William Hazlitt
(Maidstone, 1778 - Londres, 1830) se ajusta como nadie al mandato de la «profundidad del gusto» que Keats señalaba como una de las tres cosas más valiosas de su tiempo. En los antípodas del predicador filosófico y del censor social, «se complacía en las frases hermosas como un amante». Pretender la perla (idea o palabra) de entre las valvas del feo molusco que es la realidad fue siempre el criterio irrenunciable de quien se debía, por sobre todas las cosas, al spirit of the age.
Autorretrato
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