con pedigrí diabólico. Es tan soso que puede llegar a parecer virtud. Mi vicio es la música así llamada "seria" y soy capaz de absurdas contorsiones con tal de que me deje en paz. Por ejemplo, desde que descubrí a una orquesta de cámara llamada "Enigma", la cual programa exactamente lo que quiero oír, me desplazo como quien sigue a un matador o un grupo punk. Los pillé no hace mucho en Madrid con un programa contundente (Cerha, Haas, Schoenberg y Mario Carro) y no fui el único en percatarse del brío de los músicos: medio millar de personas vitorearon los naturales de Juan José Olives y retuvieron el aliento cuando entró a matar.

    Esta semana, en compañía de la peña nihilista, hemos peregrinado a Zaragoza y sus 30º a la sombra para asistir a una nueva faena. Parece asunto que no agita a las masas, pero las canciones de Berg, con una radiante Minerva Moliner, eclipsaron nuestra pasión por las elecciones europeas que tan africanas han ido saliendo. En la segunda parte, una reducción de la Cuarta de Mahler para pequeña orquesta demostró que la desnudez nunca perjudica a la verdad.

Todos tenemos una música de fondo. Los allí presentes nos hemos juramentado: ni la tuna estudiantil del Psoe, ni el oratorio sacro del PP. Sólo votaremos mañana a los que tengan "Enigma" como música de fondo. Que los hay.

 

Artículo publicado el sábado 6 de junio de 2009.

[Publicado el 08/6/2009 a las 09:54]

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Cuando hay arquitectos amables

Según cuenta su último biógrafo, Le Corbusier pasó los años finales de su vida con una vértebra humana colgada del cuello. Dicen que al morir su mujer se procedió a la incineración, pero de modo inexplicable entre las cenizas apareció una vértebra intacta. Una vértebra es un elemento perfecto para ilustrar la tarea del arquitecto. La columna vertebral, esa sinusoide flexible formada por pequeñas piezas de prodigioso diseño, debería figurar en el escudo de armas de los arquitectos.

Durante miles de años ellos fueron quienes decidían nuestro modo de vivir y mientras fue cosa suya nuestras habitaciones fueron dignas. Podían resolver cómo se honraba a los dioses y levantaban templos, pero también cómo tenían que veranear los potentados y aparecían las villas palladianas. En la actualidad ya no deciden ellos sino las empresas constructoras. Los arquitectos ahora consumen dos tercios de su tiempo en discusiones con Colegios, abogados, seguros, funcionarios y otras especies que chupan de la raíz. A la arquitectura real le pueden dedicar, como mucho, una de cada tres horas perdidas en batallar contra la burocracia.

    Todavía había arquitectos cuando yo estudiaba. Dibujaban con elegancia, reconocían el terreno como exploradores victorianos, examinaban los materiales al tacto y a veces al gusto (lamiendo un ladrillo medían su impermeabilidad), para ellos un paisaje era una escultura y un edificio el remate que debía glorificar ese paisaje.

    Hace pocos días murió un excelente arquitecto por quien yo tenía respeto y afecto. Puede parecer una broma, pero no lo es: entendí a la perfección el arte de Alfonso Milá cuando le vi en una de sus frecuentes imitaciones de insectos. ¡Qué rigor en el detalle! Frotaba los codos como un saltamontes, zumbaba a cuatro patas con el zigzag espasmódico de las moscas, alzaba los élitros del coleóptero, trotaba de hormiga o saltaba de pulga. Era el suyo un arte refinado, de minuciosa observación y mímesis, el de alguien para quien las máquinas naturales son el mejor modelo de adaptación. Como la vértebra de Le Corbusier.

Artículo publicado el sábado 30 de mayo de 2009.

[Publicado el 01/6/2009 a las 10:47]

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Cavilaciones de un viajero

Entre la derrota definitiva de Napoleón, hacia 1814, y la Primera Guerra Mundial transcurren 100 años de paz entre los Estados europeos, con mínimas interrupciones no demasiado lesivas. En esos 100 años el continente pasa de la sociedad estamental del Antiguo Régimen, con abrumadora mayoría de población campesina y un modo de vida casi medieval, a la moderna sociedad metropolitana y la tecnificación rampante. Es el salto del París que toma la Bastilla al de Haussmann, de la campiña de Jane Austen al Londres de Dickens. Un súbdito que se mueve en 1814 a pie, a caballo o a vela, se traslada en 1914 en ferrocarril, naves a vapor o en avión. El mundo material había cambiado más aceleradamente en aquellos 100 años que en los 2.000 anteriores.

Eso no sucedió en España, o sucedió de un modo notablemente enclenque: la sociedad española de la Segunda República se parecía más a la francesa del Antiguo Régimen que a la del siglo XX. Cuando comienza la tecnificación, hacia 1810, este país era un trozo de África clavado en Europa. Los soldados franceses de la guerra napoleónica debían de juzgar a la población rural española más o menos como los marines americanos a la de Irak: tribus analfabetas, de un arcaísmo insondable, fanáticos de su religión, sujetos a la esclavitud política y contentos con ella. La guerra de guerrillas, ese infame invento español, no difiere demasiado de lo que ahora usa Al Qaeda.

Cuando en 1906 publica Baroja su trilogía de La lucha por la vida, un monumento literario que pocos quieren recordar (su mejor trabajo, a mi modo de ver), el retrato de Madrid que allí se expone es demoledor. Ciertamente, Baroja escribe estampas negras a la manera de los grabados de Ricardo, pero es imposible no reconocer en ellas un aspecto verídico de la vida española de comienzos del siglo XX, confirmado por viajeros, antropólogos, fotógrafos, periodistas y otros artistas. Son estampas desgarradas de gente degenerada por la miseria, pero que vive a diez minutos de la Puerta del Sol. Y son legión. El volumen menos vivo de la trilogía, Aurora roja, feroz caricatura del anarquismo que se iba expandiendo entre el lumpen, cierra toda puerta a la esperanza. Parecía que España iba a fundirse para siempre con el continente africano.

Si uno lee lo que escribía Azaña poco después, por ejemplo la célebre conferencia El problema español que dio en la Casa del Pueblo de Alcalá de Henares en 1911, se tiene la impresión de estar asistiendo a una escena de la trilogía barojiana, pero en el ámbito de la política. Azaña muestra la abyección moral en la que se ha sumido un pueblo dominado por caciques brutales y una jefatura del Estado que incita a la corrupción, el crimen y la barbarie.

España no había dado el gigantesco salto de sus vecinos y había perdido el siglo XIX como quien olvida una maleta en la estación. Ese atraso de 100 años lo llevaría colgado del cuello otro siglo, como el albatros muerto del viejo marinero, porque tampoco la España de Franco avanzó un paso hacia la cordura económica hasta los años sesenta y sólo en 1980 comenzaría seriamente la evolución material y política que Europa había emprendido 100 años antes. Creo que no será exagerado decir que con Felipe González entró por fin el capitalismo (es decir, la democracia) en España, ya que lo anterior ni siquiera puede calificarse de capitalismo: estaba demasiado próximo al feudalismo, cuando no al despotismo dieciochesco.

Si uno examina los 100 años que han transcurrido desde aquellos textos de Baroja y Azaña hasta hoy, no puede extrañarse de la enormidad de agujeros, retrocesos, equívocos, chapuzas, cortocircuitos o puntos ciegos que aún quedan por resolver en la democracia española (tan poco europea, tan hispanoamericana) y en la vida material de los españoles. El abrumador poder del Estado, la burocracia asfixiante, el feudalismo fáctico, los privilegios de los poderosos, la arrogancia de los eclesiásticos, la nulidad de la enseñanza, la barbarie tolerada y aún azuzada por políticos y jueces, el narcisismo regional, la exigua ilustración de las clases dirigentes, no es nada más, en fin, que pura herencia.

Todo lo cual resulta de haber tenido que cubrir dos siglos en uno solo. Nos quedamos sin siglo XIX, de modo que lo recorrido a partir de 1980 ha sido vertiginoso. Como es lógico, todavía arrastramos mucha incuria del siglo perdido, la cual afecta a millones de ciudadanos a través de abusivos monstruos feudales como Renfe, las eléctricas o Telefónica, incapaces de adaptarse a las normas europeas, ya que en lugar de servir a sus clientes son los clientes quienes sirven a estas compañías. Un atraso que comparten con partidos políticos desprestigiados que se protegen con una especie de sindicalismo vertical. Han aprendido mucho de Italia, también es cierto.

El cambio más evidente y espléndido tengo para mí que se ha producido en las ciudades de provincias, las pequeñas y las medianas, que hace 40 años eran poblachones en los que apenas se veía por las calles a unas viejas de pañoleta negra, labriegos sarmentosos y bobos bizcos, como en las películas de Buñuel, pero que hoy forman el hábitat más confortable del país.

Ahí es donde la vida resulta ahora más civilizada, provechosa y sociable. Casi todas han convertido sus centros históricos en peatonales, han reparado los monumentos que se caían a pedazos, han abierto espacios para el paseo o la reunión, han agilizado los servicios y han mejorado enormemente el transporte hacia los centros urbanos decisivos. Yo diría que la tarea más productiva del periodo democrático, hasta hoy, ha sido la redención de las ciudades provincianas.

Las grandes urbes, por el contrario, no han logrado hacer más fácil la vida a quienes no tienen más remedio que vivir en ellas. Todavía Madrid, Barcelona, Valencia o Sevilla sufren el caudillaje de los automóviles, la agresión de los ociosos violentos, el abuso de las compañías de servicios, la inepcia de los burócratas, la impunidad del crimen o el envenenamiento del aire. Aunque hay grandes diferencias, naturalmente.

Barcelona, que había emprendido una senda de regeneración bien dirigida por técnicos capacitados, ha caído en los últimos años en un oportunismo de aficionados sin formación alguna que la está destruyendo como ciudad civilizada. Madrid, por el contrario, ha dejado de ser aquel corralón barroco y es hoy una agradable ciudad neoclásica. Es cierto que el sentimentalismo de la Guía Michelin y su romanticismo filisteo todavía valoran más Gante que Dresde, el gótico que el neoclásico, pero algún día tendrá que corregirse, aunque sólo sea por la fatiga que causa la repetición de un cliché.

Curiosamente, los ciudadanos de Barcelona, ciudad cada vez más levantina, es decir, sucia, ruidosa, ineficaz y jaranera, adoran su ciudad y la tienen por la más homérica de las creaciones, de manera que sus munícipes no tienen que hacer absolutamente nada para contentar a una población que vive en el éxtasis. Por el contrario, todos los madrileños con los que he hablado detestan a su ciudad, la odian fieramente, lo que sin duda es un acicate para que los responsables políticos y municipales suden para complacer a una ciudadanía que les está escrutando hasta el más mínimo movimiento. Ventajas de aquellos lugares en los que existe oposición.

Sin embargo, una vez redimidas las provincias, no estaría mal emprender la reforma de las capitales para hacerlas más habitables y racionales, menos cautivas de la corrupción, el crimen tolerado y el clientelismo. La ruina económica va a facilitar, creo yo, esa limpieza municipal. Quizás el próximo capítulo de la democracia española pase más intensamente por esa regeneración urbana que por las Cortes.

Artículo publicado el miércoles 27 de mayo de 2009.

[Publicado el 29/5/2009 a las 17:04]

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Hágame el favor de ser idiota

Las campañas electorales son un regocijo grandioso para el ciudadano escéptico. En ellas, aunque pueda parecer que los partidos tratan de darse a conocer, en realidad lo que hacen es exponer sin rubor la idea que tienen de sus votantes. Puede decirse que la publicidad de los partidos es una fotografía del alma de sus simpatizantes, no tal y como es, sino tal y como los jefazos creen que es. Podríamos ampliarlo y decir: "Tal y como les gustaría que fueran". No lo decimos, sin embargo, porque es de temer que ni siquiera sepan cómo les gustaría que fueran sus votantes.

    La campaña la ha comenzado el Partido Socialista que, como viene siendo su costumbre, nos ha regalado un video de patio de colegio con el fin de que se entienda bien. Aparecen en el mismo unos nazis, unos curas mataniños, unas pijas que azotan al servicio, en fin, topicazos de serie de televisión. Se supone que mediante esta visión a lo Tarantino el votante socialista, que es un cabeza rapada antisistema, entiende que le están diciendo que no vote a la ultraderecha polaca, pero como ese votante ignora dónde está Polonia y lo confunde con un programa de la tele catalana, que viene a ser lo mismo, se da una palmada en la frente y exclama: "¡La hostiajodercojones, a ver si me equivoco y voto al PP que es un partido de fachas y pedófilos!". Es el máximo raciocinio que el partido socialista concede a sus votantes.

    Desde que descubrió lo bien que le iba con aquello de la crispación, a Zapatero le obsesiona grabar cruces gamadas en la frente de los opositores. Es una gran táctica. Yo también creo que la pedagogía del odio es lo que mejor funciona en este país. Por eso es una pena que tanto Izquierda Unida, como Convergencia, como el PP, y no digamos el partido de Rosa Díaz, sean tan comedidos y no participen (de momento) en este divertidísimo "Los albóndigas votan Europa". A ver si hay suerte, se mosquean, y nos alegran la campaña. Ya me veo yo un video con Zapatero inflado de vodka, Bibiana de jefa de cheka y López Aguilar de enano torturador. Muy bronceado.

Artículo publicado el sábado 23 de mayo de 2009.

[Publicado el 27/5/2009 a las 09:26]

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¿Alguien sabe en qué país vivimos?

El trece de mayo ganaba el Barça a los de Bilbao la Copa (del Rey). Antes del partido, los nacionalistas catalanes y vascos armaron un sindiós contra el himno español y el rey Juan Carlos. La Televisión del gobierno censuró el abucheo. El avance nacional catalán se ha ido haciendo con prudencia y astucia, mediante una mesurada ocultación de los hechos.

    La ocultación se dirige en primer lugar hacia lo que podríamos llamar "pre-catalanes", pues es inevitable que la totalidad de la población catalana acabe siendo nacionalizada. Sólo en segundo lugar la ocultación se dirige hacia los españoles. La verdad es que no hace falta, porque ya no merece la pena: la independencia de Cataluña es una realidad de facto aunque no lo sea de iure. ¿Qué falta? ¿Los sellos de correos, el aeropuerto, los trenes? Minucias que se están negociando. Pero, ojo, falta lo esencial. Para los capitalistas locales lo que ha de llegar es la nacionalización de los impuestos a la manera vasco-navarra. Llegará, pero mientras tanto ya hay embajadas, el mapa geográfico que estudian los niños es el del imperialismo catalán y no hay una sola mención a España en el biotopo lingüístico de la Generalitat, como no sea para explicar la guerra civil. Esa sí que es española. El "Estado español" ha acabado por ser como "Bruselas" en este periodo inicial de la secesión.

    Todo esto está muy bien y no habría problema alguno si se institucionalizara. Sin duda Zapatero así lo desea. Él querría un acuerdo de secesión a la Checa y desprenderse de una Eslovaquia cuya clase dirigente no quiere permanecer junto al resto de los españoles. Sin embargo, no puede hacerlo. La causa oficial es que, de concederse el concierto, la caída de ingresos del Estado sería inasumible. No estoy muy convencido: si tras desgajarse el mercado catalán se sorteara el barullo de los primeros años, lo que quede de España subsistiría sin demasiados problemas. No. La causa de que Zapatero no pueda conceder la secesión no es económica, sino política. No puede excluir los votos que un nutrido grupo de  nacionalistas reciclados como "socialistas" le entregan en cada elección. Sin ellos, el poder del Estado caería en manos del partido conservador. De modo que Zapatero, aunque lo desee, no puede dar la independencia.

    Eso explica que mediante un acuerdo sub rosa, tolere que ignoren al tribunal constitucional, que organicen su propio orbe jurídico, sus relaciones exteriores, o que cultural y lingüísticamente sean ya un país extranjero. Que se vayan virtualmente, pero sin ruido. De ahí que TVE haya tenido que censurar el abucheo del día de la Copa (del Rey) no fuera a ser que alguien se enterara de lo que está pasando.

    La deriva, a mi modo de ver, no tiene remedio porque el despiste de los españoles sobre esta cuestión es colosal. Al día siguiente del abucheo (yo estaba en Madrid) seguí algunos foros y tertulias. Abundaban los periodistas que agitaban gozosamente el estandarte de "la España plural". Todos sabemos que la "España plural" quiere decir "la confederación", pero suena más bonito lo de "España plural". Suena a solidaridad, diálogo, diversidad, ese telón de nubes doradas que compone el núcleo intelectual de Zapatero. Aquel mismo día le preguntaron a Duran Lleida si era separatista  y respondió que su partido no es separatista, sino soberanista. Es lo mismo, pero no hay que decirlo demasiado claro. A los dos días un cerebro de CiU añadió que la pitada había sido motivada por "los ataques que recibe Cataluña". Argumento etarra: yo mato porque España me agrede.

    No creo que sucediera nada irreparable si se pasara de la independencia de facto a la de iure. Que Cataluña se separe de España y forme una Eslovenia del sur no traería muchas consecuencias a quienes no queden atrapados allí dentro. Seguramente cambiaría la filiación catalana al mercado español por una sumisión al mercado francés (idealizado como "mercado europeo"), lo  cual daría satisfacción a los fanáticos. Al resto de los españoles les importaría poco, como hasta ahora, por mucho que algunos cabestros salieran a la calle en busca de automóviles catalanes para romperles los faros.

    Tener un Portugal a la izquierda y otro a la derecha, ¿qué más da? ¿Habrá menos dinero para subvencionar a extremeños y andaluces? Ya espabilarán. Mientras tanto, la República de Cataluña se pondría a la cola de la Unión Europea a esperar turno. Un par de generaciones y a vivir. Más generaciones se sacrificaron en la URSS. Es cierto que quedarían dentro de esa República sobre un 60% de pre-catalanes que hablan en español, les gusta la zarzuela o van a los toros, pero ellos se lo han buscado. Su propia apatía les ha conducido a donde se encuentran. Así pasó con el partido "Ciutadans", que comenzó con 90.000 votos y ha terminado haciéndose el harakiri.

    No habiendo ningún problema grave, ¿no se le podría pedir a Zapatero que, al socaire de la ruina económica, resuelva este asunto? Porque lo inmoral es la ambigüedad, la hipocresía, las medias tintas, las opresiones ocultas, el peronismo rampante, las represiones invisibles. ¿No sería conveniente acabar con este enojoso asunto y pasar a cosas más serias? Si lo hace bien, si lo vende como ha venido vendiendo todas sus trascendentales decisiones (la Alianza de Civilizaciones, sin ir más lejos), es incluso probable que los españoles le vuelvan a elegir, aún descontando los votos catalanes que, helás!, se habrán ido para siempre a un paraíso fiscal. Por lo menos hasta que los mossos d'esquadra invadan Valencia.

Artículo publicado el viernes 22 de mayo de 2009.

[Publicado el 25/5/2009 a las 10:25]

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Biografía

Félix de Azúa nació en Barcelona. Licenciado y doctorado en Filosofía, profesor de Estética y colaborador habitual del diario El País, fue conocido gracias a su inclusión en la antología Nueve novísimos poetas españoles. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su parcela ensayística es amplia y destacada: Baudelaire, Lecturas compulsivas, Diccionario de las Artes, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas y Esplendor y nada. Los libros recientes son Ovejas negras, La pasión domesticada y Abierto a todas horas. Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis.

 

Bibliografía

Ensayo

Contre Guernica, Prefacio para Antonio Saura (2008). Archives Antonio Saura, Genève.

 La pasión domesticada (2007). Abada, Madrid.

Ovejas negras (2007), Bruguera, Barcelona.

Cortocircuitos. Imágenes mudas (2004). Abada, Madrid.

La invención de Caín (1999). Alfaguara, Madrid.

Baudelaire y el artista de la vida moderna (reedición) (1999). Anagrama, Barcelona.

Lecturas compulsivas. Una invitación (1998) Anagrama, Barcelona.

Salidas de tono (1996). Anagrama, Barcelona.

Diccionario de las artes (1995). Planeta, Barcelona.

Baudelaire y el artista de la vida moderna (1992). Pamiela, Pamplona.

Venecia (1990). Planeta, Barcelona.

El aprendizaje de la decepción (1989). Pamiela, Pamplona.

La paradoja del primitivo (1983). Seix Barral, Barcelona.

Conocer a Baudelaire y su obra (1978). Dopesa, Barcelona.

 

Novelas y prosa literaria

Abierto a todas horas (2007). Alfaguara, Madrid.

Esplendor y Nada (2006). Lector, Barcelona.

Momentos decisivos (2000). Anagrama, Barcelona.

Demasiadas preguntas (1994). Anagrama, Barcelona.

Cambio de bandera (1991). Anagrama, Barcelona.

Diario de un hombre humillado (1987). Anagrama, Barcelona.

Historia de un idiota contada por él mismo, o el contenido de la felicidad (1992), Anagrama, Barcelona.

Mansura (1984). Anagrama, Barcelona.

Última lección (1981). Legasa, Madrid.

Las lecciones suspendidas (1978). Alfaguara, Madrid.

Las lecciones de Jena (1972). Barral E., Barcelona.

 

Relatos

"Quien se vio", Tres cuentos didácticos (1975). La Gaya Ciencia, Barcelona.

"La venganza de la verdad" (1978). Hiperion nº1, Madrid.

"Herédame" (6 y 7 agosto 1985). El País, Madrid.

"El trencadizo", con grabados de Canogar (1989) Antojos, Cuenca.

"La pasajera" (18 nov. 1990). El País, Madrid.

"La resignación de la soberbia", Los pecados capitales (1990). Grijalbo, Barcelona.

El largo viaje del mensajero (1991) Antártida, Barcelona.

Cuentos de cabecera ("La pasajera" y "La segunda cicatriz") (1996). Planeta NH.

"El padre de sus hijos" (1998). Barcelona, un día, Alfaguara, Madrid.

"La verdad está arriba" (1998). Turia, Teruel.

 

Poesía

Última Sangre. Poesía 1968-2007 (2007). Bruguera, Barcelona.

Poesía 1968 1988 (1989). Hiperion, Madrid.

Farra (1983). Hiperion, Madrid.

Siete poemas de La Farra, con un grabado de A. Saura (1981). Cuenca.

Poesía 1968 78 (1979). Hiperion, Madrid.

Pasar y siete canciones (1977). La Gaya Ciencia, Barcelona.

Lengua de cal (1972). Visor, Madrid.

Edgar en Stéphanie (1971). Lumen, Barcelona.

El velo en el rostro de Agamenon (1970) El Bardo, Barcelona.

Cepo para nutria (1968). Madrid

Premios

1987 Premio Anagrama de Novela.

2000 Premio a la cultura "Sebetia-Ter" del Centri di Studi di Arte e Cultura di Napoli".

2001 Premio a la tolerancia de la "Asociación por la Tolerancia", Barcelona.

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